El guachinche La Vista, en La Gomera

En La Gomera, el potaje de berros se come en una mortera, que es un mortero grande de madera que no falta en ninguna cocina, por moderna que ésta sea. Me acordé de sacar una foto cuando ya le había echado el gofio al potajito de berros. Ustedes disculpen, pero la emoción me distrajo y hasta me olvidé de la cámara. No fue para menos, porque era uno de esos potajes gloriosos, con muchos berros y un aroma de los que elevan nuestras almas hasta las cumbres más altas del paraíso. Es mentira que a Eva y Adán los expulsaran del Edén por una simple manzana; los expulsaron por un potaje de berros.

Sucedió en El Cedro. El caserío sagrado de La Gomera, donde el Patriarca Medina, el de las luengas barbas, gobernaba como un rey guanche, a principios del siglo XX. Allí crecieron los berros en su arroyo de aguas frías y puras. Allí fueron cortados por manos amorosas. Allí terminaron en un caldero que los convirtió en sabroso potaje. Allí me los comí con toda la gula de que soy capaz.

El guachinche La Vista tiene mesas dentro y fuera. Me gusta sentarme en su patio, bajo las ramas de un castañero y mirar la montaña, unas veces con brumas y otras con sol. El hombre está encerrado en la cocina –ignoro si con siete llaves– y las dos mujeres atienden a los clientes, con la amabilidad justa, con la conversación adecuada. Esto se nota en las caras de los comensales, a quienes ve uno llegar cansados o tensos y, a los pocos minutos, hablando relajados, como si acabaran de ver un programa de Eduard Punset.

Pedí un potaje de berros, en su mortera, con gofio de millo y mojos del país. También un plato de bacalao con mojo rojo. Demasiada comida. Dudaba yo entre dejar la mitad del potaje o dejar la mitad del bacalao. Decidí dejar el potaje, pero terminé comiéndomelo, engolosinado con el mojo. No es la primera vez que estoy en este guachinche; sin embargo, les aseguro que nunca había encontrado tan rica la comida. Después, me bebí un café solo y caminé arroyo arriba, entre los helechos gigantes.

Es raro que no haya hablado todavía del vino. Ni puedo hablarles por esta vez, porque no lo probé. Conducía yo y no quise andar por aquellas carreteras con medio litro dando vueltas por mi cabeza. Otras veces sí lo he probado, sin ninguna queja: al contrario, estaba muy bueno.

Este enorme cartel figura por fuera del guachinche. ¿Cómo es posible que en El Cedro se pongan estos letreros tan cutres y tan horteras? Algo tan ridículo, tan poco estético, me parece un atentado contra la belleza de los bosques gomeros que rodean este guachinche.

A pesar de todo, les recomiendo que visiten La Vista. Se come bien, algo que en La Gomera no es fácil. No sé por qué, cada vez hay menos lugares en los que la calidad y el precio están acordes; y, ni aun pagando precios desorbitados, la calidad suele ser buena. Sin embargo, existe una media docena de negocios en los que uno puede entrar con toda la confianza. Por ejemplo: en el restaurante del Hotel Torre del Conde y La Cabaña (San Sebastián), Casa Luis Amaya (Las Rosas) o Casa Ciro (Valle Garn Rey). Hay unos pocos más, pero los dejaremos para comentarlos despacio otro día.

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