Los políticos, ¿servidores o amos?

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Manuel Mora Morales, 2009

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Es evidente que los políticos no son servidores públicos. La realidad es que son los ciudadanos quienes sirven a los políticos, quienes trabajan para ellos, quienes soportan sus malas mañas o sus excentricidades, cuando las tienen. No al contrario.
Si usted no está de acuerdo, dígame: ¿Quién trata a sus servidores de Ilustrísima o de Excelentísima? Nadie ha hecho eso nunca. A los servidores, como mucho, se les llama de usted. Son los servidores los que han de llamar Excelencia a sus amos. Los que tienen que guardar silencio ante ellos y solicitarles audiencia si quieren un poco de su tiempo. El dueño del tiempo es el auténtico amo, no el servidor.

Si aún usted no está de acuerdo, dígame: ¿Qué servidores usan mejores ropas que sus dueños? Desde luego, difícil será encontrar a un político que vista peor que sus votantes. Bueno, quizás podríamos exceptuar a Acevedo Vilá, Gobernador de Puerto Rico, que gastó (de los fondos del Partido Democrático Popular), en 2007, sólo 40.000 dólares en unos cuantos trajes adquiridos a la firma Brioni. O a Francisco Camps, Presidente de una Comunidad autónoma, también amante de los trajes discretos.

Si todavía usted no está de acuerdo, dígame: ¿Qué servidores trabajan menos que sus amos? ¿Qué servidores tienen mejores automóviles que sus patrones? ¿Qué servidores comen mejor que sus dueños? ¿Qué servidores ganan más dinero que quienes les pagan el sueldo?

Es evidente que los políticos no parecen servidores. Más bien, amos. ¿Por qué entonces se nos dice que son nuestros servidores?

Nos lo repiten continuamente, porque un servidor hace más falta que un amo. La herramienta de trabajo de un político es la palabra. Con ella fabrica las promesas electorales de manera piramidal, gana los votos y nos convence de que lo blanco es negro, de que lo alto es bajo y de que los amos son servidores. Cada político teme que no lo necesitemos. Por eso se esfuerza tanto en convencernos de nuestra necesidad de abnegados servidores públicos. De su voluntad de servir. De su humilde condición de criados, pudorosamente cubierta con ropas, coches, aviones, comidas, visas oro y cuentas corrientes de amos.

Desde luego, no me refiero a la necesidad de gestores de lo público, pues es evidente que la sociedad los necesita. Sólo he hablado de la falacia que consiste en denominar servidores a los amos. Y, puesto que nos vemos obligados a tenerlos, ¿no sería mejor llamarlos por su nombre?

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