Camaleones

Tomé una foto de este cuadro de Remedios Varo porque me impactó ese personaje que, sentado en su silla, se abriga y camaleoniza con la moqueta del suelo.
La imagen me recordó una película de Woody Allen, cuyo protagonista, Leonard Zelig, posee la facultad de adaptarse perfectamente a los ambientes en que se halla. Zelig es aborigen entre los aborígenes, político en una convención, soldado en el ejército alemán y hasta su piel se oscurece cuando se acerca a los negros.

CAMALEONES

¿Quién no conoce a gente así? Esas personas nunca fracasan ni destacan en nada, la vida no les va bien ni mal, sus ideas no son buenas pero tampoco malas, pasan por la vida sin un aplauso, ni una protesta, ni un disgusto ni un abucheo,… poseen la habilidad de no desentonar en ningún sitio y se mueven como pez en el agua en todos los ambientes.
Son los perfectos camaleones a los que todos envidiaríamos si fuésemos capaces de detectar su presencia. Es posible que tampoco ellos sean plenamente conscientes de su existencia como seres individuales e independientes.
En definitiva, se ajustan al modelo de “hombre-masa” descrito por Ortega y Gasset. Es la misma persona que un día puede hartarse; luego, sumisamente rebelarse contra las injusticias de los sistemas democráticos y, finalmente, propiciar un mal infinitamente mayor.
El hombre-camaleón es el perfecto ejemplo del bienpensante e inocente votante de Trump, de Bolsonaro, de Salvini y de todos esos nuevos flautistas de Hamelín que nos están conduciendo a una ratonera sin salida. Sin esperanza.
No obstante, es posible que en su película Woody Allen nos apunte una solución viable: el protagonista resuelve sus problemas con un giro inesperado en su vida: el desarrollo de una historia de amor con la psiquiatra que lo atiende.
Se lo comenté a mi vecino inglés y me respondió con toda su flema:
–El problema, Manuel, es que no tenemos suficientes psiquiatras para todos.

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