José de Clavijo y su extraña historia

José de Clavijo, el canario más famoso en Europa durante el siglo XVIII, fue protagonista de obras dramáticas escritas por Goethe y Beaumarchais. Nada menos.

José de Clavijo nació en Lanzarote en 1726, estudió con los dominicos de Las Palmas, pero la fortuna familiar le permitió abandonar la carrera religiosa. Consiguió una secretaría en Ceuta y otra en Madrid. Una vez allí, escribió una obra histórica sobre el ejército y en 1755 publicó dos libros en los que se advierte ya su pensamiento ilustrado. Empezó a ser tenido en cuenta desde que publicó el semanario El Pensador. Clavijo saltó a la fama y desempeñó excelentes cargos en el Archivo del estado.

Los devaneos amorosos del señor Clavijo

En Madrid también vivía Lisette. En el año 1762 se desplazó a Madrid Marie-Louise Lisette Caron, hija del famoso relojero parisiense Caron y hermana del dramaturgo francés Pierre Augustin Caron de Beaumarchais.

Una década más tarde, Beaumatchais se convertiría en autor de las comedias Las bodas de Fígaro, musicalizada por Mozart en 1786, y El barbero de Sevilla, que el italiano Gioachino Rossini ha convertido en una ópera bufa que fue estrenada en Roma el pasado 20 de febrero de 1816, es decir, hace sólo dos meses, con el título Almaviva.

Lisette era bonita, de buen carácter, treintañera y vivía en la casa de su hermana Marie-Josèphe, recién casada con Louis Guilbert, un arquitecto del rey de España que unos años más tarde se volvió loco y murió dejándole dos hijos. Ambas hermanas publicaban una revista de moda.

Clavijo se fue en varias ocasiones a la cama con Lisette. Allí le prometió dos veces que se casarían al recibir el empleo de oficial del Archivo del Estado. Lo cierto es que en 1763 recibió el cargo y se negó a pasar por el altar, con gran disgusto de su amante. ¡Las apariencias parecían indicar que aquel Clavijo no había heredado la formalidad de su primo José de Viera y Clavijo: sólo su buena disposición para las letras y su culo inquieto!

En mayo de 1764, en Madrid se debía de oler a chamusquina. También en París, porque el relojero Caron recibió una carta de su hija Marie-Josèphe para informarle de que un tal José de Clavijo, un canario de treinta y ocho años de edad, había faltado dos veces a la palabra de matrimonio dada a Lisette en la cama. Después de haber retozado con ella, naturalmente.

Las tazas de chocolate

Lo cierto fue que el francés se llevó un tremendo disgusto al leer lo siguiente:

Mi hermana ha sido ultrajada por un hombre reputado como peligroso. Dos veces, en el momento de desposarse, ha faltado a su palabra y se ha retirado bruscamente, sin dignarse excusar su conducta.

La sensibilidad de mi ofendida hermana la ha dejado en un estado de muerte donde hay muchos indicios de que no la podremos salvar; todos sus nervios se han agotado, y después de seis días no habla más.

La deshonra que este incidente ejerce sobre ella nos ha sumido en un abandono profundo, en que yo lloro noche y día prodigando a esta infeliz los cuidados que no estoy en estado de concederme a mí misma.

Todo Madrid dice que mi hermana no tiene nada que reprocharse.

Si mi hermano pudiera recomendarnos al señor embajador de Francia, su excelencia nos protegería con su favor y detendría todo el mal que un malvado nos ha ocasionado con su conducta y sus amenazas, etc.

El viejo envió a España a su hijo Pierre Augustin, el cual, con puntualidad de relojero, a las once de la mañana del 18 de mayo, llegó a Madrid hecho una furia. Allí, preguntó a Lisette por el mequetrefe que se burlaba de ella. Entre lágrimas, la hermana le contó al hermano cómo el muy traidor de Clavijo le había prometido que se casaría con ella tan pronto recibiera su nombramiento como Oficial del Archivo del estado. Se lo otorgaron en 1763, pero no se casó. Ahogada en lágrimas, ella juró que el maldito canario se lo había prometido dos veces.

–Ya lo sé todo, mi niña –dijo Pierre a su hermana Lisette–; quédate tranquila. Veo con agrado que ya no quieres más a ese hombrecillo. Así mi actuación se vuelve más sencilla. Dime dónde lo puedo encontrar en Madrid.

El francés remitió una nota a Clavijo. En ella le informó de que deseaba tratar con él unos negocios. Clavijo le contestó que lo esperaría a las nueve de la mañana para tomar un chocolate juntos. El día 19 de mayo, Pierre Augustin se presentó a la cita con un amigo. Frente a ellos estaba sentado Clavijo que con cara de goloso y una cucharilla en la mano removía una taza de chocolate humeante.

