El Conde de Sandwich y la trágica muerte de George Glas

George Glas fue un capitán de navío escocés y aventurero que se dedicó al comercio marítimo, como muchos otros en su época.

A mediados del siglo XVIII, visitó Canarias y tanto le gustó el archipiélago que publicó un libro, en 1764, describiendo su geografía, historia, comercio, carácter de sus habitantes y hasta su gastronomía. Si es usted minero o buscador de tesoros, tal vez le interese saber que Glas proporciona la descripción exacta del lugar donde se encuentra una mina de plata en La Gomera.

En este libro, titulado Historia,descubrimiento y conquista de las Islas Canarias, reseñaba que los canarios iban a pescar a la vecina costa africana y que sería un excelente negocio para los británicos imitarles. Tan pronto llegó a Canarias esta obra, saltaron todas las alarmas. Según informa Lope Antonio de la Guerra en sus Memorias, se impartieron órdenes tajantes de que ningún canario se enrolara como tripulante en un barco inglés.

Cuando apareció George Glas de nuevo por las islas, se le capturó y metió en prisión. Lo encerraron, en Lanzarote, en noviembre de 1764, y quedó libre en octubre de 1765. Es decir, permaneció casi un año metido entre rejas.

 Un mes después de salir de prisión, Glas embarcó hacia Gran Bretaña con su mujer, su hija y toda su fortuna –parece que llevaba unas cien mil libras en monedas– en el Earl of Sandwich, velero que ostentaba el título aristocrático de John Montagu (1729-1792), inventor de los famosos emparedados. Lo que sucedió a bordo de ese navío afectó mucho a la sociedad canaria, consciente de que las autoridades habían procedido mal encarcelando al marino escocés sin haber cometido ningún otro delito que escribir un libro en el que aparecían algunas reflexiones sobre el comercio.

He aquí cómo describió la Gazeta de Madrid (pp 27-29) el último viaje de George Glas. La publicación lleva fecha de 28 de enero de 1766.[1]

 “Londres 3 de enero de 1766. [El primer párrafo da cuenta de la muerte del príncipe inglés Federico Guillermo] Algún tiempo ha se prendieron en Irlanda cuatro malvados convictos de un horroroso delito. Servían en calidad de marineros en el navío inglés nombrado Conde de Sandwich, que regresaba de las Islas de Canaria a Londres con una rica carga de vino, seda, y cochinilla, y gran cantidad de pesos, oro molido, y algunas barras del mismo metal. Mandaba este navío el Capitán Cockeran, con siete hombres de tripulación, y había tomado a bordo, en calidad de pasajero, a un oficial extranjeros llamado Glas, que traía consigo a su mujer, a una hija, y a un criado. Cuatro marineros de la tripulación idearon el atentado de quitar la vida a cuantos se hallaban en el navío para hacerse dueños de la carga. En su consecuencia el 30 de noviembre último, a las once de la noche, sorprendieron al capitán cuando iba a entrar en su cámara, y le golpearon la cabeza con una gruesa barra de hierro.

Dos de los marineros y el señor Glas, oyendo el ruido y los gemidos que daba el capitán, corrieron al instante para ver lo qué sucedía. Los primeros que llegaron fueron dos marineros, a los cuales, después de haberlos maltratado, los arrojaron al mar. Viendo el señor Glas esta crueldad volvió a su cuarto para tomar su espada.

Le siguió uno de los asesinos y le esperó al paso. En efecto, no tardó en volver el Sr. Glas con la espada en la mano; mas el pícaro que había quedado escondido se le abalanzó de manera que le impidió utilizar la espada. En el ínterin, otro de los compañeros le desarmó y le atravesó el cuerpo con muchas estocadas utilizando su propia espada. Después, le arrojaron al agua.

La infeliz esposa de este desgraciado oficial, que con su hija había salido en seguimiento de su marido, vio parte de este horrible espectáculo. Se arrojó a los pies de los asesinos implorando su clemencia; pero éstos estaban furiosos y no se compadecieron de sus lagrimas ni de sus ruegos. Cogieron a la madre y a la hija y las arrojaron de manera inhumana al mar estrechamente abrazadas.

Aún no satisfecho el furor de estos malvados, quitaron después la vida a los demás marineros, que no habían entrado en la conjura, excepto a un grumete y al criado del Sr. Glas, que aún era joven.

Habiéndose hecho así dueños del navío, arribaron a la costa de Irlanda. A diez leguas de Waterford, echaron a pique el bajel, después de haber sacado todo el oro y la plata que pudieron llevar en la chalupa. Al abandonar el navío, dejaron en él al grumete y al criado del difunto Glas.

El primero de estos infelices, suplicó, aunque en vano, que le dejasen entrar con ellos en la chalupa. Viendo que el navío comenzaba a inundarse, se arrojó al mar y logró alcanzar a nado la chalupa a la cual intentaba agarrarse; pero uno de los asesinos le descargó tal golpe en el pecho, que le precipitó en las olas.

Finalmente, habiendo saltado a tierra estos malhechores, enterraron a la orilla del mar parte de su caudal, y después se encaminaron a Ross, y de allí a Dublín, en donde se gastaron mucho dinero.

Bien pronto se supo que había naufragado una embarcación en la costa, sin que se encontrase  a bordo a persona alguna. Esta noticia, junto con el dinero, y las monedas extranjeras que habían gastado estos cuatro hombres, dio lugar a que se sospechara de ellos. Por último, después de algunos otros indicios, fueron arrestados, y confesaron su delito con todas las circunstancias que acaban de referirse.”

El texto más antiguo que conozco sobre este suceso se encuentra en las páginas 85-88 de The Annual Register or a View of the History, Politicks and Literature for the Year 1766, (impreso en Londres, en 1767), sin que figure el nombre del autor.

El referido artículo, que sería repetido, sin demasiadas variaciones, más tarde en diversas publicaciones, nos pone al corriente de que la hija de Glas sólo tenía once añitos y que los amotinados fueron George Gidley, cocinero oriundo del oeste de Inglaterra; Mackinley Peter, el contramaestre, natural de Irlanda; Zekernian Andrew, de procedencia holandesa; y Ricardo de St. Quintin, inglés. Mientras Mackinley sujetaba por la espalda al forzudo George Glas, Gidley lo golpeó repetidamente  con una barra de hierro y después lo tiró por la borda. Según esta versión, madre e hija fueron arrojadas al mar vivas, sin más consideraciones.


[1] He actualizado la ortografía, algunos vocablos y, en algunas frases, la sintaxis del texto original para facilitar su lectura, siempre respetando estrictamente su sentido.

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