Etnografía

Ruiz de Padrón, foto a foto

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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PRIMERA ENTREGA

VALDEORRAS (1ª parte)

Segunda entrega dedicada a la comarca de Valdeorras, donde Ruiz de Padrón tuvo a su cargo cinco parroquias y varios sacerdotes. Por esta razón se le conoció como el Abad de Valdeorras (en Galicia se denominaba abad al párroco principal; venía a ser una especie de arcipreste actual).

Residió en Vilamartín o Villamartín de Valdeorras (1.800 habitantes y 88 km2) desde 1808 hasta su muerte, en 1823, excepto durante los años en que se desempeñó como diputado en las Cortes de Cádiz y, posteriormente, en las Cortes Constitucionales de Madrid. La comarca estaba unida a Astorga por la llamada Vía Nova de Braga, antigua vía romana que unía la ciudad portuguesa con Valdeorras y Astorga.

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Vilamartín se encuentra en la provincia de Orense, Galicia, a orillas del río Sil, uno de los afluentes del Miño. La comarca de Valdeorras era la puerta de entra a Galicia, colindante con las tierras de León. En el plano eclesiástico, las parroquias valdeorreses pertenecían a la diócesis de Astorga.

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Mural que representa la ubicación de la comarca de Valdeorras con el río Sil.

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Un aspecto de Vilamartín (o Villamartín) de Valdeorras con la iglesia de San Jorge al centro. Este templo fue edificado después de la Guerra Civil Española, porque el antiguo se quemó durante la contienda.

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Detrás de las tres mujeres se puede ver la antigua iglesia de Vilamartín, en la que ejerció como párroco Ruiz de Padrón.  No se sabe quiénes fueron los autores del incendio que la redujo a cenizas, puesto que ambos bandos se acusaron mutuamente de haberlo provocado.

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Mojón en el canal de Vilamartín, dedicado Antonio Ruiz de Padrón que fue el artífice de su construcción.

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Llama la atención el gran tamaño utilizado para escribir el nombre del inaugurador y el casi ilegible cuerpo de las letras que recuerdan a quien hizo el canal.

El Canal de Vilamartín nace en este riachuelo de O Mazo que se aprecia en la imagen. Transcurre paralelo a un cómodo camino y su mayor utilidad es regar los plantíos del pueblo que experimentaron un gran progreso desde que Ruiz de Padrón lo puso en marcha, siguiendo las ideas ilustradas de progreso y productividad en las clases campesinas.

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Para recordar los 200 años transcurridos desde la firma de la primera Constitución española, se colocó en Vilamartín el monolito de pizarra que aparece en la imagen.

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Valdeorras es una comarca con abundancia de viñedos que tienen un peso importante en la economía local.

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Los vinos de Valdeorras poseen una gran calidad y están considerados entre los mejores de Galicia.

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Son frecuentes las ferias y las celebraciones relacionadas con el vino, en las cuales se acostumbra a incluir manifestaciones folclóricas de música y bailes.

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En Vilamartín el vino se guarda en cuevas o covas. Una de sus celebraciones veraniegas incluye una ruta en la que los asistentes visitan estas bodegas.

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Parte inferior de una “cova” o bodega.

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El techo de una “cova” está cubierto por una gran cantidad de tierra que proporciona una temperatura estable al vino.

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Un subproducto del vino es el aguardiente u orujo destilado en alambiques artesanales.

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Una de las numerosas plantaciones de viña en Valdeorras.

CONTINÚA

 

¿Podemos saber cómo hablaba el canario Antonio Ruiz de Padrón?

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Hacia 1939, esta Isleña canaria de San Bernardo (Luisiana) y sus hijos hablaban igual que sus antepasados llegados en la década de 1780.

Sí, se puede. En la década de 1780, Antonio Ruiz de Padrón arribó a la ciudad de Filadelfia, que por entonces era la capital de los Estados Unidos. En esa misma década, varios miles de canarios llegaron a Luisiana y se establecieron en los alrededores de la ciudad de Nueva Orleans, junto al río Misisipi.

