¿Una réplica surrealista del Ídolo de Tara en el Museo Reina Sofía de Madrid? A propósito de una obra de Ferrant

En una escultura de Ferrant, expuesta al público en una exposición de arte moderno, se advierte algo más que reminiscencias del más famoso ídolo aborigen canario

Hace unos días me detuve para contemplar y fotografiar la obra Majestad (1951), de Ángel Ferrant, en el Museo Reina Sofía. Es posible que ya la hubiese visto, en Valladolid tal vez, pero lo cierto es que si la vi alguna vez no le presté demasiada atención.

En mi última visita a esta galería –coincidiendo con la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica– la pequeña escultura despertó mi interés. Me recordó de inmediato el Ídolo de Tara, una estatuilla aborigen que se encuentra en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria.

De izquierda a derecha: Diosa Grávida, Venus de Lespugue, Ídolo de Tara y Majestad, de Ferrant.

Un vistazo a estas dos figuras –Majetad de Ferrant y el Ídolo de Tara – nos sugiere de inmediato cierta relación entre ellas. Una relación que se acentúa cuando observamos otras venus prehistóricas que, aún siendo figuras relacionadas con la maternidad, no se vinculan de forma tan evidente con Majestad,

De izquierda a derecha: Majestad, de Ferrant, y el Ídolo de Tara, depositado en el Museo Canario.

Las dudas tienden a disiparse cuando prestamos atención al cuello, a la cabeza y a la disposición de los pechos del ídolo de Tara y los comparamos con los mismos elementos de la escultura de Ferrant: las semejanzas son verdaderamente notorias.

Mujer (1950), de Mathias Goeritz.

La Majestad, de Ferrant, data de 1951, sólo un año después de que Goeritz, uno de los principales impulsores de grupo Altamira, realizara la escultura Mujer que dedicó a su amigo Ángel Ferrant (junto con otra similar titulada Hombre).

En esta Mujer es posible reconocer algunos rasgos estilísticos de la que crearía un año más tarde Ferrant. Éste es un dato a tener en cuenta para inferir los antecedentes de Majestad, quizás la obra de Goeritz condujo a Ferrant a descubrir el Ídolo de Tara , si tal circunstancia llegó a producirse.

El Ídolo de Tara,  visto de perfil.

El ídolo de Tara, una venus canaria

El Ídolo de Tara es parte de un regalo del doctor Chil y Naranjo al Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria a finales del siglo XIX. No está claro que fuera hallado en el pueblo de Tara (municipio de Telde) y algunos investigadores opinan que se pudo encontrar en los alrededores de la Cueva Pintada de Gáldar. Desde la década de 1970, a raíz del despertar de la cultura nacionalista, esta figurita ha adquirido una gran popularidad entre la población canaria y se ha difundido en obras de arte, reproducciones cerámicas, libros de texto, medios de comunicación y todo tipo de souvenirs para turistas.

Sobre Ángel Ferrant

Ángel Ferrant, en su estudio, después de haber sufrido un accidente en 1954.

El escultor Ángel Ferrant (Madrid, 1890 – 1961) estaba vinculado con Canarias y parece natural que su obra contuviera algunas resonancias del archipiélago. Casualidad o no, en la pared próxima a su escultura cuelga Pictografía canaria (1951), un cuadro de la etapa guanchista (coincidente con la creación de Majestad y anterior a los muros y a las arpilleras) del canario Manuel Millares, buen amigo de Ferrant. Sobre este último la crítica ha asegurado que fue, después de Joan Miró, “el artista más interesante y completo entre los que se quedaron en España tras la contienda”.1

Detrás de Majestad, de Ferrant, se puede ver el lienzo Pictografía canaria (1951), de Manolo Millares.

La conexión canaria le llegó, principalmente, por el crítico tinerfeño Eduardo Westerdahl, el cual conocía a Ferrant desde los primeros años de la década de 1930, cuando el madrileño participó en la revista Gaceta de Arte , junto a Gertrude Stein, André Gide, Tristan Tzara, etc.

