La escalera mecánica

No importa que usted sea gordo, flaco, parlamentario, chorizo, consejero, presidente, obispo, constructor o banquero: ya existe una Moral disponible para su talla. Por un precio módico, tras unos ligeros arreglos, tenga la seguridad de que le sentará como un guante… blanco, por supuesto. Usted podrá meter la mano hasta el codo en los billetes de 500 sin miedo a manchar su reputación de tinta violeta. Ya está en el mercado prêt-à-porter la fórmula adecuada para que su dignidad quede a salvo.

Es una idea aceptada que la Moral trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, mientras que la Ética es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Las leyes y los jueces de un estado de derecho están íntimamente ligados a la Ética o, al menos, eso creíamos los ciudadanos honrados.
Por otra parte, los mismos ciudadanos todavía consideramos una inmoralidad que un político acepte un traje, unas vacaciones, un bolso o un reloj regalado por una persona a quien dicho político ha facilitado una subvención o la adjudicación de un sustancioso contrato público. Para llegar a esa conclusión no hace falta ser filósofo, legislador ni siquiera un simple juez de instrucción o estar afiliado en el partido opuesto. Basta con abrir los ojos y los oídos.
Sabemos que no se atiene a la ética –es decir, a las normas morales– el político que acepta esos obsequios.  Pensamos que si las leyes o los jueces permitiesen esas inmoralidades sería porque no tendrían en cuenta la Justicia, la Ética ni la Moral, y estarían colaborando en el encanallamiento de la sociedad. Lo cual sería espantoso.
No me cabe duda de que usted y yo, como tantos ciudadanos, creemos en la Moral, en la Ética y en la Justicia. Pero, si reflexionamos honestamente, ¿encontramos razones para creer en nuestro Código Penal? ¿Y en la imparcialidad de los jueces?
En lo que a mí se refiere, por no citar a otra persona, tendría motivos para creer en la validez de las leyes y de los jueces si los políticos del reloj, el traje o las vacaciones pagadas fueran juzgados de manera acorde con las auténticas normas morales (incluso, si quienes los han denunciado fueran más corruptos que ellos). En caso contrario, y que me perdonen los poderes legislativo y judicial, no creería.
No nos engañemos: nadie creería. Sin embargo, existen vendedores de crecepelo que se empeñan en justificar cada inmoralidad de los políticos poniendo en marcha una especie de escalera mecánica de silogismos en sentido inverso: utilizan los defectos de la Ley como ladrillos para levantar ante nuestros ojos un edificio putrefacto que nos presentan como la perfecta imagen de la Moral, cuando en realidad no es más que un espantajo de cartón piedra, abellacado y ruin. Es como si alguien obtuviera 5 unidades sumando 2 más 2, y a continuación tratara de convencernos de que no ha sumado mal, sino que el valor de 2 no es el de dos unidades, sino de 2,5. Y, aunque nadie lo cree, todos aceptamos el nuevo valor de 2,5 porque nos lo explican con mucha gracia o con mucha seriedad, porque quizás convenga a nuestro negocio que el 2 sume un poquito más que el año pasado o porque tenemos miedo de decir lo que pensamos. Como en el cuento del vestido del emperador: va desnudo, pero todos alaban su traje.

Así, poco a poco, el encanallamiento de los dirigentes y de quienes los votamos va en aumento, en consonancia con el desarrollo de la nueva Moral del relojillo caro, del viajecillo largo y del trajecillo casposo. Una Moral de mercachifle. Una Moral que ya se expende en diferentes tallas, una Moral prêt-à-porter que se adapta lo mismo al alisio de las Islas Canarias que a los fuegos fatuos de la Comunidad Valenciana, las minas teñidas de Andalucía, los chulos ladrillos de Madrid o los carruajes tirados por meigas de Galicia. No importa que usted sea gordo, flaco, chorizo, presidente, obispo o banquero: ya existe una Moral disponible para usted que por un precio módico y con unos ligeros retoques le sentará como un guante… blanco, por supuesto.
Una Moral restaurada y garantizada por muchos años, porque siempre aparecerá alguien con un pico de oro capaz de dar otra vuelta de tuerca, ajustar los silogismos de la escalera mécanica y convencer a los ciudadanos sobre lo conveniente de aceptar como paradigma del bien general lo que ya no es ni el eco del eco del eco del eco de la Moral

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