Aunque la coincidencia cronológica de ambas arribadas pueda parecer casual, no lo es, porque en aquellos años la emigración de los canarios hacia América se había convertido en un flujo imparable, propiciado por la miseria isleña y la necesidad de colonos que necesitaba el reino de España para frenar las ansias territoriales de Francia y del Reino Unido. Es decir, los canarios se necesitaban como barrera protectora, aunque pacífica, contra cualquier intento de invasión silenciosa con colonos anglosajones o franceses como había sucedido en la isla de Santo Domingo.

Allí –entre pantanos insalubres, caimanes, nutrias, huracanes y piratas– se establecieron estos isleños. Cuando Luisiana pasó a ser un estado de los Estados Unidos, los canarios continuaron hablando el español que llevaron desde sus islas y se negaron a comunicarse en inglés. También rechazaron el francés que hablaban sus vecinos cayunes.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, constituían un núcleo poblacional que tenía pocas relaciones con el exterior, y aun con sus vecinos, y muy pocos hablaban otra lengua que no fuera el “canario” en que se habían expresado su antepasados. El gobierno estadounidense les impuso la obligación de aprender inglés en la escuela, pero en casa seguían comunicándose en el mismo español del siglo XVIII que usaban sus padres y sus abuelos.

A partir de 1945, este pueblo canario del sur de los Estados Unidos comenzó a mezclarse con la población cayún, de raza y habla francesa, y con la anglosajona. Paulatinamente, su lengua fue perdiéndose en las nuevas generaciones. En la actualidad, ya no son muchos los que hablan la hermosa lengua con acento canario que llegó a Luisiana en la misma década en que Antonio Ruiz de Padrón residió en Filadelfia.

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Isleños canarios en Delacroix Island (Luisiana), en la primera mitad del siglo XX. Hablaban español canario y su trabajo consistía en cazar ratas almizcleras en los canales del río Misisipi para vender sus pieles.

Si hoy usted va a Luisiana, a algunas de las poblaciones donde residen los Isleños o Islanders (San Bernardo, Delacroix Island, Violeta, etc.), todavía encontrará personas que hablan exactamente igual que lo hacía Ruiz de Padrón.

Lo triste es que poco se hace para conservar ese tesoro lingüístico. Casi cualquier país se emplearía a fondo para proteger y garantizar un futuro seguro a una riqueza semejante. Nosotros no, preferimos dedicar esos fondos a comprar películas del Oeste americano para ponerlas cada día en nuestra televisión autonómica para educar a nuestros hijos.

Aquí no tomamos medida alguna que evite la desaparición de una de las hablas más bellas que ha habido dentro del idioma español. Mientras en Radio Exterior de España se dedican decenas de programas anuales al español sefardí, en Canarias en los medios oficiales nadie mueve un dedo por el “ español canario” del siglo XVIII.

Es el mismo abandono sufre la figura del político más grande que ha salido de este archipiélago, Antonio Ruiz de Padrón. Su honradez y vasta cultura sería un mal ejemplo para nuestros hijos… Así nos va.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón, amigo de Franklin Y Washington durante su estancia en Filadelfia.

 

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La Puntilla, un guachinche Superstar junto a la Playa de Las Canteras

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Ya sabemos que en Las Palmas hay escasez de guachinches pero, de vez en cuando, si uno anda por la ciudad, le apetece mandarse algo de la tierra entre pecho y espalda. Y yo sé un sitio tan bueno, barato y bonito que sólo de recordarlo se me hace la boca agua

Está a cuatro pasos de la Playa de las Canteras, pegadito al paseo, cerca de la Isleta, y se llama Bar Puntilla. Avemaríapurísima. Lo primero que uno debe probar es el pescado encebollado. Desde que usted lo prueba, queda encantado con el sitio y con la señora que lo atiende con una amabilidad exquisita. Modales canarios. Yo hasta he desayunado en La Puntilla pescado encebollado y me he dado cuenta de que el día se empieza de otra manera: con una sonrisa en la boca y otra en estómago. Hasta más ligero camina uno a pesar de la hartada.

