Historia del pulpo Paul y su extraña abducción

Nació y se crió cerca de una playa, en la parte alemana de Úsedum, una isla cuya mitad oriental pertenece a Polonia. Se llamaba Paul. Su tía Anni siempre pensó que tenía demasiadas piernas.
—No es que te lo eche en cara, sobrino, pero habrás de reconocerme que tienes demasiadas piernas.
El jovencísimo Paul intentaba no prestar atención a la tía Anni. Cuando miraba sus extremidades inferiores es cierto que las encontraba un poco largas y quizás musculadas en exceso. Sin embargo, muchos de sus amigos no diferían demasiado en lo que a remos se refiere y a nadie se le ocurría restregárselos en las narices. Cada cual es producto de su ADN, se decía a modo de consuelo. Según su hermana Paulina, la afición que cobró al fútbol comenzó a fraguarse debido a esa obstinación de la tía Anni con las piernas.
Todo lo que sé de Paul lo conozco a través de su hermana Paulina. Me la presentaron en mayo de 2008, en una reunión de amigos celebrada después de la proyección de la película “Alexandra”. Ambos asistíamos a un festival de cortometrajes celebrado en Oberhausen. Al día siguiente, tuvimos una cita en el centro sumarino SeaLife. Ella me había confesado que le fascinaban las profundidades oceánicas y quise tener un detalle galante. Estábamos sentados en una de las cafeterías de esta especie de parque.
—Paul comenzó a obsesionarse también —me confesó Paulina cuya lengua se iba soltando a medida que me tomaba confianza—. Fue algo sumamente extraño, porque nadie notó un cambio en sus actitudes, ni siquiera él mismo. Los vínculos debieron establecerse a niveles inconscientes en su mente juvenil.
Recuerdo perfectamente que cuando Paulina cruzó sus piernas no pude evitar una mirada ávida hacia aquellos miembros largos y exquisitos que se extendían ante mí. Probablemente, a la tía Anni no le faltaba razón respecto a las extremidades de su familia. Cenar con Paulina, pensé sin venir a cuento, debe ser algo maravilloso. No sé por qué entonces me vino a la mente que un vino blanco, seco y ligeramente afrutado sería el complemento ideal para aquella cena que me estaba taladrando la cabeza. No obstante, pedí cerveza, procuré ocultar mis inconfesables apetitos y moví la cabeza para animarla a continuar.
—La conexión piernas-fútbol quedó establecida en los niveles más profundos de su conciencia. Realmente, mi hermano se convirtió en un caso que habría cambiado las conclusiones de Lacan respecto al lenguaje. Verás, a partir de la pubertad, Paul no se perdió un solo partido de fútbol al que pudiera asistir personalmente y, en último término, lo veía televisado.
—¿Pero a esa edad iba él solo al estadio? —le pregunté sorprendido.
—No —cloqueó más que se rió ella—. Siempre lo llevaba algún amigo. No sé cómo se las arreglaba para que alguien cargara con él hasta un campo de fútbol, le pagara un buen sitio y lo invitara a beber algo más que un vaso de agua. Paul era un verdadero artista en enrollarse para lograr lo que deseaba. Mi madre se partía de risa mientras le preguntaba cómo hacía para que los muchachos y hasta la gente mayor del barrio lo adoptaran como una auténtica mascota.
—¿Y qué contestaba tu hermano?
—Nada. Era un tipo silencioso. En esos momentos, le daba por comer cualquier cosa, preferiblemente percebes o algún marisco si lo había en casa.
Más adelante, me enteré de que Paul era un auténtico gourmet cuando se trataba de comer mariscos de cualquier clase. Los amigos bromeaban con él porque nunca bebía otra cosa que no fuera agua y había jurado que jamás comería carne de pulpo.
—¿Por qué crees que tenía esos remilgos?
—Yo creo que fue cuando se encaprichó de aquel pulpo en la tienda de animales. Estuvo meses tratando de conseguir el dinero para comprarlo. Aun me parece verlo cuando cada día visitaba la tienda para comprobar que nadie se lo había llevado.
—¿No es ilegal vender esos animales en tiendas?
—No lo creo. Después muchos ahorros y sufrimientos, mi hermano logró llevarlo a casa y adoptarlo como mascota. Se identificó tanto con aquel molusco que le puso su propio nombre. Lo paseaba por toda la casa. Era imposible verle contemplar un partido de fútbol en la tele sin tener el pulpo a su lado. El condenado animal daba la impresión de estar a gusto con su dueño y hasta parecía que se compenetraban como si fueran gemelos. Después de un tiempo, cuando se marcaba un gol en la tele, los dos Paul levantaban sus extremidades simultáneamente.
Paulina hizo una pausa. Encendió un cigarrillo y me echó el humo a los ojos. Es posible que tratara de defender sus piernas de mis cariñosas miradas. Su hermano las ocultaba con timidez y ella las mostraba con descaro. No la culpo, ser bella y presumida no es un delito.
