EL SINIESTRO MONSEÑOR MUNILLA

No sé si estará acuñado el término “catolicismo basura”, pero es el más apropiado que encuentro para definir el comportamiento de algunos representantes oficiales de esta parte del cristianismo. Naturalmente, su utilización entraña el reconocimiento implícito de otro catolicismo más decente.
Catolicismo basura es el que practican los miles de obispos y sacerdotes que abusan sexualmente de los menores de edad a su cargo mientras amenazan con la condenación eterna a quienes no se someten a su ceremonia del matrimonio. Catolicismo basura es el que derrocha lujos imperiales en las residencias de sus jefes mientras millones de fieles mueren de hambre escuchando sus discursos sobre la caridad y el amor. Un ejemplo paradigmático del catolicismo basura es el ofrecido en estos días por el obispo vasco José Ignacio Munilla en referencia al terremoto de Haití, cuando declaró públicamente:

“Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días. También deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de la vida. Quizás es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes también están sufriendo.”

Esta declaración fue realizada después de advertir que diría algo fuerte, lo cual evidencia que no se trataba de un párrafo improvisado. La llamada al abandono de la solidaridad con los haitianos no puede ser más clara, al minimizar una tragedia que probablemente se saldará con más de cincuenta mil muertos, la mayor parte de ellos por culpa del subdesarrollo económico y social del país caribeño. Mientras el obispo decía estos dislates, en la capital haitiana los cadáveres empezaban a descomponerse en las calles, se terminaba la comida, faltaba el agua y no había ninguna organización para remediar la catástrofe.

Por fortuna, todavía quedan voces que se levantan contra estos desatinos. Por desgracia, las opiniones de este caballero éuscaro no constituyen una excepción dentro de la comunidad católica, sino que son compartidas por miles de personas que acuden con frecuencia a los templos adheridos al pontífice de Roma. Se trata del viejo primero yo, después yo y al final yo. Uno los escucha a diario reprochando las ayudas internacionales a los países en desarrollo, aduciendo que aquí todavía hay pobreza. Uno los escucha a diario soliviantándose cuando los pobres de aquí exigen una mejor distribución de la riqueza. Uno los escucha a diario en sus mezquinos discursos que se inician con frases como “yo no soy racista, pero…”. Es el mismo discurso de este José Ignacio y de tantos otros que ya su involuntario líder, Cristo, definió perfectamente como sepulcros blanqueados. Y no nos llevemos a engaño: los individuos no quedan libres de culpa por el sólo hecho de pertenecer a una multitud: son ellos quienes sustentan y amplifican las voces de sus dirigentes, para bien y para mal.
Por otra parte, como sucede en cualquier corporación social, política, económica o religiosa, quienes menos escrúpulos morales tienen son los que se apoderan de los aparatos de poder. Para comprobarlo basta con mirar el perfil de los individuos que presiden la mayor parte de los ayuntamientos, bancos, corporaciones empresariales, diócesis y archidiócesis. Este José Ignacio Munilla no es una excepción, sino uno más de ellos: sin escrúpulos, sin solidaridad, sin valores humanos, sin importarle desmentir mil veces sus propias palabras si ello significa continuar en el carro del poder religioso.
Es cierto que no nos toma por sorpresa este comportamiento mezquino, después de haber vivido muchos años rodeados de católicos seglares y clericales, preconciliares y posconciliares, de la misma forma que hemos estado inmersos en medios de comunicación con periodistas alejados de comportamientos éticos o de políticos y sindicalistas pendientes únicamente de sus sardinas y de las brasas del poder que pueden arrimarse. Evidentemente, existen personas cuyo comportamiento es íntegro de manera habitual, pero todos sabemos que es frecuente encontrar a quienes se admiran cuando conocen a un cura, a un obispo, a un alcalde, a un juez o a un periodista intachables. Y no siendo cosa nueva –ya sabemos que griegos y romanos se admiraban de lo mismo– nos sigue pareciendo extraordinario que durante miles de años la especie humana no haya dado un solo paso que la separe de estas penosas circunstancias, sino que gire y gire, como un burro en una noria, alrededor del mismo pozo que contiene las mismas infamias.
Es verdad que aún encontramos presidentes, diputados, obispos, alcaldes, banqueros y magistrados honrados a carta cabal en las páginas de excelentes novelas. Cierto que son personajes literarios, pero, al menos, ya que hasta los panes y los peces  están encerrados en la caja fuerte de los sucesosres del Banco Ambrosiano, aún podemos consolarnos, diciendo junto al viejo Humphrey Bogart aquello de We’ll always have Paris. Menos esperanzas da una piedra.

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Un pensamiento en “EL SINIESTRO MONSEÑOR MUNILLA

  1. Nos (mayestático) hemos decidido (magnánimamente) aprobar este “comentario” enviado de forma anónima (evidentemente). Es el mismo que autoridades eclesiásticas vascas (presuntamente) están enviando a los blogs que contienen cualquier crítica que se haya realizado al obispo Munilla.
    Ningún comentario por mi parte, excepto ponerme de rodillas, a ver si la banca Munilla me rebaja el tipo de interés hipotecario para mi adosado en la Vida Eterna.

