La traducción de obras literarias. Octava Parte: Qué traductor elegir

[…] el traductor, esa sufrida y criticada criatura generalmente considerada de segunda fila entre filólogos y literatos, y desde luego muy maltratada por el gremio de libreros y editores comerciales, merece, cuando es bueno, algo más que la retribución de sus esfuerzos divulgadores, pues puede fácilmente ser incluso un maestro, quizás inconsciente, de los mismos que le tienen en menos.

Federico Corriente

Los dos requisitos fundamentales que se necesitan para que alguien sea un buen traductor son la honradez y el sentido común. El resto de sus aptitudes lo cualificarán en mayor o en menor grado, pero si fallan las dos apuntadas, es preferible prescindir de sus servicios. Por otra parte, tampoco es aconsejable requerir las tareas de un traductor que no entregue los trabajos en las fechas acordadas. Las faltas de ortografía y de sintaxis constituyen otros importantes elementos que los clientes deben valorar a la hora de contratar estos servicios, pues son indicativos del grado de preparación profesional.

El traductor, como norma general, ha de poseer una formación lingüística específica para efectuar su trabajo con ciertas garantías de calidad, porque en este oficio la buena voluntad no basta, incluso si se tiene un excelente grado de comunicación oral en las dos lenguas que se necesitan para traducir una obra. El conocimiento del idioma materno ha de ser profundo:[1] es preciso conocer sus estructuras para verter en ellas los contenidos del original. Para Miguel Sáenz, esto significa que el traductor tiene que poseer la cualidad de escritor en su lengua materna, lo cual es más importante que su conocimiento del idioma extranjero.

Aunque hay traductores oficiales y colegiados –dedicados a las transcripciones con valor jurídico de documentos de diversa índole, como testamentos, etc.–, no significa, necesariamente, que sean los más adecuados para realizar la traducción de un libro, pues su titulación no presupone la experiencia ni la capacidad precisa para ello. En España, es posible hacer la Licenciatura en Traducción e Interpretación,[2] si bien no goza de mucha popularidad entre los editores y las agencias que prefieren confiar sus trabajos a traductores procedentes de otros campos profesionales. Para traducir un texto jurídico, se confía más en un abogado que tenga conocimientos de inglés que en un traductor salido de una facultad universitaria. Es de esperar que esta situación vaya cambiando, paulatinamente, con la introducción de cursos de postgrado muy específicos.

No existe, pues, un perfil definido del traductor de libros: quien es competente para realizar la traducción de un manual médico puede no serlo para efectuar la de una novela, ya que su preparación literaria, quizás, no sea la adecuada. Por eso, la elección del traductor apropiado no es tarea fácil, dado que no siempre coinciden en la misma persona todos los requisitos necesarios:

No obstante, no nos queda ninguna duda de que en condiciones ideales de trabajo para la traducción científico-técnica deberíamos contar con la persona que cubriera las facetas de traductor y especialista a la vez (dominio del campo temático y de las técnicas y estrategias de traducción), pero esto se da en la realidad en muy contadas ocasiones y, por otra parte, sería insuficiente para hacer frente al volumen de trabajo de la traducción científica en nuestro país. Con lo cual nos encontramos con tres posibles alternativas:

1. Que la traducción especializada la realizara un especialista, con el conocimiento del campo temático pero sin la formación lingüística y el conocimiento de las técnicas y procedimientos de traducción que posee el traductor. Esta opción es la que se ha materializado hasta ahora en el campo científico en la traducción (inglés-español) fundamentalmente de manuales de Medicina, Bioquímica, Fisiología, Medicina del Deporte, Farmacia, Ciencias Biológicas, Ciencias de la Salud, etc., sin olvidar que son sólo una minoría los traducidos al español. Los resultados de esta práctica, que hasta ahora ha sido mayoritaria, no son todo lo satisfactorios que la comunidad implicada en la comunicación científico-técnica desearíamos. En bastantes ocasiones, tras la lectura del manual se observa con claridad que se trata de una traducción: expresión forzada en la lengua término (LT), utilización de anglicismos, estilo artificial que refleja la estructura propia del inglés pero que se aparta de las mínimas reglas sintácticas del español, etc.

2. Que la traducción especializada fuera llevada a cabo por un traductor sin conocimiento alguno del campo temático. El resultado, obviamente, sería desastroso. No obstante, con bastante frecuencia se ha dado esta práctica en traducción inversa, especialmente español-inglés, cuando el especialista se ha visto en la necesidad de traducir sus trabajos al inglés si quería verlos publicados en las revistas especializadas de su campo y ha recurrido a traductores no profesionales, es decir, nativos de la lengua inglesa.

