Conmemoración

Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

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Ruiz de Padrón, foto a foto (4ª entrega: Filadelfia segunda parte)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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CUARTA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos) segunda parte

La cuarta entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

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El centro histórico de Filadelfia conserva muchos de los edificios de la etapa de Ruiz de Padrón. Cada día las calles y museos se llenan de una multitud de estadounidenses de todas las edades que visitan este lugar para conocer de primera mano dónde se pudieron las bases que permitieron edificar su país.

 EDIFICIOS RELACIONADOS CON EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS

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El “Independence Visitor Center” contiene mucha información sobre la Guerra de Independencia contra las tropas reales inglesas.

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En el año 1787, a pocos metros de la iglesia donde estuvo Antonio Ruiz de Padrón, se desarrolló la asamblea que redactó la Constitución de los Estados Unidos. En la imagen se puede observar a George Washington de pie, con su típica postura envarada, y a Benjamín Franklin sentado y vestido de gris.

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En la actualidad, es posible visitar el salón donde tuvo lugar la firma de la Constitución, el cual se conserva prácticamente igual que en 1787.

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No menos importancia tuvo la firma de la Declaración de Independencia por ahora conocidos como Padres de la Patria.

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Exterior del edificio (Casa del Estado de Pensilvania) donde se discutió y redactó la Constitución.

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Una imagen actual del mismo edificio.

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Documento original de la Constitución estadounidense, que comienza “Nosotros el Pueblo…”.

ALGUNOS DELEGADOS EN LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

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Alexander Hamilton era un joven abogado progresista de Nueva York.  Es famosa la siguiente contestación que dio a Franklin durante la asamblea constituyente de 1787:

–Estoy por completo de acuerdo con el aplazamiento de tres días propuesto por Mr. Franklin y lo juzgo muy razonable tras los momentos de tensión que hemos vivido en la sesión de hoy. Sin embargo, no veo la necesidad de introducir a un capellán en esta Convención. Nos bastamos solos para resolver el negocio que aquí nos ha reunido, sin necesidad de solicitar ayuda extranjera.

 

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James Madison, un abogado de Virginia, llegó a ser presidente de los Estados Unidos en 1809, una etapa muy difícil de su historia, porque Gran Bretaña invadió a sus antiguas colonias en 1812. Fue uno de los autores de los Ensayos Federalistas, que apelaban a la aprobación de la Constitución por parte de los diversos estados.

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Robert Morris era un poderoso comerciante de Filadelfia que llegó a tener una flota de 180 barcos e importaba vinos de Canarias. Fue el primer director del Banco de los Estados Unidos y perdió gran parte de su fortuna ayudando a los independentistas.

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Thomas Pinckney era un joven general y uno de los delegados del estado de Carolina del Sur. Defendió las tesis esclavistas, pero llegó a un acuerdo con los abolicionistas para prohibir la esclavitud en el año 1808. Como es sabido, ese acuerdo no se cumplió hasta la década de 1860, cuando el ejército del Norte derrotó a los confederados.

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Thomas Jefferson era un amante de los vinos canarios, los cuales llegó a comprar al por mayor para su consumo privado. No estuvo presente en la Asamblea constituyente, porque se encontraba como embajador en París. Sin embargo, se tuvieron muy en cuenta sus consejos, excepto en lo relativo al Senado. Jefferson llegó a ser presidente de los Estados Unidos.

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Gouverneur Morris escribió de su puño y letra la última versión de la Constitución para que los delegados estatales la firmasen. Tenía entonces treinta y cinco años y una pierna menos que perdió en un accidente, corriendo delante de un marido celoso. Gouverneur es uno de los personajes más carismáticos de la novela “El discurso de Filadelfia”.

EL MERCADO DE FILADELFIA

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El mercado de Filadelfia estaba en la actual calle Market Street, ocupaba tres manzanas y constituía el centro de la población. Era muy visitado por las amas de casa, podría califi carse como otro edificio destacado: un sitio completamente aseado, sin olores, que abría tres veces por semana. Allí era posible comprar verduras, fruta, pan, leche, quesos, aves de corral, pescado, carne…

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Otra imagen del mismo mercado.

