Ruiz de Padrón y el hombre que pedía bofetadas

VIAJE DE FILADELFIA_ MANUEL MORA

Portada de “El discurso de Filadelfia”, novela editada en formato tradicional de papel (530 páginas) y en ebook. (El ebook contiene 175 imágenes extra).

Mi nueva novela histórica sobre el diputado doceañista  Antonio Ruiz de Padrón aparecerá a principios de abril. Su título: EL DISCURSO DE FILADELFIA. La obra narra la aventura estadounidense de este hombre que fue amigo de George Washington y Benjamín Franklin y , además, logró que las Cortes abolieran la Inquisición española.

Son muchas las historias que contiene el libro. He elegido una que puede resultar curiosa a quienes no conozcan a los “quakers” o cuáqueros. Este capítulo reproduce una conversación entre Antonio Ruiz de Padrón y Pedro de Arcilla, mientras pasean por las calles de Filadelfia. Pedro muestra la ciudad al recién llegado y le informa sobre los cuáqueros, a los que pertenecía William Penn, el fundador de esa ciudad y de Pensilvania.

El hombre que pedía bofetadas

−Le contaré cómo nacieron y la causa de su nombre. Pero caminemos, que el sol alcanza ya esa esquina y el verano amenaza con ser caluroso. Todo este movimiento religioso, al que yo no le veo mucho futuro, surgió en las medianías del pasado siglo en el condado de Leicester, en Inglaterra, cuando George Fox, hijo de un fabricante de sedas, decidió predicar como un apóstol. Se trataba de un joven de veinticinco años, analfabeto, de buenas costumbres, imaginación exaltada y que iba vestido de cuero de pies a cabeza.

−Ya sabe el dicho −le comenté−, en casa de herrero, cuchara de palo.

−Sí, es probable que se hallara cansado de tanta seda; además, en la variedad está el gusto. El muchacho iba de ciudad en ciudad para declamar contra la guerra y contra los clérigos. Si sólo hubiese predicado sobre la guerra, no habría tenido por qué temer; ¡pero como atacaba a los eclesiásticos, de inmediato lo condujeron a la cárcel!

−Hombre, Garcés, no me haga esos comentarios que, al fin y al cabo, yo también soy clérigo.

−Disculpe, padre, no quise ofenderle. El día en que condujeron a Fox ante el juez de paz, no se quitó de su cabeza el gorro de cuero. Un alguacil le sacudió un gran bofetón en el carrillo izquierdo.

–Insolente – le reprendió–, ¿no sabes que es obligado estar delante del señor juez con el gorro en la mano?

Fox le ofreció la mejilla derecha y rogó al alguacil que le sacudiese otro bofetón por el amor de Dios. El alguacil, que no debía de tener mal corazón, lo complació.

El magistrado ordenó que el acusado prestase juramento para interrogarle.

cuaqueros. El discurso de Filadelfia

–Escucha, amigo mío –le dijo Fox–, yo no tomo jamás el nombre de Dios en vano.

El juez, irritado por el tuteo, lo envió al manicomio de la ciudad de Darbi para que lo azotasen. Mientras lo conducían al hospital alababa siempre a Dios y nada más llegar ejecutaron la sentencia con todo rigor.

Al finalizar el castigo, George Fox les suplicó que le sacudiesen algunos golpes más por el bien de su alma. Estos señores compartían la buena actitud del primer alguacil y Fox se llevó una dosis doble, lo cual les agradeció con mucho afecto y, acto seguido, se puso a predicarles. Al principio se reían. Después ya le escuchaban y, como el fanatismo es una enfermedad contagiosa, muchos quedaron convertidos y los funcionarios que le habían azotado fueron sus primeros discípulos. Libre de la cárcel, Fox marchó por los campos con una docena de adeptos, mientras predicaba siempre contra el clero, y recibía rigurosos azotes por su obstinación. Con todo, no le importaba demasiado.

−Su gran suerte fue que los ingleses no tenían Santo Oficio –comenté sin proponérmelo.

Pedro Garcés se sorprendió de mi comentario tanto como yo. Simuló no oírlo y prosiguió su historia cuáquera.

