La honradez intelectual

¡Vivan los hombres honrados! Son menos canallas que los demás.
Henry Becque

Hace unos años, me visitó un conocido, de profesión liberal, que dedica una parte de su tiempo libre a las tareas literarias. Venía acompañado por un amigo suyo, un funcionario público que también ha desempeñado labores sindicalistas en una pequeña organización que fue muy reivindicativa en otra época. Mientras nos tomábamos un café, me expusieron el motivo de su visita: querían mi consejo y un presupuesto para la edición de un número de ejemplares facsímiles de un periódico que su sindicato había publicado dos décadas antes.
Les dije que lo mejor sería escanear los originales, reduciéndolos hasta un formato de 21×30 cm. Estaba advirtiéndoles sobre la necesidad de escanear separadamente las fotos, pues se corría el riesgo de que pareciesen fotocopias, cuando me interrumpieron.
–El texto se está componiendo en un programa de ordenador –me dijo el funcionario público.
–¿Para qué? ¿No van a publicar una edición facsímil? –pregunté, intrigado.
–Claro que sí, pero sólo de esta manera podemos dejar fuera los artículos que no nos interesa que aparezcan.
Me quedé de piedra. Lo primero que vino a mi cabeza fue una imagen del Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de Orwell, donde unos funcionarios cambiaban la historia, a golpe de tijera, según les convenía a los gobernantes. Esto, que yo entiendo por falta de honradez intelectual, lo expresará mejor otra anécdota tan verídica e ¿intrascendente? como la anterior:
Por la misma época, recibí una llamada telefónica de otro conocido, solicitándome datos sobre el almogrote, una pasta, parecida al foie gras, elaborada con queso duro, en la isla de La Gomera, en Canarias. Le dije cuanto sabía en torno a su procedencia; principalmente que no era originaria del archipiélago, pues ya era nombrada en El Lazarillo como una comida habitual en Burgos, en una escena en que el amo de Lázaro mantiene una conversación gastronómica con su criado. Incluso le recomendé un libro de cocina donde se explicaba con detalle tal referencia y se incluía el pasaje de la novela.
Unas semanas después, apareció, en una revista de la isla, la página dedicada al almogrote; sin embargo, se silenciaba toda referencia a El Lazarillo y sí se destacaba la procedencia árabe del término al-mogrote. ¿Por qué? La revista gomera, que se define como cultural, es (o era, porque no sé si seguirá editándose) de tendencia nacionalista y el autor del artículo quiso ocultar una prueba documental de que aquella pasta podría tener una procedencia castellana (!). Una revisión más pormenorizada de esa revista me reveló que idéntico procedimiento se había puesto en práctica con gran parte de otras informaciones que se ofrecía a sus lectores, haciendo pasar, por ejemplo, muchos términos portugueses por palabras guanches.
Este escamoteo de fuentes y de datos al lector es, en mi opinión, una de las mayores faltas de honradez que puede detentar un autor. Hay que presentar todas las pruebas que defienden nuestra tesis inicial, pero también han de presentarse las que la rebaten. Al menos todas las que nosotros conozcamos y, si esos datos demuestran que no tenemos razón en nuestro planteamiento original, lo correcto es cambiar de opinión.
Después, si se publica o no nuestro trabajo es algo que, tal vez, pertenece a otras esferas y consideraciones y que, por lo extenso, prefiero no entrar a valorar aquí. Lo más ético sería dejar al lector la libertad de formarse una opinión propia. Realizar conscientemente este secuestro de información es manipular la verdad en perjuicio de los lectores, engañándolos con la peor arma que puede utilizar un escritor: la demagogia.
Ya insistía el propio Mahoma, conocedor de la hipocresía humana, en un consejo tan difícil de seguir por quienes escriben libros: “Di la verdad aunque sea amarga. Di la verdad aún contra ti mismo.”

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