Una valoración agridulce sobre Antonio Ruiz de Padrón, publicada en Filadelfia

Antonio Ruiz de Padrón, por Manuel Mora Morales.

Le Brun fue un liberal reformista que conoció en primera persona los dos períodos constitucionales españoles de principios del siglo XIX. Cuando Fernando VII cerró las Cortes de Madrid, Le Brun marchó a Filadelfia y se convirtió en ciudadano estadounidense. Allí se desempeñó como Intérprete del Gobierno de Pensilvania, al tiempo que traducía unos libros y escribía otros.

Dentro de una serie de sátiras sobre diputados españoles que publicó en Filadelfia, en el año 1826, he encontrado un texto referido al canario Antonio Ruiz de Padrón.

Ciertamente, Ruiz de Padrón sale bien librado en esta sátira, si la comparamos con las de sus compañeros de Cortes [1], pero el analfabetismo ilustrado y la altanería de Le Brun deforman su vida y su figura de manera tan injusta para el canario como desacreditadora para el propio autor.

Le Brun no tiene otra alternativa que reconocer los méritos de Antonio Ruiz de Padrón en frases como las siguientes, que he marcado con cursiva en el artículo:

Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; …

Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. [¿Se puede escribir un comentario más absurdo?]

El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política ...

No obstante, la mayor parte del artículo lo dedica a desprestigiar al personaje insistiendo en una premisa disparatada: que su instrucción es tardía, refiriéndose al aprendizaje de las habilidades políticas; como si ello fuera causa de deshonra, en el caso de que hubiera sido cierto. Al mismo tiempo, confiesa apreciar al canario por su decisión y amor a la causa de la libertad

Por otra parte, sorprende mucho que Le Brun, residente en Filadelfia y conocedor del Dictamen contra la Inquisición, no dedique una sola frase a la estancia de Ruiz de Padrón en esa ciudad durante el período constitucional de los Estados Unidos. La explicación para este lapsus es simple: el autor tuvo que escamotear este hecho, porque contradecía su afirmación sobre la inexperiencia política de Ruiz de Padrón. He aquí el artículo entero:

“RUIZ–PADRON.

Liberal de buena fe, y sacerdote, que es cosa rara. Aunque transpiraba todavía en su estilo e ideas algo de escolasticismo teológico, su conducta en las cortes constituyentes, de que fue miembro, fue muy consiguiente a los principios liberales, que eran de moda en aquel congreso, siempre que se hablaba en él ó se discutía. Lo que es el lenguaje no tiene que hacer, que fue liberal, –y aun los deseos, parece que se podría también asegurar, que lo eran en parte, salvas las reliquias que precisamente habían de dejar la educación y los hábitos.

La falta mayor estaba en las cabezas, que se deslumbraron con los primeros libros que leyeron, y con el retrato de la libertad, que no tiene duda que es seductor, –en un si es no es de egoísmo y propio negocio– otro poquito de manía de figurar, algo también de petulancia, que ya se sabe que salta por sí misma á. las primeras levadas del saber, en que cree el hombre haber hecho un descubrimiento desconocido a los demás, y se engríe y ridiculiza –en ….– pero el señor Ruiz Padrón pudo (¿quién sabe?) participar de algunos de estos defectos, porque era hombre, fraile, clérigo, teólogo y escolástico; mas él se aficionó de corazón al liberalismo; y hubiera sido con el tiempo un liberal puro, como Dios quiere las almas. Su discurso sobre la Inquisición, que imprimió por separado, dice cosas buenas; pero el descrédito e infamia de la Inquisición, mejor que en lo que ha hecho, se ha de buscar, y está en lo que es; en su naturaleza mejor que en sus acciones; en la filosofía mejor que en los cánones. El señor Padrón tiene instrucción (tardía acaso,) pero la tiene; mas ya hace muchos días que dijo un filosofo, que el saber consiste en pensar, y no en leer. Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; pero en el no querer, como en el querer, hay también su carta de más y su carta de menos; por que hay bienes, que son males por las circunstancias, y males que son bienes; porque preparan el bien y evitan males mayores; por esa razón se ha dicho siempre, que lo mejor es el mayor enemigo de lo bueno. El señor Padrón dio un salto extraordinario de la teología a la política, y se encontró en un nuevo mundo de repente, que lo llenó de confusiones. Objetos nuevos, idioma nuevo, principios nuevos, vistas nuevas, nuevo sol, nueva luz, nuevo mundo, nuevos hombres y todo nuevo. La teología le hacía todavía cosquillas en medio de este universo desconocido para él hasta entonces; y se escapaba, sin sentir, a los principios y al lenguaje del país, en que había nacido y se había criado. No podía echar de su entendimiento toda esa broza como se echan las tentaciones de la voluntad, contentándolas; se hubieran irritado más por este medio. Era menester tiempo para aclimatarse en el nuevo país de la política y de la libertad; y se veía, y se deseaba, para cumplir con sus deseos y con sus antiguas propensiones. Trabajaba, sí señor, trabajaba para conseguirlo; y no parecía ya nada de lo que era él había sido; pero no había pasado todavía de la clase de aficionado.

