LOS ESCRITORES Y EL AMOR. Capítulo 4: GOETHE, BEAUMARCHAIS Y CLAVIJO


Pierre Augustin Caron de Beaumarchais

En el año 1774, además de Werther, Goethe publicó otra obra significativa: Clavijo; esta vez en forma de drama amoroso. Evidentemente, Clavijo tiene su interés, pero los hechos que motivaron el manuscrito original y la forma en que fue escrito son tan llamativos que no puedo resistirme a reseñarlos.

José Clavijo existió realmente: nació en Lanzarote, en 1726. Estudió con los dominicos de Las Palmas, pero la fortuna familiar le permitió no seguir la carrera religiosa. Le consiguieron una secretaría en Ceuta y después en Madrid. Una vez allí, escribió una obra histórica sobre el ejército y, en 1755, publicó dos libros, en que se advierte ya su pensamiento ilustrado. Empezó a ser tenido en cuenta, pero cuando publicó un semanario llamado El Pensador, Clavijo saltó a la fama y obtuvo excelentes cargos en el Archivo del Estado.
En el año 1762, se desplazó a Madrid Marie–Louise “Lissette” Caron, hija del conocido relojero parisiense Caron y hermana del famoso dramaturgo francés Pierre Augustin Caron de Beaumarchais, futuro autor de Las bodas de Fígaro y El barbero de Sevilla. Lissette era bonita, de buen carácter, treintañera y vivía en la casa de su hermana Marie-Josèphe, recién casada con Louis, un arquitecto del rey de España que se volvió loco y murió un tiempo más tarde, dejándole dos hijos. Las hermanas tenían establecida una revista de moda.

Clavijo se fue varias veces a la cama con Lisette. Allí le prometió en dos ocasiones que se casarían tan pronto recibiera el empleo de oficial del Archivo del Estado. Sin embargo, en 1763, recibió el cargo y se negó a pasar por el altar, con gran disgusto de su amante.
En mayo de 1764, el relojero Caron recibió una carta de su hija Marie-Josèphe en la que le hizo saber que José Clavijo, un canario de treinta y ocho años de edad, había faltado dos veces a la palabra de matrimonio dada a Lisette en la cama. Después de haber retozado con ella, naturalmente.

“Mi hermana ha sido ultrajada por un hombre reputado como peligroso. Dos veces, en el momento de desposarse, ha faltado a su palabra y se ha retirado bruscamente, sin dignarse excusar su conducta.
La sensibilidad de mi ofendida hermana la ha dejado en un estado de muerte donde hay muchos indicios de que no la podremos salvar; todos sus nervios se han agotado, y después de seis días no habla más.
La deshonra que este incidente ejerce sobre ella nos ha sumido en un abandono profundo, en que yo lloro noche y día prodigando a esta infeliz los que no estoy en estado de concederme a mí misma.
Todo Madrid dice que mi hermana no tiene nada que reprocharse.
Si mi hermano pudiera recomendarnos al señor embajador de Francia, su excelencia nos protegería con su favor y detendría todo el mal que un malvado nos ha ocasionado con su conducta y sus amenazas, etc.”

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El viejo envió a su hijo Pierre Augustin, el cual, con puntualidad de relojero, llegó a Madrid hecho una furia, preguntando por el mequetrefe que se burlaba de su hermana. Entre lágrimas, Lissette le fue contando cómo el muy traidor lanzaroteño le había prometido que se desposaría con ella tan pronto le entregaran el nombramiento de Oficial del Archivo del Estado.

–Ahora ya lo sé todo, niña –dijo–; quédate tranquila. Veo con agrado que ya no quieres más a este hombrecillo. Así, mi actuación se vuelve más simple. Dime solamente dónde yo lo puedo encontrar en Madrid.

Una vez enterado de su paradero, el francés remitió una nota a Clavijo, diciéndole que deseaba tratar con él unos negocios. Clavijo le contestó que lo esperaba a las nueve de la mañana para tomar un chocolate juntos. El día 19, puntualmente, Pierre Augustine se presentó con un amigo. Frente a ellos estaba sentado Clavijo, oliendo un chocolate humeante.

–Señor Clavijo –le debió decir Beaumarchais con su mejor tono dramático–, estoy facultado por una sociedad literaria para establecer correspondencia con los hombres más sabios del país. Como ningún español ha escrito mejor que el autor de El Pensador, con quien tengo el honor de hablar, y que su mérito literario le ha hecho hasta ser distinguido por el rey para confiarle la custodia de uno de sus archivos, creo que no podré servir mejor a mis amigos que vinculándoles con un hombre de tanto mérito.

