El invierno veranea: poca broma

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     Uno va en camiseta por la Europa del calentamiento global

durante los últimos días de diciembre en este 2016.

El sol brilla en un cielo azul pintado por Rubén Darío

y en los árboles de plátano algunas hojas refulgen más que los rubíes.

Que nadie se alarme: sólo es un anuncio del final del planeta.

Y será un final espléndido. Pueden creerlo: algo espectacular.

Busquen butaca en primera fila. Desapareceremos

en medio de un apoteósico despliegue de belleza decadente.

Se escribirán libros y se realizarán películas que hablen de tanto, tanto esplendor.

Cuando todo termine, no habrá nadie para leer esas páginas

ni para admirar los sublimes planos cinematográficos.

Pero no se alarmen: todo ese arte quedará ahí depositado,

en la soledad de los estantes,

esperando,

esperando a que se arregle el pasado.

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El incendio de Londres, una cena pantagruélica, el vino canario y el diablo

City Tavern

Se cumple el 350 aniversario de una catástrofe. El 2 de septiembre de 1666 ardió Londres en un terrible incendio que duró tres días. Un grupo de poetas aficionados al maravilloso Canary Wine protagonizó una escena conmovedora frente a un carismático edificio que había sido el santuario de Shakespeare y otros literatos ingleses. ¿Cuál era esa edificación y por qué se relacionó al diablo con su destrucción? La respuesta se encuentra al final de este relato que comienza en América, ciento treinta y un año después del siniestro londinense.

El 27 de septiembre de 1797 se firmó la Constitución de los Estados Unidos y los representantes de los estados decidieron celebrar por todo lo alto aquel acontecimiento en el mejor restaurante de Filadelfia. Sí, nuestro Antonio Ruiz de Padrón se encontraba en la ciudad y éste es el relato de los hechos, según la novela “El discurso de Filadelfia”:

“–La City Tavern –dijo Ruiz de Padrón– ya se había recuperado de la cena militar y otra vez sus instalaciones resplandecían. Las mesas, cubiertas con blancos manteles de lino e iluminadas con enormes candelabros, esperaban a los ilustres comensales.

Los delegados atravesaron muy animados la terraza situada bajo el toldo exterior, traspusieron la puerta principal y se dirigieron al comedor de la Long Room, la sala más grande de los Estados Unidos, exceptuando el gran salón de la Casa de Gobierno. Mostraban un excelente humor y, aunque no bebieron tanto madeira ni tanto ponche como le habría gustado al dueño de la taberna, sí consumieron lo suficiente para digerir la abundante comida sin necesidad de jugos gástricos.

En esta cena se degustaron en la mesa más de veinte platos diferentes. Había sopa, pescado, jamón, paletilla de cordero, verdura, un asado de caza silvestre, pollo, pavo y otras viandas. También sirvieron ensaladas, salsas y diversos condimentos. En los postres comieron frutos secos, tartas y pasteles regados con vinos Sweet Canarys.

Los brindis se sucedieron hasta bien entrada la noche y, aunque los músicos de Christhilf se esforzaban por interpretar sus piezas tan alto como podían, resultaba imposible escuchar algo que no fuese la algarabía de los políticos. Más de un duro enfrentamiento que tuvo lugar durante los meses anteriores se cerró esa tarde con un fuerte abrazo entre los contendientes. La factura corrió a cargo del amigo de los vinateros canarios, Robert Morris.

En los siguientes días, los delegados regresaron a sus estados de origen. Una vez informaran a sus respectivos parlamentos, se debería iniciar el proceso de votaciones en cada Cámara estatal para la aprobación definitiva del texto constitucional.

Tenías que haber visto a Gouverneur Morris contándome las hazañas etílicas de aquella noche. Según su versión, llegó un momento en que uno de los comensales se levantó con una copa de Canary en la mano, pidió silencio y comenzó a entonar esta canción a la que se sumaron los delegados:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
es una fina copa de rico vino canario
que es de La Sirena, por ahora;
pero que pronto será mía.

