Una anécdota con mucha cola…

Circula por las páginas de algunos libros y por las de internet una ingeniosa anécdota que se atribuye a diferentes personajes sin que uno solo de ellos haya sido su verdadero protagonista. Como hoy el plagio está al alcance de cualquiera con el mágico recurso de cortar y pegar textos ajenos agregándole la firma que mejor cuadre al plagiario, el error de una página web se va repitiendo hasta el infinito.
Existen seres que se dedican a recoger frases que han fagocitado de otros que también las cosecharon en propiedades ajenas. En sus bases de datos ahora y en sus libros antes, colocan esos textos, con más faltas  que sabiduría, y les van atribuyendo orígenes y autores a su antojo, cuando las encuentran anónimas. En varios de estos lugares es posible leer la anécdota a que me refiero que, en resumen, es la siguiente:
Un personaje le pregunta a otro: «¿Usted hace el amor en París?» «No. Aquí ya lo compro hecho.»
La historieta es corta, pero ingeniosa. Una carnada perfecta para pescar plagiarios por docenas y rodar durante años por las tres dobleuves o uvedobles que tanto gusto y rechazo nos provocan.
He tropezado un par de veces con la anécdota y he sentido el impulso de escribir unas líneas que aclaren su origen. Como siempre aparecen cosas más urgentes o atractivas en las que enredarse, he ido olvidando ese propósito. Sin embargo, hoy he tenido que desempolvar algunas obras que se deben a la pluma del auténtico protagonista y me he propuesto dedicar algo de tiempo a este asunto.
Existen dos libros publicados que atribuyen la hábil respuesta a un general napoleónico y a un napolitano llamado “Carlcoli”. Éste último es mencionado por Carlos Fisas(1) confundiéndolo probablemente con el escritor Louis-Antoine Caraccioli –como sucede a menudo con este escritor francés de apellido italiano– y relata la misma anécdota sobre hacer el amor. Es frecuente que existan numerosas versiones de una conversación y de sus autores cuando ha habido una respuesta muy ingeniosa, como la que nos ocupa. El otro ejemplo, sobre el general napoleónico, puede leerse en esta cita:

“Refiérese que en Francia, en los tiempos de lucha y de “milicia cerrada” de la Revolución, abundaban en París las reuniones sociales en las que la concurrencia de los guerreros ya famosos era casi un espectáculo. Un joven general napoleónico concurría a ellas como a un acto de servicio. Intrigada una joven ante el sello puramente militar del general, se le ocurrió un día; preguntarle: –¿Cómo hace usted el amor, mi general?
Contestó el general sin perder su gravedad, yo no hago el amor, lo compro hecho …”.(2)

He revisado algunas páginas web: la primera es un blog peruano en que un periodista lo atribuye a un dictador boliviano de quien no proporciona otro dato significativo; la segunda pertenece a un señor llamado Nazareno que nos explica lo siguiente:

“El General Perón ante la requisitoria de una periodista francesa acerca de su manera de hacer el amor contestó “Señorita (porque el general ante todo era un caballero) yo no hago el amor lo compro hecho” y si el General lo compraba hecho quiere decir que el amor existe antes que el sexo o que el General se quería empomar a la periodista francesa que estaba más buena que comer mortadela.”

La tercera página es un blog titulado Acueducto azul que se autodefine como “blog de poesía en todas sus vertientes de sentimiento, palabra, belleza y arte” que incluye el mismo error de Carlos Fisa, sin citar su origen:

“Luis XV de Francia preguntó un día a Caraccioli, embajador de Nápoles en París:
-Y aquí, en París, ¿hacéis el amor?
-No, señor; lo compro hecho.”

En la siguiente web, llamada Liberalismo.org, me encuentro otra vez al General Perón, aunque esta vez únicamente actúa como escriba:

“es mas, peron en sus memorias recuerda a un viejo general que era jefe suyo que una vez le dijo : “yo no tengo tiempo para hacer el amor. Lo compro hecho”
:oP”

En otra web, el protagonista es el Marqués de Caracciolo. Nunca existió tal marqués, pero estuvo muy cerca de acertar, puesto que el auténtico autor de frase tan ingeniosa fue Domenico Caracciolo, Marqués de Villamaina. La anécdota puede rastrearse en algunos viejos libros. Bastará con citar un trabajo de 1868, titulado Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII, escrito por el historiador Isidoro La Lumia, autor de numerosas obras y Superintendente de Archivo del Estado en Palermo, en el que afirmaba lo siguiente:

“Avendogli un giorno Luigi XV chiesto se facesse l’amore, rispose: «No, Sire, lo compro bell’e fatto.”(3)
(“Cuando un día Luis XV preguntó si hacía el amor, respondió: «No, Majestad, lo compro ya hecho.»)

