Un viaje de 250 años: TERCERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VIENE DE LA SEGUNDA PARTE

Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.

–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque no creo que sea el clero ni la aristocracia lo que debe sostener a un regente… o a un reino. Una Nación ha de sustentarse sobre el poder ejecutivo sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial. Si se hace de cualquier otra manera los súbditos de cualquier país estarán indefensos.
Volvió a sentarse. Cristóbal del Hoyo iba a aplaudir pero se contuvo a tiempo. Rezó para que alguien contestara adecuadamente a Juana y no quedara en evidencia desde su primera tertulia en Tenerife. José de Viera y Clavijo se dio cuenta de los apuros del marqués y tomó la palabra.
–Querida niña, me complace en sumo grado que haya usted leído y entendido al insigne Barón de Montesquieu. Ciertamente los tres poderes básicos que acaba de mencionar han de sustentar a un estado de corte constitucional como puede ser el británico. Sin embargo las monarquías tradicionales como la española o la francesa no se sustentan en esa triple base sino en instituciones de mayor solidez.
Un suspiro de alivio. Los reunidos volvieron sus miradas hacia sus tazas de chocolate. Algunas señoras empezaron a llenar sus bolsos con los dulces de las bandejas que los sirvientes habían depositado sobre las mesas.

–Siento contradecirle, don José –Juana había vuelto a tomar la palabra y esta vez tenía arreboladas las mejillas–, pero no puedo estar de acuerdo con su conclusión. Lo que yo creo es que sea cual sea la clase de regencia que haya en un país siempre debe garantizar que ningún súbdito tenga miedo de otro.
–¿Y quién habría de tener miedo en una Nación como la nuestra? –terció el orotavense Juan Antonio de Urtusáustegui disfrutando de echar más leña al fuego.
–Cualquiera que se viera indefenso ante los tribunales sin posibilidad de defenderse ante una ley injusta o ante un juez que no le de la razón frente al poder real o ante un contendiente con más títulos nobiliarios que él. Si no hay igualdad de todos los súbditos ante la Ley el gobierno de una Nación no puede ser un gobierno legítimo.
Varias manos se elevaron con presteza para replicar a Juana del Hoyo. Su padre sonrió satisfecho y tomó el primer sorbo de chocolate. Nunca había pensado que su incendiaria Juana fuese aceptada tan pronto en la sociedad tinerfeña. ¡Ni tan siquiera en la tertulia de Nava!
A la muerte de Cristóbal del Hoyo, el cual oficiaba de maestro de ceremonias en estas primeras tertulias, tomó el relevo Tomás de Nava que fortalecido por la capacidad organizadora de José de Viera y Clavijo dirigió la época más fértil de la tertulia que lleva su nombre. Entre los años 1758 y 1760 publicaron cincuenta números de un boletín manuscrito que llevaba por título Papel hebdomario dirigido por Viera y según él mismo dice contenía “varias noticias instructivas sobre historia natural, física y literatura”. En 1762 vio la luz el Correo de Canarias que constaría de seis ejemplares. La misma tertulia publicó cinco números de El Personero en 1764 con varios artículos dirigidos al Cabildo proponiendo reformas educativas: aumento de comunicaciones con España: creación de cátedras y de laboratorios. En 1765 siempre dirigido por Viera y Clavijo apareció La Gaceta de Daute que alcanzó mucha fama en la isla y dio a conocer a todos la Tertulia de Nava. En esta gaceta se publicaban artículos críticos que fueron tomados como ataques personales por algunas personas principales.
Desde sus inicios las lecturas de los tertulianos eran variadas y avanzadas: Rousseau el conde de Chesterfield Denelon Fleury Voltaire… Las familias más tradicionales y pacatas de La Laguna los consideraban auténticos acteos de Jalicia y si no procedían públicamente en su contra era por el temor que les inspiraba su estatus social. Los temas habituales de la Tertulia estaban referidos principalmente al análisis de las ciencias naturales como la Botánica y la Geología. Se aplicaban a los hallazgos arqueológicos tanto como a las ideas para desarrollar la higiene y la economía agrícola e industrial del archipiélago con la intención de formar campesinos sanos y artesanos hábiles. Evidentemente jamás hablaron de un mejor reparto de las riquezas ni del poder pues Santa Rita Rita Rita lo que se da no se quita. Asunto que pronto supo comprender la marquesita Juana del Hoyo.
En lo que nunca regatearon los marqueses fue en las deliciosas meriendas con chocolate como la que dos mozos y una doncella estaban sirviendo en aquella velada a los ilustres tertulianos que invariablemente se sorprendían y alababan el suave sabor a canela y vainilla que despedían las humeantes tazas de porcelana. Todavía estaban medio llenas cuando las sonrisas y la habilidad de Fernando de la Guerra lograron que el asunto de las garantías institucionales languideciera.
Sin embargo la décima del marqués de la Villa de San Andrés aprovechó el creciente silencio e inició su andadura sin que nadie pudiese detenerla por más tiempo en el pecho enardecido de su octogenario creador.

No se le oculta a Enriqueta
que del clima los descensos
se han convertido en intensos
tropiezos de mi escopeta
y si esta noche me reta
a una batalla de flores
cederé de mil amores
si antes la estufa caldea:
porque en frío no abalea
ni un trabuco de colores.

Aplausos. El marqués los recibió con una inclinación y la sonrisa picarona que no habían logrado borrar los años ni los encarcelamientos ni la justicia ni aun las industrias del Santo Oficio. La décima fue la señal de salida para reconducir por otros derroteros una tertulia que se anunciaba interesante.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Un viaje de 250 años: SEGUNDA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VER LA PRIMERA PARTE DE ESTE ARTICULO

José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en el Puerto de la Orotava. Su padre, Gabriel del Álamo y Viera, había sido alcalde pedáneo del Realejo de Arriba. Trabajó más tarde de escribano en el Puerto de la Cruz y en aquellos momentos ejercía el mismo empleo en el ayuntamiento de La Laguna. Por su parte el joven Viera desempeñaba sus labores clericales en la parroquia de Los Remedios. Sus lecturas del Teatro Crítico Universal de fray Benito Feijoo le descubrieron tempranamente el pensamiento ilustrado. Durante la pasada década de 1750 Viera dedicó sus esfuerzos a cultivarse a fondo con los libros europeos de sus amigos. Al mismo tiempo tomó la dirección de la tertulia y ya llevaba dos años publicando un boletín manuscrito con varias noticias instructivas sobre Historia Natural Física y Literatura. Problemas con el Santo Oficio no le faltaban. Incluso el obispo le llamó al orden prohibiéndole salir de noche en traje mundano y otras cosas por el estilo.
Su mirada se dirigió a la mesa donde Lope de la Guerra había dispuesto las nuevas publicaciones recibidas. Sin embargo no tuvo tiempo de leer sus títulos porque el anfitrión Tomás de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, entró en la estancia encaminándose con los brazos abiertos al encuentro del anciano marqués de la Villa de San Andrés.
–¡A mis brazos, don Cristóbal! Ya veo que la salud se niega a abandonarlo. ¿Cómo se encuentra, mi ilustre amigo?
–Caliente, Tomás, ¿cómo quieres que me encuentre, hombre?
–¿A sus años y con el frío que hace fuera, don Cristóbal?
–No importa lo vieja que sea la lámpara, jovencito. Si la alimentamos con un buen aceite no se herrumbra ni deja de dar luz.
–El señor marqués no ha olvidado nunca la importancia de los combustibles. Son los que mueven el mundo y los que lo renuevan –comentó entre risas Viera y Clavijo.

