¿Una réplica surrealista del Ídolo de Tara en el Museo Reina Sofía de Madrid? A propósito de una obra de Ferrant

En una escultura de Ferrant, expuesta al público en una exposición de arte moderno, se advierte algo más que reminiscencias del más famoso ídolo aborigen canario

Hace unos días me detuve para contemplar y fotografiar la obra Majestad (1951), de Ángel Ferrant, en el Museo Reina Sofía. Es posible que ya la hubiese visto, en Valladolid tal vez, pero lo cierto es que si la vi alguna vez no le presté demasiada atención.

En mi última visita a esta galería –coincidiendo con la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica– la pequeña escultura despertó mi interés. Me recordó de inmediato el Ídolo de Tara, una estatuilla aborigen que se encuentra en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria.

De izquierda a derecha: Diosa Grávida, Venus de Lespugue, Ídolo de Tara y Majestad, de Ferrant.

Un vistazo a estas dos figuras –Majetad de Ferrant y el Ídolo de Tara – nos sugiere de inmediato cierta relación entre ellas. Una relación que se acentúa cuando observamos otras venus prehistóricas que, aún siendo figuras relacionadas con la maternidad, no se vinculan de forma tan evidente con Majestad,

De izquierda a derecha: Majestad, de Ferrant, y el Ídolo de Tara, depositado en el Museo Canario.

Las dudas tienden a disiparse cuando prestamos atención al cuello, a la cabeza y a la disposición de los pechos del ídolo de Tara y los comparamos con los mismos elementos de la escultura de Ferrant: las semejanzas son verdaderamente notorias.

Mujer (1950), de Mathias Goeritz.

La Majestad, de Ferrant, data de 1951, sólo un año después de que Goeritz, uno de los principales impulsores de grupo Altamira, realizara la escultura Mujer que dedicó a su amigo Ángel Ferrant (junto con otra similar titulada Hombre).

En esta Mujer es posible reconocer algunos rasgos estilísticos de la que crearía un año más tarde Ferrant. Éste es un dato a tener en cuenta para inferir los antecedentes de Majestad, quizás la obra de Goeritz condujo a Ferrant a descubrir el Ídolo de Tara , si tal circunstancia llegó a producirse.

El Ídolo de Tara,  visto de perfil.

El ídolo de Tara, una venus canaria

El Ídolo de Tara es parte de un regalo del doctor Chil y Naranjo al Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria a finales del siglo XIX. No está claro que fuera hallado en el pueblo de Tara (municipio de Telde) y algunos investigadores opinan que se pudo encontrar en los alrededores de la Cueva Pintada de Gáldar. Desde la década de 1970, a raíz del despertar de la cultura nacionalista, esta figurita ha adquirido una gran popularidad entre la población canaria y se ha difundido en obras de arte, reproducciones cerámicas, libros de texto, medios de comunicación y todo tipo de souvenirs para turistas.

Sobre Ángel Ferrant

Ángel Ferrant, en su estudio, después de haber sufrido un accidente en 1954.

El escultor Ángel Ferrant (Madrid, 1890 – 1961) estaba vinculado con Canarias y parece natural que su obra contuviera algunas resonancias del archipiélago. Casualidad o no, en la pared próxima a su escultura cuelga Pictografía canaria (1951), un cuadro de la etapa guanchista (coincidente con la creación de Majestad y anterior a los muros y a las arpilleras) del canario Manuel Millares, buen amigo de Ferrant. Sobre este último la crítica ha asegurado que fue, después de Joan Miró, “el artista más interesante y completo entre los que se quedaron en España tras la contienda”.1

Detrás de Majestad, de Ferrant, se puede ver el lienzo Pictografía canaria (1951), de Manolo Millares.

La conexión canaria le llegó, principalmente, por el crítico tinerfeño Eduardo Westerdahl, el cual conocía a Ferrant desde los primeros años de la década de 1930, cuando el madrileño participó en la revista Gaceta de Arte , junto a Gertrude Stein, André Gide, Tristan Tzara, etc.

Posteriormente, esta relación se prolongó en el tiempo y se reencontrarían en el grupo Amics de l’Art Nou, la gran Exposición de Arte contemporáneo en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (1936), la creación del grupo Altamira (1948), la revista De Arte, publicada por Westerdahl y García Cabrera (1950), el desaparecido Museo de Arte Moderno del Puerto de la Cruz (1953) con la asistencia de Ferrant que disertó en su inauguración, etc.

En la actualidad, se conserva un dibujo de Ángel Ferrant en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz.

Eduardo Westerdahl.