CONTINÚA

 

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (3ª entrega: Filadelfia, Estados Unidos)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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TERCERA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos)

La tercera entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. 

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

 
Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Parque del Amor (JFK Plaza). Filadelfia

George Washington mantuvo contactos con Ruiz de Padrón, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Vista de una típica calle de Filadelfia.

Estatua de Benjamín Franklin, amigo, vecino y contertulio de Ruiz de Padrón.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

La arquitectura institucional de la época revolucionaria tiende a repetir las construcciones clásicas, tanto en las columnas como en el resto de la fachada de los edificios.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Cementerio de la iglesia de Santa María. Filadelfia. En esta parroquia se desempeñó el canario Ruiz de Padrón, durante su época de Padre Lector franciscano.

Cento de visitantes Independencia. Un recorrido por los avatares de la guerra contra Gran Bretaña, en el siglo XVIII.

Una calle de Filadelfia, a finales del siglo XVIII. Grabado. Esta debió ser la imagen que ofrecía la ciudad durante la estancia de Ruiz de Padrón.

Los escaparates de las tiendas de Filadelfia exhiben decorados muy originales.

La hija de Benjamin Franklin, Sarah Franklin Bache. Cuando Ruiz de Padrón arribó a Filadelfia, ella tenía 42 años y él 27.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Mapa antiguo de Filadelfia. Era la mayor ciudad de los Estados Unidos (y de toda América), en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Muñecos de souvenirs vestidos con las ropas de los milicianos que lucharon contra los ingleses en la guerra de independencia de Estados Unidos.

 

 

Velero frente a Filadelfia. Óleo. Museo Oceanográfico. Cuando Ruiz de Padrón visitó Filadelfia, su puerto era muy activo y mantenía frecuente tráfico en el comercio con las Islas Canarias.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Una de las exposiciones permanentes sobre la guerra de independencia.

 

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Originales de la declaración de independencia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Monumento a los emigrantes. Filadelfia. Además de Ruiz de Padrón, otros canarios arribaron a estas tierras y se sumaron al movimiento democrático americano.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Grabado sobre los muelles de Filadelfia en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Jardín con estilo del siglo XVIII. Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Detalle del monumento a los emigrantes. Filadelfia.

La Campana de la Libertad.

Cartel pegado en la calle.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Curioso billete por dólares españoles, garantizado por el Congreso durante la época revolucionaria.

CONTINÚA

El incendio de Londres, una cena pantagruélica, el vino canario y el diablo

City Tavern

Se cumple el 350 aniversario de una catástrofe. El 2 de septiembre de 1666 ardió Londres en un terrible incendio que duró tres días. Un grupo de poetas aficionados al maravilloso Canary Wine protagonizó una escena conmovedora frente a un carismático edificio que había sido el santuario de Shakespeare y otros literatos ingleses. ¿Cuál era esa edificación y por qué se relacionó al diablo con su destrucción? La respuesta se encuentra al final de este relato que comienza en América, ciento treinta y un año después del siniestro londinense.

El 27 de septiembre de 1797 se firmó la Constitución de los Estados Unidos y los representantes de los estados decidieron celebrar por todo lo alto aquel acontecimiento en el mejor restaurante de Filadelfia. Sí, nuestro Antonio Ruiz de Padrón se encontraba en la ciudad y éste es el relato de los hechos, según la novela “El discurso de Filadelfia”:

“–La City Tavern –dijo Ruiz de Padrón– ya se había recuperado de la cena militar y otra vez sus instalaciones resplandecían. Las mesas, cubiertas con blancos manteles de lino e iluminadas con enormes candelabros, esperaban a los ilustres comensales.

Los delegados atravesaron muy animados la terraza situada bajo el toldo exterior, traspusieron la puerta principal y se dirigieron al comedor de la Long Room, la sala más grande de los Estados Unidos, exceptuando el gran salón de la Casa de Gobierno. Mostraban un excelente humor y, aunque no bebieron tanto madeira ni tanto ponche como le habría gustado al dueño de la taberna, sí consumieron lo suficiente para digerir la abundante comida sin necesidad de jugos gástricos.

