Los degradados en ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe

La escritura es la pintura de la voz.

Voltaire

Los libros se parecen más a los dioses menores que a los seres humanos. Como aquéllos, nacen, crecen, se reproducen, mueren o alcanzan la inmortalidad. Por el camino se desgastan o fortalecen, hasta lograr una situación más o menos estable en la memoria, lo cual también quiere decir en el olvido. No son estados definitivos. Las modas, las casualidades, los cambios de mentalidad y los intereses humanos relegan y recuperan libros y dioses de manera continua. Sin embargo, el tiempo transcurrido desde su creación es un buen crisol para poner a prueba la calidad o la divinidad de cada cual.

Hace quince años fue publicada la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe. Poco tiempo ha transcurrido desde entonces para saber si su destino será la tumba o el olimpo, pero llama la atención comprobar que su lectura tiene mayor interés en el año 2009 que en 1994, no sólo en el plano literario sino en los aspectos éticos y socioeconómicos. Con un estilo que recuerda los tests de Rochard, Coe elaboró una obra muy interesante que puede abordarse desde diversos ángulos. Por mi parte, la cercana relación que siempre he mantenido con la creación gráfica, tal vez me haya llevado a interesarme, de manera particular, por el juego de espejos y degradados entre el carácter de los personajes, las acciones y el estilo literario de ¡Menudo reparto!

DEGRADADOS

Según el Diccionario de la Academia, el verbo degradar se utiliza para describir la acción de reducir las cualidades inherentes a alguien o algo. Sin embargo, su participio, degradado, el cual se ha convertido en sustantivo desde hace mucho tiempo, no figura en el DRAE. Este término se utiliza, fundamentalmente, en los siguientes casos:

    1. Pintura: referido a la disminución del tamaño y viveza del color de las figuras de un cuadro, según la distancia a que se suponen colocadas. Aunque para el pintor, degradado y difuminado se logran con técnicas diferentes, desde el punto de vista del espectador vienen a ser sinónimos, puesto que el resultado visual es parecido.

    1. Química: transformar una sustancia compleja en otra de constitución más sencilla.

    1. Ética: persona humillada, rebajada o envilecida.
    1. Instituciones: alguien privado de las dignidades, honores, empleos y privilegios que tenía.
  1. Cine: transición entre dos planos en que las imágenes de ambos se mezclan gradualmente.

Todas estas aplicaciones del término, usado como verbo, adjetivo o sustantivo, son sobradamente conocidas. Quizás, sea menos habitual que se examine su utilización como técnica literaria.

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UNA NOVELA. UNA PELÍCULA

Cuando Jonathan Coe, el célebre escritor británico, no se había desprendido de la mayor parte de sus ropajes literarios para llegar a su reciente La lluvia antes de caer, escribió una novela titulada ¡Menudo reparto! (What a Carve Up!). Fue publicada en el Reino Unido, en 1994, y, en España, apareció dos años más tarde de la mano de Anagrama. El título de la obra se debe a un mediocre film británico (What a Carve Up!), estrenado en 1961, dirigido por Pat Jackson y protagonizado por Sid James, Kenneth Connor, Shirley Eaton y otros intérpretes ingleses del momento. La película narra una reunión familiar nocturna en una mansión, en la que los miembros de una familia van siendo asesinados de manera misteriosa.

Shirley Eaton tiene un rol significativo en la novela de Coe. Esta intérprete actuó también en una película de James Bond, en el papel de la secretaria de Goldfinger. La imagen de la derecha muestra cómo murió en este film, cubierta por un baño de oro que le impedía respirar.

Jonathan Coe no sólo toma el título de esta película, sino que toda su novela gira en torno a ella: el parecido físico de algunos personajes, la reunión familiar, los asesinatos, el impacto que le produjo su visión al narrador en su infancia, la sensualidad de una escena entre Kenneth Connor y Shirley Eaton, incluso la mezcla de comedia y thriller, que contiene este film de segunda categoría, llega a impregnar gran parte del relato.

Bueno será advertir que las técnicas de este escritor británico nada tienen nada que ver con muchas de esas novelas basadas en películas que durante la última década han salido de la pluma de una generación de novelistas cubanos. Este especialísimo método consiste en ver un film cualquiera en un cine del extranjero, volver a Cuba y contarlo en un libro, lo mismo que se contaría el capítulo de un culebrón a un compañero de trabajo en la hora del desayuno. Y confiar en que tanto los editores como los lectores no tengan la mala fortuna de tropezarse con la película.