Pero ahí no acaba el menú: buena ropa vieja, atún en adobo, caracoles, chocos, pulpos y no sé cuántas cosas más que se pueden leer en la pizarra. En la foto tiene la pizarra completa.

¿El precio? Barato, barato, de guachinche. Yo tampoco me lo creía la primera vez que entré.

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Si usted vive en Tenerife, aprovecho para invitarles a la presentación de mi novela EL DISCURSO DE FILADELFIA.

Como no podía ser menos, la presentaré el Día de Canarias, a las 11:30 de la mañana en la Feria del Libro, en el Parque García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife. Allí los espero.

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La guachinchemanía, una moda en las Islas Canarias

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A mí es a quien menos debería sorprender la creciente afición por los guachinches en Tenerife y otras islas. Explicaré por qué, pero primero permítame definir un guachinche como una venta o pequeño local donde se vende vino del país junto a algunos platos tradicionales: pescado salado con gofio, ropa vieja, carne de cabra, carne de cerdo adobada y frita (carne fiesta), pulpos cocidos, papas arrugadas, sopa de cabra, etc.

Publiqué en 1996 una obrita llamada El libro de los guachinches. Las rutas secretas del vino en Tenerife que fue muy bien acogida desde el principio y ya ha pasado de las veinte ediciones. Por esto digo que no debería sorprenderme. Sin embargo, desde hace unos pocos años, los clientes de estos locales se han multiplicado e, incluso, se hacen expediciones a otras islas (principalmente Tenerife y La Gomera) para probar sus exquisiteces.

Una muestra de este guachinchemanía son los más de 21.000 miembros de un grupo de Facebook que abrí con el nombre de Guachinches Canarios. Mis expectativas no pasaban de que se agregaran 500 o 600 personas, como mucho. Sin embargo, cada día recibo cientos de solicitudes para entrar al grupo que ya he tenido que convertir en “cerrado” para evitar la entrada de publicistas, prestamistas, etc., es decir, de quienes ya se conocen como trolls.

La explicación de que la clientela de los guachinches sube porque son baratos y estamos inmersos en una crisis económica no es suficiente para explicar el fenómeno. Los más jóvenes se están sumando a esta moda, lo cual es extraño porque, en general, rechazan las diversiones de sus padres y se alejan de sus lugares de ocio, lo cual no es una novedad.

Menos aún justifican este crecimiento las leyes restrictivas que las instituciones públicas canarias están aplicando a los guachinches. La reacción popular ha sido, más bien, dirigirse a los establecimientos que los gobernantes llevan unos pocos años satanizando.

No puedo decir que yo sé el motivo de esta guachinchemanía pero, sea como sea, sirve para que los jóvenes se acerquen a la tradición gastronómica de sus mayores y entren a formar parte de la magnífica cultura vinícola canaria, mucho más sana que la adicción a otras bebidas eufóricas o de alta graduación alcohólica.

En cuanto al grupo, cada día los miembros añaden fotos y comentarios sobre sus experiencias gastronómicas y, si alguien solicita información para comer en cualquier zona, a los pocos minutos recibe un número apreciable de respuestas. Cada vez, los comportamientos inadecuados son menos frecuentes y se nota una especie de camaradería entre esta multitud de personas amantes de la antiguas tradiciones.

La gastronomía que utiliza productos de proximidad es la que más ayuda a conservar nuestros ecosistemas, pero también influye de manera decisiva en el cuidado y desarrollo de nuestra cultura heredada, esa cultura que debemos cuidar y mimar frente a la permanente agresión de las televisiones y otros medios audiovisuales que pueden terminar por privar a nuestros jóvenes de su identidad a cambio de unas pocas ilusiones virtuales.

Ruiz de Padrón y el burro de Washington

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¿Sabía usted que todas las mulas de los Estados Unidos descienden del mismo padre?

Este artículo es un pequeño extracto de una sabrosa historia sobre un burro que viajó desde Zamora (España) a Virginia (EEUU) cuando el rey Carlos III regaló el animal al general George Washington. Aunque el asunto parezca extraño y divertido, era de una importancia extrema, relacionada con la capacidad militar de España y de los Estados Unidos.