Posteriormente, esta relación se prolongó en el tiempo y se reencontrarían en el grupo Amics de l’Art Nou, la gran Exposición de Arte contemporáneo en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (1936), la creación del grupo Altamira (1948), la revista De Arte, publicada por Westerdahl y García Cabrera (1950), el desaparecido Museo de Arte Moderno del Puerto de la Cruz (1953) con la asistencia de Ferrant que disertó en su inauguración, etc.

En la actualidad, se conserva un dibujo de Ángel Ferrant en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz.

Eduardo Westerdahl.

Asimismo, en el Archivo Histórico Provincial del Gobierno de Canarias, en Tenerife, es posible consultar las cartas de Ferrant a Westerdahl, en las que se evidencia la gran amistad que los unía. Existe abundante documentación sobre esta relación, habida cuenta de los artículos que Westerdahl escribió sobre el escultor dentro y fuera de Canarias.

Y aquí habría que mencionar el escrito que durante la inauguración del Museo de Arte de Westerdahl entregó a su amigo Manuel Millares para una exposición en Gran Canaria en el año 953.

Indudablemente, estas relaciones en el archipiélago debieron influir en el escultor y, tal vez, proporcionarle el conocimiento de algunos elementos de la cultura aborigen canaria. Ya se ha comentado que en esos momentos Millares pintaba cuadros relacionados con la cultura insular prehispánica y es posible que mencionara el tema a su amigo.

Vista posterior de “Majestad”, de Ferrant.

Como tantos contemporáneos, Ángel Ferrant –a pesar de considerar siempre la figura humana como irrenunciable– evolucionaría de manera apreciable durante su trayectoria artística. Desde sus posiciones iniciales arribaría al primitivismo, a la composición de móviles, a las formas orgánicas,… No fue un surrealista, ni un primitivista, ni un constructivista ni se le puede encasillar en un solo movimiento: bebió de varias fuentes artísticas de su época, pero siempre mantuvo una relación estrecha con el arte abstracto.

Ferrant fue una rara avis cuya abundante obra estaba poco reconocida fuera de un reducido grupo de artistas y críticos hasta el año de su muerte, cuando expuso en la Bienal de Venecia.

En el Patio Herreriano de Valladolid se encuentra, preservado y catalogado, un amplio fondo documental sobre Ángel Ferrant que incluye su biblioteca privada, esculturas, dibujos y otro material de gran interés.

Sin entrar en otras disquisiciones, parece razonable pensar que Ángel Ferrant tenía información sobre el Ídolo de Tara, bien fuera a través de su amigo Manolo Millares, bien por su visita al Museo Canario de Las Palmas o por alguna ilustración publicada en la revista del propio museo.

Sin embargo, no conozco ningún texto de Ferrant, de Westerdahl o de cualquier otro que relacione a ambas esculturas. Desgraciadamente, los canarios que conocieron bien a Ferrant –ya desaparecidos como Manuel Millares o Eduardo Westerdahl– no pueden confirmar o negar esta hipótesis.

De cualquier manera, incluso si no existe la relación que se apunta en este escrito y sí, pongamos por caso, con la cretense diosa de la serpiente,2 creo que ha servido al menos para refrescar la memoria de una relación fructífera entre el gran Ángel Ferrant y los intelectuales canario durante la Segunda República y las dos primeras décadas del franquismo.

 

PARA SABER MÁS

  1. Se puede consultar una excelente biografía de Ángel Ferrant en este enlace.
  2. Ángel Ferrant y Eduardo Westerdahl: un diálogo lúcido y continuo, de Carmen Bernárdez Sanchís, en Catharum, pp 046-059, Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, 2002.
  3. The interpretation of Goddess: interview with Marija Gimbutas. Ir.