Se trataba de un poema del poeta inglés Ben Jonson, el cual, además de ruidoso y fanfarrón, era un gran bebedor. El viejo Jonson acostumbraba a reunirse en una taberna londinense, llamada La Sirena, con sus amigos Selden, Beaumont, Fletcher, Raleigh y Shakespeare a beber Canary Wine y a hablar de literatura. Cuando las jarras se vaciaban, animaba a sus amigos a cantar sus versos para advertir a la señora Quicky que debía servir más vino canario, tal vez importado en uno de los propios barcos de Walter Raleigh. Una vez las ilustres cabezas se saturaban por completo con los vinosos vapores, el filosófico y poético navegante detallaba a los miembros del club las maravillas que había presenciado en sus muchos viajes, las cosas extrañas que había encontrado en las plantaciones de Virginia y las grandes probabilidades que existían de realizar su sueño de encontrar El Dorado.

incendio londres

La Sirena era la más famosa taberna de Londres, ubicada en el barrio de Cheapside, cerca de la catedral de San Pablo, cuya fama no cesaría de crecer con los años y los poetas, a pesar de que fue destruida en el gran incendio de Londres en el año 1666. Decía Gouverneur que mientras unos jóvenes poetas aficionados al Canary Wine contemplaban cómo las llamas devoraban su amada La Sirena, decidieron nombrar las tres últimas cifras de aquella nefasta fecha como el Número del Diablo.”

(Extracto de la novela El discurso de Filadelfia, de Manuel Mora Morales, Ed. Malvasía, 2016, pp 470-472)

 

Ébola: lo que se debe conocer sobre este peligroso virus

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Infografía de Manuel Mora Morales

EL ÉBOLA DE LOS  RICOS VS. EL ÉBOLA DE LOS POBRES

A veces, el azar es caprichoso. Este post lo publiqué (excepto esta entradilla, naturalmente) unos días antes de conocerse el caso del misionero español Miguel Pajares, afectado de Ébola en Monrovia. Aunque estaba seguro de que más temprano que tarde se encenderían todas las alarmas, no me podía imaginar que este revuelo se formaría tan pronto en los países desarrollados.

Un avión especial ha trasladado a un hospital madrileño al enfermo. Espero que todavía haya tiempo suficiente para salvarle. En Estados Unidos, hay otros dos afectados que,  al parecer, se están recuperando con un tratamiento novísimo que a nadie se le había ocurrido enviarlo a los hospitales africanos.

No puedo decir que me alegro de que esta pobre gente haya resultado infectada, pero estaba muy claro que las organizaciones para la salud del Primer Mundo no se tomarían en serio la epidemia hasta que sus ciudadanos no resultaran afectados. Ese momento ha llegado: esperemos que se pongan mano a la  obra y se tomen en serio la erradicación del Ébola en África.

A PUNTO DE SALTAR LAS ALARMAS CON EL ÉBOLA

El Ébola está llamando a las puertas del Primer Mundo. La muerte de Patrick Sawyer y el avance del virus hacia el norte del planeta activará todas las alarmas. ¿Cuáles son las razones para que no se haya tomado aún medidas de emergencia de manera global?

Después de la peste, el tifus, la “gripe española” de 1918 y el sida, aparece el Ébola, una nueva plaga que todavía no aterroriza al mundo, porque no ha sido tomada demasiado en serio por los políticos, las organizaciones sanitarias ni los medios de comunicación.

Estos aires de poca preocupación –que pueden acarrear una tragedia internacional en poco tiempo– se deben a que el Ébola no se ha cebado aún con la población del llamado Primer Mundo. Hasta ahora, se ha localizado en Congo, Gabón, Sudán y Uganda. Sin embargo, en los últimos meses ha saltado hasta Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakri.

Hace pocas semanas, murió Patrick Sawyer, residente estadounidense que trabajaba en el Ministerio de Hacienda de Liberia.

Las alarmas comienzan a saltar en los Estados Unidos, ahora que se ha sabido cómo Patrick Sawyer falleció pocas horas antes de ir a visitar a su familia de Minnesota. ¿Qué habría sucedido si hubiese contagiado a ciudadanos americanos? Si tenemos en cuenta que, por cada vida norteamericana perdida en una tragedia, los medios de comunicación gastan cien millones de veces más en tinta y en píxeles que por la vida de un africano en las mismas circunstancias, usted mismo puede sacar la conclusión.