La historia completa –extraída en parte de documentos oficiales del siglo XVIII y de cartas cruzadas entre las administraciones americana y española– puede encontrarse en mi próxima novela “El discurso de Filadelfia”, que aparecerá en el mes de abril de 2016, en formato clásico de papel y en ebook.

La narración está hecha en primera persona por el futuro diputado Antonio Ruiz de Padrón, que en ese tiempo vivía en la primera capital de Estados Unidos: Filadelfia.

LA IMPORTANCIA DE SER UN BURRO

“Frrancisco Rendón me mandó recado con un chiquillo para que acudiese a la delegación española.

–Dice Mr. Rendón que Su Majestad Católica lo necesita con urgencia –le pude entender al mensajerito tras hacérselo repetir media docena de veces, dado que mi oído aún no se había acostumbrado al inglés.

No serían más de las diez de la mañana, el tiempo estaba revuelto y el aviso no podía parecer más extraño. En primer lugar, porque no consideré lógico que si el asunto era tan importante me enviaran a un niño como mensajero. Fui a la cita, aunque no me di excesiva prisa en llegar.

Entré en la sala donde me esperaba el agente Rendón. Vi que lo acompañaban dos hombres de apariencia muy diferente, aunque ambos tenían en común su aspecto campesino y sus anchas espaldas.

–Adelante, padre Ruiz –me saludó el joven diplomático con su acento cantarín andaluz, pero prosiguió luego en un tono ampuloso que resultaba ridículo–. Deseo presentarle a estos dos caballeros: Mr. John Fairfax, mayoral de su excelencia el general George Washington, y don Pedro Téllez, natural de Zamora y enviado especial de su majestad don Carlos III con una importante misión que cumplir en estos territorios de América Septentrional.

Estreché la mano de Fairfax y tuve que aguantar en mis nudillos un beso baboso de Téllez. Observé que Rendón disfrutaba del momento sin poder disimular la sonrisita placentera ni disminuir la abertura excesiva de sus fosas nasales que mostraba su enorme satisfacción. Una vez se terminaron los saludos, me quedé a la espera de que se me revelara en qué podría yo ser útil a la Corona española.

–Verá, padre Ruiz –dijo Rendón–, don Pedro llegó ayer procedente de Nueva York y va camino de Virginia para entregarle un borrico de Su Majestad don Carlos III al general Washington. Aún nadie le ha puesto un nombre al animalito y me ha parecido poco adecuado enviarlo de esta manera anónima sin aprovechar la oportunidad para dejar constancia de su origen.

–¿Y qué le impide a usted ponerle un nombre cualquiera? –contesté– No es un cristiano al que deba bautizarse, sino un simple asno.

–Por supuesto, padre. No me negará que ustedes los franciscanos sienten un cariño especial por los animales y que en España se acostumbra a bendecirlos durante las ferias.

–Es cierto, en muchos pueblos los bendicen por las fiestas de San Antón, que se celebran en el mes de enero.

–Ya nos vamos poniendo de acuerdo, padre Ruiz. ¿Cómo ve usted este asunto, señor Téllez?

–Hombre –dijo el interpelado mientras le daba vueltas a un sombrero que sostenía en sus manos–, en Zamora se bendice a los burros y a las gallinas, y si el asunto no nos lleva mucho tiempo no creo que le perjudique al animalico…

–Entonces, padre Antonio, manos a la obra. Hemos estabulado al burro en las cuadras de Mr. Robert Morris. Vamos a visitarlo.

Salimos los cuatro. El diplomático se dio cuenta de que el capataz de Washington no había entendido una sola palabra de cuanto hablamos y lo puso al corriente mientras caminábamos.

–¿Cómo va usted a llamar al animal? –le pregunté a Rendón.

–Se llamará Regalo Real, o Royal Gift, si usted prefiere nombrarlo en inglés. Así todos recordarán la procedencia del burro más importante de los Estados Unidos.

