¿Ojo por ojo?

Dice la Biblia que Yahvé le dijo a Moisés que aplicara la Ley del Talión, es decir, “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Así se había hecho en Babilonia y así lo continuaron haciendo los israelitas durante siglos.
Sin embargo, como dijo el indio Gandhi, si se aplica el “ojo por ojo, el mundo acabará ciego”, asunto con el que también concordaba el israelita Jesús de Nazareth.
La cuestión que se ha venido planteando durante mucho tiempo es si el germen de la violencia –incluyendo la bélica, la legal y la judicial– se encuentra en la genética o en la cultura, y si varía con sus respectivos desarrollos.
La Unesco rechazó hace años que la única causa de la agresión entre las comunidades humanas sea la información que se encuentra en nuestros genes, tal como han sostenido destacados genetistas.
Razonablemente, deberíamos concluir que la guerra es, sobre todo, un fenómeno cultural. Lo cual se demuestra por la existencia de culturas que jamás han hecho la guerra, y ello no habría sucedido si hubieran heredado esa propensión belicista en los genes. La biología, pues, no condena a la humanidad a la guerra.
La evolución en la manera humana de hacer la guerra viene de los cambios culturales y no de los biológicos. Lo cual nos proporciona cierta esperanza para alcanzar una paz definitiva entre los pueblos. Es decir, no estamos necesariamente predestinados por nuestra naturaleza animal a matarnos unos a otros, como se ha intentado hacernos creer.
En palabras de Sigmund Freud, “la dimensión cultural del hombre y el miedo legítimo a las formas que podrían revestir guerras futuras pueden contribuir a poner fin a la guerra… Pero con qué medios, directos o indirectos, se producirá, no podemos preverlo.”
La esperanza me mantiene, porque la misma especie que ha inventado la guerra también será capaz de inventar la paz.

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