QUÉ ES EL VIRUS ÉBOLA

El Ébola era sólo el nombre de un río en el norte de la República Democrática del Congo. En sus proximidades, se desencadenó una epidemia a mediados de la década de 1970 y se identificó el virus que hoy lleva su nombre. Un caso similar al de la “gripe española”, cuyos primeros virus se originaron en Madrid, a principios del siglo XX.

La transmisión del virus tiene lugar cuando se entra en contacto con los líquidos corporales (sangre, orina, saliva,…) y, al cabo de una o dos semanas, se presentan de improviso las primeras manifestaciones de la enfermedad.

Los síntomas son fiebre alta, dolor de cabeza, vómitos, dolores musculares, hemorragias intestinales, erupciones,…

La mortalidad sube casi hasta el noventa por ciento. Como sucedió con el virus de Sida, no faltará quién lo relacione, más temprano o más tarde, con una creación artificial destinada a reducir la población mundial en zonas deprimidas. Creer o creer que existe más de un doctor Mengele conspirando contra la humanidad es cuestión de fe, dado que es imposible comprobar cualquier información en ese sentido.

GORILAS INFECTADOS Y MURCIÉLAGOS INFECTANDO

El virus de Ébola ha infectado también a los simios: más de 5.000 gorilas han muerto en pocos años. Lo cual es una cifra desmesurada de fallecimientos. Las infecciones animales se extienden, con otras cepas del virus, hasta Asia.

En cuanto a los murciélagos, especialmente los que se alimentan de fruta, son los que distribuyen el virus, en sus hábitats naturales, entre las personas y los simios. Un dato alarmante: aas tres especies que distribuyen el virus de Ébola son consumidos tradicionalmente por los seres humanos.

Blog de Manuel Mora Morales

-Uno de los murciélagos más activos es el conocido como Cabeza de Martillo (Hypsignathus monstrosus), el de mayor tamaño en África, que puede llegar a tener un peso próximo al medio kilo. Se le encuentra en Kenia, Angola, Sierra Leona y Zambia.

Blog de Manuel Mora Morales

-El murciélago de las Charreteras de Franquet (Epomops franqueti) está mucho más extendido: Togo, Uganda, Angola, Benin, Camerún, Zambia, República Centroafricana, República del Congo, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Ghana, Nigeria, Ruanda, Sudán y Tanzania. Un territorio amplísimo, con todo el peligro que conlleva para la distribución del virus.

Infografías de Manuel Mora Morales.

-El murciélago denominado Pequeño Collar de Fruta (Myonycteris torquata) se encuentra en Angola, Camerún, República Centroafricana, República del Congo, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Guinea Ecuatorial, Gabón, Ghana, Guinea, Liberia, Nigeria, Rwanda, Sierra Leona, Sudán, Togo y Uganda.

CUANDO EL ÉBOLA LLEGUE AL PRIMER MUNDO

Llegará, de manera irremisible, como llegan todas las pandemias. Seguramente, se controlará, a tiempo o a destiempo, y los laboratorios farmacéuticos trabajarán a marcha forzada para encontrar un remedio. Sólo tenemos que fijarnos en el Sida para encontrar, en términos generales, la hoja de ruta del Ébola en los países desarrollados.

Todo esto va a suceder el día que muera un actor, un deportista o un político famoso en algún hospital europeo o norteamericano. Entonces, se encenderán todas las alarmas, nos someterán a revisiones minuciosas desde el primer síntoma y se tratará de frenar la enfermedad por cualquier medio. Moriremos unos miles y el cerco al virus se irá estrechando…

Para ese entonces, con el Ébola ya controlado en los países desarrollados, en África, las muertes se contarán por millones. Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud estarán en los telediarios, una vez cada dos meses, y, unos años más tarde, las cifras de fallecidos en África por  bajarán de manera notoria.