    Post data:
    Monseñor, con el debido respeto, ¿no ha pensado en la posibilidad de impartir un curso de ortografía a los redactores de escritos como el insertado a continuación?

    ____________________________

    MUNILLA dijo VERDAD

    Monseñor Munilla, en la entrevista que la periodista Gemma Nierga le hizo en el espacio La Mañana en la SER, dio en el clavo con sus declaraciones, y no tiene que rectificar nada señor Lehendakari del Gobierno Vasco, porque ha dicho absolutamente LA VERDAD.-

    Visto la virulencia conque religiosos, políticos, escritores, periodistas, teólogos y demás gentes, se rasgan las vestiduras (y hasta las entrañas), para “condenar” al obispo Munilla, algo “gordo” y “verdadero” ha debido decir, porque sería propio de gente “sinsorga” atacarle de esa manera si lo que ha dicho “no es verdad”, ya que en ese supuesto sería mas correcto advertirle y sacarle de su error con argumentos de caridad cristiana (o no hacer “ni caso” a lo dicho, por… “estupidez”).-

    Pero no.- Munilla ha dicho una gran VERDAD, y eso duele a los que se quieren erigir en pedestales de “sabiduría” para que la plebe “los aplauda”.-

    A los soberbios les sale como un resorte eso de: “ha blasfemado”, “crucifiquémosle”, que es lo que en el fondo vienen ha decir y querer todos esos críticos del obispo.-

    El obispo Munilla ha dicho que: es un mal más grande el que nosotros padecemos que el que esos inocentes sufren, refiriéndose a la catástrofe de Haití, para hacernos comprender “la gravedad del mal del que nos habla”.- También ha dicho otras muchas cosas que ustedes no quieren leer, agarrándose a esta frase como clavo ardiendo para “condenarle”.-

    Son tan “monstruosos” los pensamientos de los que dicen que Monseñor es insensible a los dolores que padecen sus semejantes en Haití, que no hacen otra cosa que ratificar como verdaderas las opiniones del obispo respecto a la “enfermedad espiritual de nuestra sociedad”.-

    ¿A ustedes les extraña los males que nuestra sociedad padece?: “niños que desaparecen”, “chicas jóvenes terriblemente asesinadas”,“violaciones”, “mujeres acuchilladas por sus parejas”, “padres maltratados por sus hijos”, “profesores amenazados y despreciados por sus alumnos”, “policías encubridores de gravísimos delitos“, “financieros estafadores”, “empresarios que se quedan con lo ajeno”, “divorcios”, “abortos”, “terrorismo”, “políticos corruptos”, “jueces prevaricadores”, y… pueden seguir enumerando males hasta donde quieran.

    Con lo que la juventud percibe de nuestra sociedad a través de los medios de comunicación como… “modelos de vida”, no es extraño que “después” pasen todas estas cosas, y para más inri, pretenden quitar los crucifijos de las escuelas y colegios, que es quitar los mandatos que Jesucristo nos dio para enderezar nuestras conductas, para que seamos “hombres nuevos”, y no hay nadie que nos haga ver la “gran catástrofe” a la que nuestra sociedad se encamina.- El obispo Munilla sí lo hace: con sus escritos, con sus declaraciones, con las explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica.-

    Si la sal se desala… ¿quién la salará?.-

    Me encantaría que todos esos “virulentos críticos” del señor obispo de San Sebastián: religiosos y teólogos, me explicasen el Catecismo de la Iglesia Católica como lo hace el obispo Munilla.-

    De los titulares y tergiversaciones que hacen los periodistas en sus periódicos me extraña menos, porque viven de la noticia espectacular, “aunque sea mentira”.- No se si lo hacen queriendo ó sin querer, pero son muy hábiles en “recortar” frases ó pensamientos para que el titular sea “espectacular”, “monstruoso” y “escandaloso”, para que vayamos corriendo al kiosco a comprar el periódico.-

    Un columnista que llama “tarugo” al señor obispo, también ha escrito: Eso de comparar la delicada situación española con la horripilante catástrofe de Haití no es solo una mentecatez, sino una blasfemia.- (aunque dice que puede estar emitiendo un juicio temerario al criticar a monseñor).-

    Señor periodista, usted que escribe columnas que casi son “puro Evangelio”, ¿no le habrá traicionado también “ese pedestal” de tener que escribir a diario algo espectacular, sin pensar muy bien en lo que dice, para que compremos el periódico y le paguen a usted su sueldo?-

    Quiero pensar que ha Munilla no le han, ó no han querido entenderle; por eso uno de esos teólogos que quieren “crucificarle” por lo dicho en la entrevista escribe: Para una persona que cree en Dios, lo más sagrado es la vida humana.-

    ¿No será… “LA VIDA ETERNA”… señor teólogo?, y por ende ¿la vida humana, que es sagrada para “los que creen” y para “los que no creen” en Dios? .-

    Quiero estar, en este caso, al lado del señor obispo de San Sebastián: Don José Ignacio Munilla Aguirre, porque dijo VERDAD.-

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