En esta cena se degustaron en la mesa más de veinte platos diferentes. Había sopa, pescado, jamón, paletilla de cordero, verdura, un asado de caza silvestre, pollo, pavo y otras viandas. También sirvieron ensaladas, salsas y diversos condimentos. En los postres comieron frutos secos, tartas y pasteles regados con vinos Sweet Canarys.

Los brindis se sucedieron hasta bien entrada la noche y, aunque los músicos de Christhilf se esforzaban por interpretar sus piezas tan alto como podían, resultaba imposible escuchar algo que no fuese la algarabía de los políticos. Más de un duro enfrentamiento que tuvo lugar durante los meses anteriores se cerró esa tarde con un fuerte abrazo entre los contendientes. La factura corrió a cargo del amigo de los vinateros canarios, Robert Morris.

En los siguientes días, los delegados regresaron a sus estados de origen. Una vez informaran a sus respectivos parlamentos, se debería iniciar el proceso de votaciones en cada Cámara estatal para la aprobación definitiva del texto constitucional.

Tenías que haber visto a Gouverneur Morris contándome las hazañas etílicas de aquella noche. Según su versión, llegó un momento en que uno de los comensales se levantó con una copa de Canary en la mano, pidió silencio y comenzó a entonar esta canción a la que se sumaron los delegados:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
es una fina copa de rico vino canario
que es de La Sirena, por ahora;
pero que pronto será mía.

Se trataba de un poema del poeta inglés Ben Jonson, el cual, además de ruidoso y fanfarrón, era un gran bebedor. El viejo Jonson acostumbraba a reunirse en una taberna londinense, llamada La Sirena, con sus amigos Selden, Beaumont, Fletcher, Raleigh y Shakespeare a beber Canary Wine y a hablar de literatura. Cuando las jarras se vaciaban, animaba a sus amigos a cantar sus versos para advertir a la señora Quicky que debía servir más vino canario, tal vez importado en uno de los propios barcos de Walter Raleigh. Una vez las ilustres cabezas se saturaban por completo con los vinosos vapores, el filosófico y poético navegante detallaba a los miembros del club las maravillas que había presenciado en sus muchos viajes, las cosas extrañas que había encontrado en las plantaciones de Virginia y las grandes probabilidades que existían de realizar su sueño de encontrar El Dorado.

incendio londres

La Sirena era la más famosa taberna de Londres, ubicada en el barrio de Cheapside, cerca de la catedral de San Pablo, cuya fama no cesaría de crecer con los años y los poetas, a pesar de que fue destruida en el gran incendio de Londres en el año 1666. Decía Gouverneur que mientras unos jóvenes poetas aficionados al Canary Wine contemplaban cómo las llamas devoraban su amada La Sirena, decidieron nombrar las tres últimas cifras de aquella nefasta fecha como el Número del Diablo.”

(Extracto de la novela El discurso de Filadelfia, de Manuel Mora Morales, Ed. Malvasía, 2016, pp 470-472)

 

El Día de Canarias y “El discurso de Filadelfia”

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El pasado lunes, 30 de mayo, se celebró el Día de Canarias. En la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife se presentó mi novela “El discurso de Filadelfia”.

El presentador fue Antonio Javier Fernández Delgado, un profesor de Comercio y coautor del libro “Las brumas del Roque”, que dejó encantados a los asistentes, incluyéndome a mí. Independientemente de la mayor o menor calidad de mi novela, el presentador supo ganarse al auditorio con el tono coloquial con el que abordó diversos aspectos de la obra.

El acto tuvo lugar en horas de la mañana, pero hubo una buena asistencia de público que fue aumentando cuando los asistentes a la Feria escuchaban la presentación de Fernández Delgado.

Igual que ocurrió con la presentación del periodista Rafael Avero en Las Palmas de Gran Canaria, en este acto en Tenerife me resultaran muy emotivas las palabras de Antonio Javier.

Mi agradecimiento a ambos presentadores y a los asistentes, tanto en Tenerife como en Gran Canaria. Ya el libro está en manos de los lectores, ahora ellos tienen la palabra.

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¿Podemos saber cómo hablaba el canario Antonio Ruiz de Padrón?

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Hacia 1939, esta Isleña canaria de San Bernardo (Luisiana) y sus hijos hablaban igual que sus antepasados llegados en la década de 1780.

