La pluma en una mano y la botella en la otra

AMONTILLADO
¿Le gustaba a Homero meterse sus buenas cucharadas de vino entre pecho y espalda? Es arriesgado afirmarlo, pero de lo que no cabe duda es que en La Odisea nos ofrece este autor un conocimiento de las consecuencias del alcohol que va mucho más allá de la teoría. Yo siempre he pensado que Homero era un consumado maestro en empinar el codo, lo cual no le deja huérfano en el mundo de las letras, ni mucho menos.

Sin ir muy lejos, ahí tenemos al poeta Ovidio, un romano siempre dispuesto a defender su amado vino, el que, según él, siembra el amor en los corazones. El poeta latino aguantaba lo suyo con el vaso en la mano, según nos dejó escrito; su explicación es loable: la tristeza le impedía emborracharse por mucho que bebiera.

William Shakespeare

De William Shakespeare, Walter Raleigh y el resto de sus poetas compinches de la Taberna la Sirena, ya se sabe la asombrosa cantidad de barriles de vino de Canarias que vaciaban en la fría ciudad de Londres. Uno de estos bebedores era el famoso vate Ben Jonson, que exigió al gobierno británico la entrega de una barrica de vino canario cada año, dentro de la pensión vitalicia a que se había hecho acreedor como “poeta laureado”. He aquí una estrofa del etílico poeta:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
Es una fina copa de rico vino canario
Que es de la Sirena, por ahora;
Pero que pronto será mío.

La visión turbia que el alcohol proporciona posee el doble poder de una piedra filosofal: por una parte, sublima los textos de un escritor genial y, por otra, enreda las palabra de un escribidor mediocre. Ahí tenemos al genial Edgard Allan Poe, el cual rezumaba vino amontillado por todas sus páginas y esplendor por todos sus cuentos. Fue seguido de cerca por Verlaine tanto en la magia de sus versos como en la de sus crecidos tragos. Tampoco se quedó atrás, Baudelaire que se justificaba alabando la dimensión estética y cognitiva del cualquier cosa que lo embriagara para – según el verso de Valle Inclán– verlo todo…

Todo a una turbia luz azulenca de alcohol.

Lope de Vega

Anterior a ellos, bebió y vivió el prolífico Lope de Vega, el cual descubrió en las tabernas madrileñas el vino peleón como combustible alcohólico alternativo para poner a tope sus motores creativos de comediógrafo. Como hombre de sano juicio, Lope sacaba a relucir en cada obra las cosas con que más familiarizado estaba: el papel y el vino:

y perdona, pues bastaba
tratar de vino el papel
para que aun las mismas manos
viniesen dando traspiés.

quevedo

¿Y qué me dicen de don Francisco de Quevedo y Villegas, el borrachito camorrista más famoso de la Corte española? Para muestra, un soneto:

Tudescos moscos de los sorbos finos,
Caspa de las azumbres más sabrosas,
Que porque el fuego tiene mariposas,
Queréis que el mosto tenga marivinos.

Aves luquetes, átomos mezquinos,
Motas borrachas, pájaras vinosas,
Pelusas de los vinos envidiosas,
Abejas de la miel de los tocinos,

Liendres de la vendimia, yo os admito
En mi gaznate pues tenéis por soga
Al nieto de la vid, licor bendito.

Tomá en el trazo hacia mi nuez la boga,
Que bebiéndoos a todos, me desquito
Del vino que bebistes y os ahoga.

marivinos: mosquitos que van al vino.
luquetes: ruedecitas de limón o naranja que se echa en el vino.

Dostoyevski

Fedor Dostoyevski la emprendió con el vodka cuando murió su odiado padre: sus borracheras lo convertían en un auténtico tipo violento, sumergido en el más puro existencialismo nihilista (Por qué San Petersburgo está más triste los domingos que los días de trabajo? ¿Será por el vodka?), y en un tan escritor brillante como una gota de vino rodando por un cristal de Bohemia.

Rubén Darío

La cristalina prosa y la poesía azul danubio de Rubén Darío también tendrían algo que ver con las tajadas que se cogía en Buenos Aires, Madrid, París, La Habana,…

Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas…

hemingway

Sobre Ernest Hemingway me contaba un parrandista cubano –que vivía junto a la casa de Gregorio, aquel viejo de Lanzarote que no se llamaba Santiago y que casi no se muere porque no bebía ni una gota de ron sino únicamente fumaba en su cachimba puros de la Vega Baja, chico–, me contaba que algunos domingos llegaba al Floridita con el autor de El viejo y el mar y, cuando salían de allí, ninguno de los dos podía sostener derecho el cuerpo de su compañero. Al escritor se le puso el hígado más grande que la barriga mientras el cubano tenía que conformarse con tocar la guitarra a palo seco.

