San Antonio de Texas, los canarios y El Álamo

Párrafos extraídos de mi diario, durante un viaje al sur de los Estados Unidos:
San Antonio de Texas. Lunes 14 de julio de 2014

El puente de los esclavos

En el año 1731, llegaron a Texas diez familias canarias que formaban un grupo de unas cincuenta personas. Les fueron asignados los terrenos próximos a la misión de San Antonio, levantada por el misionero valenciano Antonio Margil. Esta gente fundó San Antonio de Texas, una ciudad que hoy se conoce en el mundo entero por las películas del lejano Oeste.
Durante mi primera visita a este territorio, con motivo del Folk Life Festival del año 2007, encontré a algunos descendientes de canarios (unos procedentes de Luisiana que ya conocía desde hacía tiempo y otros de Texas cuya canariedad era más que dudosa), restos arquitectónicos que hablan de las primeras familias, un cementerio, una misión, una imagen de la virgen de Candelaria que no llevaba ni diez años en San Antonio,… Lo cierto es que en esta ocasión llevo aquí un día y no he tenido tiempo de tomarle de nuevo el pulso a la ciudad, ni siquiera al mercado con sus mariachis, sus artesanos, sus policías corruptos, sus tacos y sus asopados.
Sé muy bien que San Antonio es una ciudad agobiante donde las prisas, sumadas al aplastante calor, ponen a la gente de malhumor en la calle. Sin embargo, tan pronto uno entra en un edificio, las caras cambian y la amabilidad es permanente, ¡incluso en las dependencias públicas!
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Anoche conduje un coche desde Austin a San Antonio por la autopista 35, mientras maldecía las emisoras de radio cuya música se reducía a un country que parecía reggaeton y a un reggaeton que parecía country. Cuando me aproximé a San Antonio, tomé el desvío de la derecha, hacia la calle de Huston, y pasé bajo un puente de la autopista. En mala hora. Allí vi una larga fila de personas sentadas con una apariencia miserable tanto por su ropa como por su aspecto. A pesar del cansancio, di otra vuelta para regresar al puente y contemplar la escena de miseria más extrema que he visto en Estados Unidos. Ni siquiera en las partes menos recomendables de Nueva Orleans he encontrado algo tan patético y doloroso.
Buena entrada, ¡vaya comité de bienvenida: mano de obra importada a precio de esclavos y sin tener que abonarle el viaje!, pensé, y proseguí mi camino, más triste y cansado si cabe.
Estaría próxima la medianoche y era domingo. No vi a nadie más en las calles céntricas de la ciudad. El único sonido que escuché durante toda la noche, desde la habitación que tenía reservada en la quinta planta de un hotel barato, era el traqueteo de un largo tren cada sesenta minutos exactos.
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Fuerte El Álamo, los canarios y Floresville

A la mañana siguiente, un canario cualquiera, después de beber la correspondiente agua de café del desayuno, habría ido al fuerte El Álamo para ver si todavía quedaba algún herreño vivo. Yo también fui y, aunque haya leído muchas veces que es mentira la presencia de herreños en la defensa de El Álamo, no cabe duda de que a la parte más estúpida de mi chauvinismo le encantaría ver una larga lista de Padrones entre los defensores.
En lugar de un herreño, me encontré con el director del viejo fuerte y un papel que me autorizaba a curiosear y filmar cuanto quisiera dentro del recinto. Qué tranquilo está esto, da gusto, pensé y me senté bajo la copa de una pimentera. Allí empecé a imaginar los tiros de los mexicanos del general Santa Anna contra los defensores parapetados detrás de aquellos muros.
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David Crocket.

Éstos habían llegado de todas partes, con la intención de luchar; no sólo estaba allí David Crocket; también había alemanes, ingleses y canarios procedentes de Luisiana. Algunos isleños residentes en San Bernardo Parish –cuyos vecinos nunca perdieron la oportunidad de pegar unos tiros, aunque casi siempre alistados en el bando equivocado– estuvieron en el interior del fuerte. Por ejemplo, Toribio Losoya, un descendiente de canarios que luchó y murió allí, defendiendo como un jabato el sagrado derecho de los texanos a tener esclavos. Su madre y sus hermanos, excepto uno a quien le dieron matarile al finalizar la batalla, sobrevivieron. Hace años, pasé por Floresville y me enteré de que una descendiente de aquella familia había donado el terreno donde se edificó esta población que aún conserva un viejo y descuidado cementerio con muchos apellidos canarios. Por cierto, esto me recuerda que debería terminar mi serie de relatos sobre esa familia y las dramáticas casualidades que incluyen a Billy el Niño, el cual vivió una temporada en los alrededores.

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General Santa Anna.

¡Viva Santa Anna!… aunque le pese a John Wayne

La batalla de El Álamo se libró en 1836. Texas aspiraba a convertirse en una nación independiente y México, que llevaba algunos lustros separado de España, no estaba dispuesto a permitirse el lujo de perder una provincia tan grande. En el interior del fuerte el calor aprieta duro a medida que avanza la mañana y no apetece salir de la sombra. Por esto me he sentado aquí, en la sombra misma, a escribir estas líneas, justo en el sitio donde se desató la balacera. Trato de imaginar si le pondría a esa escena bélica un fondo musical de Ennio Morricone o de Pedro Infante, pero atrona el primer compás de una horrible fanfarria. Es una banda de adolescentes, escondida en una de las caballerizas y dirigida con toda probabilidad por un sordo. Me acobardo ante la sonora acometida y opto por la retirada, mientras pienso en el verdadero origen de la batalla de El Álamo.
Cuando México liberó a los esclavos, los texanos de origen anglosajón se enfadaron sobremanera y andaban sublevados porque deseaban conservar a su servicio a aquella pobre gente que consideraban de su propiedad. Este germen esclavista terminó por ocasionar el ataque del general mexicano Santa Anna, un hombre que en ese entonces era defensor de los valores democráticos, que luchaba por ampliar las libertades populares.
¡Por mucho que le pese a John Wayne y por más que la historia oficial haya tratado de convertir en una lucha de soberanía nacional lo que no fue sino el miserable empeño de mantener a hombres y mujeres de color negro bajo el látigo esclavista de una minoría blanca!
¿Y el párrafo constitucional que ordenaba el final de la esclavitud en los Estados Unidos para el año 1808? No fue respetado. Tuvo que sobrevenir una terrible guerra fratricida en la década de 1860 para que los negros obtuvieran, al menos oficialmente, la libertad en Los Estados Unidos de América.