Asimismo, en el Archivo Histórico Provincial del Gobierno de Canarias, en Tenerife, es posible consultar las cartas de Ferrant a Westerdahl, en las que se evidencia la gran amistad que los unía. Existe abundante documentación sobre esta relación, habida cuenta de los artículos que Westerdahl escribió sobre el escultor dentro y fuera de Canarias.

Y aquí habría que mencionar el escrito que durante la inauguración del Museo de Arte de Westerdahl entregó a su amigo Manuel Millares para una exposición en Gran Canaria en el año 953.

Indudablemente, estas relaciones en el archipiélago debieron influir en el escultor y, tal vez, proporcionarle el conocimiento de algunos elementos de la cultura aborigen canaria. Ya se ha comentado que en esos momentos Millares pintaba cuadros relacionados con la cultura insular prehispánica y es posible que mencionara el tema a su amigo.

Vista posterior de “Majestad”, de Ferrant.

Como tantos contemporáneos, Ángel Ferrant –a pesar de considerar siempre la figura humana como irrenunciable– evolucionaría de manera apreciable durante su trayectoria artística. Desde sus posiciones iniciales arribaría al primitivismo, a la composición de móviles, a las formas orgánicas,… No fue un surrealista, ni un primitivista, ni un constructivista ni se le puede encasillar en un solo movimiento: bebió de varias fuentes artísticas de su época, pero siempre mantuvo una relación estrecha con el arte abstracto.

Ferrant fue una rara avis cuya abundante obra estaba poco reconocida fuera de un reducido grupo de artistas y críticos hasta el año de su muerte, cuando expuso en la Bienal de Venecia.

En el Patio Herreriano de Valladolid se encuentra, preservado y catalogado, un amplio fondo documental sobre Ángel Ferrant que incluye su biblioteca privada, esculturas, dibujos y otro material de gran interés.

Sin entrar en otras disquisiciones, parece razonable pensar que Ángel Ferrant tenía información sobre el Ídolo de Tara, bien fuera a través de su amigo Manolo Millares, bien por su visita al Museo Canario de Las Palmas o por alguna ilustración publicada en la revista del propio museo.

Sin embargo, no conozco ningún texto de Ferrant, de Westerdahl o de cualquier otro que relacione a ambas esculturas. Desgraciadamente, los canarios que conocieron bien a Ferrant –ya desaparecidos como Manuel Millares o Eduardo Westerdahl– no pueden confirmar o negar esta hipótesis.

De cualquier manera, incluso si no existe la relación que se apunta en este escrito y sí, pongamos por caso, con la cretense diosa de la serpiente,2 creo que ha servido al menos para refrescar la memoria de una relación fructífera entre el gran Ángel Ferrant y los intelectuales canario durante la Segunda República y las dos primeras décadas del franquismo.

 

PARA SABER MÁS

  1. Se puede consultar una excelente biografía de Ángel Ferrant en este enlace.
  2. Ángel Ferrant y Eduardo Westerdahl: un diálogo lúcido y continuo, de Carmen Bernárdez Sanchís, en Catharum, pp 046-059, Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, 2002.
  3. The interpretation of Goddess: interview with Marija Gimbutas. Ir.

NOTAS

  1. Valeriana Bozal: Antes del Informalismo. Monografías de Arte Contemporáneo nº 1, Museo Reina Sofía, Madrid, 1996
  2. Una de las imágenes de Diosa de la Serpiente encontrada en Creta y perteneciente al Paleolítico también podría estar relacionada con la obra de Ferrant, si aceptamos que los dos elementos que descansan sobre las piernas de la figura representan a serpientes, en lugar de espermatozoides que fecundan. No obstante, si  nos fijamos bien, su mayor parecido es con un par de sanguijuelas.   
  3. sanguijuela
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Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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¿Por qué nos gusta linchar?

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Linchar* (ver nota a pie de página)

El término linchar debe su origen a Charles Lynch, un juez de Virginia que durante la Guerra de Independencia dio órdenes de ejecutar a un grupo de hombres leales al rey de Inglaterra sin celebrar un juicio previamente.

UN CASO CONCRETO DE LINCHAMIENTOS

No voy a hablar de ninguna muerte, pero sí de linchamientos. Verán, soy el administrador de un grupo de Facebook que cuenta con cerca de 40.000 miembros. En él he aprendido que la mayoría de nosotros tiene tendencia a linchar no sólo a cualquier persona sino también a cualquier cosa. Trataré de explicarme.

Cuando creé este grupo –su temática es comer fuera de casa y cada miembro cuenta su experiencia con fotos y textos–. estaba convencido de que no haría falta moderar los comentarios. La gente, pensaba yo, no tiene por qué mentir sobre cómo le ha ido en sus comidas con amigos o familiares.

