“La muerte del Inquisidor General”, un excepcional relato de António Borges Coelho

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“La muerte del Inquisidor General” es un relato que da título a una obra del historiador portugués António Borges Coelho. Se trata del sexto tomo de “Cuestionar la Historia”, una “saga” que el escritor comenzó a publicar en 1983. Como el resto de volúmenes, contiene un número reducido de páginas –en este caso, 123– con una letra Times de cuerpo 12 muy legible y un generoso interlineado. Son detalles que se agradecen.

La narración principal sólo ocupa 21 páginas –habría merecido algunas más, tanto por su interés narrativo como histórico– y, como ya he dicho, es la que proporciona el título del libro: “La muerte del Inquisidor General”.

El tema a tratar se presenta desde el primer párrafo: el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro, de 78 años de edad, se está muriendo en su habitación del palacio del Santo Oficio, ubicado en la plaza del Rossio.

Es el primer día del año 1653. Las recias puertas y las paredes de piedra forradas de tapices tan gruesos como soberbios no son capaces de amortiguar los desgarrados lamentos que suben desde las salas de tortura hasta la lujosa habitación del moribundo. No obstante, no turban al enfermo, acostumbrado durante años a escucharlos con una beatífica sonrisa en los labios. Alabadas sean las muestras de arrepentimiento que salen de los labios de los odiosos judíos que ofenden a Nuestro Señor. Tres veces amén.

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Plaza del Rossio (cuyo nombre oficial actual es Praça de D. Pedro IV), en Lisboa. Ha cambiado poco desde la época del Inquisidor General Francisco de Castro.

A partir de esta escena –descrita de manera milimétrica por Borges Coelho, el cual se ocupa de mostrarnos absolutamente todas las posesiones del clérigo: desde las abundantes joyas de oro y las lujosas palanganas donde lava sus criminales manos cada mañana el Inquisidor General hasta el escupidor de plata y los vestidos fastuosos confeccionados en la India o en Holanda–, el autor nos traslada a la fecha de nacimiento de Francisco de Castro, y nos conduce a velocidad de vértigo por su respetable e ignominiosa vida de ascensos en la pirámide religiosa, inquisitorial y política: tres caras de la misma moneda como tres son las personas de un solo Dios que lo protege. Ya se sabe: lo que está abajo es igual a lo que está arriba.

A finales de la década de 1620, Felipe IV de España lo nombra Inquisidor General de Portugal, a falta de las bulas papales que debería conseguir espiando el funcionamiento de tres importantes inquisiciones portuguesas (Coímbra, Évora y Lisboa) denunciadas por los cristianos nuevos. Naturalmente, don António es consciente, a su vez, de que está vigilado por el Conde Duque de Olivares.

Nada es gratis, aunque uno sea nieto de un virrey portugués. Su trabajo le había costado conseguir que le ofrecieran un empleo tan elevado. Valga este ejemplo de sus encomiables trabajos: sustraer los dineros de la Universidad de Coímbra para entregarlos a la catedral de la misma ciudad sin ser denunciado por gente de fundamento ni mucho menos juzgado. Una tarea complicada que realizó sólo con sus sacrificios personales y la ayuda divina. Tarde o temprano alguien se lo agradecería, tal vez en este mundo, si tenía un poco de fortuna.

No seguiré resumiendo la vida del inicuo y poderoso Inquisidor General, porque mejor y con más propiedad, lo hace Borges Coelho en un libro que juzgo muy interesante, no sólo para quienes estamos “fascinados” por las fechorías de los inquisidores y la complacencia de sus millones de víctimas quienes, como en la obra de Brecht, no se dieron cuenta de que si toleraban que encarcelaran y quemaran a sus vecinos, un día podrían sentir las llamas lamiendo sus propios cuerpos.

El histórico relato de Borges Carvalho nos muestra la dolorosa aunque incontrovertible verdad de que los facinerosos, los fanáticos, los torturadores, los ladrones y los asesinos pueden vivir muchos años rodeados por toda clase de lujos y morir en paz, sosegadamente, en sus cómodos lechos, recibiendo todas las bendiciones de la Iglesia de Dios. Tal como sucedió con el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro.

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Acueducto y muralla de Évora. Tal vez, a alguien le pueda interesar la curiosa palmera que se ve a la derecha de la imagen.

En el libro que comento hay mucho más que leer. Por ejemplo, es de gran interés una parte de este VI volumen, dedicada a Évora, una ciudad muy conocida por cuantos han hecho turismo en Portugal. En su universidad renacieron las doctrinas aristotélicas de la mano de Pedro da Fonseca o del jesuita español Francisco Suárez, tan alabado por Leibniz, por haber defendido en su obra “Defensio Fidei” (1613) que el poder de los reyes no proviene de Dios, sino del pueblo, el cual, en caso de tiranía, tiene derecho a rebelarse. Naturalmente, el libro de Suárez fue inscrito con todos los honores en el “Índice” y quemado en la hoguera. Faltaría más.

 

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