Hasta aquí, lo anecdótico de la anécdota de un estrella de primera fila dentro de la Ilustración europea. Domenico Caracciolo (1715-1789), Marqués de Villamaina, fue un personaje muy famoso durante su estancia como embajador en París (1770-1781), como lo había sido anteriormente en Londres (1763-1770). Este hombre de facciones toscas y gruesas asistía a las tertulias de madame d’Epinay e intimó con el enciclopedista d’Alembert.
Escribió el ilustrado Jean-François Marmontel:

“Así que en la medida en que esta inteligencia activa, nítida, brillante se excitaba, lo vi disparar chispas y sagacidad, ingenio, originalidad de pensamiento; la espontaneidad de la oración y la gracia de una sonrisa se reunieron para ofrecer un gesto amable, inteligente e interesante a su aspecto poco refinado. Usó mal francés, pero fue elocuente en su propio idioma, y cuando se perdió la palabra francesa, tomó la palabra en inglés, […].”

El ingenioso Marqués de Villamaina fue considerado uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y no es extraño que haya protagonizado la referida anécdota. Por otra parte, a partir de octubre de 1781, Domenico Caracciolo participó en unos hechos que lo unieron de manera definitiva a la historia eclesiástica y política universal. En ese año, fue nombrado Virrey de Sicilia y, en marzo de 1782, es decir, sólo cinco meses más tarde, se las había arreglado para que se llevase a cabo la supresión de la Inquisición en la isla.
El día de la publicación del edicto, Domenico reunió a los personajes más sobresalientes en su palacio y les leyó la orden real, firmada por Fernando IV de Nápoles (hijo de Carlos III), mientras sus guardias sacaban a las mujeres detenidas en las cárceles secretas del Santo Oficio y llevaban a cabo el secuestro de los archivos inquisitoriales, tal como comunicó en una carta que fue publicada en el Mercure de France, en junio de ese mismo año, y conmocionó a los europeos. Fue la primera ficha que cayó de un dominó que fue empujando, primero, la Revolución Francesa y, después, la eliminación del Santo Oficio en España. Pero esta es otra historia.
Sí conviene recordar que el abultado archivo de la Inquisición de Sicilia ardió un año más tarde, con el aplauso unánime de todas las partes,(4) porque dejaba enterradas al menos cinco mil ignominias que salpicaban tanto a los torturadores como a los torturados. A partir de ese momento, Domenico dedicó todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que imperaba en la isla y a modernizar la economía siciliana.
Como curiosidad, finalizo con una referencia a otro Domenico Caracciolo, un oficial italiano que en 1919 le birló la novia nada menos que al escritor norteamericano Ernest Hemingway. Ella se llamaba Agnes von Kurowsky, era también norteamericana, ejercía de enfermera de la Cruz Roja en Italia durante las I Guerra Mundial y estaba comprometida con el literato para casarse algunos meses más tarde.(5)

Más sobre Domenico Caracciolo, en este blog.

______________________

1. Fisa, Carlos: Historias de la Historia. Tomo I. Planeta, Barcelona, 1989.

2. Descartes (pseud.): Política y estrategia. P. 158. Recopilación de artículos publicados con el seudónimo “Descartes” en el diario bonaerense Democracia. Buenos Aires. Argentina. 1953.

3. La Lumia, Isidoro: Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII. Capítulo incluido en Nuova Antologia di Scienze, Lettere ed Arti (pp. 213-241). Séptimo volumen. P.216. Tip. dei Successori Le Mounier. Florencia, Italia. 1868.

4. Sciuti Russi, Vittorio: La supresión del Santo Oficio de Sicilia. pp 309-319. Revista de la Inquisición. Madrid. 1998.

4. Scott Donaldson: Hemingway contra Fitzgerald. Auge y decadencia de una amistad literaria. Pp. 47-50. Siglo XXI de España Editores, S.A.. Madrid. 2002.

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