LA ESPLÉNDIDA FIESTA DEL CHARCO, APOTEOSIS DE TRADICIÓN CANARIA

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Pulse para ver dos vídeos sobre la fiesta:

VÍDEO 1 Marcha hasta el muelle de La Aldea

VÍDEO 2 Baño y captura de peces en el Charco

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Gran Canaria. La Aldea de San Nicolás de Tolentino. A las doce de la mañana del día 11 de septiembre, justo cuando empieza a chisporrotear el primer compás de la Banda de Agaete, un grupo alegre y pintoresco de personas comienza el recorrido de un par de kilómetros, en dirección al mar.

He llegado hasta aquí después de intentarlo durante muchos años y de haber suspendido el viaje por una razón o por otra. Intuía que esta celebración podría ser interesante, pero nunca pude imaginar que fuese tan espléndida como voy a comprobar en las horas siguientes. Me acompaña Olivia Quintero. Llevamos dos cámaras profesionales: una de vídeo y otra de fotos. Como en otras ocasiones, las intercambiamos para captar las imágenes desde nuestros particulares puntos de vista.

No es difícil apreciar que la Banda de Agaete está en su salsa. La compone una decena de músicos, vestidos como capitanes de la marina mercante, con saxos, trombones, trompetas, una caja, unos platillos y un bombo que lleva pintado el Dedo de Dios antes de partirse. Junto a las canciones de Los Beatles, como el “Submarino amarillo” o el “O-bla-di-o-bla-da”, suena el himno nacionalista canario “Me gusta la Bandera” del brazo de “La Raspa” y de las poco edificantes canciones “Monsieur Caníbal” y “La Madelein”, joya preciada de la Legión Extranjera francesa en Argelia.

Los asistentes llevan en alto botellas del excelente ron de La Aldea, ramas verdes como en los ritos guanches y canastos para guardar el pescado que más tarde se recogerá en El Charco.

Este acto (y el de la entrada al Charco, por la tarde) se efectúa para recordar una vieja forma de pesca, llamada “embarbascado”, que usaban los guanches y fue practicada en la isla hasta la década de 1950. Consistía en verter en el agua el látex blanco o la savia de dos plantas autóctonas, las tabaibas y los cardones (parecidos a grandes cactus). Con esta “leche” adormilaban los peces y los capturaban con redes de junco o con las manos.

Nuestra alegre comitiva, con su marcha sensual y trepidante, va carretera adelante. Muchos visten camisetas amarillas con la frase “De aquí pa’l Charco”, mientras otros aprovechan para exhibir alguna frase para reivindicar algo para su pueblo. Aquí no hay edad: desde bebés hasta bisabuelos saltan y brincan con una sonrisa que no pude explicarme hasta que vi lo que sucedió en El Charco (en La Aldea dicen “la charca”) por la tarde.

Así, entre chorros de ron en la boca y de sudor en la espalda, la chispeante comitiva llega al muelle. Allí la Banda de Agaete sube a una tarima y vuelve a interpretar su jubiloso popurrí. La gente se sitúa donde puede y levanta las manos y salta enloquecida y grita sin perder la sonrisa por los pisotones o por el inclemente sol. Algunos dan media vuelta y se tiran al mar sin quitarse la ropa.

Cientos de participantes continúan bailando durante mucho tiempo, arrebatados por la música.

Frente al muelle está un bosquecillo de tarajales, con barbacoas y mesas. Allí no hay bullicio. La gente duerme sobre una manta en el suelo, canta canciones mexicanas, juega a las cartas, abanica las brasas que asan la carne de cochino y se echa su “fisco ron” cuando piensa que nadie mira.

Junto este bosquecillo, existe una charca, grande y rectangular como un campo de fútbol. Está pegada al mar y su agua sube y baja con la marea. Es el famoso Charco de La Aldea, que puede localizarse en el mapa de google. Hacia las cuatro de la tarde, los alrededores del Charco comienzan a llenarse de gente.

Los habitantes de la aldea, acompañados de muchos forasteros, van a celebrar un rito anual que consiste en introducirse en el Charco todos juntos y vestidos (algunos eligen trajes de chaqueta y las mujeres prefieren trajes antiguos de campesinas) para capturar el mayor número posible de peces, igual que lo hacían sus antepasados.

Los participantes en esta fiesta los aprisionan con las manos, los sombreros, los cestos, y las pandorgas. En el borde de la charca, marcado por una raya blanca, hay diez mil personas dispuestas a apresar al menos una lisa (es el pescado que abunda allí) y, si fuera posible, ganar el trofeo a la mejor pesca.

A las cinco menos cinco, aparece el alcalde delante de la Banda de Agaete. A su alrededor, viene un gentío saltando con los cestos en alto. La policía protege a la banda de los empujones para que los músicos puedan, al menos, estirar el brazo del trombón. Faltan escasos segundos para las cinco en punto, cuando la Banda se detiene a tres metros de la raya blanca. Todo el que la traspase es candidato a bañarse con ropa.

El alcalde le da fuego al cohete que revienta tímidamente. A esta señal, diez mil personas parecen enloquecer. Todos aúllan y corren hacia el Charco. El agua parece hervir, porque todos le dan manotazos y la hacen subir lo más alto posible. El espectáculo es insólito y la charca parece una olla de presión.

La Banda de Agaete sigue impolutamente blanca en sus uniformes e interpreta una pieza que desconozco, pero muy acorde con lo que sucede dentro del Charco. El agua, antes de un azul celeste, se va tornando negra.

Sobre el charco se sitúa un helicóptero naranja y su ruido infernal de cafetera asmática logra apagar el griterío de peces y personas. Un caballero con la ropa seca nos pregunta si deseamos filmar al señor alcalde. Cómo no. El corregidor de La Aldea viene, sonríe amablemente a la cámara y, en medio de aquella algarabía inmensa, espera que yo le pregunte algo. Yo también lo miro y no se me ocurre qué preguntarle a aquel buen hombre de pelo entrecano y medio enchumbado.

Detrás de él llegan otros, para que los fotografíe con sus pescaditos. Miren por dónde, el más grande lo pescó Mélanie Rodríguez y pesó un kilo; pero entre Marilola y sus amigas atraparon 35 lisas, lo cual es casi media. Juan Manuel García apresó una anguila que medía más de medio metro. Así que también obtuvo premio. Yo tuve que conformarme con un rico trozo de tarta de mango y coco, inventada por un alemán de La Aldea, y un kilo de café del país que le compré por 30 euros a Carmela, cerca de Los Berrazales, en el Barranco.

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