¡Es mucha obra la de arrancar de raíz de una cabeza todas las ideas que se han identificado con ella desde la niñez; y más, si se las han dado revueltas con Dios y el diablo! Hasta que lo llegue a lograr el señor Ruiz–Padrón, es acreedor a nuestro reconocimiento y a nuestro elogio por sus deseos y por sus esfuerzos. Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. Se echa siempre menos. en sus memorias y discursos el espíritu de análisis y de filosofía. Su educación teológica y claustra es un obstáculo para adquirirlo, que le ha de costar mucho trabajo vencer. Ha ganado toda la cabeza, donde tiene que trabajar; está en su cerebro, en sus obras, en sus sentidos, en todo su sistema fisiológico, y no es fácil darle ya un nuevo temple con deseos solamente y con libros. No hemos dado tan francamente nuestra opinión sobre el señor Padrón, a quien apreciamos por su decisión y amor a la causa de la libertad, sino porque queríamos desengañar al público sobre la diferencia que hay entre saber y querer saber, y entre comenzar y concluir.

Sus discursos, y sus escritos estamos seguros, de que abonarán nuestra opinión, y serán a nuestro favor unos testigos imparciales. Siempre es, y será un fenómeno entre los frailes y eclesiásticos uno que quiera libertad, ––que abandone su estrafalaria y ridícula instrucción–– y que haga voluntariamente su entrada solemne en el mundo de los hombres, de la naturaleza, y de la razón. El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política, que se hermanan, y contradecía su antigua educación, que le quisiera todavía trabar hoy, para que adelantara poco o nada en el camino de la verdad, que es el de la sabiduría; pero él la resiste con una constancia, que aumenta Fernando por irritación con sus persecuciones, destierros, y castigos.”

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NOTA

[1] Un ejemplo de la dureza de su sátira, más cruel que justificada, es la siguiente, referida al político liberal catalán Antonio Capmany Suris.

CAPMANY.

Anciano Catalán, escritor célebre por la parte del castizo lenguaje castellano, que se le resbalaba sin embargo alguna vez, y se escapaba a Francia. Diputado de Cortes con dos opiniones, una pública y otra secreta; pero que se traslucía, como hija de clérigo, y realmente era eclesiástica y servil; aunque la pública era liberal por temor de las galerías, y por ver si podía contrapesar el crédito que tenía Argüelles entre los voceadores y palmadistas.

Era el domine de las Cortes y el maestro de ceremonias del castellano de los decretos. Una P. o una R. hacían alguna vez el objeto de sus discursos; y un pretérito perfecto o un gerundio entretenía otras a las Cortes un largo rato.

A fuer de escritor tenía vergüenza de no pasar por más que todos en el Congreso, y hacía esfuerzos ridículos para lograrlo. Por este motivo era alguna vez gracioso, otras valiente, siempre con fondos de cobarde, despreocupado a su turno también con fondos de fanático, y siempre jugando su afectada maestría en el lenguaje, que, como hemos insinuado, no dejaba de ser gálico algunas veces.

Los literatos no tenían lugar en su corazón, solamente porque lo eran, y porque no eran él. En fin tenía en lo político, en lo social y en lo literato cosas de hombre mayor. No hizo bien ni mal a la causa, y se cree por algunos, que lo trataron con inmediación, que habiendo muerto de mucho mas de 70 años, todavía, creía en duendes.

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