Faulkner

William Faulkner, Scott Fitzgerald, Tennesse Williams o Dylan Thomas eran auténticos responsable del creciente auge del negocio del whisky en los Estados Unidos. En cuanto a Truman Capote, es mejor correr un misericordioso velo sobre su afición a la coctelería, y nadie piense que va a escribir como un dios ni a vivir como un chiflado, sólo por beber esta receta del Dry Martini con que Truman se cogía las trancas:

5.5 cl de y 1.5 cl de Martini seco que se remueven bien
con cubitos de hielo y, luego, se sirve en una copa sin hielo,
exprimiendo una piel de limón.

Y, detrás de cinco iguales a éste, el escritor se mandaba una espuela roja: pero de esa receta hablamos otro día.

¡Cómo no acordarnos de Jack Kerouac, que confesó sus deseos de beberse a sí mismo! Empezó en la Ruta 66, siguió con su maravillosa novela En el camino y terminó tan alcoholizado que, poco antes de diñarla a los 47 años, decía no entender cómo un cuerpo podía resistir tanto alcohol durante tanto tiempo.

Para relajarnos necesitábamos whisky, especialmente yo. Salí y recorrí doce manzanas a toda prisa hasta que encontré un sitio donde me vendieron una botella. Volví lleno de energía.
Terry estaba en el cuarto de baño arreglándose la cara. Llené un vaso de whisky y bebimos grandes tragos. ¡Oh, aquello era dulce y delicioso! ¡Todo mi lúgubre viaje había merecido la pena! Me puse detrás de ella ante el espejo, y bailamos así por el cuarto de baño.

Marguerite Duras

Marguerite Duras, autora de Hiroshima mon amour, recorría todos los bistrots de la noche parisina, acompañada de su amiga Jeanne Moreau y, a veces del psicoanalista Lacan, hasta ponerse ciega. Evidentemente, la vida de Marguerite fue un encadenamientos de tragedias que ella optó por unir con el alcohol. Seguramente, no había probado ni una gota cuando escribió:

Los alcohólicos, incluso a nivel de vertedero, son unos intelectuales. El proletariado, que ahora es una clase más intelectual que la clase burguesa, de muy lejos, tiene una propensión al alcohol, en el mundo entero. El trabajo manual es sin duda de todas las ocupaciones del hombre la que le lleva más directamente hacia la reflexión, es decir hacia la bebida. Ved la historia de las ideas. El alcohol hace hablar. Es la espiritualidad hasta la demencia de la lógica, es la razón que intenta comprender hasta la locura por qué esta sociedad, por qué este Reino de la Injusticia… y que siempre concluye con una misma desesperación. Un borracho es a veces grosero, pero raramente obsceno. Algunas veces se encoleriza y mata. Cuando se ha bebido demasiado, se vuelve al principio del ciclo infernal de la vida. Se habla de felicidad, se dice que es imposible, pero se sabe lo que quiere decir la palabra.

Graham Greene, el autor de Nuestro hombre en La Habana, comenzaba una de sus novelas poniendo en boca de un personaje la auténtica y desgarradora  verdad sobre el color tan claro que tiene el whisky JB y la causa de su rotundo éxito: ¡uno puede bebérselo sin rebajar y nadie sospecha que no tiene ni una gota de agua! De ahí a definirse como un ateo católico, no hay más que media docena de botellas semanales de ese mismo elixir tan claro. Castle, protagonista de la novela El factor humano es tan aficionado al JB como su creador y se pasa todo el libro comprando, buscando y bebiendo la misma condenada marca:

Castle siempre compraba el J. & B, por su color: un generoso whisky de esta marca, con un poco de soda, no parecía más fuerte que un breve sorbo de cualquier otra marca.

bukowski

Otra vida ejemplar es la del irreverente Charles Bukowski, de tan ingrato recuerdo para los censores franquistas. El autor de Música de cañerías llegaría a decir:

Me gusta cambiar de licorería con frecuencia, porque los empleados aprenden tus hábitos. Si vas día y noche y compras en gran cantidad, puedo verlos peguntándose por qué todavía no estoy muerto, y eso me hace sentir incómodo. Probablemente, no piensen nada de eso, pero un hombre se vuelve paranoico cuando tiene trescientas resacas al año.

Algunos ha habido que, a imitación del galo Obelix, posiblemente cayeran de pequeños en una barrica de Ribeiro: jamás parecieron necesitar una copa de vino para explayarse diciendo o escribiendo los mayores disparates. Como Camilo José Cela, tan censor y tan simpático.

¿Para qué seguir? Sólo quiero hacer un post, no escribir un libro con olor a vino. Aunque materia habría para una enciclopedia, ¡miren que bonita lista para comenza!: Allen Ginsberg, William Burroughs, Raymond Carver, Catulo, Raymond Chandler, Lawrence Durrell, Omar Jayyam, Malcolm Lowry, O. Henry, O´Neill, Li Po, Joseph Roth, Algernon Charles Swinburne, Hunter S. Thompson, Victor Hugo,…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s