Sí, se puede. En la década de 1780, Antonio Ruiz de Padrón arribó a la ciudad de Filadelfia, que por entonces era la capital de los Estados Unidos. En esa misma década, varios miles de canarios llegaron a Luisiana y se establecieron en los alrededores de la ciudad de Nueva Orleans, junto al río Misisipi.

Aunque la coincidencia cronológica de ambas arribadas pueda parecer casual, no lo es, porque en aquellos años la emigración de los canarios hacia América se había convertido en un flujo imparable, propiciado por la miseria isleña y la necesidad de colonos que necesitaba el reino de España para frenar las ansias territoriales de Francia y del Reino Unido. Es decir, los canarios se necesitaban como barrera protectora, aunque pacífica, contra cualquier intento de invasión silenciosa con colonos anglosajones o franceses como había sucedido en la isla de Santo Domingo.

Allí –entre pantanos insalubres, caimanes, nutrias, huracanes y piratas– se establecieron estos isleños. Cuando Luisiana pasó a ser un estado de los Estados Unidos, los canarios continuaron hablando el español que llevaron desde sus islas y se negaron a comunicarse en inglés. También rechazaron el francés que hablaban sus vecinos cayunes.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, constituían un núcleo poblacional que tenía pocas relaciones con el exterior, y aun con sus vecinos, y muy pocos hablaban otra lengua que no fuera el “canario” en que se habían expresado su antepasados. El gobierno estadounidense les impuso la obligación de aprender inglés en la escuela, pero en casa seguían comunicándose en el mismo español del siglo XVIII que usaban sus padres y sus abuelos.

A partir de 1945, este pueblo canario del sur de los Estados Unidos comenzó a mezclarse con la población cayún, de raza y habla francesa, y con la anglosajona. Paulatinamente, su lengua fue perdiéndose en las nuevas generaciones. En la actualidad, ya no son muchos los que hablan la hermosa lengua con acento canario que llegó a Luisiana en la misma década en que Antonio Ruiz de Padrón residió en Filadelfia.

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Isleños canarios en Delacroix Island (Luisiana), en la primera mitad del siglo XX. Hablaban español canario y su trabajo consistía en cazar ratas almizcleras en los canales del río Misisipi para vender sus pieles.

Si hoy usted va a Luisiana, a algunas de las poblaciones donde residen los Isleños o Islanders (San Bernardo, Delacroix Island, Violeta, etc.), todavía encontrará personas que hablan exactamente igual que lo hacía Ruiz de Padrón.

Lo triste es que poco se hace para conservar ese tesoro lingüístico. Casi cualquier país se emplearía a fondo para proteger y garantizar un futuro seguro a una riqueza semejante. Nosotros no, preferimos dedicar esos fondos a comprar películas del Oeste americano para ponerlas cada día en nuestra televisión autonómica para educar a nuestros hijos.

Aquí no tomamos medida alguna que evite la desaparición de una de las hablas más bellas que ha habido dentro del idioma español. Mientras en Radio Exterior de España se dedican decenas de programas anuales al español sefardí, en Canarias en los medios oficiales nadie mueve un dedo por el “ español canario” del siglo XVIII.

Es el mismo abandono sufre la figura del político más grande que ha salido de este archipiélago, Antonio Ruiz de Padrón. Su honradez y vasta cultura sería un mal ejemplo para nuestros hijos… Así nos va.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón, amigo de Franklin Y Washington durante su estancia en Filadelfia.

 

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Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Se cumplen 200 años de la Real Cédula que terminó por liberar a Ruiz de Padrón

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Acusado por la Inquisición española y juzgado por un tribunal eclesiástico de Astorga, Ruiz de Padrón fue condenado a prisión perpetua.

Antonio Ruiz de Padrón fue el canario que gozó de mayor fama a nivel internacional durante el siglo XIX. Se pronunció públicamente contra la Inquisición en Estados Unidos –una historia que relato en la novela “El discurso de Filadelfia”, en librerías desde principios de abril– y fue autor de un “Dictamen” que resultó decisivo para la abolición de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

Por esta razón y por haber privado a la Iglesia española de un abusivo impuesto a los campesinos, la parte más rancia del clero deseaba vengarse de aquel cura canario culto, justo, valiente y liberal. Aprovechando la vuelta del Fernando VII y la disolución de las Cortes, un tribunal eclesiástico de Astorga lo condenó a cadena perpetua, en una farsa judicial infame.

