Miles Davis

Yo asistí al último concierto de Miles David, pero me hubiera gustado estar presente en la grabación de su disco Kind of blue, con los temas So What, Freddie Freeloader, Blue in Green, All Blues y Flamenco Sketches. En este 2009, se cumple medio siglo de la grabación del más vendido disco de jazz, considerado la mejor obra del mítico trompetista. En un estudio de la Columbia Records, situado en una vieja iglesia rusa de la calle 30 de Nueva York, Miles se encerró durante diez horas en un par de sesiones con los músicos de su banda: Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Cannonball Adderley y John Coltrane. Siete titanes del jazz moderno para crear lo que a partir de entonces sería el cool jazz: auténtico licor destilado del hard bop. Un jazz que hundía sus pies, sus manos y su cabeza en el que inventaron Charlie Parker y Dizzy Gillespie a principios de la década de 1940: el bebop (ruido que produce la porra de un policía blanco sobre la cabeza de un negro) que adoró Jack Kerouac, cuyo libro On the road (1957) ayudó a establecerlo como música de culto en todo el mundo.
Esta semana -en la que también se cumplen 40 años de la muerte de Kerouac- se celebra en Nueva York el cincuenta aniversario de aquel portento creado en 1959 por Davis y compañía. Siento envidia insana por quien pueda estar ahora en la ciudad vertical disfrutando del acontecimiento, pero esta vez no me toca ir sino desconsolarme.
Mala suerte. Tendré que conformarme con recordar aquel concierto de despedida, cuando ya la terrible enfermedad había hecho presa en el músico y éste lo sabía. Miles Davis era poco más que una brizna de hombre pegado a una fantástica trompeta roja que se iba escondiendo por el escenario, detrás de los otros músicos, de las grandes columnas de altavoces y de cualquier cosa que pudiera ocultarle. Esa noche no pude dormir sin escribir un artículo titulado “Una sombra con trompeta roja” que se insertó en una revista de poca circulación.
Jamás un concierto de cualquier clase me ha impactado con tal fuerza ni, como éste, me ha dejado grabada en el cerebro hasta la última nota formada con el aliento terminal de aquel tipo eminente. Lo tuve algunos ratos a menos de un metro de distancia: pelo largo, gafas negras, chaqueta a lo Bob Marley: el aliento divino atravesando una boquilla y sofocándose de manera genial en la inseparable sordina Harmon de Davis. Podría jurar que ese concierto, esa música me proporcionó el mayor placer que haya sentido con los pantalones puestos. Lástima que Miles durase poco más. Murió a los 65 años, cuando se encontraba en la cresta de sus inquietudes como experimentador, mientras continuaba, incansable, buscando nuevas formas

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