Venecia se mira al espejo en Punta de la Dogana. Parada Accademia del vaporetto

Venecia, como Narciso, está condenada a ahogarse en las mismas aguas donde se mira. Venecia es una de esas ciudades canallas, como Estambul o La Habana, que se te mete en la sangre lentamente, que te envenena y sientes cómo quiere arrastrarte con ella hacia su destino abismal.

Por esta razón, si alguna vez se te ocurre bajar del vaporetto en la Accademia, de noche o casi al amanecer, caminar y sentarte en la soledad de la Punta de la Dogana, debes cerrar los ojos hasta que te sientas con fuerzas suficientes para enfrentarte al paisaje urbano más bello de este planeta, sin sucumbir a su hechizo.

Si logras sobrevivir a tanta belleza, sin convertirte en rana de mármol ni estatua de sal, tu vida no volverá a ser la misma.

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