Los enemigos

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Como el Real Madrid engrandece al Barcelona; como Goliat a David; Washington a La Habana; Fernando Alonso a Red Bull y el Diablo a Dios, así nos hace grandes cualquier enemigo excepcional. Es el Yin y el Yang chinos o el Ta ki y el Tamoye japoneses.

De sobra sé que éste es un artículo extraño, pero lo escribo cuando aún permanece una imagen horrorosa en mi retina. Anoche, vi morir a un hombre joven que unos minutos antes gozaba de un aspecto magnífico y picoteaba el mundo como un gallito de pelea acribilla el húmedo suelo buscando lombrices. Cayó desplomado a menos de dos metros de mí, con el cuello abierto por un cuchillo afilado, saliéndole la sangre a borbotones. Les aseguro que la realidad supera las sensaciones del 3D, y hasta se percibe una cuarta dimensión terrorífica cuando se nos presenta la muerte en directo.

Una pelea absurda que bien pudo evitar el muerto. Un resultado nefasto: morir a manos de un tipo anónimo sin obtener nada para nadie, ni siquiera para él mismo: ni una sola línea en las páginas de sucesos, ni medio minuto de gloria ni un comentario elogioso entre los curiosos que se acercaron con morbo a contemplar el cadáver. Se perdió una vida humana y, junto a la sangre vertida en la pisoteada arena, no se pudo encontrar ni un poco de dignidad. Ningún poeta hablará nunca de sus ojos tan abiertos como las puertas del infierno, ni una leyenda recordará que estaba la luna llena ni aun el más humilde rapero le dedicará una canción fúnebre como la de Pedro Navaja.

Mientras me apartaba de aquel lugar, me vino a la cabeza la idea de que existen personas que no tienen un solo enemigo que valga la pena. Algo realmente frustrante, porque la medida de tu categoría te la proporcionan tus enemigos. ¿Te imaginas a Napoleón luchando contra la familia Simpson o a Superman enfrentado a José Manuel Soria? No serían nada. Como yo  y, quizás, igual que tú, que no contamos con un enemigo de auténtica valía. ¡Qué triste terminar a manos de un don nadie como el muchacho acuchillado! Sobra decir que el vocablo terminar no se refiere, exclusivamente, a una muerte violenta.

 Tengo amigos maravillosos que me han demostrado su confianza cuando más la necesitaba. Conservo otros que han alcanzado grandes objetivos y me he alegrado con ellos, recibiendo mi correspondiente cuota de felicidad. Le doy gracias a la vida por todo eso, pero es injusto que no me haya premiado con un solo enemigo importante. He soportado, sí, a algunos jaquecosos de pacotilla; pero eso y nada es lo mismo.

De sobra sé que no soy el único frustrado en este aspecto. Miren a José Luis Rodríguez Zapatero: se hundió entre amigos por no contar con un solo adversario verdaderamente perspicaz mientras duró su mandato. De haberlo tenido, quizás habría brillado su ingenio. O a Hugo Chávez, finiquitado por un ridículo cáncer porque unos opositores cantamañanas no supieron bajarle los humos y sacar lo mejor de su persona. Nadie puede mantener una conversación brillante frente a un interlocutor romo. Ahora es demasiado tarde, ya no habrá quien se acuerde de Chávez ni de Zapatero dentro de veinte años. Por esta razón, los árabes llamaban Mi Señor (Cid) a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes. Como el Real Madrid engrandece al Barcelona; como Goliat a David; Washington a La Habana; Fernando Alonso a Red Bull y el Diablo a Dios. Es el Yin y el Yang chino o el Ta ki y el Tamoye japonés.

Creo que ésta es la primera vez en mi vida que escribo para quejarme de algo personal que no he logrado obtener. He obtenido poco y me he quejado poco. Así que nadie debería reprochármelo hoy, afectado aun por lo que vieron mis ojos hace unas horas. Y, además, porque uno tiene sus sueños. El mío es que exista un ser humano inteligente, o triunfador, o buena persona o, al menos, conocido por haber logrado una meta significativa en cualquier orden de la vida… que me odie profundamente. ¿Es pedir demasiado?

 Supongo que aún me queda mucho camino para alcanzar la talla humana necesaria que me procure un enemigo notable. Si la vida me proporciona tiempo y salud, espero alcanzar ese privilegio algún día en que, por fin, haya una persona  importante sentada a la puerta de su casa esperando ver mi cadáver pasar. Hasta entonces no quiero morirme ni perder las esperanzas.

Sirvan estas divagaciones como humilde responso para el joven muerto a cuchilladas en una noche fría, bajo la luna llena, sin razones suficientes para ir a buscar la muerte a manos de un pobre diablo que guardaba un afilado cuchillo bajo su camisa. Casualmente.

Los árabes llamaban Mi Señor a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes.

Los árabes llamaban Mi Señor (Cid) a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes.

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