–Señor Clavijo –le dijo con su mejor tono dramático–, estoy facultado por una sociedad literaria para establecer correspondencia con los hombres más sabios del país. Como ningún español ha escrito mejor que el autor de El Pensador, con quien tengo el honor de hablar, y que su mérito literario le ha hecho acreedor a ser distinguido por el rey para confiarle la custodia de uno de sus archivos, creo que no podré servir mejor a mis amigos que vinculándoles con un hombre de tanta valía.

José de Clavijo y su extraña historia

He ultrajado a una discreta señorita

Según escribió más tarde el propio Beaumarchais en sus Memorias, Clavijo se quedó encantado y se le ofreció para lo que necesitara. El poeta y dramaturgo siguió enredando, como correspondía a su profesión teatral, pero inevitablemente el canario se enteró de que iba por él. Se faltaría a la verdad si no se dijera que Clavijo se acongojó. Y acongojado firmó esta hermosa declaración:

Yo, el abajo firmante, José de Clavijo, oficial de uno de los archivos reales, reconozco que después de haber sido recibido con bondad en la casa de la señora Guilbert, he engañado a la señorita Caron, su hermana, por la promesa de honor, mil veces rei-terada, de desposarla, a la que incumplí, sin que ninguna falta o debilidad por su parte haya podido servir de pretexto o de excusa a una falta de confianza por mi parte; sino, al contrario, la virtud de esta señorita, por la que siento un profundo respeto, ha sido siempre pura y sin tacha. Reconozco que, a causa de mi conducta, por la ligereza de mis palabras y por cualquier interpretación que se le quiera dar, yo he ultrajado abiertamente a esta virtuosa señorita, a la que pido perdón por este escrito, hecho libremente y con mi plena libertad, aunque me reconozco totalmente indigno de obtenerlo; asimismo, le prometo cualquier otra especie de reparación que ella podrá decidir, si esto no le conviene.

Dado en Madrid, y escrito de mi mano, en presencia de su hermano, el 19 de mayo de 1764.

Firmado: José de Clavijo.

El secreto de Clavijo

Se dice que probablemente Beaumarchais zarandeó un poco a Clavijo para que firmara esta declaración y al día siguiente el canario se presentó en la casa de Lisette para reiterar su promesa de matrimonio. Pero Beaumarchais no se volvió a Francia como esperaba Clavijo. Se quedó en Madrid, se convirtió en amigo del lanzaroteño y, cuando menos lo esperaba, se enteró de que éste trataba de mover resortes en las alturas para expulsarlo del país.

Cargado de relojes para regalar, corrió el francés a hablar con su embajador y los ministros españoles: logró que despidieran a Clavijo de su empleo y lo desterraran de Madrid. Al propio Beaumarchais le ofrecieron entre sonrisas de halago un excelente puesto en la Luisiana española. No aceptó el ofrecimiento porque entró en sospechas al enterarse de que Carlos III pensaba poblar aquellas tierras con canarios. De sobra sabía Beaumarchais que tanto los españoles como los franceses eran grandes expertos en ofrecer regalos envenenados con una sonrisa en los labios.

En mi novela El discurso de Filadelfia, imagino la siguiente escena que, por otra parte, está bastante documentada:

Un día, Antonio Ruiz de Padrón, diputado por Canarias en las Cortes de Cádiz y protagonista de la derogación de la Inquisición española, le preguntó a Clavijo:

–¿Por qué usted no quiso casarse, don José?

–¿Que por qué no me casé? –debió de contestarle Clavijo, sorprendido de que alguien tuviera el valor de interpelarle sobre algo que jamás había confesado a nadie– Hombre, Ruiz, no me jodas.

–¿No me lo dice, entonces? –insistió su amigo– ¿Se va a llevar el secreto a la tumba?

–Te voy a decir la verdad, Ruiz, por más que me pese. Dejé a Lisette porque un día la encontré en brazos del mosquita muerta de su cuñado, el arquitecto Louis Guilbert, cuando todavía no se había vuelto loco. Y como comprenderás, no podía decírselo a su hermana, María Josefa, sin montar un altercado de grandes dimensiones. Lisette sabía que yo callaría y se aprovechó de mi caballerosidad para denunciar ante su padre un supuesto incumplimiento del que ya me sentía liberado. Esto explica lo que nunca nadie se quiso preguntar: ¿por qué el marido de María Josefa no movió un dedo para defender el honor de su cuñada?, ¿por qué perdió la razón un hombre que sólo tenía razones para sentirse feliz? Y, para acabar, ¿por qué nadie ha sabido decir a ciencia cierta de qué murió Louis Guilbert? ¡Ahí se halla la explicación si tienes ojos para verla!