NOTAS

  1. Valeriana Bozal: Antes del Informalismo. Monografías de Arte Contemporáneo nº 1, Museo Reina Sofía, Madrid, 1996
  2. Una de las imágenes de Diosa de la Serpiente encontrada en Creta y perteneciente al Paleolítico también podría estar relacionada con la obra de Ferrant, si aceptamos que los dos elementos que descansan sobre las piernas de la figura representan a serpientes, en lugar de espermatozoides que fecundan. No obstante, si  nos fijamos bien, su mayor parecido es con un par de sanguijuelas.   
  3. sanguijuela

Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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Lagartos de Tenerife, una sinfonía de colores

TODAS LAS FOTOS PUEDEN VERSE A MAYOR FORMATO, PULSANDO EL BOTÓN DERECHO DEL RATÓN Y, A CONTINUACIÓN, “ABRIR IMAGEN EN PESTAÑA NUEVA”

Creo que fue H. P. Lovecraft, antes que ningún otro, quien afirmaba que entre nosotros camina gente que tiene la sangre fría y son descendientes de los reptiles. No sé a quiénes se refería el escritor maldito, pero estoy dispuesto a creerle si hablaba de Donald Trump, de su gobierno y de los señores del FMI. ¿A qué otros reptiloides podría gustarles vestir suntuosamente, llevar relojes carísimos y cuidar sus zarpas delicadas mientras representan para la mayor parte de los ciudadanos lo mismo que representaba la loba para Roma?

Aunque, tal vez, sean recuerdos inexactos, porque leí a Lovecraft hace muchos años y es posible que el parecido de los lagartos con los reyes de las finanzas internacionales sea aún mayor que el recordado por mi flaca memoria literaria. Lo cierto es que no pude sustraerme a tales odiosas comparaciones –¡qué culpa tendrán los pobres lagartos, señor!– mientras fotografiaba a estos pequeños saurios que embellecen nuestros campos con sus colores y su inocencia, tan ajenos a los amaños financieros que nos están matando.

De cualquier manera, no quiero privarme de mostrarles algunos retratos digitales de estos inofensivos reptiles que tuve el placer de visitar en su propio hábitat. Todos los lagartos fotografiados estaban en libertad, en su medio natural y no utilicé flash ni otros artefactos agresivos para tomar las fotos.

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“Mientras seamos jóvenes”, una buena novela de José Luis Correa

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He leído en estos días una novela del canario José Luis Correa que me ha proporcionado más de una agradable sorpresa. Varias. La primera es que me ha parecido una novela bien armada en todos los sentidos, lo cual siempre se agradece. La segunda es sólo una sorpresa a medias, porque la otra mitad es un interrogante: ¿cómo es posible que no hubiese leído nada de este autor de mi tierra, que lleva años publicando y, por lo que he comprobado, publicando bien?

No es que yo sea un buscador impenitente de críticas literarias, pero creo que más o menos me mantengo al día con la nueva literatura e intento acercarme a las obras de los escritores canarios de una manera preferente. Sin embargo, nunca he leído en estas islas un artículo ni he visto u oído una entrevista que resaltara lo suficiente la figura de Correa como escritor de género negro ni de ningún otro. Su novela “Mientras seamos jóvenes” la he leído porque la encontré por casualidad en la web de la Casa del Libro, donde suelo comprar mis e-books con frecuencia. Sí, confieso que he terminado por leer en los cacharros electrónicos; por comodidad y economía, sobre todo.

¿EL HAMMET CANARIO?

El estilo de Correa es de frases super cortas, que disparadas página tras página en párrafos que parecen ráfagas de ametralladora, podrían parecer al lector no avisado que se halla ante una novela escrita por aquel viejo colectivo que dio en llamarse Marcial Lafuente Estefanía que redactaba novelas del Oeste también con frases cortas y párrafos escuálidos. Pero no. José Luis Correa sigue la tradición de novelistas norteamericanos del género negro con detectives privados que narran más o menos descarnadamente sus aventuras, a veces sucias aventuras, en primera persona. Simplificando mucho su adscripción literaria, se trata de un Dashiell Hammet isleño que nos hace recorrer Las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta al Refugio y al Muelle Grande, y nos obliga a seguirle por las terrazas de Las Canteras y los pubs de Vegueta hasta Tafira Baja, y aun hasta Valsequillo a las tantas de la madrugada para comer un plato de carne mechada con un vaso de vino pirriaca en un bar de mala muerte. Un detective criollo que se come las pastillas de Almax a puñados.

