La traducción de obras literarias. Primera parte: Los problemas interculturales

Del mismo modo que la literatura
es una función especializada del lenguaje,
la traducción es una función especializada de la literatura.

Octavio Paz

La traducción es una de las funciones que vertebran el camino del libro. La industria editorial no se concebiría hoy sin su existencia y cualquier persona que desee profundizar en la edición, en la escritura o en la lectura necesita tener en cuenta algunos conceptos básicos.

Es preciso contemplar esta actividad como parte de un sistema de producción específico, determinado por los elementos culturales, históricos y económicos en que se sustenta. Por otra parte, no se puede perder de vista que hay factores ajenos a la literatura que se inmiscuyen e influyen de manera acentuada en el producto final de una traducción concreta. Todo lo cual, siendo importante para el traductor, debe tenerse en cuenta por cualquier otro eslabón de la cadena productiva del libro: escritores, editores, etc., sin olvidar a los lectores.

Los problemas de la traducción

Como opina Vidal Claramonte, la traducción se nos aparece, quizás, como “el juego más oscuro del lenguaje” que ha de empezar por reconocer que lo que es traducible es el pensamiento. Tradicionalmente, se había tomado la palabra como la unidad de traducción, pero, en la actualidad, ese papel lo ha conquistado la cultura del idioma del texto original. Se ha llegado a la conclusión de que una traducción tiene la capacidad de variar el mensaje que el autor había llevado a su libro, si el traductor no conceptúa apropiadamente el medio cultural donde ha nacido la obra original.

El traductor ha de ser capaz de captar la obra de partida, tal como lo harían los lectores en su contexto de origen, como única manera de producir un texto de llegada que no reduzca el rol que desempeñará el lector cuando se enfrente a él, tal como lo había concebido el autor. Esto es relativamente fácil de conseguir en los textos científicos, pero en las obras literarias la dificultad es mucho mayor, dado que existen elementos que en los contextos de origen y de recepción tienen valores semióticos diferentes. Los nuevos significantes del idioma al que se traduce provocan la variación de los significados de la lengua original. Es decir, no basta el significado denotativo de una palabra, sino que ha de tenerse en cuenta el significado connotativo.[1] Quien se dedica a traducir ha de ser un excelente lector y un conocedor de la normalidad cultural de la época y del entorno donde fue escrita la obra, porque la calidad de su trabajo dependerá mucho de la interpretación que él mismo realice de cada línea del texto, con relación al contexto y a sus interacciones con la comunidad de donde procede la propia obra.

La preparación del traductor tiene que ir mucho más lejos del dominio del léxico de los idiomas que maneja, sin perder de vista el universo cultural de los lectores de la traducción, porque las interpretaciones de una misma frase varían de manera considerable aun entre diversas comunidades que hablan el mismo idioma. En este sentido, hay que entender la traducción como reescritura; sobre todo, en los textos ambiguos que pueden tener múltiples interpretaciones.

Lo ideal es que la traducción sea leída como si se tratase del original; sin embargo, aproximarse a esto significa desarrollar una tarea muy compleja,[2] sabiendo de antemano que no se alcanzarán todas las metas.[3] Modernamente, los objetivos se han fijado en recubrir el texto traducido con una expresión literaria equivalente a la del original, lo cual acarrea problemas relacionados con el idóneo alojamiento del texto traducido en nichos literarios y lingüísticos plausibles de la lengua receptora. La equivalencia en traducción siempre debe apoyarse en el plano socio-semiológico[4] y uno de los recursos empleados para conseguir alojar la obra traducida en estos nichos es la intertextualidad o empleo de palabras y frases que hacen referencia a determinados textos de autores sobradamente conocidos por el lector, con el fin de despertar en él unas resonancias concretas. Sin embargo, el traductor ha de tener conciencia de que su utilización es un arma de doble filo y debe estar seguro de que la mayoría de los lectores captará las resonancias[5] de las palabras o de las frases propuestas en la obra traducida. En caso contrario, se habrá perdido el esfuerzo realizado.

Algo parecido sucede con las referencias que los autores hacen de determinados elementos culturales propios de su comunidad lingüística, los cuales desaparecen cuando la traducción tiende a ser literal. Es el mismo inconveniente que se produce cuando un español lee una novela nicaragüense o paraguaya: ciertas referencias culturales de los ciudadanos de los respectivos países no coinciden en muchos aspectos. Como diría Umberto Eco, recordando la cuestión kantiana de la constancia del objeto: no son elementos persistentes en estados de cosas alternativos. En estos casos, la mayor parte de los traductores opta por referirse a elementos similares que sean conocidos por sus lectores.[6]

(Continúa la siguiente entrada de este mismo blog)


NOTAS

1. Se entiende por denotación el significado que un diccionario proporciona de un vocablo (flor es el órgano reproductor de una planta) y por connotación el significado que esa misma palabra tiene para una comunidad ligüística concreta (cuando se habla de flor –o de su traducción–, en general, un holandés pensará en un tulipán, mientras que un sudafricano imaginará una strelitzia). Aunque la connotación puede ser individual o colectiva, por motivos sociales obvios tanto el autor como el traductor sólo pueden tener en cuenta la segunda.

2. Hay tal complejidad en ello, tratándose de obras procedentes de contextos demasiado remotos, que una de las primeras reflexiones a realizar por el traductor es la de si procede o no utilizar elementos foráneos en el cuerpo de la traducción, con la finalidad de introducir elementos exóticos o arcaizantes que produzcan determinadas resonancias en el lector. La razón de tomar una decisión en este sentido se basa en que algunas imágenes literarias referidas a países lejanos se han utilizado con tanta frecuencia que han perdido la capacidad de evocar en el lector cualquier exotismo.

“Jung ha explicado que, cuando una imagen divina se nos hace demasiado familiar y pierde su misterio, necesitamos volvernos hacia las imágenes de otras civilizaciones, porque sólo los símbolos exóticos son capaces de mantener un aura de sacralidad.” (Eco, Umberto: Interpretación y sobreinterpretación. Cambridge University Press, Madrid, 1997).

3. Mohanty, Niranjan: Intranslability and the translator’s task. Perspectives: studies in translatology, Vol. 4: Núm. 2, 1996.

4. Ping, Ke: A socio-semiotic: approach to meaning in translation. Babel, Vol. 42 : Núm. 2, 1996.

5. Aquí el concepto resonancia está íntimamente vinculado al término coupling, aportado por Samuel Levin. En el capítulo sobre la poesía puede encontrarse más información.

6. “El verdadero problema de la identidad a través de los mundos consiste en reconocer algo como persistente a través de estados de cosas alternativos. “ (Eco, Umberto: Lector in fabula. Editorial Lumen, Barcelona, 1999).

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