EL VICIO DE MACHACAR AL PRÓJIMO

–Yo voy a los partidos del derby entre el Tenerife y Las Palmas porque armar la bronca con los del equipo contrario me sube la adrenalina y me pone a mil. No me los pierdo nunca, ¡sobre todo cuando son en campo ajeno!

–¿Y qué pasa en esos partidos? –le pregunto con curiosidad.

–Llegamos en ferry a la isla de enfrente. Una vez allí, bastante antes de la hora del partido, los policías forman dos cordones para que entremos al estadio. Detrás de los policías están los aficionados del otro equipo insultándonos, intentando romper la barrera para pegarnos.

–¿Y ellos logran pasar y pegarles?

–No, –se ríe– quienes les pegamos somos nosotros. Nos acercamos al cordón policial y, con disimulo, les damos puñetazos en la barriga o en los huevos. Y cuando ellos vienen a nuestra isla hacen lo mismo con nosotros.

UN HOMBRE  TRABAJADOR Y AMANTE DE SU FAMILIA

Esta conversación es real. La mantuve hace algunos años con un señor al que siempre consideré  pacífico. Un padre de familia en la cuarentena, honrado en su trabajo, siempre amable. Lo más que destacaba de él era su colosal aspecto físico –alto, musculado, sin un ápice de grasa–, su cara roja por la alta presión sanguínea con una permanente sonrisa.

Sin embargo, los fines de semana, en los estadios se transformaba en una alimaña que machacaba a otra gente sin compasión, por el único motivo de pertenecer a un club futbolístico distinto al suyo; lo cual significaba que ya no pertenecía a su tribu, que era diferente a él y a su grupo, y a su islita. Supongo que Erich Fromm tenía razón cuando escribía que los soldados deben deshumanizar a los enemigos para poder matarlos como animales sin tener mala conciencia por ello.

No obstante, en este caso, también existían causas sociales más tangibles que despertaban esa violencia irracional: una juventud sin expectativas en un barrio marginal, muchas horas de trabajo diario, una sangría económica y emocional por una esposa frecuentemente hospitalizada debido a una enfermedad incurable, un hijo con graves problemas escolares, una hija embarazada en la adolescencia,… Todo un cóctel que se convierte en explosivo si no se le busca una salida adecuada, lo cual es poco probable cuando la preparación cultural es mínima y las únicas formas de ocio que se disfrutan son las películas de acción que dan por la tele y el partido de fútbol en el fin de semana acompañando a los amigos necesariamente marginales porque se criaron en un barrio marginal donde a ningún policía le agrada que lo envíen de servicio.

DE LA FRUSTRACIÓN A LA VIOLENCIA

La frustración acumulada ya se va convirtiendo en ansiedad y ésta desemboca en una agresividad que busca una salida, lo mismo que el vapor de agua trata de encontrar una válvula para escapar de la caldera que lo retiene. La fuga del vapor produce movimiento y la salida de la agresividad, violencia.

En los partidos de fútbol, los grupos que practican la violencia se retroalimentan de sí mismos y aumentan el nivel de brutalidad cada vez que se encuentran frente al «otro». Llegada la hora, el fragor de la pelea les impulsa a herir al adversario utilizando todo cuanto tienen a su alcance: los insultos, los puñetazos, las patadas, los navajazos, los disparos,… sin importar las consecuencias. Lo importante es agredir, agredir, agredir,… hasta que la adrenalina se agote y fluyan las endorfinas que nutren al vicio de machacar al prójimo.

GENTE NORMAL QUE AGREDE A GENTE NORMAL

Lo que más debe ponernos los pelos de punta es que una gran cantidad de estos seres violentos o que apoyan la violencia no pertenecen a grupos minoritarios ultras. Son chicos trabajadores, padres de familia, buena gente en su vida diaria; pero han sido alimentados por situaciones sociales injustas, educados en un sistema político y social sin valores morales, amamantados con un constante espectáculo televisivo que apela a la violencia como la fórmula más rápida y asequible para alcanzar el reconocimiento ajeno.

No basta ya el «pan y circo» para contener estos brotes ni es, simplemente, un problema policial. Como en la canción de Bob Dylan, podríamos preguntar con ironía a los que manejan el cotarro mediático, futbolístico y político: Algo está pasando aquí, pero no usted no sabe qué es, ¿no es así, Mr. Jones?

LA PREGUNTA DEL MILLÓN (de muertes)

Pero me queda una espinita dentro, una pregunta que me corroe de vez en cuando. Verán, hace poco salí en coche con un amigo. El hombre más pacífico que conozco: bonachón, de buen beber y mejor comer. Sin embargo, cuando lo conocí al volante no me lo podía creer: agresivo, insultón, con la presión arterial al máximo, soltando espuma por la boca y dando manotazos en el salpicadero mientras amenazaba a otros conductores. ¿En qué se había convertido?

He visto a otros buenos hombres, calmosos y hasta medio filósofos, que después de unos cuantos tragos se tornaban irascibles, faltones y violentos.

Mi pregunta es si estos individuos adquieren otra personalidad cuando están conduciendo o bebidos o si, realmente, ese comportamiento inadecuado les acompaña de manera permanente y de forma hipócrita presentan una cara amable para un determinado grupo de gente. Si en sus casas les pegan a sus mujeres e hijos de manera soterrada o si sus explosiones en las borracheras o en la carretera son esporádicas y poco habituales…

Me pregunto mientras escucho en la radio que han encontrado a otra mujer asesinada por un ejemplar padre de familia.