Juana del Hoyo, hija de Cristóbal del Hoyo, marqués de San Andrés, en una retrato realizado en su edad madura, siendo ya esposa o viuda de su primo Fernando de la Guerra.

Sin solución de continuidad entró un grupo de hombres en animada charla. Junto a la marquesa de Villanueva –cuyo nombre era y es Elena Josefa Paula Francisca Benítez de Lugo y Ponte Arias de Saavedra– las mujeres también entraron sin que los hombres realizaran muchos gestos para saludarlas. En la isla está mal visto besar la mejilla o la mano de una mujer incluso si ella invita al caballero a hacerlo. Se trata de una regla estricta que ni el mismo Cristóbal del Hoyo se atreve a romper.
El anciano marqués fue el primero en acercarse al grupito de damas. Tras las inclinaciones y las sonrisas tomó a una de ellas por la mano como si tuviese intenciones de invitarla a bailar.
Era una joven hermosa que no se sentía intimidada ante las miradas masculinas y que avanzaba hasta el centro del salón. Llegados a ese punto el marqués soltó su mano. No hizo falta que hiciera un solo gesto para pedir la palabra. Todos los presentes guardaron un silencio expectante.
–Amigos míos, llevo muchos años soñando con este momento. Por fin ha llegado. Mi corazón se siente feliz como pocas veces lo ha estado. Aunque el acontecimiento me pide un largo discurso no pienso robarles más de un minuto para presentarles a mi querida hija Juana. Sé perfectamente que será acogida por todos con el mismo cariño que el carcamal de su padre. No me cabe la menor duda de que por sus propios méritos se ganará el amor la admiración y el respeto de ustedes. A pesar de haber heredado algunos rasgos míos les aseguro que se trata de una muchacha sincera que solo sabe repartir sonrisas y bondad a cuantos la conocen. Nada más. Gracias por escuchar a este viejo tonto y sentimental.
Juana del Hoyo vestía de rojo y resplandecía. Su padre había sacado un pañuelo para enjugarse las lágrimas. Los tertulianos estaban paralizados sin atreverse a romper la magia de ver llorar al mismísimo marqués de San Andrés. Solo la entrada de un criado con una bandeja repleta de dulces rompió el encantamiento y las mujeres corrieron a unirse a los Del Hoyo.
Las bandejas iluminadas con velas fueron pasando. Cada cual tomaba los pastelillos de monja que más le apetecían para acompañar las humeantes tazas de chocolate que estaban a punto de servirse.
Recuperados los ánimos sentó por fin sus posaderas el marqués de San Andrés e inició un debate sobre la necesidad de reforzar la nobleza y el clero para que la autoridad real conservara largo tiempo su hegemonía sobre el pueblo. Desde luego todos los presentes eran monárquicos pero no todos entendían la monarquía de la misma forma. De ahí que comiencen a diferir las opiniones sin que nadie levante la voz. Las mujeres bebían chocolate sonreían y ponían cara de interés mientras examinaban las camisas de los caballeros por si tenían alguna mancha o no estaban todo lo bien planchadas que debieran. Pero he aquí que una voz femenina surgió del grupo.
–Siento no estar de acuerdo con los caballeros.
Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.
–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

El Palacio de Nava, junto a la plaza y fuente del Adelantado, en La Laguna, según una reconstrucción digital de Luis García Mesa.

Un viaje de 250 años: PRIMERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

El aventurero ilustrado Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, marqués de la Villa de San Andrés y Vizconde del Buen Paso. Se ha llegado a decir que fue tomado como modelo por Alexandre Dumas para escribir la novela El Conde de Montecristo.

“Cristóbal del Hoyo era un auténtico personaje de novela con más aventuras que años de vida. Poseedor de la mente inquieta de un individuo que vive su tiempo era capaz de presentar a la tertulia los asuntos más inesperados: desde una divertida discusión sobre las desdichadas intervenciones del Santo Oficio respecto a los hombres que comienzan a usar bragueta en sus pantalones hasta hacer hincapié en las influencias sociales que descarrían la conducta íntegra del buen salvaje descrito por Rousseau.
Su padre se casó con una mujer de La Palma. Por eso él había nacido en el pueblo palmero de Tazacorte en el año 1677. En su adolescencia pasó a Tenerife. Cuando cumplió los treinta y siete años anduvo por Inglaterra Francia y los Países Bajos. Después residió un año en París cultivándose en Academias e Institutos de la mano de Diderot Voltaire D’Alambert Malesherbes y otros humanistas. Volvió a Tenerife en 1717 vestido a la última moda de París. Se estableció en Garachico: la villa norteña donde residía la mayor parte de su familia. Los vecinos no salían de su asombro cuando lo veían pasear emperifollado con su acampanada casaca roja enriquecida con grandes ojales dorados que hacían juego con sus calzones cortos y un espadín que parecía un cuchillo de cocina sujeto a la cintura. La guinda del conjuntado Marquesito era una peluca rizada y coronada por un tricornio con pluma de avestruz.
–Parece mentira que tenga ya treinta y nueve años y continúe comportándose como un niño teta –comentaba alguno.
–No como un niño sino como una damisela –completaba siempre alguien con malevolencia.
Cristóbal no hacía caso de habladurías. Habiendo permanecido casi tres años en Europa ya se consideraba muy por encima de aquella gente llana: sus pensamientos aspiraban a acomodarse en regiones más etéreas. Por ejemplo en la sala de su hermana y a la vera de su sobrina. Ciertamente en aquel año de 1760 ya habían transcurrido cuatro décadas desde aquellos escarceos amorosos con su prima. Aunque no hubiera cambiado el temperamento irreverente del marqués sí resultaba notorio que había atesorado las más insólitas experiencias. Ellas le condujeron a decantarse el pensamiento racionalista moderno. En cuanto al cultivo de las artes literarias el marqués llegó a extremos peligrosos. Todo lo cual seguía siendo piedra de escándalo en la isla excepto para sus incondicionales tertulianos entre los que se incluía el joven sacerdote José de Viera y Clavijo que en esos momentos entraba en el salón sacudiéndose algunas gotas de lluvia de su sotana. Colgó su capa en un perchero.
–Mi estimado señor marqués, ¿cómo se encuentra usted? –saludó Viera sujetando con afecto los antebrazos del viejo ilustrado al tiempo que dedicaba una inclinación de cabeza a Lope Antonio de la Guerra.

Antonio Lope de la Guerra, sobrino de Cristóbal del Hoyo e ilustrado asiduo a la Tertulia de Nava, que describió en sus Memorias gran parte de lo sucedido en Tenerife durante el último cuarto del siglo XVIII.

–Bien, hijo, bien gracias a Dios y a su Santo Oficio –contestó riendo Cristóbal del Hoyo–. ¿Le había dicho antes que tiene usted una sonrisa exacta en su geometría a la de mi antiguo profesor el excelso Voltaire?
–En cada tertulia me lo dice, don Cristóbal. Y ya sabe que lo recibo como un gran cumplido. Parecerse al maestro en cualquier cosa no es poco. Incluso si el maestro padece prognatismo.
–Si usted residiera en París, joven amigo, no dudo que también pertenecería a la misma gloriosa constelación de sus mejores filósofos. Pero hemos de resignarnos a estar anidados en esta prisión con muros de agua.
–También el agua atesora entre sus cualidades la fluidez que puede conducirnos a otros ámbitos. Nadie como usted lo sabe.
José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Palacio de Nava, en La Laguna (Tenerife, Islas Canarias). Aquí se desarrolló la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos.

El día que cayó de Inquisición española: una visión histórica en el 200 aniversario de su derogación

ESTRELLAS-ME-GUSTA

Placa ubicada en el Monumento a las Cortes, la Constitución y el Sitio de Cádiz. Ciudad de Cádiz.