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DEGRADADOS FAMILIARES

El argumento de la novela: en la década de 1980, Robert Owen, un escritor de 38 años, con dos libros publicados y falto de dinero, es contratado por Tabitha Winshaw, una anciana aristócrata presuntamente chiflada, para que escriba la historia de su familia. Poco a poco, el escritor va descubriendo que los miembros de esta saga son codiciosos, corruptos –degradados, al fin– y controlan gran parte de la vida económica, artística y política de Gran Bretaña.

La llegada al poder de Margareth Thacher con sus pelotazos, sus medidas privatizadoras y sus recortes de los derechos de las clases medias y trabajadoras, le viene de perilla a los Winshaw. Cada uno de sus miembros multiplica su fortuna, usando los resortes que el gobierno de Thacher pone a su alcance: Mark y la venta de armas a Saddam Husein; Thomas y las escandalosas ganancias de los bancos en la adquisición de empresas públicas; Henry y el traspaso a la sanidad privada de los capitales destinados a la sanidad pública; Roddy y el encanallamiento de las galerías de arte; Hillary y la manipulación de la opinión por medio de la prensa amarilla; Dorothy y el mortífero negocio de la comida basura;…

Durante el mandato de Margareth Thacher, las compañías británicas surtieron de armamento de todo tipo al régimen de Saddam Husein, con el apoyo de la primera ministra. La novela “¡Menudo reparto!” informa cómo se llevaron a cabo estos negocios multimillonarios, en manos de pocas personas.

Un cuadro familiar que veinte años más tarde no nos parece lejano, sino a la moda más en boga, ataviado con la más rabiosa actualidad en que lo sitúa la brutal crisis derivada de la política thacheriana –nada para los trabajadores, pero sin los trabajadores– que se fue extendiendo como una mala fiebre por los países del primer mundo. La canonización de la codicia y de los codiciosos: San Mario Conde, San Emilio Botín, San BBVA, San Bernard Madoff,… Admirados de todos, llevados a los altares por los presidentes de de las corporaciones, por los presidentes de las naciones y por los medios de comunicación, señalados como patrones de conducta a seguir por las nuevas generaciones. Degradados en su comportamiento ético y declarados arquetipos de la hipermodernidad.

DEGRADADOS CINEMATOGRÁFICOS

Los editores y montadores de películas saben perfectamente que la transición en degradado entre los planos del film presenta grandes dificultades, porque a las imágenes les cuesta mezclarse de manera correcta. Incluso, los más nuevos programas de tratamiento de imagen digital tienen problemas con los degradados. A pesar de ello, si no se abusa de este efecto, como suelen hacer los principantes, los degradados proporcionan una transición armoniosa entre dos planos que se suponen separados por el tiempo narrativo o por el espacio geográfico.

La “invasión” de la literatura por parte del cine es de sobra conocida. Sin embargo, los recursos cinematográficos son cada vez más aplicados por los escritores a la narrativa e, incluso, a las obras de ensayo.

Existe una transición algo más sofisticada para que los planos no “salten” ante el espectador, sino que se desarrollen de manera uniforme. Consiste en colocar, en cada uno de los dos planos, elementos semejantes o que contengan resonancias comunes. Podría ser que el primero contuviese la trompa de un elefante y el segundo incluyera el primer plano de un dedo (formas parecidas), o la trompa de una orquesta sinfónica (homónimo), o una nube gris (colores semejantes) o una persona con la nariz chata (oposición). También se puede vincular más sutilmente, recurriendo a conceptos en lugar de imágenes: el plano primero plantea un interrogante sobre la crueldad de la guerra y el segundo plano ofrece el discurso económico de un banquero como respuesta. Lo esencial es que la mente del espectador encuentre el vínculo entre los dos planos. Esto bastará para que el tránsito entre ambos se realice de manera tan suave como en un degradado físico (todo lo física que puede ser una imagen digital). Lo cual nos situaría frente a un efectivo degradado subliminal.

Hay otra transición importante en cinematografía: la que une dos secuencias. Mientras las transiciones entre planos suelen ser decididas en el momento de la edición, las correspondientes a las escenas es conveniente que estén explicitadas de antemano en el guión. Cuando las acciones de cada secuencia desembocan de manera natural en la siguiente, no es preciso construir puentes que las unan. Si en la pantalla vemos a un hombre estrellarse con su coche contra un árbol y, en la siguiente escena, aparece una familia llorando junto a un féretro, los enlaces entre ambas acciones son evidentes.

