Los deplorables resultados de la lectura obligatoria

Nos estamos empeñando en un sinsentido: obligar a los estudiantes a obtener placer de la lectura. Sin embargo, si no es en el ejercicio del masoquismo, las personas no suelen obtener placer por decreto. Obedecerán, pero ¿disfrutar? ¡Ni por asomo! La desbandada juvenil desde la literatura hacia la televisión y los videojuegos tiene mucho que ver con esa obligación a la lectura. En lugar de acercar los libros a los niños y a los jóvenes, como tesoros por descubrir, estamos empeñados en administrárselos a la fuerza. Ese comportamiento es la mejor garantía para que odien los libros durante el resto de su vida.

No soy el único que piensa esto. La obra Como una novela, del escritor francés Daniel Pennac, comienza así:

“El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…

Claro que siempre se puede intentar. Adelante: “¡Ámame!” “¡Sueña!” “¡Lee!” “¡Lee! ¡Pero lee de una vez, te ordeno que leas, caramba!”

–¡Sube a tu cuarto y lee!

¿Resultado?

Ninguno.

Se ha dormido sobre el libro. La ventana, de repente, se le ha antojado inmensamente abierta sobre algo deseable. Y es por ahí por donde ha huido para escapar del libro. Pero es un sueño vigilante: el libro sigue abierto delante de él. Por poco que abramos la puerta de su habitación le encontraremos sentado ante su mesa, formalmente ocupado en leer. Aunque hayamos subido a hurtadillas, desde la superficie de su sueño nos habrá oído llegar.

–¿Qué, te gusta?

No nos dirá que no, sería un delito de lesa majestad. El libro es sagrado, ¿cómo es posible que a uno no le guste leer?”[1]

No hace falta decir que continuamos en un sistema de enseñanza autoritario, por mucho que se disfrace de colorines, de juegos y de pizarras digitales. Los planes de estudio más progresistas (que sí han existido, al menos, en los Boletines Oficiales) quedan en letra muerta desde que son puestos en marcha, porque las cúpulas de la autoridad educativa continúan inamovibles, en la edad de las cavernas: directores generales, consejeros e inspectores, salvo honrosas excepciones,  suelen pertenecer a esa pesada rémora que lastra penosamente nuestras instituciones educativas e impide el desarrollo adecuado de las nuevas generaciones de profesores. Y, como en el gallinero, las aves que están posadas en los palos más altos van dejando caer sus inmundicias sobre las que se encuentran debajo. Así, hasta llegar a los estudiantes que son los que reciben la parte más nefasta de esta lluvia de tics heredados de la peor pedagogía (que, por cierto, es la que se ocupa más de la propia pedagogía que de los alumnos). Cito el quinto capítulo completo de la obra de Pennac:

“¡Qué buenos pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!”


[1] Daniel Pennac: Como una novela. Editorial Anagrama. Madrid. 1993. PÁG. 11.

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