−Un día lo colocaron en la argolla, expuesto a la vergüenza pública. Desde allí predicó al pueblo con tanto fervor que atrajo a cincuenta personas a su causa. Y, si bien es verdad que el resto de la muchedumbre no se convirtió en cuáquera, no lo es menos que se fueron todos a buscar al cura anglicano que había sido la causa del castigo y lo pusieron en su lugar.

−¡Qué barbaridad!

−Espere y verá. Este Fox tuvo también el atrevimiento de convertir a su secta a varios soldados de Cromwell, quienes renunciaron en seguida al oficio de matar y se negaron a prestar juramento. Pero a Cromwell no le gustaba una secta cuyos individuos no peleaban y se valió de todo su poder para perseguir a estos nuevos advenedizos. En poco tiempo, llenó con ellos las cárceles.

Temblar y hablar con la nariz: más que una moda

–Aumentó el número de los sectarios. Salían de las cárceles más firmes en su creencia y acompañados por los carceleros. Pero lo que popularizó a esta secta fue que cuando Fox se creía inspirado se ponía a hablar de un modo muy extraño. Se fingía temblón, efectuaba contorsiones y gestos, retenía el aliento y, a continuación, lo expulsaba con violencia. Ésta fue la primera habilidad que enseñó a sus discípulos, quienes imitaban las gesticulaciones de su maestro. Temblaban con todas sus fuerzas en el momento que se creían inspirados. Y por esta razón, amigo mío, les dieron el nombre de Quakers, que en inglés quiere decir temblones, tembladores o temblorosos, como usted prefiera traducir. Temblaban, hablaban más con la nariz que con la boca, fingían convulsiones y creían estar poseídos del Espíritu Santo.

−¡Vaya nombrecito fueron a elegir!

−Así comenzó a llamarlos la gente. Como le he dicho, ellos se denominan a sí mismos Friends –o amigos–, pero ya aceptan que les digan cuáqueros. En los primeros tiempos sólo les faltaba realizar algunos milagros para atraer a más fieles. Pero Fox no se echó atrás por tan poco: sabía muy bien que los milagros no son sino la continuidad de una locura sincera. Un día lo llevaron ante un juez borrachito que acostumbraba a beber notables cantidades de cerveza y aguardiente.

–Amigo, procura cuidarte –le dijo al magistrado durante el juicio público donde trataban de escarmentarlo– porque Dios te castigará muy pronto por ese empeño tuyo de perseguir a los santos.

¡Fox tuvo la buena suerte de que aquel juez muriese dos días más tarde al sobrevenirle un derrame cerebral, justo al firmar una orden para que un grupo de cuáqueros ingresara en la cárcel! Nadie atribuyó la muerte repentina a su intemperancia con el alcohol. No, todos miraron su fallecimiento como una consecuencia directa de las predicciones de aquel fanático. El efecto fue inmediato: los cuáqueros aumentaron más con aquel milagro que con mil sermones y otras tantas convulsiones. Ya ve usted: verba movent, exempla trahunt: las palabras mueven, los ejemplos arrastran.

Oliver Cromwell, al ver que el número de tembladores crecía cada día, quiso atraérselos: si no puedes con tu enemigo, únete a él. Les ofreció dinero, pero lo despreciaron.

–¡Esta religión es la única que no he podido conquistar con dinero! –exclamó el republicano dictador.

Charles II los persiguió menos. No los arrestaba a causa de la religión, sino porque no pagaban el diezmo a la Iglesia, por tutear a los magistrados y por negarse a prestar los juramentos que prescribía la ley. No obstante, terminó por dejarles tranquilos. El resto de esta historia se relaciona con William Penn y ya se la he detallado.

El comunalismo del fin del mundo

–Al día siguiente, Pedro Garcés y yo caminamos un rato en silencio. Casi habíamos llegado al borde del terraplén desde el que se disfruta de una vista panorámica del puerto. Entre tantos navíos, resultaba difícil saber si había llegado el barco de […].”

(Manuel Mora Morales: El discurso de Filadelfia. Editorial Malvasía, 2016)

Copyright by Manuel Mora Morales, 2016.

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