Todo aquel embrollado asunto sobre el tribunal del Santo Oficio o de la Inquisición había entrado en las Cortes de Cádiz de la mano de un diputado, llamado Francisco Riesco, que en el mes de abril de 1812, pronunció un discurso exaltando el temido tribunal eclesiástico.

Unos frailes, que habían sido invitados a las Cortes para escucharle, prorrumpieron en aplausos y vítores, tal como habían planeado de antemano. Sin embargo, sucedió lo contrario de lo que Riesco esperaba, porque muchos diputados protestaron de viva voz y esta protesta se trasladó a todo Cádiz y, después, a diversos puntos de España.

La controversia continuó creciendo durante meses.

Por este motivo, en el mes de junio, la Comisión de Constitución tomó la decisión de declarar incompatible la Inquisición con la Constitución. Para ello, se trabajó en un Dictamen sobre el Santo Oficio que se presentó a los diputados el 8 de diciembre de 1812. Ese mismo día comenzaron los debates.

La pompa y parafernalia desplegada por el Tribunal de la Inquisición indica tanto la riqueza acumulada por la institución como su deseo de sembrar el terror a ser cogido en falta de pensamiento, palabra u obra. Un arma eficaz para evitar cualquier pensamiento libre o creativo de los ciudadanos.

LOS DEBATES ANTERIORES A LAS CORTES DE CÁDIZ

Desde hacía años, los partidarios de la abolición de la Inquisición habían publicado abundantes razonamientos en que solicitaban su derogación, mientras que los conservadores trataban de que la Santa continuara vigente y vigilante de las obras, las palabras y los pensamientos de los ciudadanos para castigarlos cuando los inquisidores lo tuvieran a bien. Las presiones conservadoras iban dirigidas, fundamentalmente, a los diputados de las Cortes para que no cayeran en la tentación de eliminar el Santo Oficio. He aquí un párrafo de un libro publicado en Cádiz, en el año 1811:

El clero español, las órdenes religiosas, la Inquisición y la Grandeza aman de corazón a la Patria y a Fernando VII, obedecerán ciegamente las órdenes del Congreso, y jamás convidarán al público como los editores del Semanario Patriótico en el número 44 a que resuelvan si la determinación de las Cortes es ilegal y antipolítica. Si el pueblo llega a conocer que la religión no es abiertamente protegida, no habrá soldados que salgan a campaña: en esta guerra terrible en que son tan frecuentes las batallas sangrientas y las desgracias, solo la religión puede hacer que la Nación no desfallezca: del pueblo salen los soldados, pues esos filósofo novadores que proclaman las ideas liberales no quieren arriesgar sus vidas en defensa de la patria, sino envolverla en la aflicción, y con las novedades de sus doctrinas dividir las opinión en perjuicio del orden y tranquilidad pública.

(Gómez de Requena: Apología de la Inquisición: Respuesta a las reflexiones que hacen contra ella el Semanario Patriótico numero 61, y el Periódico titulado el Español numero 13, y breve aviso a los Señores Arzobispos, Obispos y Diputados en Cortes, Cádiz, 1811)

De manera que se daban las condiciones óptimas para que la atención ciudadana estuviese centrada en aquel debate político-religioso que había comenzado en las Cortes el 8 de diciembre de 1812 y debía concluir debía concluir el 20 de aquel mes de enero, cuyo segundo centenario se cumple hoy. Enfrentarse a la opacidad con que actuaban los partidarios de la Inquisición no era tarea fácil, porque sus defensores trataban de fundir en un solo bloque los conceptos de Inquisición, religión, rey y patria. Su propósito resultaba muy claro: dejar constancia de que quien fuese partidario de abolir la Inquisición también lo sería de vender la patria a Napoleón, de renegar del catolicismo y de  tratar de instituir el republicanismo que tantos perjuicios había causado a Francia… ¡Había que tener agallas para hacerles frente!

Diputado Antonio José Ruiz de Padrón (Canarias, 1757 – Galicia, 1823)

UN ENCARGO A RUIZ DE PADRÓN

El gomero Antonio Ruiz de Padrón tuvo esa necesaria valentía. Y no solamente coraje, sino profundos conocimientos jurídicos que le permitieron desmontar, de forma admirable, la razón de ser de una institución dedicada a lograr la sumisión del pensamiento por medio de la tortura física y sicológica. Ruiz de Padrón había recibido el encargo de escribir un Dictamen, es decir, de aportar una opinión experta, sobre la Inquisición española. Nadie esperaba que realizase su trabajo de una manera tan brillante y poderosa.

Redactar aquel Dictamen no fue tarea fácil, porque la salud de Ruiz de Padrón se encontraba resquebrajada. Una enfermedad pectoral le mantenía gran parte del tiempo en cama y, probablemente, el húmedo clima gaditano no colaboraba a su restablecimiento. Aun así, logró finalizar a tiempo el encargo, aunque no pudo asistir a la sesión del día 18 de enero, en la que tuvo que leerla Florencio Castillo, secretario de las Cortes.

No era el primer dictamen sobre la Inquisición. En el mes de diciembre, ya se había leído uno de la comisión de Constitución, otro del diputado Pérez y dos más de los diputados Bárcena y Cañedo.

Cortes de Cádiz (1810-1814).

SE ABRE EL DEBATE PARLAMENTARIO SOBRE LA INQUISICIÓN

El Dictamen de la Comisión de la Constitución, con la que fue abierto el período de debates, adujo que la Inquisición “no es compatible ni con la soberanía ni con  la independencia de la nación. En los juicios de la Inquisición no tiene influjo alguna la autoridad civil; pues se arresta a los españoles; se les atormenta, se le condena civilmente, sin que pueda conocer ni intervenir en modo alguno la potestad secular …”, que “la Inquisición es opuesta a la libertad individual” y se recuerda cómo varios soberanos europeos expidieron decretos para eliminar la Inquisición de sus estados. Entre otros, nombra al rey de Sicilia, Fernando IV (hijo de Carlos III), un acontecimiento que he investigado y detallado en mi novela “Canarias”. Ciertamente, en la década de 1780, este rey envió a Sicilia a Domenico Caracciolo con el encargo de desmantelar la inquisición en aquella isla. El célebre Caracciolo no tardó tres meses en borrar cualquier vestigio inquisitorial y en ser recibido triunfalmente por los ilustrados franceses e ingleses. Finaliza este Dictamen proponiendo “que en primer lugar se discutan las dos proposiciones siguientes: primera, la religión católica, apostólica y romana será protegida por las leyes conformes a la Constitución; segunda: el tribunal de la Inquisición es incompatible con la Constitución.”

Asimismo, se presentó un proyecto de Decreto sobre los Tribunales protectores de la religión. En cuanto al corto dictamen de Antonio Joaquín Pérez, diputado americano, cuya lectura nos informa de que estaba a favor y en contra de la Inquisición, todo al mismo tiempo, poco hay que decir.

Una imagen de la Inquisición española, debida al pintor Francisco de Goya.

LOS “SERVILES” INTENTAN PARALIZAR EL DEBATE

A finales de diciembre, se alzan las voces de tres diputados pidiendo al Presidente de las Cortes, Miguel de Zumalacárregui, “Que se suspensa la discusión del proyecto, hasta que sobre él se oiga el juicio de los obispos y cabildos de las iglesias catedrales de España e islas adyacentes”. No se admitió a discusión. Sin embargo, el 4 de enero, doce diputados catalanes solicitan lo mismo. Agustín de Argüelles Álvarez González, llamado El Divino por su oratoria espléndida, les reprende con cierta dureza el modo de enfrentar la discusión y les anima a entrar con sus ideas en la discusión del Dictamen de la comisión.

