Jonathan Coe contra Jonathan Coe o el Círculo Cerrado

Mis amigos, al menos los más cercanos, conocen mi admiración por el trabajo del novelista británico Jonathan Coe y pocas veces me han escuchado críticas negativas respecto a algún aspecto de sus obras, debido, fundamentalmente, a la deferencia que me merece su esfuerzo narrativo. Sin embargo, durante la pasada Semana Santa, se me indigestó una de sus novelas y no encuentro mejor manera de exorcizar los demonios que me quedaron dentro que ponerla a caldo de pota en este artículo que tal vez nunca debí haber escrito y, mucho menos, publicado. Mejor hubiera sido conformarme con enviarle un mail a Coe, diciéndole lo mismo que suelen apuntar los adolescentes junto a los malos vídeos de YouTube: “Oye, wey, me has hecho perder 14 horas, 13 minutos y 12 segundos de mi vida. Devuélvemelos ahorita mismo, Ok.”   

   


   

Paul Auster es un especialista en embaucarnos con casualidades que él pretende descubrir donde casi siempre únicamente existe una causalidad, una lógica de lo cotidiano. Exactamente lo contrario que Jonathan Coe, el cual presume de presentar hechos como efectos de causas cotidiana, cuando en realidad son productos del azar que sus antojos literarios van sembrando capítulo tras capítulo para hacerlos concordar con los desenlaces. En vano, naturalmente, porque si no se envaneciera de esto los lectores daríamos por bueno todo lo que nos cuenta sin tener que discriminar si es casual o es causal. Pero casi a cualquier escritor le encanta que lo juzguen por las cosas que no es ni cree ser, incluso en literatura, y procura ofrecer una imagen falsa de sus propios párrafos, tiñéndolos de negro cuando son rubios y de cano cuando son negros, sin querer percatarse de que tras la más leve ojeada de un lector comienzan a desteñirse. Lo curioso del caso es que algunos lectores declaramos nuestra franca admiración por los disfraces con que los innumerables Auster y Coe se nos presentan. Quizás lo hagamos por la ternura que se experimenta hacia las ingenuas caretas infantiles o por sentirlos más cerca de nuestro propio comportamiento trilógico y cromático –Azul, Negro, Rojo– de lo que nos gustaría admitir.
En estas majaderías me puse a pensar el domingo de resurrección mientras me sacudía el frío con un soberbio sancocho de gallina que me sirvieron en un restaurante colombiano al que me acerqué después de terminar de leer El Círculo Cerrado, de Jonathan Coe. Había estado leyendo al aire libre, pero el viento me fue arrinconando hasta que devoré las últimas páginas sentado y tiritando sobre la carrocería de un viejo camión abandonado en un campo de margaritas y tuneras. Debería darme vergüenza hacer estas cosas a mi edad.   

   

Lo bueno de Coe (en estos momentos, siento sinceramente reconocer que encontré bondades en su obra) es que nos presenta personajes creíbles (reíbles también, chico, susurraría con maleviolencia Cabrera Infante a sus tres tristes tigres) y los inserta en hechos históricos recientes que todos conocemos y sobre los que todos tenemos formada una opinión. Si en su primera novela, ¡Menudo reparto!,  el telón de fondo fue el ataque a Irak durante la Guerra del Golfo Pérsico (1990, George Bush), en El Círculo Cerrado asistimos al inicio de la Guerra de Irak (2003, George W. Bush) contra Sadam Hussein. El primero apoyado por Margaret Thacher y el segundo, por Tony Blair. Los personajes de ambas obras pertenecen a esa clase social burguesa alta y medio-alta –tan adorada por los novelistas pregaldosianos del XIX– cuyos torpes movimientos instintivos influyen decisivamente en la historia universal, o eso pretende hacernos creer el autor con sus veladas alusiones al efecto mariposa. Pero una cosa es el avance-retroceso de la Historia que produce el poderoso movimiento de las hordas de personajes de León Tolstoi y otra muy diferente los rasguños que debajo de la mesa camilla de la actualidad ocasionan los cuatro tristes gatos que Coe nos presenta en su reparto. Dicho sea de paso, esos cuatro se parecen tanto a nosotros que hablar mal de ellos equivale a insultarnos en el espejo.   