3. Que el traductor trabaje de forma conjunta con el especialista. Nos inclinamos por esta última opción por considerarla la más adecuada y la que ofrece unos resultados más positivos a la hora de la calidad de la traducción. Pensamos que se pueden formar traductores que con las adecuadas técnicas de documentación y el conocimiento de la terminología específica de la lengua de la especialidad en cuestión sean capaces de traducir textos científicos en temas con los que no se encontraban demasiado familiarizados. En este caso la colaboración entre el traductor y el especialista debe de ser muy estrecha; de este modo, el traductor ocupa un lugar muy definido como profesional de la comunicación que no puede ser ocupado ni por redactores, ni por lingüistas ni por especialistas.[3]

Sin embargo, este criterio no lo comparten algunos traductores:

Los principios básicos de la traducción son los mismos y, por si fuera poco, esos principios se aplican a las traducciones hechas hacia y desde cualquier idioma. Más todavía, yo creo que el ejercicio simultáneo de distintos tipos de traducción sólo puede redundar en beneficio de la formación del traductor y, por consiguiente, de la calidad de sus traducciones.[4]

Las principales virtudes que debe tener un traductor, según Osuna Lucena, son:

1. Conocimiento lingüístico profundo del código que descodifica, es decir, de la lengua que traduce, así como del código lingüístico al que traslada, es decir, de la lengua a la que traduce.

2. Un conocimiento, más que aceptable, de la materia específica que trata la obra, es decir, el traductor debe ser entendido en la disciplina sobre la que versa la obra objeto de la traducción.

En relación con el primer apartado consideramos primordial no sólo el dominio del nivel funcional, de las estructuras sintácticas de ambos idiomas, sin olvidar giros, modismos, así como expresiones y frases hechas o estereotipadas, sino, también el dominio del plano léxico y semántico que hace posible captar los matices que llegan a delimitar o difuminar los contornos de los vocablos y que permite diferenciar sutilmente los semas que individualizan aparentes sinónimos.

En relación con el segundo apartado, el entendimiento de la temática específica permite la utilización precisa de términos exclusivos de dicha materia que difícilmente pueden ser traducidos con acierto si no es mediante un conocimiento previo de la actividad en cuestión.[5]

Irónicamente, Montserrat Phillips, una traductora autónoma, residente en Inglaterra, comenta:

En conclusión, para ser un buen traductor es necesario dominar bien la informática, tener por lo menos una edad mínima de 40 años, tener un consorte o compañero nativo del idioma de origen, un tío médico, otro jurista, un hermano contable, a ser posible haber tenido una nodriza francesa y lo que es muy imprescindible, una capacidad de trabajo enorme para poder trabajar 14 ó 15 horas al día. Debo añadir que por encima de todo tiene que tener un buen conocimiento y cultura de su propio idioma.[6]

¿Qué sucede cuando una traducción está mal realizada, intencionadamente o por falta de preparación del traductor? ¿Hay una responsabilidad por parte de este que puede ser invocada por el autor, el editor e, incluso, por los lectores? En el caso de las traducciones literarias es muy difícil determinar fehacientemente si el trabajo del traductor ha lesionado los intereses del demandante; sin embargo, en las obras de no-ficción esto cambia y las responsabilidades pueden llegar a ser determinadas por la Oficina de Interpretación de Lenguas, incluso penadas jurídicamente, si se probase una adulteración del original.


[1] Sin embargo, este profundo no ha de ser entendido como sinónimo de absoluto. Siguiendo a Stuart Bartes, podría decirse que no es posible dominar completamente ninguna lengua, porque ello requeriría el conocimiento de esa lengua desde todos los ángulos posibles: el de los profesionales, el de cada individuo, el de cualquier clase social, el de cada edad, etc.

[2] Esta carrera dura cuatro años y se pueden hacer las especialidades en Traducción Científico-técnica o en Económico-jurídica.

[3] Gallardo, Natividad: Enseñanza de la traducción técnica: la formación de traductores no especialistas. En: Simposio de Traducción español-inglés.

[4] Sáenz, Miguel: La traducción literaria. En: El papel del traductor.

[5] Osuna Lucena, Francisco: De la labor de traductor. En ibid.

[6] Philips, Montserrat: La profesión del traductor e intérprete autónomo: aspectos técnicos. En: Simposio de Traducción español-inglés.

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