Según escribió más tarde el propio Beaumarchais en sus famosas Memorias, Clavijo quedó encantado y se le ofreció para lo que necesitara. El dramaturgo siguió enredando, como correspondía a su profesión teatral, hasta que más tarde que temprano el canario se enteró de que iba a por él, a causa del asuntillo con su hermana. Se faltaría a la verdad si no se dijera que Clavijo se acojonó. Y acojonado firmó esta hermosa declaración:

“Yo, el abajo firmante, José Clavijo, oficial de uno de los archivos reales, reconozco que después de haber sido recibido con bondad en la casa de la señora Guilbert, he engañado a la señorita Caron, su hermana, por la promesa de honor, mil veces reiterada, de desposarla, a la que incumplí, sin que ninguna falta o debilidad por su parte haya podido servir de pretexto o de excusa a una falta de confianza por mi parte; sino, al contrario, la virtud de esta señorita, por la que siento un profundo respeto, ha sido siempre pura y sin tacha. Reconozco que, debido a mi conducta, por la ligereza de mis palabras y por cualquier interpretación que se le quiera dar dar, yo he ultrajado abiertamente a esta virtuosa señorita, a la que pido perdón por este escrito, hecho libremente y con mi plena libertad, aunque me reconozco totalmente indigno de obtenerlo; asimismo, le prometo cualquier otra especie de reparación que ella podrá decidir, si esto no le conviene.
Dado en Madrid, y escrito de mi mano, en presencia de su hermano, el 19 de mayo de 1764.
Firmado: José Clavijo

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Es probable que Beaumarchais zarandeara un poco a Clavijo para que firmase esta declaración, pero el castigo no debió pasar a mayores. José Gabriel Clavijo era, al fin y al cabo, un hombre cuyas opiniones sobre el honor de las damas estaban más allá de toda sospecha. Solamente dos años antes, coincidiendo con los primeros galanteos con Lisette, había escrito:

“Se pueden perdonar a los hombres las extravagancias, y fatuidades ridículas, y despreciables, pero introducidas en la sociedad; mas no hay valor, no hay sufrimiento que baste para ver que se desacredite a una mujer respetable, aun cuando su debilidad la haya traído al extremo de dejarse seducir. Sin embargo, vemos que hay de esto, y también que hay mucho. ¿Se puede dar dolor igual al de tocar todos los días, y casi palpablemente, que nuestros compatriotas no saben tomar de los extranjeros sus virtudes, y sólo se apliquen a imitar sus vicios? Nuestros españoles fueron en algún tiempo muy silenciosos, sin que hubiese amistad bastante para confiar aventuras de esta naturaleza. Hoy, no sólo se hace gala de contar, publicar las verdaderas, sino que se fingen. ¡Oh, tiempos! ¡Oh, costumbres!”

El asunto continuó su curso de manera novelesca con ribetes melodramáticos. El final fue que Clavijo logró escapar del poeta y de su hermana sin cumplir su promesa matrimonial, si es que la hubo. Beaumarchais tuvo que volver a su país, al rechazar una “generosa” oferta real de un empleo en Luisiana, relacionado con unos canarios que iban a ser embarcados con ese destino. Lisette también regresó a Francia y no quiso casarse con un amigo de su familia. Ingresó en el convento de las Dames de la Croix, en Róye, al norte de París, cerca de Amiens.

Aquí finaliza la historia romántica y comienza la literaria, no menos real: Pierre Augustine no aguantó la tentación de publicar su gran aventura española. Cuando ya todo el mundo se había olvidado en Madrid de lo sucedido y aún nadie se había enterado en París, Beaumarchais estrenó a principios de 1767 Eugénie, una obra teatral en la que narraba lo sucedido en Madrid. Clavijo aparecía como el conde de Clarendon y Lisette como Eugénie. Él, malísimo y ella, buenísima.
Pero el dramaturgo terminó por escribir un resumen de su viaje a España y no resistió la tentación de publicarlo. Se trata de una descripción con un alegato permanente contra Clavijo, donde el narrador es un listo listísimo y su enemigo un malo malísimo. Lo tituló Fragmento de mi viaje a España y lo dió a la imprenta en 1774. Su disculpa para la publicación de una historia tan íntima de su familia fue que alguien le remitió una carta anónima donde se dejaba en mal lugar el nombre familiar y que pronto toda Francia quedaría mal informada del asunto si no salía alguien al paso esclareciéndolo. Así que no tuvo otra alternativa que redactar ese librito para dar a conocer lo sucedido desde su punto de vista, naturalmente. Y dio en el clavo: las ediciones se multiplicaron y las damas europeas se solidarizaron con Lisette, tanto como los muchachos lo hacían con Werther. Sin embargo, la hermana del autor no se atrevió a sacar la cabeza del convento, abochornada más por su pariente que por Clavijo.
Como el mundo es un pañuelo, uno de estos libritos fue a parar a las manos de un jovencito alemán, llamado Johann Wolfgang von Goethe. El mismo día que lo recibió, lo llevó a su tertulia y lo leyó en voz alta. No faltaron las risas, los aplausos y los comentarios.

