Reybocop en Botsuana

La familia real española tiene suerte. Mientras los descendientes de las jubiladas monarquías francesa, italiana o austríaca han de cuidarse por sí mismos, los Borbones cuentan con unos súbditos que los cuidan tiernamente, conscientes de que si los dejaran solos no serían capaces de manetenerse completos ni una semana. Y a los españoles les chifla tener reyes. ¿Recuerdan cuando y por qué los madrileños salieron a recibir a su deseado Fernando VII de Borbón gritando ‘vivan las caenas’, en 1814? Claro que, hoy, lo adecuado sería gritar ¡vivan las caídas!

Dada esta real hinchada, uno debe ser consciente de que escribir sobre los reyes españoles, aunque se trate de don Pelayo o de don Recaredo, le puede acarrear animadversiones. Máxime, haciéndolo en la misma fecha del aniversario de la II República Española, aunque uno no sea republicano. Yo, por ejemplo, mientras escribía estas líneas pensaba: ¿Y si se enfada Santiago Carrillo, que se ha declarado juancarlista o si llega a leerlo monseñor Rouco Varela o el obispo de Valladolid y me excomulgan? ¿Y qué podría pensar don José Rodríguez, el director de un periódico canario, que se ha declarado independentista, monárquico y fan del partido popular, a la vez?

Sin embargo, confieso que no pude resistir la tentación de continuar dándole al teclado, por dos razones: la primera es que estoy de baja médica en casa y a estas horas todavía no ha aparecido nadie a alegrarme o a fastidiarme el día y, la segunda, porque no puedo quitarme de la cabeza que desde el más pequeño borboncito hasta el más viejo, han demostrado ser unos patosos. Tengo la seguridad de que la familia real española ha gastado más en medicinas, operaciones y abogados durante los dos últimos años que cualquier familia enclenque y de clase media a lo largo de dos generaciones.

Menos mal que para reinar no hace falta estar sano, ni articular un discurso coherente elaborado por uno mismo, ni saber caminar sin ir dándose golpes en las puertas, ni respetar a los elefantes en lugar de ayudar a exterminarlos, ni aun tener huesos propios en el cuerpo. Incluso un Reybocop puede reinar en España y ser aplaudido por el celtíbero pueblo cuando asiste a los desfiles patrióticos y, muleta en mano, sonríe toreramente en el papel couché de la revista Hola.

Naturalmente, en España no reina Reybocop, porque a Juan Carlos todavía le queda algún hueso sano (aunque yo no sabría decir cuál) y sus escopetas sólo las usa para cazar osos y elefantes. Lástima que no piense en dejar algún animalito vivo para que sus nietos también sientan la tierna emoción de descerrajarles un tiro entre los ojos. Por cierto, ¿quién le regalaría la escopeta a Froilán, en esta familia tan aficionada al pim-pam-pum?

Por lo pronto, ahí tienen a Froilán, el tierno retoño, ingresado en un hospital con un pie lleno de perdigones más ilegales que los millones de su tío Iñaki (presuntamente). Pronto empieza. Menos mal que todavía no ha entrado en vigor el copago en Madrid. Sí, menos mal, porque con el recorte (quiero decir el ajuste) en la asignación económica real, no les alcanzaría para la factura médica y los 300 € de la multa por portar armas ilegalmente (más barato que conducir un coche sin carnet). Claro que siempre podrían recurrir a alguna ONG o a Telefónica.

Incluyo aquí una agendilla con un pequeño resumen de los accidentes del rey de España, en las tres últimas décadas. Como podrán apreciar, siempre se accidentó mientras trabajaba, lo cual nos llena de orgullo y de satisfacción a la reina, al rey y a un servidor.

2012

El rey fue operado en Madrid porque se rompió la cadera mientras cazaba elefantes en Botsuana.

2011

El rey sufrió un accidente doméstico, dándose un golpe con una puerta en el ojo izquierdo y la nariz. Recibió a diplomáticos extranjeros con la cara vendada.

2010

Numerosas operaciones articulares y musculares.

1995

El coche le resbaló cuando volvía de esquiar en Candanchú. Resultado: fisura en su mano derecha que debe ser escayolada.

1998

Accidente mientras esquiaba en Baqueira Beret.

1991

Accidente en Baqueira Beret, por esquiar: fractura de meseta tibial externa, con operación y muletas incluidas.

1989

Accidente en los Alpes mientras esquiaba.

1988

Cacería en Suecia: se golpeó brutalmente un ojo con una rama.

1983

Mientras estaba esquiando en Suiza, una caída le produjo una fisura de pelvis. Desde entonces, su movilidad es limitada.

1981

Golpe contra una puerta de cristal cuando iba a la piscina. Resultado: heridas en el muslo, tórax, etc. y corte de un nervio en el antebrazo.

1980

El rey se cae al bajar de un tanque de la División Acorazada Brunete, en Zaragoza. Resultado: un codo vendado. Es de reseñar que éste es el único accidente que podría ser considerado de trabajo, aunque a mí el médico no me hubiera dado ni la baja laboral.

Antes de 1980

Mejor será no removello ni meneallo.

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