A partir de ese momento, sesión tras sesión, la discusión entre “serviles” y “liberales” sube de tono y llega a producir enfrentamientos verdaderamente agrios, convirtiendo estas sesiones en las  más apasionadas del período parlamentario gaditano.

No faltan los discursos eruditos, las exageraciones, los dislates o el intento de atemorizar al oponente. Mientras unos diputados tachan al Santo Oficio de policía eclesiástica, otros afirman que va contra la propia iglesia o que sin la Inquisición llegaría el caos y la condenación eterna.

Hubo quien se atrevió afirmar que debatir sobre la Inquisición era entrar en una controversia entre Cristo y Napoleón o que, según San Policarpo o San Justino, “la iglesia, señor, se acomoda y prospera lo mismo en una república que en una monarquía”.

Muchas de las intervenciones resultarían sumamente extrañas en la actualidad, puesto que más parecen sermones pronunciados desde un púlpito que discursos políticos en una sede parlamentaria. Lo cual no debe extrañar, puesto que un tercio de las Cortes lo formaban eclesiásticos de diversos rangos, señalando bien a las claras el poder de la Iglesia sobre la sociedad civil.

Un párrafo del discurso pronunciado porel sanroqueño Vicente Terrero el 13 de enero, proporciona una idea cabal del argumentación que mantuvieron los denominados “ultramontanos” a lo largo de las sesiones parlamentarias:

Señor, cuando llego a estas reflexiones me admiro al considerar el pertinaz empeño de extinguir un tribunal establecido por la cabeza visible de la iglesia, confirmado, aprobado y consentido por la iglesia universal en los concilios generales de Viena, de Letrán y Tridentino, y por la iglesia nacional de las Españas.

¿Qué es esto? ¿De dónde dimana el tesón con que se pretende su ruina? ¿Qué ha hecho y hace el tribunal del Santo Oficio que merezca su exterminio? ¿Cuál es su objeto? ¿En qué se ocupa? ¿En qué incumbe?

El se versa solo en cooperar a la redención del hombre, reduciendo al extraviado a su primitiva senda de salud, separando y cortando al que, podrido por su obstinación ciega, puede infectar, incendiar y perder la mies sana y rebaño del Crucificado. Atiende a celar con sagrado ardor la incomunicación de los fieles con los que dogmatizan: para evitar la propagación de sus máximas erróneas que puedan obstruir los caminos del cielo en cerrar todos los portillos para que el hombre amigo no sobresiembre su mal grano, ni sus rapaces aves del cielo, esto es, los demonios usurpen el buen grano que pudo haber caído en tierra pedregosa y de mal fruto: en reparar el vallado con que el divino Mediador circunvaló su iglesia, y con voz de terror ahuyenta las fieras que solicitan su destrozo.

¡Ah! ¡España! ¡Qué hubiera sido de ti a no haber sido por este firmísimo baluarte de tu fe! Hablad vosotros, siglos y tiempos, reinos y países. Holanda, Rusia, Suecia, Dinamarca., Helvecia, decid vuestros estragos. ¡Qué de lastimosos vaivenes experimentó la nave de San Pedro por los borrascosos oleajes de la contumacia y rebeldía! Llora aún inconsolable la santa iglesia las dilaceraciones que partieron su preciosa é inconsútil túnica.

Lutero, Calvino, Zuinglio, y larga progenie de estos, ramificada en mil diferentes maneras, abolieron el triunfo de la verdad y santificación. ¡Qué dolor! ¡Qué fatalidad! Ya se ve: no existía tribunal de Inquisición que amputase la cabeza a esas hidras en el momento de erigirlas, quien les sofocase el ponzoñoso aliento.

¿Y España? ¿España? Asentada con tranquilo descanso en sus persuasiones religiosas, reposa alegremente sin contraste, que el tribunal santo le dirime con sus vigilias y sudores.

Diputados doceañistas de las Cortes de Cádiz. A ellos se debe el decreto que derogó la Inquisición en España y sus colonias.

DISECCIÓN DEL SANTO OFICIO

Las prácticas inquisitoriales van saliendo a relucir. Estos párrafos de un discurso del diputado Villanueva van poniendo las cartas sobre la mesa.

Esta misma reflexión debe aplicarse a los tormentos espantosos autorizados y presenciados por los inquisidores y por el ordinario: cosa que llena de horror a cualquiera que tenga ideas de la mansedumbre eclesiástica. Díjose ayer por única respuesta que hace muchos años estaba ya abolido el tormento en la Inquisición. Supongamos que fuese así, que luego hablaré de esto. Pero ¿se dio tormento en la Inquisición, y autorizaban esta cruel escena los sacerdotes?

En el orden de procesar del Santo Oficio, que yo poseo, hay una nota original de un secretario de la Inquisición, a quien conocí y traté, que hablando del tormento, dice:

“hasta que se hallen presentes dos inquisidores con el ordinario.”

Aquí tenemos no solo a los inquisidores, sino al obispo obligado por las leyes de la Inquisición a asistir al tormento. ¿Y cuál era este? Oiga V. M. la fórmula de la sentencia:

“Christi nomine invócalo fallamos atentos los autos que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto a cuestión de tormento.” Aquí hay una nota que dice: “algunos declaran si es de garrucha, o de agua y cordeles etc.” y prosigue: “en la cual (cuestión de tormento) mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esta testificado y acusado, con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriese o fuese lisiado, o se siguiese efusión de sangre o mutilación de miembro, sea a su culpa y cargo, y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad.”

Y prosigue:

“Y por tanto fue mandado llevar a la cámara del tormento donde fueron los dichos señores inquisidores y ordinario.”

Y en otra impresa se dice:

 “Si es de garrucha, se ha de asentar como se pusieron los grillos, y la pesa o pesas, y como fue levantado y cuantas veces, y el tiempo que en cada una lo estuvo. Si es de potro, se dirá como se le puso la toca, y cuantos jarros de agua echaron, y lo que cabía cada uno.”

Y en otra nota dice que se escriba:

“cómo le mandaron desnudar y ligar los brazos y las vueltas de cordel que se le dan…., y como se mandaron poner, y pusieron los garrotes, y como se apretaron, declarando si fue pierna, muslo o espinilla, o brazos etc., y lo que se le dijo a cada cosa de estas.”

Se previene también que esto tiene lugar con los testigos si no declaran pronto.

Antonio José Ruiz de Padrón, principal artífice de la aprobación del Decreto que abolió la Inquisición española.

LECTURA DEL DICTAMEN DE RUIZ DE PADRÓN

El día que se expuso el Dictamen de Antonio Ruiz de Padrón, pocas esperanzas había de que el Santo Oficio desapareciera.  Pero su lectura cambió de manera radical las posibilidades de sacar adelante la abolición de “la Santa”, como la llamaba el diputado gomero. Sus palabras:

No trataré de hacer aquí un extracto del tremendo código inquisitorial por no ser demasiado molesto: lo reservo para hacer después el paralelo; pero este código es tan tenebroso y obscuro como los mismos calabozos del tribunal: código confuso y complicado que abunda de artificios, cavilaciones y tretas vergonzosas muy ajenas de la majestad y santidad de las leyes.

Código en fin que presenta un perfecto sistema de la misma ilegalidad, más propio para buscar reos que no para averiguar los delitos, donde la inocencia corre peligro a par del crimen y que prescribe los castigos más atroces, y que es el espanto y terror de la humanidad.

Esta es puntualmente una rápida idea del código inquisitorial que ha dominado por tantos siglos a los sufridos y pacientes españoles, con vergüenza y oprobio de la religión, lo que tendrán mucha dificultad en creer las generaciones venideras.