Bendije aquel animal de una extraña belleza y que por su tamaño más semejaba un mulo que un asno. No pude separar mis ojos de los ojos del burro que parecían estar calculando los réditos diplomáticos que obtendría Francisco Rendón por ejecutar aquella ceremonia absurda.”

Fragmento de: Manuel Mora Morales: “El discurso de Filadelfia”. (copyright 2016).

El Caballero de Santiago que nació en Chipude

Ministerio de Cultura. España

He nombrado a José García de Llarena Carrasco en las tres novelas sobre Antonio Ruiz de Padrón que he publicado en los últimos años (La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia). Y no sólo porque me pareciera un personaje interesante. José García nació en 1749 en Chipude (La Gomera, Islas Canarias), vivió casi toda su vida en La Orotava (Tenerife), donde fue un hombre con gran influencia, y obtuvo el título de Caballero profeso de la Orden de Santiago, uno de los  más codiciados por la aristocracia canaria: sólo unos pocos miembros pertenecía a esta Orden. En los siglos XVII y XVIII,  era un alto honor contarse entre sus miembros y quienes, como Francisco de Quevedo y otros personajes encumbrados, eran admitidos en su seno, se mostraban muy ufanos de haberlo conseguido.

En una visita al Archivo Histórico Nacional, encontré unos documentos sobre el chipudano José García de Llarena que llamaron mi atención lo suficiente para profundizar  en su biografía, la cual me proporcionó abundantes datos para la redacción de la novela histórica La isla transparente. Pero comencemos por el principio.

LA ORDEN MILITAR DE SANTIAGO

La Orden militar de Santiago fue fundada en el año 1170 por trece crápulas residentes en Cáceres, los cuales formaban una camarilla de nobles degenerados. Entre ellos estaban Pedro Fernández de Fuentencalada, Pedro Arias, Rodrigo Álvarez de Sarriá, Rodrigo Suárez, Pedro Muñiz, Fernando Odoarez, etc. Todos eran condes, duques, marqueses,… a los que unía un fuerte vínculo, el de la degeneración.

No se sabe si fue por los lazos del demonio o a consecuencia de alguna resaca, estos señores se arrepintieron de la vida licenciosa que llevaban y decidieron fundar un grupo que defendiera a los peregrinos que recorrían el camino de Santiago y las fronteras de Extremadura. Cinco años más tarde, el rey Alfonso VIII elevó el grupo a la categoría de Orden religiosa. Así, la Orden de los Caballeros de Santiago quedó constituida como una “milicia de Cristo” en la que, como ya se sabe, la espada era la cruz y la cruz era la espada.

Dado que sus componentes se podían casar, pronto tuvo numerosos miembros y, en poco tiempo, las riquezas de esta orden eran inmensas. Si bien durante siglos fue una Orden independiente, Fernando el Católico consiguió convertirse en su administrador. A partir de este momento, los reyes españoles estarían a la cabeza de los Caballeros de Santiago.

LOS ANTEPASADOS

Cuando José nació, su padre, Juan García Medina de Salazar (1716), había cumplido los 33 años y vivía con su esposa, Francisca de Llarena Carrasco, en la aldea de Chipude, situada en la gran meseta que forman los altos de La Gomera, al borde del bosque de laurisilva que hoy se conoce como Parque Nacional de Garajonay.

A los 8 años de edad, el día 2 de marzo de 1757 asistió en el convento de Santo Domingo, en Hermigua, al entierro de su abuelo materno, Alonso Carrasco. El hecho de que su madre llevase el “Carrasco” como segundo apellido no era extraño en esa época, en la que había frecuentes cambios para destacar la genealógica línea más prestigiosa o conocida.

Cuando cumplió los 12 años, José marchó a La Orotava y vivió con sus tías maternas, que se ocuparon de proporcionarle una educación que en La Gomera no podía recibir, debido al aislamiento secular que padecía la isla.

