¿A qué personaje del PSOE le interesa que no haya acuerdo de investidura?

Quien haya escuchado la sesión de investidura del pasado 22 de junio habrá tratado de encontrar algún sentido a las palabras de Pedro Sánchez, el candidato a presidente del gobierno. En apariencia, al menos, como en el ballet clásico, el Cisne entró en escena para morir… en este caso, políticamente. Y me reconocerán ustedes, incluidos los militantes del PSOE, que buscar ese significado no es tarea fácil, porque Sánchez se situó en las antípodas de lo que en buena lógica se esperaba.

También hice mi particular análisis y llegué a una conclusión que no he escuchado ni leído en ninguna parte, si bien no descarto que otras personas también la hayan tenido en cuenta. Trataré de explicarme, si me siguen con un poco de paciencia.

DOS MANIOBRAS RETÓRICAS

Lo primero que observé en el primer discurso fue que el candidato utilizó maniobras retóricas para hacer enfadar y, si fuera posible, sacar de sus casillas a dos dirigentes: Albert Rivera y Pablo Iglesias.

Para hacer saltar y poner en evidencia al líder de Cs, le bastó con decirle cuatro cosas de manera directa para que éste embistiera de una forma tan primaria que regocijó a la audiencia no sólo de España, sino de muchas otras latitudes que están siguiendo con interés todos estos debates.

En cuanto a Pablo Iglesias, el candidato optó por una maniobra psicológica más sutil: dirigirse a PP y Cs para pedir la abstención y no mencionar a Podemos. Sánchez pensaría (aunque ya veremos que esto no sería así exactamente) que Iglesias iba a reaccionar de manera verbalmente violenta y que cometería errores de bulto. Esto habría funcionado con Ribera y, probablemente, con Casado, pero no lo hizo con Pablo Iglesias, el cual volvió a dejar en evidencia a Pedro Sánchez.

Hasta aquí, mi relato de lo sucedido. Ahora vienen los interrogantes y las conclusiones.

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LAS PREGUNTAS CLAVES

¿Por qué quiso Sánchez poner en su contra a Iglesias y a Ribera?

Es innegable que trató conscientemente de provocar un enfrentamiento y un desacuerdo. Nadie en su sano juicio puede creer que buscara apoyo en la derecha ni en la izquierda diciendo lo que dijo. Ni siquiera una reacción que desembocara en algún tipo de acuerdo. El candidato se pasó la jornada laminando cualquier tipo de pacto para alcanzar la presidencia. Su actitud revela que no desea acuerdos con nadie y que busca nuevas elecciones.

En una novela de suspense, cuando se comete un crimen, el detective siempre se pregunta: ¿a quién beneficia esta muerte? Hagamos lo mismo que el detective, si bien primero debemos saber quién es la víctima

LA INESPERADA VÍCTIMA

Igual que en las mejores obras de Patricia Highsmith, la lógica nos conduce a la sorpresa: la víctima es Pedro Sánchez. Y lo es porque sus discursos y actitudes están matando cualquier oportunidad de alcanzar la presidencia. A los hechos me remito: discursos para enfadar a toda la oposición y a sus posible aliados.

Ahora, avancemos un paso más y descubramos a quién beneficia la muerte política de Sánchez. Seguramente, muchas personas del entorno del candidato están mucho mejor cualificadas que yo para saber quién aspira a llegar a la presidencia, cómo y cuándo.

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¿A QUIÉN BENEFICIA ESTA MUERTE POLÍTICA?

El cómo ya lo hemos visto: haciendo que la propia víctima figure como culpable de su muerte, es decir, un suicidio político que, como muchos suicidios, parece no tener sentido. A no ser… que alguien muy retorcido haya manipulado a Sánchez para conducirlo al borde del abismo y prometerle que cuando dé el siguiente paso no caerá al precipicio sino que se cumplirán todos sus sueños. De esa manera, el inductor tendría vía libre para ocupar su puesto.

El cuándo es evidente que no será a corto plazo ni siquiera en las próximas y seguramente cercanas elecciones. En ellas volverá a presentarse Sánchez, las perderá y, esta vez sí, saldrá por la puerta de servicio de su partido convertido en cadáver político para la eternidad. Pero, a finales del 2023, volverá a haber lecciones generales y el nuevo candidato del PSOE podría tener una oportunidad de alcanzar la presidencia.

LA MANO QUE MUEVE EL DEBATE

El quién es la cuestión más ardua para un detective. ¿Quién induce a Sánchez a suicidarse políticamente? Aquí es muy arriesgado aventurar un nombre. No veo en ese papel a la vicepresidenta María del Carmen Calvo ni siquiera a Margarita Robles, ambas encantadas con el chollo de ser ministras de izquierda y con la posibilidad dar pasos hacia la igualdad de género.

Quizás me equivoque, pero no creo que las ministras estén manipulando en la sombra para derribar a Sánchez, habida cuenta de que su partido, al menos de momento, no designará a una mujer como candidata a la presidencia del gobierno español. La andaluza Díaz perdió la oportunidad por ser mujer, no por ser casi de derechas ni por estar frente a Pedro Sánchez. Me alegra comprobar que la novela The Terrapin, de Highsmith, en la que un muchacho asesina a su madre, no nos sirve como comparativa en un caso que no se puede considerar el reverso de Electra.

¿Y el Edipo nos ayuda a comprender más este caso? Aunque no sea algo relevante, supongo que sí –si consideramos madre a la Presidencia y padre a Sánchez–, que debemos buscar a un instigador varón como autor intelectual del suicidio político del presidente en funciones. Claramente, debe ser alguien inteligente, en la cúpula del poder socialista y muy cercano a Sánchez. Quizás, el mismo que interfiere [sic] en la redacción los discursos y lo aconseja.

Este personaje no es Josep Borrell que está camino de Bruselas –enviado, quizás, por nuestro personaje misterioso para apartarlo de tentaciones presidenciales–; ni el juez injuriado y desacreitado, Grande-Marlasca; ni Duque Duque, el astronauta comprometido con Hacienda ni, mucho menos, Guirao Cabrera, sustituto del brevísimo Màxim Huerta y sus líos fiscales.

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¿QUÉ SOSPECHOSO NOS QUEDA?

Sólo un nombre: José Luis Ábalos Meco, hijo de torero, ministro de Fomento, columnista de ABC, secretario de organización del POSE y hombre que sale a dar la cara en los momentos más decisivos y mediáticos, con una confianza y un aplomo tales que llaman la atención de propios y extraños; y la habilidad de desaparecer del mundo mediático en el momento adecuado… para sus intereses.

Por supuesto, desde mi no militancia es imposible obtener datos para afirmar que el instigador de la política errática de Sánchez es Ávalos. No obstante, siempre desde mi punto de vista –tan humilde y tan en su derecho como el de cualquier otro ciudadano– este hombre tiene en su poder todas las papeletas para ser el aspirante a presidente español, sustituyendo a un mediocre Pedro Sánchez, a quien no se le puede negar su voluntad, su inventiva y su ambición, pero que no posee la inteligencia, la coherencia ni la destreza política que requiere ese cargo.

Ábalos, sí las tiene; lo que no tiene es tiempo para esperar más de una década a que le llegue el turno de heredar la candidatura a la presidencia, puesto que tiene 60 años y se le está pasando el arroz. Algo tendrá que hacer, digo yo, máxime llevando el peso de la negociación con Podemos y la posibilidad de poner palitos en las ruedas con el propósito de no alcanzar el acuerdo.

Espero, firme y esperanzado, tener que borrar este artículo el próximo jueves, avergonzado por haber pensado tan mal sobre una gente tan buena.