Lamentablemente, no faltará otra pandemia que en estos precisos momentos ya debe estar incubándose en algún oscuro rincón de nuestro planeta.

El falso documental “Operación Palace”, de Jordi Évole, una parábola muy apta para demócratas

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Desde la Biblia hasta el falso documental “Operación Palace”, de Jordi Évole, pasando por las imágenes de Salvador Dalí, el escarabajo de Franz Kafka o los tigres de Jorge Luis Borges, las obras de arte son consumidas a través de una lectura literal o bien se interpretan desde una perspectiva más amplia y más activa, aproximando el pensamiento a los mensajes crípticos, es decir, a los símbolos y a las metáforas. De ahí que el mismo contenido de una obra produzca tan diversas reacciones en idénticos receptores que no dudarían, sin embargo, en ponerse de acuerdo si estos mensajes hubiesen sido emitidos de manera más simple, en el caso de que ello hubiera sido posible, que no siempre lo es.

Estas divergencias tienen parte de su origen en que para interpretar los aspectos irónicos, satíricos o teleológicos de algunas obras hay que manejar una cantidad de información que no siempre está al alcance de quien consume estos productos. Sin embargo, en todas las ocasiones no sucede esto. A veces, aunque se posea ese conocimiento, la falta de empatía con el autor de la obra o, simplemente, la carencia de agilidad mental para situarse en el punto de vista adecuado, impiden una correcta interpretación de la simbología presentada.

Nada de esto ha de tomarse a la ligera, porque, desgraciadamente, no es la ignorancia, sino la esclerosis mental, fruto de una educación defectuosa, la que constituye uno de los nidos donde empollan todos los fanatismos, todas las intolerancias, todas las guerras.

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Naturalmente, en este marco, que podría ampliarse, es donde ha de inscribirse el falso documental de Évole. No es fácil realizar un análisis simple de esta pieza televisiva, puesto que tanto su mensaje subliminal como los elementos que componen este puzzle mediático son de una complejidad considerable, aunque sólo tengamos en cuenta las innumerables capas de mensajes esclarecedores, confusos, absurdos, interesados, etc. con que nos han bombardeado a lo largo de los 33 años transcurridos desde el golpe del 23F.

Lo de menos, en ese falso reportaje, es la humorística narración de los hechos, aunque no es un mal ejercicio democrático buscar las sonrisas en los lances más sombríos de la historia. Lo de más es mostrar al espectador cómo un medio de comunicación puede montar una creíble y falsa historia con medias verdades y con el tratamiento adecuado de la imagen y del sonido.

Lo de más es llevar al espectador a preguntarse cuántos reportajes falsos se ha tragado a lo largo de su vida y cuántas veces lo habrán manipulado desde una emisora, un periódico o un libro. Lo de más es saber que los grandes medios de comunicación cuentan con un poder gigantesco que les permite transformar lo blanco en negro, la corrupción en patriotismo, la buena voluntad política en conspiración contra el orden establecido, la injusticia en legalidad y el robo en necesidad perentoria para el funcionamiento de un país. Lo de más es abrir los ojos y promover el necesario debate en la base de la pirámide social, la que sustenta las justicias y las injusticias que padecemos.

Lo de más es poner en evidencia que la ficción presentada nos parece real porque “pudo ser real”. Es decir, estamos convencidos de que los personajes del falso documental habrían sido capaces de llevar a cabo los hechos que se narran y esto es lo que más nos inquieta. Lo de más es tener la capacidad de preguntarnos en qué juegos terroríficos estarán implicados quienes ahora detentan el poder. Lo de más es saber que el poder pone todos los medios a su alcance para que no nos hagamos jamás esas preguntas perturbadoras.

Necesitamos más Jordis Évole que nos saquen del aletargamiento intelectual en que vivimos desde hace décadas. Es nuestro deber apoyar cualquier iniciativa de este tipo, conducente a promover la democracia activa, el pensamiento independiente, el análisis de los procedimientos con que actualmente se manipulan nuestras opiniones y nuestras conductas,…

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Hemos visto reacciones indignadas de gente que se creyó el contenido del documental –algo lógico que por otra parte debió sucederle a la mayoría de la audiencia–, pero que no tuvo la capacidad de aceptar ese engaño-desengaño lúdico y artístico utilizado por Évole para comunicar el mensaje con mayor intensidad por medio de un lenguaje simbólico y de una imágenes cinematográficas de calidad excepcional.

