El Drago milenario de Icod y los pintores de dragos

El Drago de Icod es el mayor sobreviviente de los grandes ejemplares de esta especie que poblaron las islas macaronéricas (Madeira, Azores, Cabo Verde, Salvajes, Canarias) hasta los siglos XV y XVI. Intentaré contarles algunas cosas sorprendentes sobre estos curiosos árboles.

La devastación de la especie comenzó en Madeira cuando los colonos portugueses recibieron la orden de quemar bosques durante siete años seguidos. A partir de aquí, la savia roja de estos «dragones» vegetales fue un artículo que alcanzó altos precios en Europa. Su utilizó masivamente en medicina y alquimia. De esta manera, se talaron bosques enteros de dragos en busca de un beneficio económico. Así se comenzó a conocer estos extraños vegetales en Europa.

La botánica gozaba de gran auge en el siglo XVIII: la ha puso de moda un súbdito sueco llamado Carlos Linneo que emprendió el Método de Clasificación Binaria de la plantas basándose en los estambres y pistilos. El interés de este naturalista por los dragos canarios era  casi exagerado.

El rey Carlos III lo invitó a realizar un viaje para observar los dragos en su hábitat natural sin embargo Linneo no pudo desplazarse y envió a su discípulo Loefling. Este viajó hasta Portugal para analizar un drago procedente de las islas Azores. Es una pena que ni él ni su maestro lograsen ver una sola flor de drago. Por ello su clasificación definitiva tardó en producirse: sin flores no se puede determinar el género de una planta. De manera que muchos naturalista suponían que no transcurriría mucho tiempo antes de que los dragos fuesen registrados en el Sistema Naturae que pretendía publicar años más tarde, y que de hecho publicó.

Los dragos canarios son conocidos en Europa desde hace siglos. Los aborígenes de las islas cambiaban la resina que produce su savia por manufacturas europeas a los viajeros que se acercaban por las costas del archipiélago. Estos detalles se encuentran ya en las tempranas crónicas de los franciscanos que acompañaron al francés Jean de Bethencourt y a sus hombres.

[…] los canarios les llevan higos y sangre de drago, que cambiaron por anzuelos, hierros viejos y por navajas y recogieron sangre de drago que valía más de 200 doblas de oro y todo lo que ellos cambiaron, no valía la suma de dos francos.

Cuando se forma la resina el contacto con el aire produce una oxidación de sus componentes. Adquiere un color rojo oscuro como sangre de soldado muerto en campo de batalla. Por este motivo se denomina Sangre de Drago. Ha sido utilizada tanto para la medicina como para la alquimia. Ya en el siglo XII un orfebre llamado Teólifo escribió en su libro Sobre las diversas Artes que si juntamos el polvo de drago con la sangre humana el vinagre y el rojo de cobre obtendremos oro español: una mixtura que se utiliza para dorar metales.

Además de su venta en boticas la Sangre de Drago se empleaba para la producción de tintes y barnices de tonos bermellones. Por esta razón desde el siglo XV se estableció una explotación inmisericorde de esta resina que ha terminado con la mayor parte de los dragos canarios. Se exterminaron por completo en La Gomera y El Hierro. También se redujeron a pocos ejemplares en La Palma, Gran Canaria y Tenerife, donde formaban bosquecillos en diversos lugares. En Lanzarote y Fuerteventura nunca los ha habido por la extrema sequía que se padece en esas dos islas.

Bien es verdad que hay más tipos de dragos en otras partes del mundo como Socotra o la península arábiga. Sin embargo ninguno de ellos alcanza el porte de los dragos canarios.

Quizás esa majestuosidad vegetal ha propiciado que los pintores europeos hayan incluido los dragos en sus cuadros. Lo curioso es que los maestros de la Europa meridional no reproducen dragos en sus obras sino los artistas de los países nórdicos. Es sorprendente que en el año 1475 aparezca un drago canario en un grabado sobre madera de Martin Schonghauser: el más prestigioso grabador del prerrenacimiento alemán.

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La huida a Egipto, de Martin Schonghauser.

Si nos situamos frente al grabado de Schonghauser observamos que el burro se ha detenido y trata de mordisquear un cardo: sobre el animal está montada la Virgen con el Niño en brazos: y San José recoge dátiles de una palmera inclinada por cinco angelitos. Al fondo descansa una pareja de ciervos entre los troncos de los árboles. Más lejos hay algunas casas campesinas. Detrás del burro crece un hermoso drago con tres lagartos recorriendo su tronco y una cotorra posada entre las hojas picoteando flores o semillas. Lo asombroso de este árbol que aparece en el grabado La huida a Egipto es la minuciosidad y la fidelidad de la imagen: algo imposible de lograr sin haber visto un ejemplar de drago o al menos tener en sus manos algún boceto realizado por un buen dibujante. En esa fecha todavía faltaban veintidós años para finalizar la conquista europea del archipiélago.

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La huida a Egipto, de Alberto Durero

Por esa razón es lógico que otros pintores cometan graves errores al representar estos árboles. A pesar de ello el drago llegó a convertirse en un elemento repetido incluso en pintores de la talla de Alberto Durer, quien volvió a introducirlo en otra representación de la huida a Egipto. Ya su maestro Wolgemut lo había familiarizado con los dragos que él mismo había grabado en su obra El Paraíso incluida en la Crónica General de Schedel. Aquí el drago aparece a la derecha del manzano. Lo notable es que tanto Adán como Eva cubren sus sexos con hojas de drago que sostienen con su mano izquierda.

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Detalle del tríptico El jardín de las Delicias, de El Bosco.

Este grabado en madera inspiró a El Bosco para incluir un drago en una obra muy vinculada con la alquimia y las doctrinas secretas: El Jardín de las Delicias. En este caso el drago se encuentra detrás de Adán que sentado en el suelo observa cómo Jesucristo le toma el pulso a una Eva arrodillada. Muy cerca se distingue una charca donde numerosas bestezuelas mutantes entran y salen a la espera de que Adán les proporcione un nombre. Quizás la inclusión del drago en el paraíso de El Bosco responde a una intención de dotar su presencia de simbolismo: la sangre de drago es necesaria en la alquimia para la producción del oro: símbolo de la piedra filosofal. De cualquier forma no se puede descartar que sólo cumpla una función meramente decorativa.

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San Juan de Patmos, de Hans Burgkmair

No paran aquí las representaciones de los dragos canarios en la pintura. Son innumerables las obras que las han incluido: desde las ocho láminas que contienen dragos en la maravillosa edición de los Comentarios de Virgilio llevada a cabo por Sebastián Brandt hasta el colorido tríptico San Juan de Patmos de Hans Burgkmair.