Michael Jackson, con su blanca palidez

Michael Jackson ha alcanzado, esta vez sí, la palidez perfecta. No diré que siento su muerte más que la de ese niño hambriento que ahora mismo está dando su último suspiro en una aldea de Biafra, en un cayuco rumbo a Canarias o en el barrio francés de Nueva Orleáns; pero la desaparición de un ser humano siempre es dolorosa.

Con cuerpo de Peter Pan y alma de Dorian Gray, este hombre fue fundamentalmente una máquina de producir dinero, una marca cuidadosamente estudiada, una etiqueta diseñada para provocar escándalos multimillonarios, un pin de oro blanco y de oro negro para lucir en la solapa de los mangantes magnates de la industria discográfica. Una voz y un cuerpo exprimidos hasta el último dólar.  (…)

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