LA CULTURA

La relación entre la presencia de la Inquisición y la escasa cultura de los españoles no escapa a la perspicacia de Ruiz de Padrón.

“Los pueblos, dijo un señor diputado, no están dotados aún de la ilustración competente para tratar de quitarles la Inquisición: es necesaria aguardar a que se ilustren”.

¡Grandemente! ¿Y quién es la causa de que el pueblo español no se halle debidamente ilustrado, y conozca sus verdaderos intereses, sino la misma Inquisición?

Mientras subsista este sombrío y cauteloso tribunal, la España estará condenada a una perpetua ignorancia y estupidez.

Es menester publicarlo a la faz de toda la Europa: que para que un español pudiera leer a un Mably, a Condillac, Filangieri, y lo que es mas asombroso, para leer a Pascal, Duguet, Arnaldo, Racine, Nicoley a otros sabios y piadosos autores proscritos por este fanático y estúpido tribunal, era necesario ocultarse en la obscuridad de una buhardilla, o velar en el profundo silencio de las noches para no ser sorprendido por una espía de la Inquisición. 

DEFENSA DE LOS OBISPOS

Su ataque a la Inquisición se apoyó también en la defensa de los obispos, siguiendo las tesis de Antonio Tavira, prelado de Canarias, que tuvo más de un enfrentamiento con el Santo Oficio.

“Los obispos quedaron privados de calificar la doctrina de la fe, cuyo depósito les fue encomendado, y pasó esta facultad a los nuevos jueces con asombro de toda la Europa.

Yo no admiro tanto la osadía y arrogancia del tribunal, cuanto la serenidad de algunos obispos españoles. ¿Qué mucho, pues, que en las obras del inquisidor Páramo, del inquisidor Eymerich, y de otros autores inquisitoriales que componen el código del Santo Oficio, se hagan seriamente las siguientes preguntas que va a oír V. M.?

Un inquisidor es mas que un obispo? Y responden: Sí. ¡Qué impía y detestable doctrina!

Preguntan asimismo: ¿Los obispos pueden leer los libros prohibidos? Y responden: que no; pero sí los inquisidores… la indignación no me permite proseguir. Si esto es contrario o no al espíritu del evangelio, júzguelo cualquiera.

El buen humor de que hacía gala con frecuencia Ruiz de Padrón no podía dejar de rozar la ironía en sus críticas a los discursos ultramontanos:

Otro señor diputado nos trajo la bizarra especie de que la Inquisición comenzó con el nacimiento de la iglesia. Yo digo que se ha quedado muy corto.

El inquisidor Luis de Páramo le da mucha más edad, pues la hace nacer en el centro del paraíso, y por consiguiente debe ser coetánea de nuestro padre Adán. Luego nos presenta al mismo Dios por primer inquisidor, y sigue después con una prodigiosa serie de inquisidores, que no hay más que desear en cuanto al origen, antigüedad, gloria y honor de esta Santa. Entre sus prosélitos coloca nada mecos que a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a otros personajes de la mas alta jerarquía…

HAY QUE TIRAR LA SANTA A TIERRA

En cuanto a “la Santa”, no reprimió sus opiniones el Abad de Valdeorras, nacido en La Gomera.

“Pero le han dado por antonomasia el renombre de Santa…. ¡O capricho bizarro de los hombres! ¡Se lo habrán dado por ironía!

¿Dónde están las virtudes políticas y morales de esta Santa; cuántos milagros ha hecho? Que me señalen las conversiones que ha obrado, los frutos saludables que ha producido a la religión y al estado.

Los que la defienden y canonizan por Santa, que nos exhiban los testimonios de virtud y santidad que la adornan. ¡Terrible porfía de los hombres, empeñarse en querer buscar el resplandor de la luz en medio de la oscuridad y las tinieblas, la libertad en los calabozos, y la verdad en el error y fanatismo!

 No ignoro que  se me culpará de haber sido el primero que tuvo la osadía en presencia de V. M. de presentar a toda la nación el misterioso sistema de gobierno de la Inquisición, esto es, la vida y milagros de esta Santa: el primero que rasgó el velo tenebroso que cubría a este ídolo diciendo:

¡Españoles, aquí tenéis a la Santa: esta, esta es la que entorpecía con capa de religión vuestros progresos en las ciencias y en las artes; esta es la que os hizo creer que había Aquelarres (cuyo nombre no se ha explicado aun bastantemente), la que abusando de vuestra piedad os metió en la cabeza la ridícula farsa de la aparición de demonios súcubos é íncubos, con otras ficciones detestables que podéis leer en el gracioso y extravagante auto dé fe de Logroño, mandado imprimir por orden de la misma Santa para ilustrar los pueblos; pero me engaño, para mantenerlos en la superstición y en la más crasa ignorancia y estupidez!

Pero, Señor, ¿a qué soy venido aquí? ¿A qué me ha congregado V. M. sino para dar leyes justas y sabias a una nación magnánima y generosa, como lo ha hecho con la sólida y religiosa constitución que ha sancionado?

Si por desgracia dejara V. M. subsistir la Inquisición, ella sabría dentro de poco tiempo darse maña para destruir con sus acostumbrados misterios todo lo bueno que ha edificado el Congreso en medio de tantas fatigas y trabajos. Pronto vendrá a tierra este suntuoso y magnífico edificio, y la nación volvería cuanto antes a arrastrar las cadenas, y quedar sepultada por muchos siglos en el mismo envilecimiento y degradación que hasta aquí. La Santa sabría obrar fácilmente este milagro y otros muchos.

Estatua de Benjamín Franklin, expuesta en el National Constitution Center. Filadelfia.

EL AMIGO DE GEORGE WASHINGTON Y BENJAMÍN FRANKLIN

En su Dictamen, Antonio Ruiz de Padrón relata a los diputados su estancia en la capital de los Estados Unidos y su relación con los padres de la patria americana, durante los años que se redactaba la constitución de los Estados Unidos.

Más de veinte ministros de las iglesias protestantes concurrían con frecuencia a la tertulia de aquel ilustre filósofo, y yo era conocido de todos por el Papista, con cuyo nombre me gloriaba. La conversación giró casi siempre sobre asuntos de religión, que se discutían amigablemente y con bastante método, pero con calor y energía.

[...] Pero confieso a V. M. que cuando todos reunidos me arguyeron con el establecimiento de la Inquisición, no supe al principio qué responderles, ya porque siempre me pareció extraño de enjuiciar, ya porque me cogió de sorpresa este ataque a que yo no estaba prevenido.

 ”Vuestra iglesia romana, me decían, no puede ser la verdadera iglesia de Jesucristo, porque abriga en su seno el espantoso tribunal de la Inquisición: tribunal despótico, sanguinario, cruel, y por tacto contrario a las máximas del evangelio. Su divino autor, que es el Dios de paz y de caridad, detesta las violentas coacciones y horribles castigos que emplea la Inquisición con los disidentes. Todas las páginas del nuevo Testamento nos pintan la religión de Jesucristo compasiva, atractiva, amable, cual salió del seno del Padre celestial, y la Inquisición la hace insufrible y odiosa, y en lugar de atraer los protestantes, los desvía mas y mas del gremio de esa iglesia, particularmente en vuestra España…”

[...] Tampoco se trataba de convencer a un vulgo ignorante, sino a hombres doctísimos, versados profundamente en el conocimiento de las sagradas escrituras que aprenden desde su niñez. No ignoro yo que si me hubiera servido de la doctrina y de las armas de nuestros folletistas los hubiera confundido, llamándolos a gritos herejes, luteranos, calvinistas, arminianos, presbiterianos, sacramentarios, anabaptistas…. y hubiera quedado muy ufano y satisfecho de mi victoria. ¿Mas es este el medio de defender las sacrosantas verdades del evangelio? ¿Son estas las razones a propósito para convencer a los refractarios? ¡V. M. lo juzgará imparcialmente con su piedad y sabiduría!

