Campesinos: siete fotos y un millón de lágrimas

“El problema de la tierra es, en el peor de los casos, de carácter secundario principal: ¿Quién ha de ararla? En pocas palabras, ¿quién de vosotros ha de llevar por todos los demás el trabajo sucio y difícil, y con qué retribución?”

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La reflexión no es mía, sino de John Ruskin, el escritor inglés (1864-1900) cuya vida y obra literaria inspiró a Gandhi para llevar a cabo su revolución pacífica en la India.

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¿Quién ha de arar los campos y cuánto ganará con su trabajo? Esta es la pregunta clave para entender por qué en las Islas Canarias y en otras partes del mundo el campesinado está desapareciendo: los viejos mueren y los jóvenes buscan trabajos menos sucios, menos cansados y mejor remunerados.

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Los políticos son los responsables de solucionar este problema, pero no saben o no quieren hacerlo. Prefieren olvidarse de la tierra y apoyar la importación de productos agrícolas y ganaderos producidos a miles de kilómetros de nuestras residencias. Productos transportados en barcos y aviones que contaminan y favorecen el calentamiento global que ha de matar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

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La gente se contenta –igual que usted y yo– con encontrar en los supermercados la fruta, la carne y los yogures más baratos, sin preguntarse quién ha de arar nuestros campo si nuestros campesinos no ganan ni para comprar semillas.

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Hoy, el problema de la tierra ya no es de carácter secundario principal como en el siglo XIX; en la actualidad, es un problema vital que amenaza la vida en este planeta.

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