LAS COMPARACIONES NUNCA SON BUENAS

El siguiente párrafo de la novela “Cosecha roja”, de Hammet, puede servir de punto de referencia:

“–Una broma. –Se apoyó en el respaldo de la silla para reírse–. Mire. Quería sacar a la luz asuntos poco claros. Yo tenía alguna información: documentos y cosas que había guardado por si algún día valían algo. Soy muy curiosa. Conservé esos papelotes. Cuando Donald empezó su cruzada moral, le ofrecí mi mercancía. Vino a verla y comprobó que era canela fina. Sin duda. Hablamos del precio. Se mostró roñoso, aunque no tanto como usted. Hasta ayer estuvo el negocio abierto.”

De punto de referencia de este u otro párrafo de “Mientras seamos jóvenes”, de Correa:

“A mal árbol se arrimaba. Yo entendía poco de relaciones. Mantenía una desde hacía tiempo con una farmacéutica guapísima, vital, fuerte, pero de casi el doble de edad que la italiana. Me limitaba a vivir ese amor día tras día como si se fuera a acabar el mundo. Me limitaba a ser feliz. Pero ni siquiera entendía por qué Beatriz Guillén continuaba a mi lado. Así que ya podía imaginarse el profesor mi capacidad de entendimiento en amores.”

Creo que no hace falta comentar la similitud en la construcción de los dos textos citados que se parecen no sólo en la sintaxis sino en el tono narrativo aunque, como es natural, en el libro de Correa se nota la influencia estilística de escritores posteriores a Hammet. Y lo que acabo de decir es un elogio, porque no es fácil construir un “Krimi” ubicado en la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, narrado en primera persona con ese tono de detective más quemado que el palo de un churrero, sin hacer el ridículo más espantoso. José Luis Correa lo consigue y, además, logra que el lector llegue al final sin aburrirse. Incluso, lo logra si se trata de un lector canario que, por esa familiaridad confianzuda que proporciona la vecindad geográfica, puede caer en la tentación de buscar los errores reales o imaginados de la novela y quedarse únicamente en eso.

SOCIAL Y CRÍTICA

Además de negra, “Mientras seamos jóvenes”, tiene aspiraciones a ser novela psicológica y es sin duda alguna una novela social que realiza un repaso rápido de los males que aquejan la sociedad. Bien es verdad que el detective Ricardo Blanco se limita a una crítica general y bonachona sin entrar a saco en asuntos o personajes políticos, pero deja bien claro en qué parte del campo juega el partido, lo cual es de agradecer en un tiempo en que los aduladores del poder se prodigan en publicaciones de cualquier especie.

MUCHO CUENTO EN LAS VENAS DEL RELATO

La obra de José Luis Correa es una novela, pero subterráneamente corre hacia el final como si se tratara de un cuento de Poe o de Cortázar: jamás se pierde el hilo conductor que lleva a la solución del enigma ni los personajes actúan fuera de los carriles paralelos que acompañan a la vía principal. Cuando más, las expediciones del autor hacia los aledaños del relato principal sirven para robustecer la personalidad de los protagonistas: el presunto asesino, el detective y el cadáver.

Como en otros relatos criminales, a los lectores nos da por pensar que el verdadero asesino debió recibir alguna pincelada más: una pincelada tenue pero suficiente para que en el último párrafo dijésemos: “¡Tenía la prueba delante de mis narices y no supe verla!” Sin embargo, esta conclusión es una falacia, porque cada lector necesita un brochazo diferente para caer en la cuenta de que podría haberlo sabido antes de que el autor se lo dijera de forma clara. Sólo en contadas novelas han logrado los maestros del suspense deslumbrar a todos los lectores con el escamoteo del asesino hasta la última página, después de presentarles con la antelación suficiente pruebas evidentes de su culpabilidad.

PÁGINA A PÁGINA, LA NOVELA MEJORA

A medida que avanza la novela de Correa los párrafos se van consolidando y se fortalecen sus cimientos estilísticos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las obras publicadas actualmente en las que los errores de todo tipo se multiplican en las últimas páginas por descuido o por cansancio de los autores y de sus correctores, cuando los tienen. No es el caso de esta obra, desde luego, cuyo final está especialmente cuidado, aunque parezca cortado con navaja de afeitar y de un solo tajo.