Al poco tiempo, aparecieron algunas críticas que hablaban mal de pequeños establecimientos, de su comida, del precio, etc. No le di mayor importancia y hasta creí que era muy sano que cada cual expresara su opinión en completa libertad. Pasaron algunas semanas y caí en la cuenta de que cada vez que entraba un comentario negativo, debajo de él aparecían rápidamente decenas de opiniones en el mismo sentido.

Sin importar que el primer comentario negativo fuera completamente descabellado, sin ninguna lógica o que expresara mala fe, junto a él afloraban otros parecidos, escritos por miembros que no habían comido nunca en aquel establecimiento ni lo habían visitado jamás.

Entonces redacté unas normas en las que se prohibía hablar mal de cualquier negocio de comidas, recomendando no mencionar a los establecimientos que tuvieran deficiencias. De esta manera, se podría recomendar los buenos y silenciar los malos.

La mayor parte de los miembros se atuvieron a la norma, pero otros muchos siguieron con sus críticas desproporcionadas. Fue imposible hacerles cambiar y no tuve otra alternativa que comenzar a bloquearlos, porque estaban perjudicando a una gran cantidad de pequeños negocios familiares.

El grupo siguió creciendo y hoy tiene tantos miembros como una pequeña ciudad, pero cada semana aparece alguien que lanza un ataque furibundo. Si tardo unas horas en borrarlo y bloquear a la persona de la crítica negativa, ese post se llena de muchos otros comentarios hablando mal del establecimiento, de la comida, del precio, de la calidad del vino y hasta de los dueños. Si uno los va analizando, uno a uno, se da cuenta de que son opiniones irrazonables, escritas impulsivamente.

INTERROGANTES

¿Por qué sucede esto?, ¿por qué cuando vemos una crítica negativa hacia algo o alguien sentimos la necesidad de sumarnos y meter el dedo en la herida para agrandar el daño?, ¿por qué en esos casos no nos paramos a pensar detenidamente antes de lanzarnos a criticar y a difamar?, ¿somos imitadores natos como nuestros parientes los monos y no podemos evitar sumarnos a los linchamientos de igual manera que bebemos refrescos de determinada marca o repetimos constantemente muletillas y lugares comunes de que se han puesto de moda?

Todas esas preguntas me las vengo haciendo desde que he sufrido esta desagradable experiencia. Incluso, creo que algo he cambiado en ese aspecto y me fijo más en cómo los contertulios de los programa de radio o de televisión se dejan llevar por las opiniones anteriores a las suyas.

ALGUNAS RESPUESTAS

Por esta razón gozan de tanto éxito los programas del “corazón” que tienen su razón de ser en despellejar a cualquier prójimo o prójima. O cómo algunos periodistas, cuyo único oficio –y no inocente oficio– consiste en promover el linchamiento de un determinado líder político o social, cuentan con millones de seguidores.

A veces, me siento aterrado por los muchos defectos que arrastramos los seres humanos. Una veces de forma colectiva y otras, individualmente. Pero creo que una de las peores flaquezas es esa tendencia incontrolable que tienen muchas personas a linchar a sus semejantes, con razones o sin ellas.

Ahí tenemos lo sucedido en Alemania con los judíos: millones de personas linchado –con sus acciones o con sus omisiones– a sus vecinos judíos.

Ahora, aparece Donald Trump con su cruzada contra los árabes y los hispanos. ¿Alguien piensa que los sesenta millones de compatriotas del juez Lynch que lo votaron no participan en el acorralamiento que están sufriendo esas comunidades de inmigrantes? Presentar a una víctima para machacarla suele tener mucho éxito y hasta se puede ganar las elecciones en el país más poderoso del mundo.

Para qué seguir buscando ejemplos, si todos sabemos dónde encontrarlos en cualquier parte del mundo o cerca de nuestra casa: niños acosados en los colegios, mujeres apedreadas por ser infieles, futbolistas insultados durante muchos partidos, etc.

Lo que sí va a ser difícil es poner remedio porque, como creyeron los miembros de aquel grupo de Facebook, los linchadores cuando linchan piensan que están ejerciendo su derecho inalienable a la crítica. Una crítica injusta que les proporciona un placer morboso pero cercano, muy cercano a su idea de la felicidad.

A pesar de todo lo dicho, estoy convencido de que si existe alguna cura contra este defecto habrá que buscarla en la educación, aunque no sólo en ella.

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NOTA

linchar: De Ch. Lynch, juez de Virginia en el siglo XVIII 1. tr. Ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo.

El Diccionario de la Real Academia define de esta manera el verbo linchar, pero en la actualidad su significado es mucho más amplio y se emplea para definir los multitudinarios ataques físicos o verbales contra una persona, grupos humanos, instituciones, empresas, obras literarias, etc.

