Marianico y Teodorico: café para dos

Si tuviera que comparar a Mariano Rajoy, el presidente de España, con algún personaje histórico, sin lugar a dudas, sería con Teodorico el Grande. No por el respeto que éste tuvo hacia las instituciones del Estado, sino por la traición consumada contra aquéllos con los que ambos gobernantes suscribieron pactos solemnes. Pactos destinados a alcanzar el poder de un territorio, sin detenerse ante la inmoralidad que supone faltar a la palabra dada a los pueblos y a sus representantes. Lo que más hunde e iguala a los líderes políticos en el lodo histórico es su felonía y tanto el gallego como al ostrogodo han andado sobrados de ella.

Teodorico era el caudillo de los ostrogodos, desde el año 474. En Constantinopla, el emperador Zenón I le propuso coronarse rey de Italia. Como condición para acceder a la corona, primero Teodorico debía deshacerse de Odoacros, líder de los hérulos, que se había adueñado de la península itálica.

Teodorico aceptó, en el año 488, y marchó con sus tropas hacia Italia. Pero tres años más tarde, en 491, murió el emperador Zenón I sin ver morder el polvo a los invasores hérulos. Le sucedió en el trono Anastasio I Dicorus, así llamado porque sus pupilas tenían diferentes colores. El tiempo transcurría sin que llegaran buenas noticias de Teodorico. Constantinopla comenzaba a desesperarse porque aún Odoacro, más fresco que una lechuga, continuaba aguantando los embates ostrogodos.

Así las cosas, Teodorico llevó adelante un plan secreto que tenía en mente. Propuso Odoacro hacer un esfuerzo conjunto para lograr un pacto justo. Así, ambos podrían gobernar de manera conjunta en un territorio donde reinase la paz y el progreso.

Puso tanto empeño en su cometido que terminó por lograrlo. Firmado el acuerdo, en el año 493, los dos ejércitos se dispusieron a celebrar el final de la guerra.  Teodorico,  propuso realizar una gran fiesta nocturna, con banquete incluido…

Esto fue lo que sucedió en esa fiesta insólita, tal como lo relata Jean d’Ormesson:

“El banquete marcaba la reconciliación de los dos pueblos que habían estado matándose. Demetrios, que lo había organizado todo y cuidado hasta los menores detalles, se las había ingeniado para acoger a ostrogodos y hérulos en número rigurosamente igual. A cada ostrogodo correspondía un hérulo y todos estaban colocados según una regla estricta de alternancia que Demetrios había hecho observar al pie de la letra: cada ostrogodo estaba sentado entre dos hérulos y cada hérulo entre dos ostrogodos. Así se desarrollaría entre las dos comunidades un espíritu de comprensión, confianza y amistad. En la mesa de los dos reyes, Odoacro y Teodorico, sentados uno al lado del otro, daban el ejemplo de la concordia. Los hombres comían, bebían, cantaban, gastaban bromas a las mujeres que traían los platos, iban a calentarse de vez en cuando ante los grandes fuegos donde se asaban las cabras y los jabalíes. La guerra había terminado.

El banquete tocaba a su fin. Saciados de vino, los comensales se abandonaban a un bienestar que llegaba, en algunos, hasta la somnolencia y el torpor. Varios, que se habían levantado para estirar las piernas o andar tras las chicas, volvieron a sentarse al ver que Demetrios se levantaba para pedir silencio. Saludó, en nombre de los dos reyes, a todos los presentes. Les dio la bienvenida a aquel banquete de Rávena donde por fin se había sellado la reconciliación de dos pueblos. Les habló de un pasado que había sido detestable y heroico, les habló de un futuro que sería glorioso y radiante. Los invitó a permanecer sentados para gozar de un espectáculo debido a la magnificencia de Odoacro y Teodorico y que era la imagen y el fruto de la paz. Hizo el elogio de ambos reyes de los que se llevó sucesivamente a los labios el manto rojo y el manto azul, adornados uno y otro con bordados de oro y plata. Y volvió a su sitio entre dos jefes hérulos.

