El tango: entre la procacidad y el puritanismo (I)

Tango by manuel mora morales

La primera vez que visité Buenos Aires no fui de vacaciones, sino a trabajar en un documental televisivo. Como sospechaba que el trabajo sería arduo y tendría pocas oportunidades de conocer algunos aspectos de la ciudad que me interesaban, decidí realizar el vuelo unos días antes que el resto del grupo.

Casi con rubor, confieso que una de las primeras cosas que hice, como si se tratara de una necesidad acuciante, fue sentarme en la plaza de San Telmo y perder un día completo en leer a Jorge Luis Borges y en hablar con gente muy arrabalera sobre las cloacas del tango.

La lectura, tan inútil como satisfactoria, resultó ser más un acto litúrgico que intelectual pero, finalmente, me sirvió para diluirme en aquella ciudad de cielos pálidos y corralitos sangrantes.

Las conversaciones, casi todas banales, valieron para que buscara otros lugares de la ciudad, otras personas y otras formas de abordar una cuestión que siempre me había parecido más que singular: por qué dos países culturalmente serios –Argentina y Uruguay– llevaban un siglo disputándose fieramente la paternidad de una música ligera, de un baile de salón y de un intérprete cuya voz, aprisionada en un disco de pasta a 78 r.p.m., me sonaba a línea telefónica. Una guerra fría por el dominio absoluto de los tres elementos que constituyen, al parecer, la ardiente esencia del tango.

Y me propuse entonces conocer el tango que, como todos sabemos, es un baile de pareja enlazada, forma musical binaria y compás de dos por cuatro. El mismo nombre reciben la música y el texto que acompañan a este baile. Nació, a finales del siglo XIX, en Río de la Plata, y prendió rápidamente en los arrabales de Buenos Aires hacia 1880, sin que todavía se haya averiguado, fehacientemente, cómo ni quién fue su inventor, a pesar de que tantos argentinos y uruguayos juren por lo más sagrado que ya está claro el asunto: mirá, che, no fue en el país de enfrente donde primero vio la luz el tango. Y, como vos ya debés saber, Carlitos Gardel también es compatriota mío.

Los tangos que entonces se cantaban, mezclados con la milonga y otras músicas, eran muy diferentes de los más evolucionados que comenzó a interpretar Carlos Gardel en 1917. Al principio, los tangos se bailaban entre hombres y, al pasar a los burdeles, se incorporaron las mujeres. Alcanzaron su apogeo entre los años 1920 y 1940.

Mientras unos tangos ostentan un lenguaje procaz, otros contienen textos muy puritanos y defienden la moral tradicional de la familia contra cualquier intento femenino de tomarse más libertades de las que una sociedad machista está dispuesta a concederle.

Las aficiones masculinas al juego, a las prostitutas y a la bebida también se reflejan en las letras. Las características de la música del tango fueron perfectamente definidas por el músico tanguista argentino Juan D’Arienzo, cuando dijo que el tango antiguo, el de la “guardia vieja”, tiene ritmo, nervio, fuerza y carácter, y que la obligación de los músicos bonaerenses es procurar que no pierda nada de eso.

Hay un tango de Carlos de la Púa, compuesto en quintetos, cuyo texto se aproxima bastante al sentimiento de los propios argentinos respecto a su baile más estimado:

Baile macho, debut y milonguero,
danza procaz, maleva y pretenciosa,
que llevás en el giro arrabalero,
la cadencia de origen candombero
como una cinta vieja y melindrosa.

Pasión de grelas de abolengo bajo
de quien sos en la bronca de la vida,
un berretín con sensación de tajo
cuando un corte las quiebra como un gajo,
o les embroya [sic] el cuero una corrida.


Los tangos tuvieron su verdadero desarrollo en los burdeles y es natural que muchos de ellos se refieran a esos ambientes, como este Cabaret de Enrique Cadícamo, compuesto en cuartetas:

Bailar tango es un deporte
el cabaré, un reñidero
donde por copiarse un corte
un macho se juega entero…

Bailarina “contratada”
¡Qué pena tu almita viste!
Estarás enamorada
o el tango te pone triste. […].

Ya sabe usted aquello de “andar del tingo al tango”: uno empieza dedicando tangos a los cabarets, pero, después, ya no puede parar, y continúa brindándoselos a los alrededores. Por ejemplo, al órgano sexual masculino –tango El clavo–, al orgasmo de la mujer –El fierrazo– y hasta a cierta desgana por levantarse de la cama –Déjala morir dentro–.

El lenguaje del arrabal bonaerense del siglo XIX se aferró a las letras del tango, se salvó de su destrucción y ha llegado fresco hasta la actualidad, con palabras como vieja (madre), chiflar (silbar), mamarse (emborracharse) y otras que deben figurar en cualquier tango que se precie de serlo. Y junto a esto ha de usarse el vos y el sos, como en el tango Fierro Chifle, compuesto en 1928 por Benjamín Tagle Lara, en el que se canta a un cenizo:

Vos naciste un martes trece,
Fierro Chifle, y es por eso
de que andás siempre en la mala
sin poderte acomodar.
Sos un yerro en esta vida
con la yeta que te encana
y seguís la caravana
con la desgracia a la par […].

El lenguaje del tango es desgarrado y las pasiones y las decisiones extremas se evidencian en sus versos, como en Yira… yira de Enrique Santos Discépolo:

Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa…
¡Yira!… ¡Yira!…

Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.

CONTINÚA… El tango: entre la procacidad y el puritanismo (II)

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