Con estos párrafos apresurados, no tengo ni la más remota intención realizar una crítica literaria detallada ni dilatada de todos los aspectos del libro de Correa, que tiene muchos prismas. En absoluto. En primer lugar, porque no me considero sino un aprendiz de lector de un género literario que tiene sus propios mecanismos. Simplemente, esbozo alguna pincelada para despertar la curiosidad y recomendar su lectura tanto a quienes gusten de las novelas de detectives como a los que no lean este género con frecuencia –como es mi caso–, porque estoy seguro de que descubrirán con sorpresa a un escritor ameno y con muchas cosas que decir, cuyas novedades literarias no conviene perder de vista.

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (6ª entrega: Baltimore, EEUU)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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SEXTA ENTREGA

Baltimore (Estados Unidos) 

Ruiz de Padrón también estuvo en Baltimore, en el estado de Mariland, una población que todavía no era la gran ciudad que alcanzó a ser pocos años más tarde, pero que ya tenía gran importancia en el nuevo país, debido tanto a su puerto como a la abundancia de comerciantes y al papel activo que desarrolló en el proceso independentista. 

He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón mantuvo una gran amistad con el que pronto se convertiría en el primer obispo católico estadounidense, John Carrol. Allí también debió conocer a Juan García, un comerciante canario de vinos; a Charles Carroll, un primo del futuro obispo; que está considerado uno de los padres de la patria, a David Poe, el abuelo del poeta Edgar Alan Poe; al famoso corsario Jonathan Plowman Jr…, y otros personajes nacidos o asentados en aquella población con aires irlandeses que había fundado 

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Baltimore y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

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Como se puede apreciar en la ilustración, a mediados del siglo XVIII Baltimore era todavía un pequeño pueblo. Cuando lo visitó Ruiz de Padrón había crecido hasta alcanzar los 13.000 habitantes.

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John Carroll, un ex jesuita que fue el delegado del papa en Estados Unidos y que terminó convertido en el primer obispo de los Estados Unidos. Fue amigo personal de Antonio Ruiz de Padrón.

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En este grabado del siglo XIX ,se puede apreciar el fuerte crecimiento poblacional y portuario experimentado en Baltimore.

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Todavía permanece en pie la mansión de Charles Carroll, primo del obispo Carroll, y uno de los firmantes de la Declaración de Independencia.

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El obispo John Carrol asiste al inicio de las obras de la Basílica de Baltimore, en el año 1806.

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Este grabado muestra cómo prosiguió el desarrollo portuario de Baltimore durante todo el siglo XIX, una ciudad que en el año 1900 ya pasaba del medio millón de habitantes y que en 1960 rozó el millón de vecinos. En la actualidad la población ha descendido a unos 600.000 h.

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Una calle de Baltimore a principios del siglo XX.

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En esta foto se puede apreciar el aspecto animado de las calles de Baltimore en los años treinta.

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Plano del centro histórico de Baltimore, el cual está muy relacionado con su puerto fluvial.

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No sólo hay monumentos en la zona histórica, sino todo tipo de atracciones como un gran acuario, posibilidades de recorrer la bahía en barcas, de pasar un rato en el Hard Rock Café o, simplemente, dar un paseo escuchando a los excelentes músicos callejeros que se sitúan a lo largo de los muelles.

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El Pride of Baltimore II es uno de los hermosos veleros amarrado a los muelles de la bahía Chesapeake de Baltimore.

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Datos sobre el velero Pride of Baltimore II, el cual es una reproducción exacta de un Clipper de 1812.

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Otra perspectiva del mismo Clipper, un velero utilizado para el comercio tanto por su capacidad de maniobra como por su velocidad. En realidad, la palabra inglesa “clip” se utilizaba a principios del siglo XIX como sinónimo de “velocidad”.

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Vieja foto de pescadores en el río.

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Barcos pesqueros fondeados en la bahía de Baltimore.

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La iglesia católica de San Vicente Paúl es la más antigua que se conserva en la diócesis de Baltimore. Fue construida en 1841.
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Celebración de una misa en la iglesia de San Vicente Paúl.