Entonces me vi forzado a confesar que la Inquisición era un tribunal de establecimiento puramente humano, en que no solo tuvo parte la curia de Roma, sino la política de los reyes; confesé sus enormes abusos, su dominio despótico, contrario al espíritu del evangelio: dije en fin que eran defectos de hombres que no podían perjudicar a la pureza de doctrina, a la santidad y primacía de la iglesia romana, madre y maestra de todas las iglesias; y dije otras verdades que no necesito ahora reproducir.

Estas mismas conversaciones se repitieron en casa de Jorge Washington, que apareció por aquellos días en Filadelfia.

UN DISCURSO ENCENDIDO Y PERSUASIVO

La dramáticas palabras finales de Ruiz de Padrón debieron tener un efecto demoledor sobre los diputados doceañistas.

Yo entro en los magníficos palacios de la Inquisición, me acerco a las puertas de bronce de sus horribles y hediondos calabozos, tiro los pesados y ásperos cerrojos, desciendo y me paro a media escalera. Un aire fétido y corrompido entorpece mis sentidos, pensamientos lúgubres afligen mi espíritu, tristes y lamentables gritos despedazan mi corazón… Allí veo a un sacerdote del Señor padeciendo por una atroz calumnia en la mansión del crimen; aquí a un pobre anciano, ciudadano honrado y virtuoso, por una intriga domestica; acullá a una infeliz joven, que acaso no tendría más delito que su hermosura y su pudor…

Aquí enmudezco, porque un nudo en la garganta no me permite articular; por que la debilidad de mi pecho no me deja proseguir. Las generaciones futuras se llenarán de espanto y admiración. La historia confirmará algún día lo que he dicho, descubrirá lo que oculto, publicará lo que callo. Qué tarda, pues, V. M. en libertar a la nación de un establecimiento tan monstruoso. Basta.

Terminada la lectura del Dictamen, la mayoría de la cámara lo aclamó calurosamente. De pronto, todo había cambiado: quienes no tenían claro el sentido de su votación se decantaron hacia la abolición del Santo Oficio, convencidos por la exposición del diputado canario.

Los “ultramontanos” salieron de las Cortes convencidos de que estaban perdiendo la partida y se dispusieron a sacar todas las armas a su alcance. Una de estas armas era un periódico llamado “El Procurador General de la Nación y el Rey” que al día siguiente dedicó nada menos que tres páginas al discurso de Ruiz de Padrón, atacándole ferozmente en un escrito lleno de ironía. El artículo terminaba narrando el final de la sesión:

Al Sr. Mexía lo agradó tanto este discurso, que propuso se imprimiese prontamente para ilustrar a la Nación: el Sr. González dijo: apoyo, que sea prontamente, pues hasta  ahora no he sabido lo que era la Inquisición: ¿esta es la Santa? pues desde ahora maldita sea la Santa que iba a seguir: el Sr. Aparici Santin dijo que ya esto era un escándalo, que no se podía sufrir en un Congreso Católico: el Sr. González dijo que él sería mal Cristiano, pero que era tan Católico como el Pontífice: los Sres. Ostolaza y Cañedo pidieron la palabra, y el primero pidió al Sr. Presidente se observase el Reglamento en cuanto a la proposición del Sr. Mexía, sin embargo el Sr. Presidente señaló el día de hoy para discutirla; opúsose a ella el Sr. Dueñas, diciendo que a su costa nadie le ha privado que lo haga; y sin determinar nada, se levantó la sesión.

Es expresiva la declaración de García Herreros, cuando inicia la sesión del día siguiente, con las estas palabras:

Señor, parece temeridad tomar la palabra en este asunto después de leído el voto del Sr. Ruiz Padrón, en que con tanta sabiduría y  elocuencia ha sostenido el dictamen de la comisión. Su discurso es suficiente para fijar la opinión del Congreso.

El Dictamen de Ruiz de Padrón no solamente convenció y puso en claro muchas cosas, sino que animó a otros diputados a emitir sus opiniones de manera clara. El día 20 de enero, el canónigo extremeño Antonio Oliveros realizó una intervención durísima en la que exponía los resultados de la Inquisición en el progreso de los españoles. Los siguientes párrafos no tienen desperdicio.

Parecía regular que los católicos, a fin de lidiar con los herejes, se hubiesen dedicado a las lenguas, al estudio de la antigüedad, a la crítica, cronología, geografía, a las ciencias naturales, y a la sólida metafísica. Así se vieron precisados a ejecutarlo en los países en que no dominaba la Inquisición, aunque no con aquella actividad y progresos que deseaba el sabio Melchor Cano.

Pero en España la Inquisición adoptó otro método diametralmente opuesto: se reputaron como inficionados de herejía los literatos, eruditos y hombres científicos de cualquiera profesión; para que no se abusase de las santas escrituras, se quitaron de las manos de los fieles, y se prohibió verterlas en lengua vulgar: se dedicaron, en las escuelas a la teología, puramente escolástica solo porque los herejes la despreciaban; cualquier proposición contra Aristóteles y su Dialéctica, y contra la demasía del escolasticismo olía a herejía: la erudición en las lenguas orientales sabía a judaísmo, cisma y luteranismo; y a magia las matemáticas y sus signos; por esto fueron perseguidos en los países de Inquisición las obras de Pico de la Mirándula, Galileo, Pedro de Ramos y Arias Montano, y sobre todo las de Erasmo.

Encendiose tanto la persecución en España contra los sabios, que Luis Vives, paisano del Sr. Borrull, y perseguido también, escribía a Erasmo:

“Tiempos calamitosos en que ni se puede hablar, ni callar sin peligro; han sido presos Juan Vergara, canónigo de Toledo, su hermano Tovar (Bernardiño), y otros hombres bien doctos.”

Entre ellos fueron Carranza, arzobispo de Toledo; Fr. Luis de León, del orden de San Agustín; el P. Sigüenza, monje Gerónimo; el venerable Ávila, apóstol de las Andalucías, y otros muchos; y amenazados de igual suerte como Santa Teresa de Jesús y Fr. Luis da Granada.

Y huyeron de España infinitos, particularmente en tiempo del inquisidor Valdés, y entre ellos abandonaron la religión católica los sabios Feliciano de Reyna y Cipriano Valera, insignes ambos por su literatura, por la traducción de la Biblia en lengua vulgar.

Fue tan cruda la persecución, que los amigos de Luis Vives le escribían llenas de amargura:, “es un dolor no poder socorrer a los afligidos, porque a los que se atreven, les amenaza un gran peligro.”

¡Y habrá quien diga a vista de estos hechos que la Inquisición produjo la ilustración, cuando no hubo acaso un sabio que no hubiese sido encarcelado, u obligado a enmudecer, si quería salvarse en la horrible y tenebrosa tempestad que se había levantado. Que me diga el Sr. Borrull ¿qué discípulos han dejado aquellos célebres maestros? ¿Cuáles los sabios que florecieron a últimos del siglo XVI y siguientes?

Diputado doceañista Pedro Gordillo.

