El invierno de la memoria del invierno

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A veces, veo una foto que tomé hace meses, incluso años, y en mi cabeza se insinúa de manera borrosa una frase, sin que yo llegue a saber qué dice exactamente. En las horas o días siguientes, la frase se va fortaleciendo hasta que se revela de forma nítida y contundente. Hoy volvió a ocurrirme y no quedé tranquilo hasta que pude decirle: ¡te atrapé!

“Tengo miedo de caer, de mirarme en el espejo, pero a lo que más temo es al invierno de la memoria. Tengo terror de irme del mundo sin entenderlo.”

Miré la foto, busqué el párrafo exacto, volví a mirar la foto y, tal vez, entendí parte de lo que quería decirme esta frase de mi adorado, leído y releído Juan José Arreola, alguna de cuyas obras es raro que no repose en algún momento sobre mi mesilla de noche, en la mesa de trabajo, en la mesa de la cocina, en la guantera del coche o en el bolsillo de un abrigo.

Quienes me conocen, saben que me gustan muchos escritores, pero pocos me apasionan; y entre esos pocos está el mexica Arreola, un escritor que publicó pocos libros, como su coetáneo el también jaliciense Juan Rulfo, pero esos pocos bastaron para convertirlo en una de las mejores plumas de la lengua española.

La última vez que estuve en México no pude resistirme a comprar toda la obra de Arreola en un mercadillo de libros, a pesar de que ya la tenía en casa. Ahora, contento de haberla adquirido, la voy repartiendo entre los amigos que, uno tras otro, me envían mensajes agradecidos y fascinados por unas ficciones poco leídas por estos lares. Nunca he tirado mejor el dinero.

No será la última vez que hable de Arreola ni la única que les recomiende encarecidamente leer sus relatos sorprendentes, estéticos, con sabor a Chejov, a Borges, a Bioy Casares,… Porque (parafraseando al genio azteca) ¿qué otra cosa somos sino la memoria de nuestras lecturas, de nuestras miradas, de nuestra ilustración y, en definitiva, de nosotros mismos?