Todo simbolismo contiene, necesariamente, falsas apariencias; de los simbolismos nacen las metáforas; las metáforas forman parte intrínseca del Arte con mayúsculas y, sin Arte, la vida se convierte en un campamento militar. Y eso no es lo que queremos. Digo yo.

Los cocineros del tiempo: así nos roban la vida

Permaneció en un estado de apacible meditación e
insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio
las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar
el alba que despuntaba tras los cristales. Luego,
a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico
surgió débilmente su último suspiro.

Franz Kafka: La metamorfosis.

—En cuanto al tiempo —iba el señor Propter diciendo a Pedro— ¿qué es, considerado en este sentido particular, sino el medio en que el mal por sí mismo se propaga, el elemento en que vive y fuera del cual muere? En realidad es más que eso aún, más que su simple medio. Si uno lleva el análisis lo bastante lejos, se encuentra con que el tiempo es mal. Uno de los aspectos de su sustancia esencial.

Aldous Huxley: Viejo muere el cisne.

RELOJ-FRITO

Los libros, el arte, la religión, el tiempo, la visible y sólida tierra, y lo que del cielo esperábamos y lo que del infierno temíamos, todo se ha consumido.

Walt Withman: Hojas de hierba.

Los intermediarios de los dioses nos han educado para vivir felices en tiempos futuros, obedecer en tiempos presentes y añorar los tiempos pretéritos. Durante milenios, en esa cocina de entelequias finitas e infinitas, se ha ido modelando el miedo humano. Estos auténticos cocineros del tiempo nos han servido el plato que contiene las horas y los años con los dos ingredientes más execrables e inmorales que han podido encontrar: el miedo y la mentira.

Recuerdo con horror un enorme y grotesco reloj, colocado en la antesala de la casa de un viejo nazi alemán, en cuyo péndulo se podía leer la siguiente frase: Ex his una tibi (“De éstas [horas] una es para ti”), es decir, una de éstas será la hora de tu muerte.

Nuestras esperanzas y temores están depositados en el tiempo. Tememos sus pasos, pero también aguardamos impacientes el transcurso de horas, días o años para alcanzar algo que nos proporcione un poco más de felicidad o que cierto escollo desaparezca y se lleve con él un dolor o una tristeza. Sabemos que un año más nos acerca a la hora de nuestra muerte, pero quisiéramos estar ya en las siguientes vacaciones.

En ese sentido, somos los devoradores del tiempo que nos engulle.

 Sin que podamos demostrar la esencia malvada o benévola del tiempo, esperamos con ansias que las manecillas del reloj caminen veloces para dar alcance a nuestras ambiciones, grandes o pequeñas, y nos horrorizamos cuando caemos en la cuenta de lo raudas que esas agujas giran y nos empujan hacia la muerte:  Ex his una tibi.

Todo está encadenado al tiempo, incluso lo ficticio. Especialmente, lo ficticio.

Una cualidad de nuestros dioses es la eternidad y la mayor recompensa que nos ofrecen las religiones tiene mucho que ver con la inmortalidad: devorar el tiempo sin ser devorados por él. De este modo, para quienes no cumplan las reglas humanas o inhumanas de cualquier doctrina, se ha preparado un variado repertorio de tiempos: infames reencarnaciones perpetuadas en la rueda de cronos, sufrimientos interminables en toda clase de infiernos y la peor pena:  el cero infinito o la aniquilación radical del tiempo para el pecador tan pronto muera.

Durante milenios, en el nombre del miedo, hemos obedecido al futuro que venía de la cocina del tiempo, reforzado con otros miedos más palpables: las espadas, los jueces injustos, las prisiones,… Así, todo quedaba controlado en la zona plebeya de los comedores del tiempo hasta la llegada de las revoluciones ciudadanas de finales del Siglo de las Luces. Entonces, comenzó en la cocina un lento cambio que aún no ha alcanzado la mitad del camino.

