La leyenda de la Ciudad del Conde de la Vega y Edgar Allan Poe

Unas veces, las leyendas se alimentan de realidades y, otras, de sueños. La Ciudad del Conde tiene una base histórica y gran parte de lo que se cuenta en ella es verídico.

Hace años, la incluí en un libro que recopila leyendas de las Islas Canarias, porque, además de parecerme interesante por sí misma,  le encontré algo muy curioso: la visión del conde se asemejaba mucho a unos párrafos de cierta narración debida al escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), titulada Un cuento de las Montañas Escabrosas.

Como he colocado esos párrafos a continuación de la leyenda, sobra cualquier otro comentario, excepto recordar que tanto el conde como el pueblo despertaron sin tener a su alcance el dinosaurio de Monterroso, la flor de Coleridge o la ciudad soñada… ¿o, tal vez, discrepando de Novalis y Poe, debemos creer que  jamás despertaron?

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“El valle de Los Balos, en el municipio de Agüimes, en Gran Canaria, está limitado por una cordillera de montañas. Durante mucho tiempo, sobre este lugar, cada día de San Juan, reuníase un numeroso grupo de gente que pasaba la jornada mirando fijamente al valle. Se esperaba contemplar una visión milagrosa que lamentablemente nunca se presentó. Los que allí acudían no eran locos ni tontos, sino continuadores de una tradición que comenzó hace casi trescientos años.
Verán. Vivía entonces en la isla de Gran Canaria el Conde de la Vega. No agobiaba el trabajo a este buen señor y disponía, como todos los lindos condes de este feo mundo, de innumerables horas libres para aburrirse. Y para divertirse también, claro, porque una cosa lleva a la otra. Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en dar largos paseos a caballo para medir sus tierras porque, siendo parte de una isla y estando mojadas por las olas, bien podrían encoger. Aquella tarde de San Juan, poco antes del oscurecer, cabalgaba el conde en una yegua torda por el camino real que cruza Los Balos.
Encontrábase el conde en un risco, sobre el valle, contemplando aquel terreno yermo, cuando le vino a la memoria una visita que había recibido no hacía muchos días. Se trataba de un aparcero que expulsó de aquellas tierras, porque habíale fallado en los pagos. Recordaba el jinete cómo la joven mujer del aparcero había tenido el descaro de arrodillarse y abrazar sus rodillas para rogarle piedad. Díjole la descarada joven que habían tenido una mala cosecha, que apenas había llovido, que debía alimentar a cuatro niños… El conde de la Vega suspiró. Normalmente, era su apoderado quien se ocupaba de estos asuntos, pero aquel día se encontraba de fuera. De cualquier manera, había zanjado el conde aquella contrariedad, tal como tenía que zanjarla, y aquellos insolventes ya estaban fuera de su finca. Pero ahora se encontraba con que debía buscar un nuevo aparcero para los terrenos.
Bajose de la yegua y fuese a sentar en una piedra el conde. Meditando, meditando, dejó rodar sus ojos sobre el valle de Los Balos. Súbitamente, este valle seco y árido se transformó en una oasis hermosísimo con casas de estilo árabe y palmeras, cuyas hojas bailaban con la brisa. Estupefacto se frotó los ojos. Pero la visión no se esfumaba. Pellizcose una mano y las mejillas después. Nada, la ciudad era más terca que su incredulidad y allí continuaba plantada. No, no parecía un sueño. Aquella visión aparentaba ser tan sólida como los hierbajos que tenía a sus pies, como su yegua torda, como él mismo y como su corazón. Delante suyo se extendía un fértil oasis rebosante de maravillosos edificios.
El conde viajaba con frecuencia al extranjero; sin embargo, nunca en su vida había visto algo tan hermoso. Su enfado con el aparcero desapareció y sus mejillas se humedecieron con las lágrimas que escaparon de sus ojos ante visión tan sublime. De pronto, se sintió impulsado a mostrar su ciudad al resto del mundo. Subiose a la montura y galopó para contar a todos el portento que había aparecido en sus propiedades. Nadie creyó al conde una sola sílaba de lo que contó pero, con curiosidad malsana, le siguieron hasta el lugar donde había visto el espejismo.
Cuando llegaron, aquel seco valle de Los Balos ofrecía su aspecto de siempre, es decir, un erial improductivo. La gente miró al conde con más asombro que sorna. Lo conocían como hombre realista, frío e inteligente; como un déspota de tomo y lomo, incluso, pero no como un soñador o un visionario. De modo que a todos parecioles extraño aquel suceso y no alcanzaban a entender cuál sería el beneficio que obtendría el conde de tamaña mentira. Alguno fue capaz de insinuar, en voz baja, que la visión del señorito era consecuencia de su arrepentimiento por los abusos cometidos con los aparceros pero,  únicamente, provocó las risas de los presentes.
El Conde de la Vega insistía en que él había visto una bellísima ciudad en el valle y, como no se le notaba otro signo de locura, la gente fue admitiendo su historia hasta darla por cierta. Nada hace más creíble algo increíble que la repetición machacona y la apariencia adinerada de quien lo cuenta.
Llegado el día de San Juan del siguiente año, el conde estaba seguro de que su visión se repetiría. Para evitar que le sucediese lo mismo que en la ocasión anterior, invitó a todo el pueblo a una comilona en los riscos que se hallan sobre el valle de Los Balos. Así, habría testigos de cuanto sucediera. También llegaron sus amigos de la ciudad, sobre todo militares, clérigos, inquisidores y comerciantes. Los aristócratas declinaron la invitación con delicadeza y los poetas, finalmente, no fueron invitados por temor a que compusieran alguna sátira si la ciudad mágica no aparecía.
Allí se cantó, se bailó, se bebió e, incluso, se dijo alguna palabra mal dicha o mal interpretada; hubo sus más, sus menos y escapose alguna torta; pero visiones no hubo. Ninguna calle apareció en el valle Los Balos, ni plazas, ni jardines, ni cúpulas, ni palacios, ni casas ni aun una sola piedra de la ciudad encantada fue vista. Nada. El conde quedose con un palmo de narices y la gente fuese a su casa contenta por la buena comida, aunque algo decepcionada por no lograr ver la ciudad de las palmeras.
Mientras vivió, al llegar el día de San Juan, el Conde de la Vega continuó invitando al pueblo de Agüimes al valle de Los Balos para comer, beber, bailar, pelear y ver la maravillosa ciudad que nunca aparecía. Cuando murió el conde, acabáronse los obsequios de bebidas, pero la gente del pueblo continuó la tradición de ir por San Juan al valle de Los Balos a darse una comilona mientras esperaba que la misteriosa ciudad apareciera.”

