El batido mágico

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El Correíllo La Palma, uno de los vapores de la Compañía Transmediterránea que comunicaban La Gomera con Tenerife. Estuvieron en servicio hasta mediados de la década de 1970.

Yo crecí en un pueblo del Norte de La Gomera (Islas Canarias), cuando todavía eran muy difíciles las comunicaciones con el exterior: después de recorrer 40 kilómetros por una carretera sin asfaltar había que tomar un barco de vapor que tardaba doce horas en llegar a Santa Cruz de Tenerife. Visto en retrospectiva, parece imposible que eso sucediera en la segunda mitad del siglo XX; pero les aseguro que es verdad.
A pesar de eso, tuve la enorme suerte de viajar mucho durante mi infancia, acompañando a mis padres en sus viajes para compras comerciales por las islas y por ciudades peninsulares.
En Santa Cruz de Tenerife acostumbrábamos a comer en los restaurantes que había en los alrededores de la calle del Castillo y la Plaza del Príncipe. Por las tardes, me invitaban a helados de mantecado y a batidos. Los había de coco, chocolate, vainilla y fresa. Recuerdo especialmente uno que tomé en o en otra situada junto a la calle La Rosa.
Ese día visitamos la heladería que estaba junto al Cine Víctor, en la Rambla de Pulido, nos sentamos en los taburetes de la barra y pedí un batido de vainilla. Yo, subido en aquel taburete que me permitía alcanzar la barra a duras penas, bebía con la pajita y tenía la seguridad de que el batido no bajaba ni un centímetro, por mucho que chupara.

Santa Cruz de Tenerife (1972)_01

Plaza de España de Santa Cruz de Tenerife. Al fondo, a la derecha, se puede ver el barco “Nuestra Señora de La Luz” que tenía una planta para dar electricidad a la isla.

A mis padres les entró prisa, porque ya era de muy de noche y deseaban cenar. A medida que pasaba el tiempo, yo estaba más nervioso y terminé por confesar mi problema, aunque sabía lo absurdo que resultaba.
-Papá, este batido tiene algo raro. Por mucho que bebo, no baja.
La cara de mi padre osciló entre la impaciencia y la desesperación.
–¡Cómo va a ser eso, hombre!
–De verdad. Mira, ahora estoy bebiendo y el batido no baja.
Levanté un poco el vaso para ver si tenía un doble fondo, pero no le vi nada raro. Mi padre empezó a enfadarse. Mi madre, cansada de las gestiones comerciales del día, no decía ni pío.
–¡Termínalo de una vez y vámonos!
El mal carácter de mi padre tenía en mí efectos devastadores. Me entraban unos nervios terribles y no me atrevía moverme. Seguí chupando como un desesperado: aquello tenía que bajar: no bajaba: chupé más: no bajaba: cerré los ojos y chupé y chupé: la leche seguía igual, casi al borde del vaso: me rendí.
–Papá, vámonos.

santa cruz

Vista aérea de la Plaza de España de Santa Cruz de Tenerife. A la izquierda está el edificio del Cabildo y a su derecha, el de Correos y Telégrafos. El toldo rojo que se ve junto a los árboles daba sombra a la cafetería Atlántico. Al fondo, se puede ver la silueta del rascacielos en obras que comenzó a levantarse en la década de 1970 en la Avenida Tres de Mayo.

Mi padre podría ser cualquier cosa menos tacaño. Era preferible tirar una comida antes que cogerse un dolor de estómago. Me agarró de la mano y tiró por mí hacia la puerta. Era de noche y la Rambla de Pulido se me figuraba tan llena de neones multicolores como París. Un paraíso para los ojos de un niño de pueblo.
No me pude quitar jamás de la cabeza aquel maldito batido que parecía la bolsa mágica de las monedas de oro. Todavía me pregunto qué sucedió aquel día en mi cabecita, aunque, en el fondo, sigo convencido de que ¡algo de magia sí tuvo que haber!

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