Desde hacedos siglos, de manera lenta pero inexorable, los dioses han ido perdiendo poder sobre el tiempo, y  ganándolo los dirigentes no-religiosos (políticos, empresarios, artistas,…). A pesar de las apariencias, los dirigentes utilizan cada vez menos las retribuciones y amenazas celestiales  e infernales del futuro para reclamar nuestra obediencia a la clase privilegiada. Ahora, cuando los ciudadanos comienzan a dudar de los premios y de los castigos postmortem, el tiempo se les roba con amenazas y coacciones directas o veladas sobre el patrimonio, sobre la seguridad, sobre la intimidad y sobre el ocio.

En la actualidad, gran parte de los cocineros del tiempo son los financieros, los banqueros, los ejecutivos de las grandes corporaciones, los presidentes, los ministros y toda la pléyade de cargos que viven del tiempo consumido por los ciudadanos de a pie. Un tiempo dedicado a trabajar para los grandes parásitos del Estado y de las finanzas; un tiempo dedicado a dejarse ofuscar y mentecatizar por los cantamañanas del cotilleo, de las tertulias opiáceas y del deporte televisivo; un tiempo dedicado a rebanar las mentes de sus propios hijos y conciudadanos con horas y más horas en centros de enseñanza que los adiestran para que no rechisten y generen pensamientos propios; un tiempo dedicado a deprimirse con el temor a enfermar, a empobrecer, a ser multado, a ser señalado; un tiempo que miramos con el terror pintado en los ojos, mientras esperamos ver aparecer en nuestras vidas, de forma artificial y prematura, las dos palabras más terribles del imperio: GAME OVER, alzándose en mayúsculas sobre nuestras cabezas, emprendiendo el vuelo desde un verso de Walt Withman: Basta, oh presente que me dejas, basta, oh tiempo rescatado.

El presidente ya tiene quien le espíe

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A mí, al contrario que a casi todo el mundo, el estado federal estadounidense me cae bien.  Ello no obsta para que te aconseje no entregar jamás tu número de teléfono móvil a un diplomático americano. Sobre todo, si eres presidente de un país y no quieres que te espíen o te dronen.

Lo más alucinante de todo el actual embrollo del espionaje es que, por un lado, no existe un solo gobierno ni un solo periódico que dude de las informaciones de Edward Snowden y, por otro, ni un solo gobierno ni un solo periódico que crea al presidente norteamericano o a sus portavoces.

La conclusión, o la pregunta, si viviéramos en un mundo medianamente decente, sería: ¿por qué los estadounidenses no eligen presidente a Edward Snowden y encierran a Barack Obama en la cárcel?

Sin embargo, no sólo evitan votar al “bueno” y defenestrar al “malo”, sino que son incapaces de expresar siquiera ese pensamiento públicamente.

El pensamiento del americano medio –y esto también es tan verdadero como alucinante– viene a ser el siguiente: el espionaje, como la guerra contra países lejanos, es necesario para que podamos seguir manteniendo nuestro estilo de vida americano; por esto, admiramos tanto a nuestros agentes secretos como a los muchachos que mueren en el frente, porque son los héroes que nos permiten seguir comiendo hamburguesas, bebiendo cocacola sin freno, inflándonos de cerveza y tajadas de grasa en los estadios y aplaudiendo como locos nuestras grotescas series televisivas. El estilo de vida americano es sagrado y todo lo que se haga por mantenerlo, bien hecho está, caiga quien caiga. Amén.

Sinceramente, no creo que la culpa sea de las instituciones ni de la constitución americanas. A mí, al contrario que a casi todo el mundo, el estado federal estadounidense me cae bien. Creo que la mayor parte de sus leyes son justas, excepto las que no lo son.  Quienes me caen mal son los ciudadanos. Las estructuras democráticas no tienen culpa de que toda esa gente esté sosteniendo con sus votos y sus palmaditas a un gobierno y a un parlamento podridos hasta la médula.