(Manuel Mora Morales: Mitos y leyendas de las Islas Canarias)

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“Era su costumbre tomar una dosis muy grande todas las mañanas inmediatamente después del desayuno, o más bien después de una taza de café cargado, pues no comía nada antes de mediodía, y luego salía, solo o acompañado por un perro, en un largo paseo por la cadena de salvajes y sombrías colinas que se alzan hacia el suroeste de Charlottesville y son honradas con el título de Montañas Escabrosas.
Un día oscuro, caliente, neblinoso de fines de noviembre, durante el extraño interregno de las estaciones que en Norteamérica se llama verano indio, Mr. Bedloe partió, como de costumbre, hacia las colinas. Transcurrió el día, y no volvió.
A eso de las ocho de la noche, ya seriamente alarmados por su prolongada ausencia, estábamos a punto de salir en su busca, cuando apareció de improviso, en un estado no peor que el habitual, pero más exaltado que de costumbre. Su relato de la expedición y de los acontecimientos que lo habían detenido fue en verdad singular.
«-Recordarán ustedes -dijo- que eran alrededor de las nueve de la mañana cuando salí de Charlottesville. De inmediato dirigí mis pasos hacia las montañas y, a eso de las diez, entré en una garganta completamente nueva para mí. Seguí los recodos de este paso con gran interés.
[…] »Absorto, caminé durante varias horas, durante las cuales la niebla se espesó a mi alrededor hasta tal punto que al fin me vi obligado a buscar a tientas el camino. Y entonces una indescriptible inquietud se adueñó de mí, una especie de vacilación nerviosa, de temblor. Temí caminar, no fuera a precipitarme en algún abismo. Recordaba, además, extrañas historias sobre esas Montañas Escabrosas, sobre una raza extraña y fiera de hombres que ocupaban sus bosquecillos y sus cavernas. Mil fantasías vagas me oprimieron y desconcertaron, fantasías más afligentes por ser vagas. De improviso detuvo mi atención el fuerte redoble de un tambor.
[…] »Al fin, extenuado por el ejercicio y por cierta opresiva cerrazón de la atmósfera, me senté bajo un árbol. En ese momento llegó un pálido resplandor de sol y la sombra de las hojas del árbol cayó débil pero definida sobre la hierba. Pasmado, contemplé esta sombra durante varios minutos. Su forma me dejó estupefacto. Miré hacia arriba. El árbol era una palmera.
[…] El calor tornóse de pronto intolerable. La brisa estaba cargada de un extraño olor. Un murmullo bajo, continuo, como el que surge de un río crecido pero que corre suavemente, llegó a mis oídos, mezclado con el susurro peculiar de múltiples voces humanas.
»Mientras escuchaba en el colmo de un asombro que no necesito describir, una fuerte y breve ráfaga de viento disipó la niebla oprimente como por obra de magia.
»Me encontré al pie de una alta montaña y mirando una vasta llanura por la cual serpeaba un majestuoso río. A orillas de este río había una ciudad de apariencia oriental, como las que conocemos por las Mil y una noches, pero más singular aún que las allí descritas. Desde mi posición, a un nivel mucho más alto que el de la ciudad, podía percibir cada rincón y escondrijo como si estuviera delineado en un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban irregularmente en todas direcciones, pero eran más bien pasadizos sinuosos que calles, y bullían de habitantes. Las casas eran extrañamente pintorescas. A cada lado había profusión de balcones, galerías, torrecillas, templetes y minaretes fantásticamente tallados. Abundaban los bazares, y había un despliegue de ricas mercancías en infinita variedad y abundancia: sedas, muselinas, la cuchillería más deslumbrante, las joyas y gemas más espléndidas.  […]. Por eso Novalis no se equivoca al decir que “estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”. Si hubiera tenido esta visión tal como la describo, sin sospechar que era un sueño, entonces podía haber sido un sueño; pero habiéndose producido así, y siendo, como lo fue, objeto de sospechas y de pruebas, me veo obligado a clasificarla entre otros fenómenos.”

(Edgar Allan Poe: Un cuento de las Montañas Escabrosas)

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