Su abuelo paterno era Bernabé García y Alonso (hijo del regidor Domingo García y de María Clemente, ambos de Arure), nacido en Chipude en 1672 y bautizado por el cura Miguel Toxva de Acevedo. Se casó con Elena de Salazar (hija de Alexo Rodríguez y de María de Salazar).

LA SOLICITUD

En 1780, a los 31 años de edad, José García de Llarena Carrasco vivía en La Orotava, era Teniente Capitán de Granaderos de las Milicias de Tenerife y se decidió a solicitar el título de Caballero de Santiago, aprovechando que tenía algún pariente viviendo en Madrid.

Como se declara en la solicitud del título de Caballero de Santiago, todos sus abuelos estaban “reputados como caballeros, hijosdalgos notorios de sangre, cristianos viejos, sin tocarles mezcla de judíos, moros o conversos de ningún grado.”

Se casó con la VIII Señora de Alegranza, conocida como María Benítez, pero anotada en su partida de nacimiento como María Rafaela Magdalena de la Caridad Benítez de las Cuevas Ponte Lugo Arias de Saavedra Alzola y Angulo.

Su hijo, Marcos Antonio Miguel García y Urtus-Áustegui, nació el 14 Mar 1790 en La Orotava y murió 16 abril de 1866, en la misma población. Se casó el 26 de abril de 1813 con Úrsula María de Gracia Manuela Francisca de Urtus-Áustegui, la cual murió durante el parto de su primer hijo en 1815.

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El legajo finaliza con esta fe que valida el sacerdote y notario José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón, que en ese año residía en América.

LA ENCUESTA

Para poner en marcha la solicitud se exigían muchos requisitos, entre ellos un detallado informe de su vida y de la vida de sus antepasados, con la declaración de numerosos testigos que hicieron alusiones a muchos datos etnográficos de gran interés. Uno de esos testigos fue un pariente de Antonio Ruiz de Padrón, llamado fray Antonio Cubas, R.P. Predicador General del orden de San Francisco y Comisario del Santo Tribunal, que contaba con 65 años de edad cuando se hizo la encuesta. Los autores del Auto de información son José de Armiaga y el prior fray Domingo de Fuentes.

Copio algunos párrafos que revelan de manera clara las exigencias de “limpieza de sangre”  no sólo para los Caballeros de Santiago, sino para lo frailes, los miembros del Santo Oficio y, prácticamente, cualquiera que aspirara a una profesión o cargo de cierta relevancia. También se pone de relieve la mala consideración que se tenía de los mercaderes, cambiadores y gentes que hayan ejercido un oficio vil, bajo o mecánico.

El informe se concluyó el día 9 de septiembre del año 1789 y en la última página figura el nombre de José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón (que se había cambiado el segundo apellido).

Se lee en el documento 6 (página 55 del legajo):

“Que es igualmente notorio que doña Elena de Salazar y Dª Teresa de Salazar, abuelas paterna y materna del Pretendiente y todos sus antecesores y parientes están y estuvieron tenidos y reputados por limpios cristianos viejos, sin mezcla alguna, y por ilustres, y como tales tales han sido tratados, y distinguidos generalmente. Que estas abuelas tomaron el apellido Salazar de sus madres, siguiendo la ya citada costumbre, pues el padre de la primera se nombraba don Alexo Rodríguez y el de la segunda D. Enrique Morales, quiso también variar su apellido, tomado de su madre que era el de Mora y registra con unos instrumentos correspondientes al citado don Enrique Morales, poniéndose así en unos y en otros Mora, que es motivo que ha tenido el declarante para imponerse en esto, como que Dn Alexo Rodríguez fue Capitán y Dn Enrique Regidor y Alférez Mayor.

Que no ha llegado a su noticia que el es precedente ni sus padres, ni Abuelos paternos o maternos hayan sido Mercaderes, Cambiadores ni ejercido oficio vil, baxo o mecánico, y que antes bien sabe que el otro pretendiente y sus parientes por todas líneas están y estuvieron con empleos, y cargos distinguidos, manteniéndose de sus Haciendas y Mayorazgos, y con arbitrios, que no se oponen a su nobleza.