No se supo de dónde salieron las bailarinas, en un torbellino de seda, cintas, colores, música. Todos los guerreros se levantaron impulsados por la excitación. Un inmenso rumor se difundió por la noche. El cortejo de las bailarinas se abrió paso por entre las mesas, los toneles, los fuegos donde acababan de asarse los últimos cabritos y los últimos corderos. La mayoría de ellas habían sido formadas en Bizancio, pero muchas venían de más lejos: de Siria, de Egipto, del Danubio, de Bretaña. Cada una era una novela, una historia, una sucesión de deseos y tormentas.

Acróbatas, malabaristas, tragadores de fuego, jugadores de bastón y espada evolucionaban entre ellas, saltaban al aire, giraban como trompos, se descoyuntaban, edificaban en un santiamén pirámides humanas que se deshacían en el acto, andaban con las manos, hacían saltos mortales y mil piruetas. Las muchachas pasaban danzando, excitando a los hombres, acariciándolos con la mano. Deslumbrados por el espectáculo, atontados por el vino, todos los hombres se habían vuelto a sentar y miraban con grandes ojos, seco de nuevo el gaznate, mareados de tanto esplendor. De pronto, sonaron trompetas con fuerza, dominando el ruido sordo de los tambores y las arpas.

Se produjo un gran silencio durante unos instantes. Bailarinas, músicos, comensales, mujeres de pie ante los fuegos, niños muertos de sueño, ancianos que soñaban en cosas vagas, todos se quedaron inmóviles, petrificados en el silencio que seguía al estrépito. Estalló un golpe de címbalos Entonces cada guerrero ostrogodo hundió su puñal en el corazón de su vecino de la izquierda. Tres mil guerreros hérulos perecieron en el mismo destello. El propio Teodorico se arrojó sobre Odoacro y lo cosió a puñaladas. Distraído, siempre ausente, Demetrios se equivocó y apuñaló a su vecino de la derecha: acababa de matarlo su vecino de la derecha. El vecino de la izquierda de Demetrios fue el único hérulo del banquete de Rávena que escapó de la matanza. Era un príncipe de siete años. Lo dejaron con vida.” [1]

Espantosa historia que se repite, una vez y otra: con sangre en las conquistas y con tinta en los boletines oficiales durante los períodos de paz. Las semejanzas con la ruptura de importantes pactos por parte de Mariano Rajoy –en cuanto a la traición y no en cuanto a los asesinatos, evidentemente– son notables.

Las solemnes promesas que todos escuchamos en boca del candidato a presidente y de los miembros de su partido político impulsaron a millones de personas al voto. Como los ostrogodos, la celebración por su triunfo resultó magnífica y, si bien no se metieron al horno miles de gallos y pollos degollados ni se llenaron con vulvas de cerda las fuentes de oro transportadas por esclavos etíopes, muchas botellas de champán e innumerables tetrabriks de vino Don Simón fueron abiertos para que los ricos y los pobres votantes celebrasen el triunfo de su líder, el que nos iba a llenar de felicidad sacándonos de la espantosa crisis sin subirnos los impuestos, sin reducirnos los sueldos y sin enriquecer más aún a los banqueros.

Pero no sucedió nada de eso. A la voz de su jefe, con alevosía nocturna y diurna, los populares sacaron sus leyes tan afiladas como puñales, y comenzaron la masacre. No se salvaron ni los mismos que les pusieron las armas en sus manos: a golpe de leyes y decretos terminaron con todos. Solamente Rajoy, como Demetrios, equivocó el golpe y lo desvió hacia la derecha, eliminando a Arenas, el cual cayó por fuera de la Maestranza con un rictus de sorprendido dolor en su rostro.

Sólo se salvó la niña que estaba a su izquierda. Era la niña de Rajoy, la cual miraba horrorizada a su creador. La dejaron en su escuela. No valía la pena ensuciarse las manos con ella. Únicamente, sería cuestión de tiempo que los recortes en educación, el paro de sus padres, las hipotecas de sus tíos y los impuestos de sus vecinos acabasen por arruinarle la vida.

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[1]  Jean d’Ormesson: Historia del Judío Errante, Planeta, 1992.

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