Lagartos de Tenerife, una sinfonía de colores

TODAS LAS FOTOS PUEDEN VERSE A MAYOR FORMATO, PULSANDO EL BOTÓN DERECHO DEL RATÓN Y, A CONTINUACIÓN, “ABRIR IMAGEN EN PESTAÑA NUEVA”

Creo que fue H. P. Lovecraft, antes que ningún otro, quien afirmaba que entre nosotros camina gente que tiene la sangre fría y son descendientes de los reptiles. No sé a quiénes se refería el escritor maldito, pero estoy dispuesto a creerle si hablaba de Donald Trump, de su gobierno y de los señores del FMI. ¿A qué otros reptiloides podría gustarles vestir suntuosamente, llevar relojes carísimos y cuidar sus zarpas delicadas mientras representan para la mayor parte de los ciudadanos lo mismo que representaba la loba para Roma?

Aunque, tal vez, sean recuerdos inexactos, porque leí a Lovecraft hace muchos años y es posible que el parecido de los lagartos con los reyes de las finanzas internacionales sea aún mayor que el recordado por mi flaca memoria literaria. Lo cierto es que no pude sustraerme a tales odiosas comparaciones –¡qué culpa tendrán los pobres lagartos, señor!– mientras fotografiaba a estos pequeños saurios que embellecen nuestros campos con sus colores y su inocencia, tan ajenos a los amaños financieros que nos están matando.

De cualquier manera, no quiero privarme de mostrarles algunos retratos digitales de estos inofensivos reptiles que tuve el placer de visitar en su propio hábitat. Todos los lagartos fotografiados estaban en libertad, en su medio natural y no utilicé flash ni otros artefactos agresivos para tomar las fotos.

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Cuando el aceite de oliva español era un alimento mortal

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Ya han pasado unos años, pero no tantos como para que esta plaga mortal haya pasado al olvido. No es broma, el aceite de oliva condujo a mucha gente a la tumba, incluso cuando se trataba de aceite virgen extra sin adulterar. Purísimo. Les cuento:
Durante siglos, la Inquisición española, a través de los sermones dominicales de los párrocos, animaba a sus feligreses a denunciar a cualquier judío que se hubiera bautizado y siguiera practicando en secreto el judaísmo.
Los predicadores recomendaban realizar una serie de pesquisas para comprobar estos extremos. Una de las pruebas que debían buscar los buenos cristianos en sus vecinos judíoconversos era si olían a aceite de oliva.
Si se denunciaba a una persona que despidiera ese olor y la Inquisición comprobaba (lo de “comprobar” es un decir) que el denunciado o denunciada consumía aceite de oliva, el castigo podía ser terrible: tortura, cárcel indefinida, procesión vergonzante, latigazos a cientos y, cómo no, la muerte.
Hasta la Inquisición española, tan cruel y arbitraria, tenía cierta lógica dentro de sus despiadados y disparatados principios: sólo a un tonto se le ocurriría consumir aceite vegetal pudiendo saborear la rica manteca de cerdo. ¿Y quiénes, no siendo tontos, se negaba a comerla? ¿Y por qué?
Las razones nada tienen que ver con el colesterol, porque entonces ni se sospechaba que existieran grasas perjudiciales. Las causas fueron otras. Verán, los creyentes de religión judía tienen prohibido comer grasa de origen animal, especialmente de cerdo. Por esta razón el consumo de aceite de oliva sustituía a la manteca animal y, si un vecino cristiano de origen judío la comía, era evidente que seguía practicando el judaísmo en secreto. Es decir, era un “marrano” como se denominaba a estas personas.
Tampoco se escapaban de esta muerte por aceite de oliva los árabes convertidos al cristianismo que, en su huída inconsciente del colesterol, cayeron en la hoguera.
Ya ven cómo cambian los tiempos: los nietos de los que denunciaban el aceite de oliva como signo de maldad, ahora se llenan la boca anunciándolo como el paradigma de todo lo bueno…

El invierno veranea: poca broma

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     Uno va en camiseta por la Europa del calentamiento global

durante los últimos días de diciembre en este 2016.

El sol brilla en un cielo azul pintado por Rubén Darío

y en los árboles de plátano algunas hojas refulgen más que los rubíes.

Que nadie se alarme: sólo es un anuncio del final del planeta.

Y será un final espléndido. Pueden creerlo: algo espectacular.

Busquen butaca en primera fila. Desapareceremos

en medio de un apoteósico despliegue de belleza decadente.

Se escribirán libros y se realizarán películas que hablen de tanto, tanto esplendor.

Cuando todo termine, no habrá nadie para leer esas páginas

ni para admirar los sublimes planos cinematográficos.

Pero no se alarmen: todo ese arte quedará ahí depositado,

en la soledad de los estantes,

esperando,

esperando a que se arregle el pasado.

Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.