   

Evidentemente, entre Coe y Tolstoi hay algo más que un abismo literario, lo cual podría llevarnos a la aparente levedad de la novela francesa decimonónica y a su máximo representante, el normando Gustave Flaubert. ¿Y qué rastros hallamos del creador de Enma Bovary en el escritor británico? Sólo meteduras de pata, como en las disonancias, que no se debe permitir un escritor de cierto nivel literario. Es evidente que nadie va a acusar a Coe de plagiar a Flauber, ¡faltaría más, ya que ni existe siquiera intertextualidad en su discurso!, pero a estas alturas practicar estos juegos alusivos, propios de ejercicios para alumnos de bachillerato, parece de una inmadurez insólita porque, vamos a ver, ¿a quiénes trata de impresionar el autor: a los críticos o a los lectores del siglo XXI? Más bien, diría yo, Coe está cayendo en una fluvial autocomplacencia que le conducirá irremediablemente al patio de los cangrejos, dicho sea de manera intertextual y con permiso de Pacho Guerra. Es duro escribir estas cosas y, probablemente, me las reservaría respecto a cualquier otro autor. Pero ocurre que me ha dolido la presunta deslealtad de Coe. Si necesitaba dinero, podía haber organizado una colecta entre los lectores y le habríamos subvencionado un año más para perfilar la novela.
En la siguiente cita, perteneciente a Madame Bovary, los futuros amantes, Rodolfo y Emma Bovary, hablan de amor en el primer piso del ayuntamiento, mientras un consejero de la prefectura pronuncia su discurso en la plaza del pueblo, y el autor nos lleva de una escena a otra, produciéndonos el efecto de simultaneidad que Coe reproduce en su novela aludiéndolo directamente. Igual que ya lo han aludido antes que él una miríada de novelistas.   

“—Pues jamás he encontrado en compañía de nadie un encanto tan completo.
‘¡A monsieur Bain, de Givry-Saint-Martin!’
—También yo guardaré su recuerdo.
‘Por un morueco merino…’
—Pero me olvidará, pasaré como una sombra.
‘¡A monsieur Belot, de Notre-Dame! …’
—¡Oh, no!, ¿verdad que seré algo en su pensamiento, en su vida?
‘Raza porcina, premio ex aequo: a monsieur Lehérissé y a monsieur Cullembourg, ¡sesenta francos1’
Rodolfo apretaba la mano y la sentía muy caliente y trémula como una tórtola cautiva que quiere emprender el vuelo; pero, fuera de que ella tratase de retirarla o bien que respondiera a la presión, hizo un movimiento con los dedos; Rodlofo exclamó:
—¡Oh, gracias! ¡No me rechaza! ¡Es usted buena! ¡Comprende que soy suyo! ¡Déjeme que la vea, que la contemple!
Una ráfaga de viento que llegó por las ventanas frunció el tapete de la mesa, y, en la plaza, abajo, se levantaron todos los grandes gorros de las campesinas, como alas de mariposas blancas que se agitan.
‘Abono flamenco – cultivo de lino – drenaje – arriendos a largo plazo – servicios de criados.’
Rodolfo ya no hablaba. Se miraban. Un deseo supremo les ponía un temblor en los labios secos; y suavemente, sin esfuerzo, se confundieron sus dedos.
‘Catalina Nicasia Isabel Lerpux, de Sassetot-La Guerrière, por cincuenta y cuatro años de servicio en la misma granja, medalla de plata del premio de ¡veinticinco francos!’
‘¿Dónde está Catalina Leroux?’, repitió el consejero. No comparecía […].”   