–¡Caramba, don José!

–¡Prométeme guardar el secreto!

–¡Caramba, don José, caramba!

–¡Promételo, Ruiz!

–Prometido.

El poeta airea los versos sucios de la familia

Lisette regresó a Francia y no quiso casarse con un amigo de su hermano. Ingresó en el convento de las Dames de la Croix, en Róye, al norte de París, cerca de Amiens.

Aquí finaliza la historia romántica y comienza la literaria, no menos real, pero carente de la anterior explicación que nunca ha salido a la luz porque las únicas tres personas que la conocieron han muerto sin revelarla.

Todo el mundo había olvidado en Madrid lo sucedido y aún nadie se había enterado en París de la aventura española de Pierre Augustin. Sin embargo, Beaumarchais estrenó a principios de 1767 Eugénie, una obra teatral en la que narraba lo sucedido. El conde de Clarendon encarnaba a Clavijo y Eugénie a Lisette. Él, malísimo y ella, buenísima.

El dramaturgo terminó por escribir un resumen de su viaje a España y no resistió la tentación de publicarlo. Era una descripción con un alegato permanente contra Clavijo, donde el narrador aparece como listo listísimo y su enemigo, de nuevo, como malo malísimo.

Lo tituló Fragmento de mi viaje a España y lo dio a la imprenta en 1774. Su disculpa para la publicación de una historia tan íntima de su familia fue que alguien le remitió una carta anónima donde se dejaba en mal lugar el nombre familiar y que pronto toda Francia quedaría mal informada del asunto si no salía él al paso para esclarecerlo. Así que no tuvo otra opción que redactar ese librito para dar a conocer lo sucedido desde su punto de vista. Una disculpa perfecta.

Y dio en el clavo: las ediciones se multiplicaron y las damas europeas se solidarizaron con Lisette, tanto como los muchachos con el Werther de Goethe. La hermana del autor no se atrevió a sacar la cabeza del convento, más abochornada por su propio pariente que por el amoroso Clavijo.

El plagiario Goethe se confiesa

Como el mundo es un pañuelo, uno de estos libritos fue a parar a las manos de un jovencito alemán, llamado Johann Wolfgang von Goethe, a quien yo conocería años más tarde en el popular Caffé Greco de Roma. El día en que Goethe recibió aquella obra, la llevó a su tertulia y la leyó en voz alta. No faltaron las risas, los aplausos y los comentarios.

–Si yo fuera tu amante, y no tu novia –le dijo su amor de turno–, te suplicaría que convirtieras esa memoria en un drama. Y creo que te saldría muy bien.

–Amante y novia pueden estar unidas en la misma persona, querida –contestó con picardía el autor de Werther–. ¡Dentro de ocho días te leeré ese drama que me pides!

Goethe dio esa noche un largo rodeo para llegar a su casa, pero entró en ella con la trama concluida de una obra que, ya lo tenía decidido, se llamaría Clavijo. A los ocho días –dispuesto a convertir a su novia en amante–, se presentó en la tertulia, leyó la pieza y dejó estupefactos a sus amigos, que es al fin y al cabo una de las principales metas de todo el que escribe. ¿Cómo lo logró?

Autorizado por nuestro padre Shakespeare –escribió Goethe unos años después–, ni por un momento sentí escrúpulos para traducir al pie de la letra la escena fundamental y la exposición dramática propiamente dicha. Para acabar pronto, tomé el desenlace de una balada inglesa y, así, despaché la obra aun antes de que llegase el viernes. Se me concederá que la lectura produjo muy buen efecto.

Matar a la novia de Clavijo fue demasiado. Habría bastado con meterla en un convento. Así no tendría Beaumarchais, el hermano de la difunta, la obligación de atravesar con su espada el pecho del arrepentido Clavijo en mitad del entierro. El canario, agonizante, le dice a su imposible cuñado que lo perdona y éste le devuelve el cumplido mientras envaina su espada.

Lástima que cuando de verdad murió Clavijo, Goethe no se presentara esa tarde al auténtico entierro del viejo don José. Habría sido tan romántico: la lluvia caía sobre Madrid y el hombre cien veces muerto en los escenarios de Europa sería por fin conducido a la fosa acompañado por su verdadero asesino: Johann Wolfgang von Goethe, que en la puerta de entrada al siglo XIX ha pasado de encarnar a un joven suicida a personalizar a un socio del mismo Mefistófeles, al cual uno imagina como un demonio vestido de tirolés, comiendo queso gruyer y gritando yojodraejoooó por los campanarios mientras el poeta alienta a las tropas napoleónicas durante su invasión a España. Goethe, Goethe, Goethe…

(El presente texto procede en gran parte de mi novela El discurso de Filadelfia. Todos los derechos reservados)