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Cuando yo conocí Baltimore, era tenida por una de las ciudades más liberales de los Estados Unidos. Prueba de ellos es esta calle, junto al ayuntamiento, que recibió en nombre de Gay Street. Claro que poco tiempo más tarde, observando los comportamientos racistas que se están produciendo en Baltimore, uno ya no sabe qué pensar.

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El Pastel de Cangrejo de Mariland es un plato exquisito difícil de olvidar cuando uno lo ha probado. Por supuesto, aparece en mis novelas sobre Ruiz de Padrón.

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Turistas inmortalizando su dignidad en el puerto de Baltimore.

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La famosa Old Phoenix Shot-Tower, conocida también como la Merchant’s Shot-Tower, fue inaugurada en 1828 y se convirtió en el edificio más alto de los Estados Unidos. En esta estructura se producían balas de pistola, fusiles y cañones para el ejército: desde lo alto se arrojaba plomo fundido que, a través de un dispositivo de cribado, caía en un estanque de agua fría. Se producía más de un millón de kilos de proyectiles al año.

 

CONTINÚA

Ruiz de Padrón, foto a foto (5ª entrega: Filadelfia tercera parte)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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CUARTA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos) tercera parte

La quinta entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

LAS TABERNAS DE FILADELFIA

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Como se aprecia en la imagen, Filadelfia se encontraba entre dos ríos y sus calles y avenidas son tan rectas que parecen trazadas con tiralíneas, como efectivamente se hizo, siguiendo las instrucciones de William Penn. El modelo no es desconocido en Canarias, porque es similar al seguido en el casco antiguo de La Laguna, en Tenerife. Lo que no previó Penn fue que pronto la Ciudad del Amor (es el significado de Philadelphia en griego) se llenara de tabernas y que sus habitantes bebieran como cosacos.

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Las reuniones de los caballeros de Filadelfia (las señoras se quedaban en casa) transcurrían en la tabernas que podían tener una gran categoría, servir exquisitas comidas y hasta organizar bailes o conciertos. Los vinos más consumidos eran los procedentes de las Islas Canarias y de Madeira.

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Uno de los importadores de vino, llamado Henry Hill, se hizo con una gran fortuna cuando se le ocurrió la idea de reforzar esa bebida con aguardiente y brandy. Los philys se entusiasmaron con el vino reforzado y lo consumían en grandes cantidades.

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La taberna The London Coffee House fue una de las más sofisticadas de Filadelfia. En la época en que arribó Ruiz de Padrón a la ciudad ya había decaído bastante y estaba superada por otros establecimientos.

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Otra imagen de The London Coffee House en su etapa de esplendor. Como se puede apreciar, en su exterior se celebra una subasta de esclavos.

 

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The City Tavern poseía el salón más grande de los Estados Unidos, después de la Casa del Estado de Pensilvania. Era el lugar favorito de George Washington cuando visitaba la ciudad de Filadelfia. Por cierto, Washington era un gran bebedor que cada noche se metía, al menos, una pinta de vino entre pecho y espalda. He visitado no hace mucho tiempo la City Tavern y, aunque se parece a la del siglo XVIII, sólo se trata de una reproducción donde, eso sí, se sirven platos similares a los de la época constitucional.

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The Queen Indian Tavern ofrecía alojamientos de lujo y un salón donde se servían comidas y bebidas a las clases pudientes. Allí se reunían comerciantes, políticos, clérigos,… a charlar de lo divino y de lo humano, poniéndose hasta las cejas de vino, cerveza porter o ponche.

BENJAMÍN FRANKLIN SUPERSTAR

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Este señor no es Benjamín Franklin. Es un actor que se caracteriza como él y sirve de guía en en Centro de Visitantes de la Independencia en Filadelfia. He insertado su foto para destacar la gran estima que sienten en esta ciudad por Franklin, lo que les lleva a inundar de recuerdos suyos cada rincón.

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Benjamín Franklin fue mucho más que un inventor. En el colegio nos han contado que inventó el pararrayos y poco más. Sin embargo, Franklin es considerado como el principal impulsor y sostenedor de la independencia de los Estados Unidos, y sus gestiones como embajador en Francia fueron vitales para la creación de la nueva nación americana.