Sin embargo, no siempre sucede así. Después del accidente podría venir una secuencia en la que un grupo de amigos está celebrando una comida, y el director desea unir ambas escenas. En este caso, hay que intercalar una pequeña transición que nos informe por qué el resultado del accidente motiva la comida. Esa explicación no tiene por qué ir exactamente entre ambas escenas, sino que puede ubicarse en medio de la acción de la comida, desvelando, por ejemplo, que se está recordando el aniversario de la muerte del automovilista. Así, los espectadores tendremos ante nuestros ojos una situación tan coherente como consecuente.

Evidentemente, el guionista o el director de la película puede decidir romper vínculos entre planos o secuencias para buscar efectos gráficos, filosóficos o psicológicos, lo cual tampoco deja de ser otra forma de transición. Pero aquí estamos hablando de degradados, no de rupturas.

DEGRADADOS NARRATIVOS

Una obra literaria funciona, en muchos aspectos, como un cuadro o como una película. En lo que se refiere a degradados y transiciones, también. En mi opinión, la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe, es una de las obras donde más se han aplicado los degradados de todo tipo, desde la conducta de la desalmada familia Winshaw a las técnicas literarias desplegadas por el autor.

Las reflexiones sobre las transiciones en cinematografía no las he traído por puro capricho, sino como ejemplo de las técnicas que Coe –conocedor del medio cinematográfico– aplica en su novela. Sólo que el autor británico las expande hasta convertirlas, en ocasiones, en el elemento más importante de varios pasajes de su obra que se nos presentan de una manera tan permeable que no nos cuesta trabajo deslizarnos hacia los otros planos narrativos que el autor ha urdido encima y debajo del texto principal.

Las pistas, que estaban sembradas a lo largo del libro…

Uno de los recursos de Jonathan Coe, utilizado sobre los degradados literarios de la misma manera que las migas de pan de Pulgarcito sobre los caminos del bosque, es la introducción de un elevado número de aparentes casualidades. Leídas hoy, algunas páginas recuerdan El cuaderno rojo, de Paul Auster, un buen ejemplo sobre el empleo del azar en la narrativa. Y hasta se podría pensar que Coe se inspiró en esa obra, si no fuera por el hecho de que fue publicada un año después que la suya. Sin embargo, en ¡Menudo reparto!, las casualidades terminan convirtiéndose en causalidades y, a lo largo de casi 500 páginas, actúan como vínculos que sujetan con firmeza cada punto de los degradados, invitando al lector a seguir su rastro hasta la casa del ogro o a devorarlas con avidez, como los pajaritos a las migas.

La novela comprende la vida completa de Robert Owen, el protagonista-escritor-narrador, desde su infancia hasta el día de su muerte, pasando por su adolescencia y juventud. Los capítulos no siguen un orden cronológico, sino neurológico, como si fueran páginas web que hicieran su aparición cuando se activa el vínculo de cualquier palabra, asunto o recuerdo. Sin embargo, su ordenamiento está lejos de constituir un caprichoso albedrío por parte de Coe. Al contrario, siguen un plan que les lleva a solaparse, actuando un tul que nos permite entrever otros hilos narrativos que transcurren de manera más subterránea, provenientes del pasado, del subconsciente o de filmes que no se citan, como La rosa del Cairo. Los diversos grados de transparencia en estos degradados nos sumergen más y más en la visión cómico-depresiva del protagonista.

El final es brillante, como corresponde a una buena novela policiaca, y vuelve a evocarnos a Auster, esta vez travestido en Agatha Christie. Las pistas, que estaban sembradas a lo largo y ancho del libro, van siendo abonadas y retoñando, página tras página, hasta alcanzar la madurez sin estridencias, asombrándonos de haber presentido unos frutos y de no haber advertido otros.

¡Menudo reparto! Es una excelente novela que, siendo un clara denuncia del comportamiento infame de una clase social codiciosa y abusadora, resulta también un buen ejemplo de narración sutil que en ocasiones llega a evocarnos pasajes del mejor Lezama Lima. La recomiendo especialmente a los lectores interesado en técnicas narrativas. Como curiosidad, debo añadir, que sobre este libro realizó la BBC una dramatización en ocho programas de radio, emitidos en el año 2005, que tuvieron una excelente acogida.

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One comment

  1. me parece que es un libro muy exictosamente bueno super super exelente bueno leanlo es muy bueno y ojala que les guste

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