—Un día lo llevó al estadio. Llenó de agua una bolsa de plástico y logró introducir al pulpo en la grada de tribuna, ocultándolo debajo de su abrigo. A sus vecinos de butaca les pareció gracioso el animal y lo aceptaron de buen grado. Hasta un gracioso le trajo una de esas banderitas que ponen en los helados para que la sostuviera con sus rejos y animara al equipo.
—¿Y la sostuvo?
—Sin ningún complejo. Pero a veces, sucedía que el animal se negaba a levantar la banderita. Mi hermano se dio cuenta de que esa negativa coincidía siempre con alguna goleada a nuestro equipo. Sólo que el pulpo parecía saberlo de antemano… Así fue subiendo su fama en el barrio.
—Qué interesante. ¿Quieres comer alguna cosita?
—Pulpo. Un rejito de pulpo me dejará como nueva —su cabeza no paraba de moverse, como si tuviese que sacudir el cerebro para que soltara los recuerdos—. Con la llegada del nuevo veterinario al barrio comenzaron los problemas. En la isla se dice que el que no come arenques ahumados con gusto, termina atrayendo desgracias a los vecinos. Y nadie puede decir que viera al veterinario probarlos alguna vez. Así que todo el mundo estaba esperando para ver por dónde rompería la mala suerte. Hasta que un día ese tipo se empeñó en que mi hermano estaba maltratando al pulpo. Que el lugar de un pulpo era el fondo del mar o una pecera y no una butaca del estadio ni el sillón de la tele. Las opiniones se dividieron en el barrio: unos proclamaban que si el pulpo iba a los partidos sería porque le gustaba el fútbol, mientras otros opinaban que Paul abusaba de la buena disposición del animal.
Paulina bebió un sorbo de cerveza y llevó a su boca un rejito de pulpo al ajillo. Me maravilló que pudiera hablar con tanto sentimiento sobre el pulpo de su hermano mientras no sentía el mínimo pudor en hincarle el diente a las extremidades del difunto cefalópodo que nos habían servido.
—Finalmente —prosiguió con la boca llena—, el delegado de la Sociedad de Autores en el barrio afirmó que los pronósticos del pulpo deberían considerarse actos artísticos y, como tales, estaban sujetos al canon preceptivo. Esa fue la gota que colmó a mi hermano, el cual se encerró en su habitación con el pulpo, un televisor y un abono al Canal Deportes. Como no hubo forma de hacerlos abrir la puerta durante muchos días, tuvimos que avisar a los bomberos. Entraron por la ventana, los obligaron a salir y nos cobraron trescientos euros por el trabajo. Entonces fue cuando se produjo la abducción del pulpo Paul.
—¿Lo abdujo un nave extraterrestre? —pregunté con sorna.
—¿Una nave extraterrestre? —Paulina escupía sobre mis pantalones trocitos de pulpo y ajo mientras se reía a carcajadas— ¿No eres ya mayorcito para creer en esas bobadas?
—Tú has dicho que el pulpo fue abducido.
—Y lo fue, al menos respecto a mi hermano. ¿Nadie te ha informado que abducir significa separar, apartar, alejar o desviar? Deberías comprarte un diccionario, cariño. ¡Qué hombres tan incultos se encuentra una por esos mundos de Dios! Como dice la tía Anni, el que no es feo es inculto y el que no, casado. Mira, chiquitín: el pulpo Paul fue abducido de mi hermano Paul.
—¿Quién lo hizo?
—La propia policía. Los maderos introdujeron al pulpo en una jaula húmeda y se lo llevaron a un acuario alejado de la isla de Úsedum. Concretamente, como supimos más tarde, lo dejaron en un acuario de Oberhausen.

—¡Qué casualidad!

—No es casualidad que yo esté aquí. Mi hermano fue juzgado por abusos, malos tratos e impagos a la Sociedad de Autores. Le cayeron cinco años, pero su abogado recurrió y logró que lo internaran en un hospital psiquiátrico.
—¿Y el pulpo Paul?
—Continúa en el acuario de esta ciudad. Hace unas semanas, mi hermano me pidió que entregara una carta a los cuidadores de pulpo Paul. En ella les explicaba las cualidades del cefalópodo y le suplicaba que dejaran ver al pulpo los partidos del Campeonato de Fútbol. Ésa es la razón principal de que yo esté aquí, aunque haya aprovechado el viaje para asistir al festival.
—Todavía falta mucho para que comience el Campeonato.
—¿Y qué más da? El personal del acuario jamás tomará en serio la carta de un demente —finalizó mientras agarraba su pinta de cerveza para ayudarse a tragar otro rejo—. Y si un día llegaran a descubrir las habilidades del pulpo Paul, ¿tú crees que en pleno siglo XXI alguien les haría caso?

(Terminado de escribir junto al Gasómetro de Oberhausen, Renania, el día 15 de mayo de 2008, a las 16:41 horas)

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