EL ERROR DEL DIPUTADO GORDILLO

Cuando se pasó el Decreto a votación, los diputados, como era costumbre, fueron valorando cada artículo. Llegados al especialmente delicado artículo VII –Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se harán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas–, el diputado canario Pedro Gordillo se mostró disconforme. Es de suponer el disgusto que debieron causar a Ruiz de Padrón las palabras del diputado grancanario, a quien se suponía liberal. He aquí las desafortunadas palabras de Gordillo:

Yo convengo con el Sr. Gordoa en que la presente discusión se difiera hasta la sesión de mañana, con el objeto de que los señores diputados puedan meditarla con todo el detenimiento que pide su naturaleza; pero no convendré jamás en aprobar el artículo en los precisos términos en que está concebido, ni tampoco con la adición que acaba de proponer el Sr. Castillo; pues a mas de no deshacer los inconvenientes que se han alegado, adolece de obscuridad, da margen a miles embrollos, ocasionará ruidosas competencias entre los reverendos obispos, tribunales civiles, y con la especiosidad de que se admitan las apelaciones con arreglo a los cánones, tal vez acarreará el tamaño mal de que quede sin protección la religión e impunes los delitos cometidos contra la fe, buenas costumbres, en atención, a que dudándose con fundada razón si hay leyes eclesiásticas que autoricen la apelación de los ordinarios en la clase de los juicios que examinamos, esta misma duda influirá en el ánimo de los respectivos jueces, y al paso que se comprometería el decoro del Congreso dando una resolución que estribase en apoyos, de cuya existencia nada le constase, se facilitaría a los irreligiosos e impíos un salvoconducto para continuar en sus horrendos crímenes, dejándoles abierta la puerta para intentar recursos intempestivos, que no podrían tener otro objeto que entorpecer las mas rectas, prudentes y justas providencias.

Finalizadas las discusiones con la aprobación del último artículo del Decreto el día 5 de febrero de 1813, unos días más tarde fue publicado el siguiente

DECRETO

Sobre la abolición de la Inquisición y establecimiento de los tribunales protectores de la fe.

Las Cortes generales y extraordinarias, queriendo que lo prevenido en el artículo 12 de la constitución tenga el mas cumplido efecto, y se asegure en lo sucesivo la. fiel observancia de tan sabia disposición, declaran y decretan:

CAPÍTULO I

Art. I. La religión católica, apostólica, romana será protegida por leyes conformes a la constitución.

II. El tribunal de la Inquisición es incompatible con la constitución.

III. En su consecuencia se restablece en su primitivo vigor la ley ir, título XXVI, partida VII, en cuanto deja expeditas las facultades de los obispos y sus vicarios para conocer en las causas de fe, con arreglo a los sagrados cánones y derecho común, y las de los jueces seculares para declarar imponer a los herejes las penas que señalan las leyes, o que en adelante señalaren. Los jueces eclesiásticos y seculares procederán en sus respectivos casos conforme a la constitución y a las leyes.

IV. Todo español tiene acción para acusar del delito de herejía ante el tribunal eclesiástico: en defecto de acusador, y aun cuando lo haya, el fiscal eclesiástico hará de acusador.

V. Instruido el sumario, si resultare de él causa suficiente pida reconvenir al acusado, el juez eclesiástico le hará comparecer, y le amonestará en los términos que previene la citada ley de Partida.

VI. Si la acusación fuere sobre delito que deba ser castigado por la ley con pena corporal, y el acusado fuere lego, el juez eclesiástico pasará testimonio del sumario al Juez respectivo para su arresto; y este le tendrá a disposición del juez eclesiástico para las demás diligencias, hasta la conclusión de la causa. Los militares no gozarán de fuero en esta clase de delitos; por lo cual, fenecida la causa, se pasará el reo al juez civil para la declaración é imposición de la pena. Si el acusado fuere eclesiástica secular o regular, procederá por sí al arresto el juez eclesiástico.

VII. Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se liarán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas.

VIII. Habrá lugar a los recursos de fuerza del mismo modo que en todos los demás juicios eclesiásticos.

IX. Fenecido el juicio eclesiástico, se pasará testimonio de la causa al juez secular; quedando desde entonces el reo a su disposición para que proceda a imponerle la pena a que haya lugar por las leyes.

CAPITULO II

Art. I. El rey tomará todas las medidas convenientes para que no se introduzcan en el reino por las aduanas marítimas y fronterizas libros ni escritos prohibidos, o que sean contrarios a la religión; sujetándose los que circulen a las disposiciones siguientes, y a las de la ley de la libertad de imprenta.

II. El reverendo obispo o su vicario, previa la censura correspondiente de que habla la ley de la libertad de imprenta, dará o negará la licencia de imprimir los escritos de religión, y prohibirá los que sean contrarios í ella, oyendo antes a los interesados, y nombrando un defensor cuando no haya parte que los sostenga. Los jueces seculares, bajo la mas estrecha responsabilidad, recogerán aquellos escritos que de este modo prohíba el ordinario, como también los que se hayan impreso sin su licencia.

III. – Los autores que se sientan agraviados de los ordinarios eclesiásticos, o por la negación de la licencia de imprimir, o por la prohibición de los impresos, podrán apelar al juez eclesiástico que corresponda en la forma ordinaria.

IV. Los jueces eclesiásticos remitirán a la secretaría respectiva de Gobernación la lista de los escritos que hubieren prohibido, la que se pasará al consejo de Estado, para que exponga su dictamen después de haber oído el parecer de una junta de personas ilustradas, que designará todos los años de entre las que residan en la corte; pudiendo asimismo consultar a las demás que juzgue convenir.

V. El rey, después del dictamen del consejo de Estado, extenderá la lista de los escritos denunciados que deban prohibirse, y con la aprobación de las Cortes la mandará publicar; y será guardada en toda la monarquía como ley, bajo las penas que se establezcan. Lo tendrá entendida la Regencia del reino, y dispondrá lo necesario a su cumplimiento, haciéndolo imprimir, publicar y circular. = Miguel Antonio de Zumalacárregui, Presidente. = Florencio Castillo, diputado secretario. = Juan María Herrera, diputado secretario. = Dado en Cádiz a 12, de febrero de 1813.= A la Regencia del reino.

Entrada a las Cortes de Cádiz. Foto de 2010, antes de su restauración.

LOS ESTERTORES DEL MONSTRUO

No quedó el Decreto al completo gusto de Ruiz de Padrón ni de quienes defendían la libertad de pensamiento. Nuestro diputado sabía de antemano que esto no podía resultar de otra manera y que para llegar a las libertades civiles y religiosas había que avanzar despacio. Sin embargo, la abolición de la Inquisición había constituido un paso de gigante que se creyó oportuno minimizar ante la opinión pública para lograr su aceptación. Por esta razón, el presidente de las Cortes afirmaba, al final del Manifiesto que explica los motivos del Decreto, publicado el 22 de febrero de 1813 :

No penséis ni imaginéis en modo alguno que podrán quedar impunes los derechos de herejía. ¿Por ventura lo fueron hasta el siglo XV? Los Recaredos, Alfonsos y Fernandos ¿no castigaron a los herejes y los exterminaron en España? Pues lo mismo que entonces se ejecutó por la potestad secular, se ejecutará en adelante, hallando los obispos en los jueces seculares todo el respeto y protección que prescriben las leyes.

[…] Y por último esperan las Cortes, que guardándose los cánones y las leyes por los respectivos jueces propios de estas causas, florecerá la religión en la monarquía, y acaso esta providencia contribuirá a que algún día se realice la fraternidad religiosa de todas las naciones.

El mismo día 22 de febrero que salió publicado el Decreto sobre la Inquisición, las Cortes expidieron un decreto prohibiendo la introducción de libros contrarios a la religión. Así, quedaba fuera de toda duda el interés de las Cortes por mantener la pureza de la fe católica.

La noticia fue acogida en muchos lugares con grandes muestras de alegría. En San Sebastián de La Gomera, la celebró el párroco José Ruiz, hermano de Ruiz de Padrón, y en Las Palmas de Gran Canaria hubo muchas muestras de júbilo ante la derogación de la monstruosa corporación que mantuvo aterrorizados a millones de seres humanos, durante siglos.