Que le consta la buena fama del Pretendiente como la Distinción y aprecio con que es mirado en la Villa de La Orotava, y la todos sus ascendientes, sin haver ohido ni entendido cosa en contrario.

Que no ha llegado a mí noticia que el Pretendiente ni sus padres y Abuelos paternos y maternos, ni alguno de estas familias haya sido corregido, procesado ni amonestado por el Sto. Tribunal de Ynquisición, ni por Juez aclesiástico, o regular en cosa que desdore su fama, y que cuanto lleva dicho es la verdad por el juramento que tiene prestado baxo el qual abono por seguro, de toda la verdad, crédito y noticias a Dn Pedro Casañas a fr. Antonio Cubas y a Dn Cristóbal Padrón y haviendole leído su dicho se ratificó en él, y lo firmó y firmamos.”

(Aparecen las firmas de Joseph de Armiagas, Fr, Domingo de Fuentes (prior) y de Felipe Delacroix que actúan como testigos de la declaración de don Pedro Casañas, natural de Adeje y vecino de La Orotava).

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He nombrado a José García de Llarena Carrasco en las tres novelas sobre Antonio Ruiz de Padrón que he publicado en los últimos años. Y no sólo porque me pareciera un personaje interesante…

En el documento 17 prosigue:

“Y que aunqe sus primeros apellidos eran Llarena Carrasco usava muchas veces en instrumentos, que ha visto, del apellido Peña que era el segundo de su Abuela paterna, siguiendo la práctica o abuso de usar de los apellidos de Abuelas, tíos o parientes:

Que aunque no hace memoria de haver conocido a los Abuelos paternos está bien asegurado de que fueron el Capitán y Governador Militar Dn. Bernabé García de Medina y Dª Elena de Salazar, como de que eran vecinos de otro lugar de Chipude y naturales, el primero de otro lugar y la segunda del Valle de Hermigua.

Que conoció a los Abuelos Maternos del otro pretendiente que lo fue Dn Antonio de Llarena Carrasco, natural de El Realejo partido de La Orotava en la Isla de Tenerife y Dª Teresa de Salazar natural del Valle de Hermigua en esta Gomera, y estuvieron avecindados en este Valle hasta que murieron, habiendo venido este Dn Alfonso de la Isla de Tenerife a casarse con la citada Dª Teresa por ser una y otro de las familias más esclarecidas en estas Islas.

Y que eran tales padres, hijos y Abuelos como llevo dicho, es público y notorio, sin cosa en contrario, pero mayor comprobación se remita a las partidas que se hallarán en las parroquias de Chipude y Hermigua, y a los testamentos que también estaban en ellas, o en el oficio de vecinos de esta Villa, si no se han extraviado algunos instrumentos como generalmente ha sucedido por las repetidas invasiones que ha havido en esta Ysla, en las que se extraviaron muchos papeles.”

EPÍLOGO

Murió José García de Llarena en 1793, a los 44 años de edad, en la Villa de La Orotava. Su viuda lo abrevivió hasta 1817 en que falleció a los 64 años.

El matrimonio tuvo tres hijos:

– José Rafael Blas Miguel Bartolomé García Benítez de Ponte y Cuevas Lugo y Arias de Saavedra (1789-?), el cual murió a edad temprana.

-Miguel Rafael Florentín García Benítez de las Cuevas, IX Señor de Alegranza (1790-?) se casó el 26 de abril de 1813 con Úrsula María de Gracia Manuela Francisca de Urtus-Áustegui ( -1815).

-María del Rosario Rafaela Ramona Juliana García Benítez de las Cuevas (1793 – 1832), que murió soltera.

Entre sus nietos, estaba el X Señor de Alegranza, José Bernabé Miguel Rafael García Benítez de las Cuevas Ponte Alzola y Angulo Arias de Saavedra (1812-?).

Como he dicho antes, el mayor interés de este legajo es la cantidad de información colateral sobre la vida cotidiana en la isla de La Gomera. Se alargaría mucho este artículo si incluyera esos sabrosos datos que el lector interesado puede encontrar en la novela La isla transparente.