Así actúa la memoria de nuestros viajes cuando vemos películas o leemos libros

Eduardo Úrculo sentado sobre su escultura "Equipaje de ultramar". (Isla de Fuerteventura, 1995)

Eduardo Úrculo sentado sobre su escultura “Equipaje de ultramar”. (Fuerteventura, 1995).

LO QUE HAY DETRÁS DE AQUELLA ESQUINA

Los viajes presentan algunos aspectos laterales que a primera vista pueden parecer nimios, pero que nos proporcionan referencias culturales que de otra manera sería imposible adquirirlas. Trataré de explicarme.

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“Chinatown”, de Eduardo Úrculo.

Supongamos que nos sentamos en una sala de cine, o ante un televisor, a contemplar una película rodada en una aldea de la isla de Lanzarote, donde hace diez años estuvimos residiendo durante una semana. Desde que reconocemos el lugar, nuestra atención se fijará en cualquier detalle que aparezca en la pantalla: casas, rostros, calles, paisajes,… Todo eso nos servirá para analizar con mayor fundamento la obra cinematográfica, tomará una significación especial para nosotros y, por añadidura, contemplarlo nos aportará un placer que jamás se hubiera producido si no conociéramos ese lugar.

Lo mismo sucederá contemplando una película de corrupción política rodada en Madrid, una de gansters ambientada en Chicago o una de arte y ensayo realizada en escenarios parisienses. El conocimiento de esas ciudades añade un especial atractivo a la obra, puesto que no sólo vemos lo que nos muestra la cámara, sino que completamos esas imágenes con lo que nosotros sabemos que se encuentra a su alrededor y que permanece fuera del objetivo de la cámara. Sin que podamos evitarlo, la visión de escenarios conocidos, nos despierta olores que casi habíamos olvidado, sensaciones climáticas en la piel, el sabor de una cierta comida,…

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Escultura de Eduardo Úrculo.

LAS NOVELAS TAMBIÉN HUELEN

El mismo fenómeno se produce en la lectura de una novela desarrollada en algún lugar ya visitado por nosotros. Tal vez, aunque no de manera generalizada, las sensaciones sean aún más fuertes que en el cine, porque la relación con el texto es más íntima que en las imágenes cambiantes (no con las fotos fijas, las cuales parecen participar de una intimidad similar a la del texto). Leer la obra de Homero después de haber viajado por las islas del mar Jónico o sumergirse en el Ulises, de Joyce tras haber paseado por Dublín, es una experiencia diferente, que sentimos más próxima a nuestra vida y nos permite entender aspectos de la obra que de otra manera nos hubieran pasado desapercibidos.

 

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Escultura de Eduardo Úrculo.

CON BORGES Y CORTÁZAR EN SAN TELMO

La primera vez que fui a Buenos Aires, llevé conmigo algunas obras de Jorge Luis Borges y de Julio Cortázar. Mi intención era releerlas, a ser posible, en los lugares que en ellas se describían o, al menos, disfrutar de su lectura en parques, plazas o cafeterías de la ciudad porteña. Así lo hice durante dos o tres días. La experiencia fue interesante, pero no todo lo interesante que yo había previsto; de manera que abandoné la lectura algo decepcionado y me dediqué a conocer la ciudad con mis propios ojos, sin los filtros y las lupas de Borges y Cortázar. Sin embargo, semanas más tarde, con la memoria llena de calles, de olores, de conversaciones y de tangos, fue cuando realmente disfruté la lectura de los autores argentinos.

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“Chinatown”, de Eduardo Úrculo.

LA MEMORIA EN UN CÓCTEL

Viajar no es un placer absoluto: muchas malas experiencias nos suceden durante un viaje. En cuanto a lo positivo, es imposible desconocer todas esas cosas buenas que hemos escuchado cientos de veces en las agencias de turismo y en los libros de viaje: nuevas perspectivas, relax, visitas a museos, conocimientos arquitectónicos, gastronómicos, folklóricos, etc. No obstante, también deberíamos tener en cuenta lo que menciono en estas líneas: esos instantes algo más que placenteros que se producen cuando se mezcla el cine o la literatura con la memoria del viajero.

"Nautilus bajo las alas del viento". de Eduardo Úrculo.

“El Nautilus bajo las alas del viento”, de Eduardo Úrculo.

Post data: DESDE LOS VIAJEROS DE ÚRCULO

Creo que durante toda mi vida he escrito sobre pocas cosas que en el fondo no estuvieran relacionadas con los viajes. En esos libros y artículos he utilizado muchos tipos de ilustraciones, pero no se me ocurriría acompañar los párrafos de este post con imágenes que no pertenezcan a la obra de Eduardo Úrculo, porque éstas son las que siento más próximas a mi concepción del viaje.

Tuve la primera noticia sobre Úrculo en 1970, por una carta iracunda que el entonces joven pintor envió a la revista Triunfo quejándose de que en una bienal de arte, en Colombia, habían retirado un cuadro suyo considerado demasiado erótico. La memoria de esa carta es tan extraña como mi casual suscripción a aquella magnífica revista que proporcionó a mi adolescencia nuevos puntos de vista de la sociedad y de la cultura. Son estas casualidades las que nos van formando, las que terminan por vertebrar en buena medida nuestras trayectorias vitales.

Desde entonces, seguí con cierto interés la carrera de aquel pintor pop que plasmaba equipajes y viajeros en sus cuadros. Hoy, una década después de su muerte, continúo asomándome a su obra de viajes –más tarde ampliada con vacas y esculturas– que me recuerda, por la cualidad cinematográfica de algunos cuadros, ciertos elementos que conjugan de forma algo más que placentera los viajes, el cine y los libros.

 

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“Algo imposible”, de Eduardo Úrculo

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