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Estatua de bronce de Franklin junto a otros padres de la patria estadounidense. Ben, como le llamaban cariñosamente los vecinos de Filaldelfia, fue, además de gran estadista, un filósofo que influyó de manera decisiva en el pensamiento de su tiempo.

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Franklin regresó de París a Filadelfia a finales del verano de 1785, pocas semanas más tarde de la llegada de Antonio Ruiz de Padrón a la ciudad. Esta silla portátil la trajo de Francia, porque ya le era dificultoso caminar tramos largos debido a la gota que padecía y a su avanzada edad (79 años).

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Llegada de Benjamín Franklin al puerto de Filadelfia, en 1785, procedente de París.

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Segunda esposa de Franklin.

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Sarah, más conocida como Sally, la hija de Franklin que vivió con él hasta su muerte en 1790.

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Benjamín Franklin fue el inventor de las gafas bifocales que él mismo utilizaba.

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El pararrayos ha salvado millones de vidas en todo el mundo, gracias al ingenio de su inventor, Benjamín Franklin. Cuando Ruiz de Padrón vivía en Filadelfia, los principales edificios de la ciudad ya estaban protegidos por pararrayos.

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Franklin era impresor. Fue su primer trabajo y el que le proporcionó dinero durante toda su vida. Publicó libros suyos y ajenos y mantuvo periódicos que eran muy apreciados no sólo en Filadelfia. Una de sus publicaciones más populares era un calendario en forma de libro, titulado “El pobre Richard” que salía anualmente de su imprenta y proporcionaba consejos sobre asuntos agrícolas, profesionales, etc.

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Benjamín Franklin compone un texto con una caja de tipos.

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Un ejemplar del periódico que se imprimía en los talleres de Benjamín Franklin. También allí se imprimió y editó el primer periódico en alemán de los Estados Unidos.

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Un empleado de la imprenta de Franklin transporta material impreso.

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Un grabado muestra la estimación de que gozaba Benjamín Franklin en la Corte francesa. En la novela “El discurso de Filadelfia”, se cuenta la siguiente anécdota verídica: .

“Según me comentó el propio Benjamín Franklin, mientras vivió en París jugó muchas partidas con la anciana duquesa de Borbón durante sus frecuentes visitas a la Corte francesa. En una de estas ocasiones la aristócrata movió mal una fi cha y dejó su rey al descubierto. Franklin aprovechó la oportunidad de ganar la partida y en dos movimientos le dio jaque mate.

–¡Qué barbaridad, Mr. Franklin! En Francia no acabamos con los reyes de esta manera… –protestó la Borbón en broma.

–¡Me temo que en los Estados Unidos sí! –le respondió intencionada e ingeniosamente su contrincante.”

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Otro grabado de la imprenta de Franklin, donde también se imprimió una traducción del famoso sermón contra la Inquisición de Antonio Ruiz de Padrón.

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Franklin también era un buen músico. Inventó la “Armónica de Cristal”, compuesta por una serie de platos de cristal que giran sobre un eje y suenan cuando se aplican los dedos húmedos del ejecutante. Esta foto la obtuve en el museo dedicado a Franklin en Filadelfia, donde se encuentra uno de estos instrumentos.

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Uno de los artilugios eléctricos fabricados por Franklin.

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Mientras Ruiz de Padrón residía en Filadelfia, Franklin publicó “La moral del ajedrez”, un manual que también puede considerarse un libro de filosofía o de autoayuda.

 

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Hablar de Franklin es hablar de Filadelfia, y viceversa. Lo sé de primera mano, porque cuando escribí la novela histórica El discurso de Filadelfia me di cuenta de que era imposible contar la historia de la ciudad, y aun de los Estados Unidos, sin referirse una vez y otra al venerable filósofo. Mucho más podría decir aquí sobre este sabio norteamericano nacido en Boston, pero esto es un blog de Internet y debo limitarme. Espero que haya podido transmitir la importancia de un personaje ninguneado por nuestra cultura.

 

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