El turista hipotético

hipotético, ca.

(Térm. en tráns. de la denot. a la connot. Se deriva del gr. ὑποθετικός y ὑποθήκη, y del lat. hypothēca)

1. adj. muy común. Dícese de quien está hipotecado de manera patética.

2. adj. m. com.  Que está a punto de perder su vivienda habitual por no leer la letra pequeña de la hipoteca.

3. adj. m. com. Tres años en el paro, tres hijos y tres recibos de la hipoteca devueltos.

La Venus de los Trapos, de Pistoletto.

“[En el plazo de un año, voy a] traer un millón más de turistas a Canarias. Es un reto porque significa traer turistas de mercados que ahora no tienen vuelos directos con Canarias, pero estamos trabajando en ese objetivo“. (Diario de Avisos, Canarias, 11 de septiembre de 2010).

Sostiene Rivero. Por suerte, los canarios tenemos un jefe de gobierno que piensa en los demás. Frente a los que anhelan ser visitados por turistas ricos, él está preocupado por esa gente sin recursos que no tiene posibilidad de gozar sus dos semanas de vacaciones en un paraíso vacacional. De manera que ha puesto a sus huestes a la caza y captura del turista pobre europeo.

–Bueno para nosotros; bueno para ellos –imagino que les dice a sus allegados de gobierno.

–Intentaremos buscar cien mil turistas, presidente.

–­Quiero que me traigan un millón más este año.

–¿Un millón? Eso es imposible. Además, la legislatura se acaba en mayo de 2011, Paulino

–Por eso, precisamente –contesta el presidente con una sonrisa enigmática.

–¿Y por qué no los buscamos ricos, patrón?

–Ricos, no: pobres. En algo debe notarse que nosotros no somos la derechona, como nuestro vicepresidente. Además, resultaría ridículo tratar de mezclar a un millón de ricos con doce millones de pobres.

–Permíteme que te corrija, Paulino, pero sólo nos llegan diez millones de turistas al año.

–¿Pretendes que olvide a los dos millones de canarios?

–Entendido. Aquí el cerebro eres tú. No se te pasa un detalle por alto.

Todos los reunidos miran con admiración a su líder. Un millón más. En un año. Nada menos. La idea es fantástica. Por muy pobres que sean los turistas hipotéticos (+ 1,4% de euribor) necesitarán dormir bajo techo; lo cual significa más licencias de construcción. Aunque no coman caliente encenderán la luz de sus habitaciones y no querrán el café frío; es decir, construcción de más centrales eléctricas. Así, hasta que se justifique la necesidad de descatalogar las especies protegidas, de proteger hoteles monstruosos en el espacio costero o de reducir los presupuestos educativos.

–¿Qué tiene que ver el presupuesto educativo con el millón de turistas, Paulino?

–¿Tienes una idea mejor para obtener más camareros, consejera?

La reunión se convierte en una hoguera. La idea del presidente ha electrizado al gobierno en pleno. Este hombre sabe cómo motivar a su tribu, siguiendo el consejo de Montequieu con la educación de los niños: no los llenes como una botella, hazlos arder como una llama.

–¿Me explicas por qué no importa que sea el final de la legislatura, presidente? –pregunta un consejero que todavía no ha resuelto el nudo gordiano del plan de su jefe ni piensa que el fuego sea mejor que una botella de Ribera del Duero de 1989.

Rivero vuelve a colocarse la sonrisa esotérica debajo de las gafas, mientras contempla con admiración a su consejero y piensa que este hombre ha sido una brillante adquisición para su gabinete. ¡A nadie se le ocurriría jamás presentarlo como candidato a la presidencia! Gente así es la que se necesita para formar gobiernos estables. Le habla con ternura:

–Mi querido consejero, lo bueno del plan es que si no salimos elegidos, la culpa de no encontrar un millón de turistas será del nuevo gobierno.

–¿Y si nos eligen?

–En ese caso, tenemos cuatro años por delante para que los electores se olviden.

–Entonces, ¿por qué no traemos tres millones?

Se baja el telón.

Se sube el telón:

El presidente comparece en una rueda de prensa con varios periodistas. Después de explicar el plan del millón, ve que nadie le arroja un zapato ni siquiera le grita mentiroso. Los nervios se distienden y siente la seguridad de quien siempre camina con la verdad por delante. De manera, que se coloca bien las gafas y afirma con la solemnidad que el momento requiere:

“Tenemos capacidad en nuestra planta hotelera y extrahotelera para traer no un millón de turistas sino tres millones. No se trata de construir nuevas plazas, es que las tenemos ya.” (Diario de Avisos, Canarias, 11 de septiembre de 2010).

Se baja el telón.

No seré yo quien me preocupe porque los turistas duerman en habitaciones de una o de diez camas. Me gusta el progreso y, quizás, ya es hora de pasar del Time-sharing al Room-sharing. Bravo, presidente.

Ahora bien, me queda una cuestión por resolver, una curiosidad que me crea angustia existencial, un silogismo que no logro entender, una regla de tres que parece de dos, un gusanillo que no me deja pegar ojo…  Si nos sobran tres millones de camas sin ocupar, ¿por qué se concedieron los permisos para construir tantas urbanizaciones durante la reciente moratoria turística, alegando que se trataba de alojamientos de imperiosa necesidad?

Aun siendo yo el último de sus ciudadanos, no me cabe duda de que nuestro bienamado presidente me despejará esta duda en su próxima comparecencia pública.

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