   

En la segunda cita, tomada de El Círculo Cerrado, el personaje Paul Trotter se encuentra a punto de ponerle los cuernos a su mujer con la joven Malvina, en el apartamento de Mark. En esos mismos momentos, su esposa Susan está en el hogar familiar charlando inocentemente con su cuñado Benjamín. La narración se desarrolla en el mismo estilo bovaryano hasta que el acto sexual se consuma.   

“(Paul oyó el sonido del móvil, de hecho, pero no lo cogió. Precisamente se encontraba en el piso de Mark en ese instante, con los dedos ocupados en desabrochar pulcramente la blusa de Malvina.)
Susan se quedó mirando a Benjamín, y de repente puso cara de sufrimiento.
–Me he convertido en una madre soltera, Ben. Y no sé cómo ha pasado…
–No es para tanto, ¿no? ¿Es ésa la sensación que tienes?
(Paul se echó en la cama de Mark y Malvina se acuclilló sobre él. Se desabrochó ella misma los últimos botones y dejó rebajar la blusa por los hombros.)
–En cierta forma, es peor aún. Por lo menos si fuera una madre soltera, podría buscar a otra persona, por mucho miedo que me diera. Pero en este momento estoy como en tierra de nadie.
[Etc.]”   

   

Me molestó que Coe no encontrara una manera más oportuna de resolver el encuentro de los amantes, sin tener que acogerse al fácil recurso de homenajear burdamente a Gustave Flaubert precisamente en uno de los momentos culminantes de ambas novelas. Sus lectores no merecemos esto. Y, ya puesto en ello, podría insinuar que El Circulo… no es sino el triste espectáculo del autor que se plagia a sí mismo porque su creatividad ha tocado fondo por pura haraganería intelectual. Pero no lo diré de manera tan brusca. Repetir personajes con tics idénticos a los de otras novelas pasadas (como El Club de los Canallas), sacar a relucir comportamientos semejantes en el Partido Laborista británico o describir las mismas reacciones ante sucesos análogos no tiene por qué ser otra cosa que el reflejo de una sociedad (la británica, la europea) que da vueltas sobre sí misma como un rodillo sobre la masa para hacer hojaldre hasta lograr que desaparezca cualquier atisbo de pensamiento crítico por el método de reducirlo a una sola lámina cada vez más fina e invisible, más aislada y débil. Jonathan Coe, como sus inmorales Primeros Ministros (la Thacher, el Blair y el Brown) y sus obscenos diputados, no es más que el espejo de una sociedad que va perdiendo la capacidad de criticar seriamente sus actividades, porque como alternativa ya no vislumbra otras fórmulas diferentes a las del año pasado, del antepasado, del anterior, del otro…   

   

Volviendo a la cosa literaria, si es que se puede separar de la bélica, decía Chesterton, con sorna, que todo autor termina siendo su mejor e involuntario parodista y Jorge Luis Borges, que conocía perfectamente la cita de Chesterton, la parafraseó —¿quién se atrevería a afirmar que la plagió?— de este modo: “Todo escritor acaba por ser su menos inteligente discípulo.”   

   

La novela El Círculo Cerrado fue publicada en 2007. Mi lectura es de 2010. Hay, pues, más de dos años por medio; los suficientes para que un autor reincida o retome el timón de su producción literaria con otra novela digna de su categoría. Afortunadamente, ya ha aparecido una nueva publicación, La lluvia antes de caer, en la que Coe intenta redimir a Coe con un brusco cambio de registro. Es evidente que también él ha tomado conciencia de su situación literaria, lo cual no es poco. Finalmente, ha tenido la valentía de realizar esta declaración: “Comprendo que la gente quiera más sátiras políticas, pero al finalizar El Círculo Cerrado me di cuenta de que no contaba con ganas ni energía para continuar escribiendo este tipo de obras que no son los que más me gustan como lector”.  Como dice el viejo refrán: La mancha de mora con otra verde se quita.

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