Manganelli y la luminosa oscuridad

Manuelmoramorales.com ; Manganelli

Samuel Beckett envenenó mi adolescencia, porque tuve la mala fortuna de encontrármelo una tarde en que la niebla podía comerse a cucharadas: me retuvo hasta el amanecer entre las páginas que soportaban la presencia angustiada del innombrable MolloyMalone y me obligó a sentirme tan perdido como él en un mundo que trataba de entender sin ver nada que reconociera verdaderamente a más de dos metros de mi silla, y aquella primera des-velada sin casi puntos ni comas me convenció de que la única tierra firme que pisamos o pensamos es nuestra propia ignorancia y fuera de ahí no parece haber gran cosa, a no ser una niebla sin cielo ni infierno; naturalmente, entonces no había aparecido Giorgio Manganelli, al que luego etiqueté como hijo putativo de Samuel, porque sin el mínimo respeto se plantó con su angustia descarada a veinte metros de mí y a cinco de MolloyMalone como si la niebla se arrendase a cualquiera con ganas de escribirse para suplantar con signos ortográficos el desorden a que tiende la espontaneidad de la escritura  cuando cree fluir libremente, y se implantó él mismo, ¡el propio Manganelli disfrazado de doctor Freud!, en un abrir y cerrar de pecho se empotró una muñeca que se alimentaba con trozos de su estómago y defecaba en su interior y le gritaba atrocidades que de forma paulatina me convirtieron en enemigo del autor hasta que le crecieron aquellas absurdas alas en la espalda y pudo salir volando de la calígine donde purgaba sus cuatro libros decentes para alcanzar los altos muros iluminados por la oscuridad del infierno; y aunque no tomó notas, juro que sin lugar a dudas vio cruzar, junto a Henry Joyce Flower, el espíritu de  la pescadera Molly Malone con su carretilla repleta de berberechos podridos; juro que la vio pasar  por  los pasillos del infierno y que confundió su mercancía con larvas de ángeles; en realidad lo disculpo por eso y no por haber fusionado a Molloy con Molly, bien fuera por humildad o por soberbia.

My love had a fever and no one could save her,
And that was the end of sweet Molly Malone,
But her ghost wheels her barrow
through the streets broad and narrow
crying cockles and mussels alive-alive oh.

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