En estos días de marzo de 2016, se cumplen doscientos años de la llegada a Astorga de una Real Provisión referida a Antonio Ruiz de Padrón, cuando éste se encontraba prisionero en un extraviado monasterio de Cabeza de Alba, en las frías montañas leonesas. Este auto había sido redactado en la Chancillería Real de Valladolid el día 20 de febrero de 1816.

La importancia de este escrito radica en el reconocimiento de la mala fe con que había obrado el obispo de Astorga, enjuiciando y encarcelando a perpetuidad a Ruiz de Padrón, el cual había sido diputado en las Cortes de Cádiz, representando a Canarias.

La miserable conducta del prelado y sus partidarios comenzaba a ponerse de manifiesto cuando en Valladolid y Salamanca descubrieron que habían montado un juicio de urgencia cuando el juez titular se ausentó unos días de Astorga. En su lugar, colocaron a un compinche que condenó sin dilación a prisión perpetua a Ruiz de Padrón.

Todas las apelaciones que se hicieron, fueron torpedeadas por el obispado y los requerimientos de otras audiencias superiores fueron desoídas, bien alegando que los documentos se habían extraviado, bien enviando documentos equivocados, bien dando el silencio por respuesta.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón

Sin embargo, y por casualidad, alguien debió de notar algo irregular en un expediente que se encontraba Valladolid y decidió averiguar lo que había sucedido. El resultado fue que salió a la luz la injusticia cometida con el ex diputado Antonio Ruiz de Padrón.

Y conforme a lo referido fue acordado expedir esta nuestra Real Provisión para vos dicho provisor Vicario General de la Ciudad de Astorga, por la cual os mandamos que si de ante vos por parte de dicho Don Antonio José Ruiz de Padrón esta apresado legítimamente en tiempo y forma en orden de los autos del Pleito y causa de que va hecho mención, le otorguéis la dicha su apelación para que la pueda seguir y proseguir, ante quien y como deba, repongáis y deis por ninguno todo lo después de ella y en el termino en que pudo y debió apelar obrado y ejecutado, suspendiendo todo procedimiento; o dentro de ocho días remitáis el Proceso Eclesiástico original a esta nuestra Audiencia, para que vista en ella se determine lo que corresponda en Justicia. Y en el entretanto, os rogamos y encargamos que por el termino de sesenta días primeros siguientes absolváis al referido Don Antonio José Ruiz de Padrón y a las demás personas que por razón de dicha causa tuvieseis excomulgadas alcéis la excomunión y entredicho que en su razón hubieseis dado, y puesto libremente y sin costa alguna; que en ello nos serviréis.

Otrosí mandamos al Notario o Notarios por ante quien dichos autos pasaron, que dentro de ocho días primeros siguientes remitan los originales a esta nuestra Audiencia y Escribanía de Cámara de Dn. Manuel Rui Fernández, cerrados y sellados, con certificación, por el correo y pagado el porte.

Otrosí mandamos a la parte o partes en dicho Pleito interesadas que dentro de ocho días primeros siguientes, de como con ella sean requeridas, vengan o envíen en su seguimiento si vieren les conviene pues para ello les citamos, llamamos y emplazamos en forma basta su determinación. Y los Notarios lo cumplan así, pena de la nuestra merced, y de diez mil reales para la Nuestra Real Cámara, bajo de la cual mandamos a cualquiera nuestro Escribano o Notario que con esta nuestra Real Provisión fuese requerido, os la notifique, y de ello doy fe.

Dada en Valladolid, a veinte de Febrero de mil ochocientos diez y seis.

Tendrían que pasar algún tiempo para que las malas mañas del obispo de Astorga permitiesen alcanzar la libertad a Antonio Ruiz de Padrón. Sin embargo, se puede afirmar que este auto judicial fue la primera piedra para que pudiese salir del monasterio de Cabeza de Alba y, posteriormente, fuera declarado inocente.

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“EL DISCURSO DE FILADELFIA”