Desolación en La Gomera: no hay lágrimas para tantos árboles

Foto de Manuel Mora Morales.

Bosque de laurisilva de La Gomera.

Qué desolación, qué desolación terrible han dejado los fuegos de La Gomera sobre el mismo espacio que ocupaban sus bosques; desolación comparable sólo al abatimiento y la impotencia que ahora fermenta en los corazones de sus hijos.

La ambición y la estupidez humana han ido carbonizando la piel de las islas. Este año le ha tocado a La Gomera, pero el pasado y el antepasado los montes de otras islas fueron reducidos a carbón. Y, aún antes, las hachas segaron selvas canarias incomparables que han quedado eliminadas para siempre.

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.

Cantó Neruda en uno de sus veinte poemas, sin saber que le cantaba a mi isla que también se ha vuelto negra como la suya. José de Viera y Clavijo cantó al bosque que vestía la Montaña de Doramas, en Gran Canaria. ¡Sobre sus versos cabalga tanto dolor al verla perdida para siempre! ¡Huid de estas selvas, pajarillos porque los árboles están cayendo bajo el filo del hacha, bajo los tajos del fuego! Aunque nada pueda ya consolarnos por cada árbol perdido, que al menos este hermoso poema nos sirva de bálsamo a quienes tanto amamos los bosques de este archipiélago.

Mas ¡ah, preciosos árboles! que lejos
de daros sucesores que os hereden,
no tememos, con mano temeraria,
a golpes de las hachas insolentes,
derribar vuestros troncos venerables
que llorarán los pueblos que nacieren.

Sitios queridos de las nueve musas
en cuyos frondosísimos andenes
paseó, de su numen agitado,
el divino Cairasco tantas veces.

¡Montaña de Doramas deliciosa!
¿Quién robó la espesura de tus sienes?
¿Qué hiciste de tu noble barbusano?
Tu palo blanco ¿qué gusano aleve
le consumió? Yo vi el honor y gloria
de tus tilos caer sobre tus fuentes…

Huid ya de estas selvas, pajarillos;
nada os puede alegrar: peligrar debe
el nido maternal de vuestra prole,
si el leñador y el carbonero quieren.

Huid también vosotros a otra parte,
zagalas y pastores inocentes:
ya no hallaréis, en este monte bajo,
corteza dura o plana suficiente
para grabar vuestros amables nombres,
como vuestros abuelos y ascendientes.

Huid, huid: sacad de esta montaña
las manadas de cabras y los bueyes,
que devoran los brotes cuando nacen,
y no permiten que, nacidos, medren.

Llegados aquí, sólo nos queda repetir con el vate Rodrigo Caro sus dolorosas  estrofas:

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo […]
Mas ¿para qué la mente se derrama
en buscar al dolor nuevo argumento?
Basta ejemplo menor, basta el presente,
que aún se ve el humo aquí, se ve la llama,
aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento; […].

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