La derrota de Minotauro: un bucle histórico

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Esta foto del Minotauro [1] la tomé en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Un busto esculpido en mármol: hombre con cabeza de toro o, tal vez, toro con cuerpo de hombre. En todo caso, una leyenda mitológica fácil de convertir en una metáfora tan ajustada a las actualidades política, económica y social como un guante de látex a la mano de un cirujano. Pero esa puesta en escena ya se hizo antes, y se hizo bien.

Jorge Luis Borges penetró en el corazón de la leyenda –que es tanto como decir en el corazón del laberinto de Cnosos, en un almuerzo con Videla y Sabato, en el Fürerbunker o en el corazón de las tinieblas conradianas– y emergió con un cuento titulado “La casa de Asterión”: Minotauro narra su historia de poder desgarrado en primera persona, y nos avisa que espera a su redentor. Ya sabemos que la redención y la muerte nunca andan demasiado lejos

Se trata de un relato muy adecuado para aquéllos que, habiendo abusado de su poder sobre el pueblo, en el fondo de sus mentes saben que su fatal destino está escrito y, de manera inconsciente, colaboran con su Teseo para que logre su objetivo y, así, conseguir escapar del tenebroso laberinto en que los arquitectos de su poder han convertido sus existencias.

Adecuado también es para quienes pasan la vida mano sobre mano, esperando a un redentor que se enfrente al mundo en su nombre y –gratis o a precio de rebajas– los redima de sus miserias. Para todos sirve y a lo largo de los siglos, como sucede en El Día de la Marmota, se repite la historia a pequeña o a gran escala, porque la memoria parece quedar sepultada en los laberintos del tiempo y, una vez y otra, volvemos a repetir los mismos comportamientos. Sólo reproduzco el final del fascinante relato, pero es fácil encontrarlo íntegro en la red:

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos.
Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor.
 Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos.
 Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
 El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

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NOTAS

[1] Minotauro significa “Toro de Minos”, y era hijo de Pasífae y el Toro de Creta. Fue encerrado en un laberinto diseñado por el artesano Dédalo, ubicado en la ciudad de Cnosos en la isla de Creta. Pero la curiosa historia de Minotauro comienza antes:

Minos era hijo de Zeus y de Europa y pidió al dios Poseidón apoyo para suceder al rey Asterión de Creta. Poseidón lo escuchó e hizo salir de los mares un hermoso toro blanco que Minos prometió sacrificar en su nombre.

Sin embargo, al quedar Minos maravillado por las cualidades del hermoso toro blanco, lo ocultó entre su rebaño y sacrificó a otro toro en su lugar esperando que el dios del océano no se diera cuenta del cambio. Al saber esto Poseidón inspiró en Pasífae, la esposa de Minos, un deseo irrefrenable por el hermoso toro blanco.

Para consumar su unión con el toro, Pasífae requirió la ayuda de Dédalo, que construyó una vaca de madera recubierta con piel de vaca auténtica para que ella se metiera. El toro yació con ella, creyendo que era una vaca de verdad. De esta unión nació el Minotauro, llamado Asterión.

El Minotauro sólo comía carne humana y conforme crecía se volvía más salvaje. Cuando la criatura se hizo incontrolable, Dédalo construyó el laberinto de Creta, una estructura gigantesca donde el Minotauro fue abandonado.

Poco después, el rey de Creta declaró la guerra a los atenienses. Minos atacó el territorio ateniense y conquistó Megara e hizo rendir a Atenas. La victoria de Minos imponía varias condiciones por la rendición. Una de las condiciones era entregar cada nueve años a nueve jóvenes como sacrificio para el Minotauro: eran internados en el laberinto, donde vagaban perdidos durante días hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole de alimento.

Años después, Teseo, hijo de Egeo, se dispuso a matar al Minotauro y así liberar a su patria de Minos y su condena. Teseo conoció entonces a Ariadna, hija del rey, quien se enamoró de él. Ariadna, viendo la valentía del joven, ideó un plan que ayudaría a Teseo a encontrar la salida del laberinto en caso de que derrotara a la bestia. En realidad ese plan fue solicitado por parte de Ariadna a Dédalo, quien se las había ingeniado para construir el laberinto de tal manera que la única salida fuera usar un ovillo de hilo, el cual Ariadna le entregó para que, una vez que hubiera ingresado en el laberinto, atara un cabo del ovillo a la entrada. Así, a medida que penetrara en el laberinto el hilo recordaría el camino y, una vez que hubiera matado al Minotauro, lo enrollaría y encontraría la salida.

Teseo recorrió el laberinto hasta que se encontró con el Minotauro, lo mató y para salir de él, siguió de vuelta el hilo que Ariadna le había dado.

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