La guerra de los guachinches

No voy a gastar ni un párrafo en contestar a los plumillas que claman contra los guachinches. Son personas a las que les entra dolor de cabeza cuando beben medio vaso de vino del país, leen media página de un libro o dicen una verdad completa. No vale la pena gastar energía en ellos, sino, tal vez, sentir lástima por vidas tan mediocres y poco aprovechadas. De cualquier manera, sobra decir que cuando aprietan las crisis económicas, sale a la superficie lo peor de cada casa. El único caso que conozco en que se haya votado a un presidente de auténtica valía, cuando el país atravesaba una dura crisis financiera, es el del estadounidense Franklin D. Roosevelt, un hombre que lo dio todo por su país –lo cual equivale a decir por las clases modestas de su país– y que logró recuperar la economía, recuperando las manos y los hombros que realmente la sustentaban. No los bancos.

Trato de hacer memoria sobre otro caso similar, pero no me viene ninguno a la cabeza. Si hablamos de Cuba, la crisis no sólo ha corrompido el sistema político hasta los mismos huesos, sino que los individuos (desde luego, con muchas excepciones) han perdido lo mejor de ellos mismos: su dignidad, su palabra, su idealismo social,… Lo mismo cabe decir de la miriada de repúblicas de la fenecida Unión Soviética.

Aquí, las cosas no se han puesto aún tan severas, pero los movimientos sociales e individuales siguen idéntico camino. El perro grande muerde al mediano para comerse su carne. El perro mediano muerde al pequeño para comerse su hueso. El perro pequeño muerde al perro pequeño para matar el hambre y la rabia por tener hambre. Traducido al canario: la gran superficie trata de borrar al mediano comercio y éste, desamparado, arremete contra el pequeño negocio.

Entre los pequeños, están los guachinches. Los más pequeños entre los pequeños. Asistiremos al triste espectáculo de verlos devorarse entre ellos. Tan seguro como que sale sol.

Las guerras las pierden los grandes señores, pero mueren los pequeños ciudadanos. Incluso, cuando las ganan. Que nadie espere, a la larga, que venzan los guachinches, como en el Himno a la Lucha Canaria, de Los Sabandeños :

El grande perdió,
el chico ganó...

Nada de eso. ¿Quién los va a defender? En estas islas el pueblo no defiende nada. Es un pueblo pusilánime que no sale a la calle por mucho que lo humillen y lo esquilmen. Reconozcámoslo. Reconozcámonos. En cuanto a los políticos… No conozco un solo político canario con cargo institucional que tenga la inteligencia, ni siquiera la intención, de Franklin D. Roosevelt. Mucho me temo que de ahí no venga ninguna solución para los negocios más tradicionales del archipiélago. Lucharán para preservar las subvenciones de los viajes en clase bussines, pero no darán un solo paso para conservar nuestra identidad más auténtica, la que todavía no es memoria ni folklore, porque continúa viva.

Cuando no quede un solo guachinche, se les rendirá homenaje a los guachinches en el parlamento canario y se les declarará Bien de Interés Cultural. Incluso, se buscará a un viejo dueño de guachinche para imponerle la Medalla de Oro de Canarias y a un poeta, sobrino del Consejero de Cultura, para publicarle una Oda al guachinche perdido.

No es ley de vida, pero es la ley de nuestros descerebrados representantes: nada se convierte en folklore protegido hasta que no muera como medio económico de subsistencia.

No. Los políticos no frenarán a los medianos comerciante de la hostelería que arremetan contra los guachinches. Tienen que dejarlos desfogarse, porque sería demasiado peligroso contenerlos. Podrían volverse contra los Macdonals. Incluso, sería posible que fueran apoyados por otros comerciantes que irían contra las grandes superficies. No, eso no lo pueden permitir, desde luego. Sería morder la mano que los alimenta.

No obstante, el fin de los guachinches no ha llegado, porque la gente está empezando a pasar hambre y, si los campesinos no los abren a plena luz del día, se abrirán solos de manera clandestina. Nuestros magos no saben luchar abiertamente, pero sí enrocarse. Han aguantado otros ataques, apoyados como ahora por la pléyade adulona que rodea el poder empresarial y político, y también sobrevivirán a la presente batalla.

Sin embargo, en la larga guerra de predominio cultural, ésta será otra herida en la piel enferma de la identidad canaria, de la que no forman partes las instituciones públicas ni las entidades culturales, sino las personas, los objetos y los medios de supervivencia que conservan nuestra tradición secular.

Entre ellos, los guachinches.

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