Marie Kondo está loca

Si la influencer japonesa entrara en mi casa, infartaría. En el improbable caso de que sobreviviese, su primera reacción sería desalojar los miles de libros que abarrotan y estrechan las paredes de la vivienda.

Lo mismo me aconsejó un buen amigo, hace poco tiempo. Un amigo que en su casa no tiene un solo libro, ni un solo cuadro ni un solo objeto que se pueda considerar bello e inútil. No por falta de dinero, que lo tiene de sobra, sino porque es eminentemente práctico,  como Marie Kondo.

En un estante, conservo el primer libro que tuve en mis manos. Está encuadernado en piel, se lo compró mi padre al obispo y cuenta la historia de la diócesis. No soy creyente, pero abrir ese libro me transporta a la infancia y sólo mirar su lomo me despierta recuerdos muy amados.

En otro lugar, hay un estuche con tres pesados volúmenes ilustrados sobre un viaje a Brasil. De vez en cuando, los hojeo y comento algunos pasajes con una amiga, mientras revivo una visita invernal a Lisboa y la emoción de encontrar una vieja librería abarrotada de tesoros literarios.

A su lado, hay una gramática latina, conservada gracias a una encuadernación realizada por un buen artesano. En ese libro me quemé las pestañas, estudiando ablativos y verbos irregulares. ¿Cómo voy a tirarlo?

Así, podría mencionar todos los libros que Marie Kondo me haría sacar de mi casa, como si cada uno de ellos fuera un pecado mortal que está condenando mi alma a un antiminimalismo peligroso…

Esta disgresión viene a cuento por una subasta realizada en Nueva York con las pertenencias de la difunta escritora Joan Didion, una parte de las cuales fue calificada por la casa de subastas como “ephemera”, palabra que no encontrarás en el DLE y que, aproximadamente, significa objeto insignificante: una caja de conchas, unas cuantas gafas y otras minucias parecidas.

Estoy seguro de que para Didion esos objetos sin valor económico, que conservó hasta su muerte, significaban tanto como para mí los libros o para ti esas cosas que únicamente te aportan recuerdos entrañables, pero que no tirarías por nada del mundo.

Reducir tu casa a paredes desnudas… ¡qué locura!

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