–Si yo fuera tu amante, en lugar de tu pareja –le dijo su amor de turno–, te suplicaría que convirtieras esa memoria en un drama. Y creo que hasta te quedaría bien.

–Amada y pareja pueden estar unidas en la misma persona, querida –contestó el autor de Werther–. Dentro de ocho días te leeré ese dramas que me pides.

Goethe esa noche dio un largo rodeo para llegar a su casa, pero cuando entró en ella ya tenía en la cabeza la trama de una obra que, naturalmente, se llamaría Clavijo. A los ocho días, se presentó en la tertulia y leyó la pieza, dejando estupefactos a sus amigos que es, al fin y al cabo, la meta de todo el que escribe. ¿Cómo lo logró?

“Autorizado por nuestro padre Shakespeare –escribió Goethe unos años después–, ni por un momento sentí escrúpulos para traducir al pie de la letra la escena fundamental y la exposición dramática propiamente dicha. Para acabar pronto, tomé el desenlace de una balada inglesa, y así, había despachado aun antes de que llegase el viernes. Se me concederá que la lectura produjo muy buen efecto.”

Concedido. Aunque matar a la novia de Clavijo parece que es ir demasiado lejos. Hubiera bastado con meterla en un convento. Así no tendría Beaumarchais, el hermano de la difunta, la obligación de atravesar con su espada el pecho del arrepentido Clavijo, en mitad del entierro. El drama es salvado por su final dichoso: el canario agonizante le dice a su imposible cuñado que lo perdona y éste le devuelve el cumplido, mientras envaina su espada.

Realidad y ficción se enrocaron en Clavijo. Tres escritores de suma importancia en su época que participaron en este triángulo literario en cuyo centro se hallaba Lisette –engañada en la boda, enclaustrada en la realidad y difunta en la ficción– que no supo o no pudo afrontar el rechazo social de su tiempo y prefirió el habitual suicidio conventual al veneno del arquetipo bovaryano.

¿Y qué fue del Clavijo real, de don José el canario? Progresó. Y tanto: llegó a ser el Director del Real Gabinete de Historia Natural, donde, al decir de muchos, hizo maravillas y ayudó al progreso científico de España con su gestión y su producción, entre la que se cuenta la traducción de la Historia Natural de Buffon.

La moraleja es que si uno es inmoral quizás Dios lo ayude en este mundo y, si no lo es, Dios también podría ayudarle. Y, si Dios lo ayuda, ¿no habrían de hacerlo el rey y la justicia que, a fin de cuentas, dependen de Él?

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Bibliografía breve

Aguiar Baixault, Silvia: La obra literaria de Ricardo Baroja. Tesis doctoral. Universidad Complutense. Madrid. 1998.

Anónim.: Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. Encyclopedia Britannica, . pp. 589–590. 11 edición, Volumen III. Cambridge University Press, Reino Unido, 1910.

Baroja, Ricardo: Clavijo: Las tres versiones de una vida, Editorial Juventud. Madrid,. 1942.

Beaumarchais, Pierre Augustine Caron de: Clavijo. Librairie des Bibliophiles. París. 1880. Pp. 14–15. Carta de Beaumarchais a su hermana en París, citada por Thomas, Hugh: Beaumarchais en Sevilla. Intermezzo. Editorial Planeta y Fundación José Manuel Lara. Barcelona, 2008.

Clavijo y Fajardo, José Gabriel: Antología de “El Pensador”. Gobierno de Canarias. Islas Canarias. 1989.

Goethe, J. W. : Obras completas, III. Autobiografía, teatro, Madrid, Aguilar, 1973.Lescure, M. De: Prefacio en Beaumarchais, Pierre Augustine Caron de: “Clavijo”. Librairie des Bibliophiles. París. 1880.

Negrín Fajardo, Olegario: Clavijo y Fajardo, naturalista ilustrado. XI Coloquio de Historia Canario–Americana (1994), tomo II, pp. 679–702. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria. 1996.

Nuez Caballero, Sebastián de la: José Clavijo y Fajardo (1726–1806) Las Palmas, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1990

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2 pensamientos en “LOS ESCRITORES Y EL AMOR. Capítulo 4: GOETHE, BEAUMARCHAIS Y CLAVIJO

  1. Qiue increible historia la de este Clavijo y como terminó en manos de los grandes escritores de su momento….. me parece una psada de articulo. Te felicito pq me has hecho pasar un rato super de verdad. jeje. bezoo

  2. Soy mexicano, estudio letras, estoy en una clase de literatura francesa en la que estamos leyendo una obra de beaumarchais y encontre esta pagina sin querer, pero esta informacion es exquisita y muy importante para mi y mi clase muchas gracias por publicarla.
    ciao

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