Sin embargo, nada sirvieron esas medidas contemporizadoras de las Cortes de Cádiz, porque la respuesta de los serviles fue furibunda y, al regreso del rey Fernando VII, quienes votaron contra la Inquisición fueron perseguidos y, a veces, ejecutados.

Antonio Ruiz de Padrón pasó varios años en la prisión inquisitorial de Cabeza de Alba, lo cual agravó su enfermedad pulmonar y le condujo a la tumba, en 1823.

ESTRELLAS-ME-GUSTA

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“La isla transparente” y “Canarias” son las dos novelas que narran la extraordinaria y aventurera existencia de Antonio Ruiz de Padrón. Están disponibles en librerías y tiendas on-line.

Un artículo del periódico El Día, elogia a Ruiz de Padrón y su “Dictamen de la Inquisición”

El Dia, 2013-01-19ARTICULO SOBRE LA INQUSISICON manuel mora morales

Para ampliar, hacer click sobre la imagen.

El pasado sábado, día 19 de enero de 2012, el periódico El Día sacaba esta página en su edición de papel. El periodista José Domingo Méndez redactó el texto con mi colaboración. El artículo de la edición digital, más corto y algo diferente, sería reproducido con posterioridad por el periódico Gomera Verde. Salvo algún pequeño error sin importancia, achacable a las naturales prisas de la prensa diaria, creo que el texto es muy ilustrativo.

Me congratulo de que dos medios de comunicación canarios recordaran el 200 aniversario del “Dictamen de la Inquisición”, redactado por Antonio Ruiz de Padrón. Reciban mi reconocimiento. Quizás, nuestra abúlica clase política debería tomar ejemplo.

El artículo se puede leer en el enlace siguiente.

El Dia, 2013-01-19 ARTICULO SOBRE LA INQUISICION

OBJETIVO: “LA SANTA”

Antonio Ruiz de Padrón, el gran diputado de las Cortes de Cádiz, denominaba “la Santa” a la Inquisición española. Su discurso –que acaba de cumplir su segundo centenario– estaba destinado a eliminarla. Contra todas las expectativas, lo logró. Venció al monstruo. Parecía una tarea imposible, pero aquel hombre logró derribar la institución más perversa y poderosa de la Historia.

A Ruiz de Padrón, in memoriam

Dieciocho de enero

A pesar de que  también nació en esta fecha el divino Rubén Darío,
orfebre de rutilantes soles y desfiles gloriosos,
la mañana ha despertado gris y se ha helado el aire en las volcánicas islas
y, una vez más, querido Antonio, ha regresado el olvido.

Ni un artículo de prensa,
ni un programa de televisión
ni una charla en la radio,
ni un simple recordatorio en el Parlamento.

Todos están hoy ocupados en lo imprescindible:
analizar un partido de fútbol,
hablar de una murga infantil,
ofertar plazas de aviones para el carnaval
o verter la misma palabrería necia
que injustifica el sueldo de sus parlamentarias señorías.

Dos siglos.
Se cumplen, hoy, dos siglos
de tu Dictamen  contra el tribunal del Santo Oficio.
¡El Dictamen que terminó con la “Santa” y ominosa Inquisición!,
¡el que se hizo famoso en el mundo
y con tanto entusiasmo fue traducido y publicado en los países!

Durante un siglo, Antonio Ruiz de Padrón, alcanzaste gloria
y ningún otro político de las Canarias fue tan celebrado en el mundo.
Luego, te ganó el silencio de los muertos.

Tu memoria
nublada
apaleada
arrojada a los perros del cóncavo Cronos
para ser devorada como despojo histórico.

Nadie te recordó en las aulas.
A ningún joven se le ha dado oportunidad de conocerte.

Si la madurez de un pueblo se mide
por conservar la memoria de sus hijos más preclaros,
mucho nos resta andar a los atlánticos canarios
para llegar a alcanzarla.

Todo lo habrá de cambiar Futuro.
Vendrán días, puedes estar seguro,
que se recitarán áureos versos en tu nombre
y habrá competencia entre los poetas por citar tu memoria inmortal.

Antonio, paisano del alma,
espejo de dignidad y de entrega,
andante caballero  de las libertades grandes,
remero de las auroras que disipan las tinieblas,…
desde este brumoso y yermo 18 de enero,
sin perder el amor por nuestro dormido pueblo,
quiero elogiar, en esta hora, la palabra y la luz que nos legaste.

Se cumple el II Centenario del “Dictamen sobre la Inquisición”, compuesto por Antonio Ruiz de Padrón

Placa donada por emigrantes para el edificio de las Cortes de Cádiz, en 1912, coincidiendo con el I Centenario de la Constitución. (La imagen omite los nombres de los cargos institucionales para reasaltar el resto).

Este artículo es un homenaje a mi paisano Antonio Ruiz de Padrón, diputado canario en las Cortes de Cádiz, cuando hoy se cumplen 200 años de la lectura de su discurso contra la Inquisición, tenebroso estamento que fue abolido gracias a su sabia y valerosa intervención.
Desde tu futuro glorioso, desde la libertad de mi presente, ¡mil gracias, querido Antonio!

Cortes de Cádiz, lunes, 18 de enero de 1813.
Esta mañana van ya cuarenta días de apasionados debates sobre la Inquisición. Los liberales luchan por su abolición; los serviles, por su continuidad. Todo indica que cuando se vote el Decreto la balanza se inclinará a favor del Santo Oficio. Nada resultaría más lógico: un tercio de los diputados son eclesiásticos.
Hoy la sesión no parece que vaya a ser diferente a las anteriores. Se va a leer un discurso escrito por el diputado canario Antonio Ruiz de Padrón, el cual no podrá comparecer porque desde ayer se encuentra enfermo. El secretario Florencio del Castillo comienza la lectura con buena entonación.

Voy a sentar tres proposiciones, que sin prevenir la respetable decisión de las Cortes, que espera con ansia la nación entera, explicarán todo el fondo de mi opinión en una materia tan ruidosa.
Primera El tribunal de la Inquisición es enteramente inútil en la iglesia de Dios.
Segunda. Este tribunal es diametralmente opuesto a la sabia y religiosa Constitución que V. M. ha sancionado, y que han jurado los pueblos.
Tercera. El tribunal de la Inquisición es, no solamente perjudicial a la prosperidad del estado, sino contrario al espíritu del evangelio, que intenta defender.
¿Y serán estas verdades inconcusas o atrevidas paradojas?
¡Voy a demostrar que son verdades!

El aire de la sede parlamentaria parece haber aumentado su densidad hasta pesar como el plomo y ahogar cualquier sonido que no sea la voz del secretario Castillo. Los serviles se hacen cruces y los liberales no salen de su estupor. ¿Qué está diciendo este cura? ¿Qué atrevimiento es éste en uno de los representantes de la Iglesia? ¡Con seguridad, los ultramontanos le harán pagar cara su osadía!

Párrafo tras párrafo, de forma demoledora, el discurso va desarrollando las tres proposiciones iniciales sobre la Santa Inquisición.

Pero le han dado por antonomasia el renombre de Santa…. ¡Oh capricho bizarro de los hombres! Si se lo habrán dado por ironía. ¿Dónde están las virtudes políticas y morales de esta Santa; cuántos milagros ha hecho?
Que me señalen las conversiones que ha obrado, los frutos saludables que ha producido a la religión y al estado. Los que la defienden y canonizan por Santa, que nos exhiban los testimonios de virtud y santidad que la adornan.
¡Terrible porfía de los hombres, empeñarse en querer buscar el resplandor de la luz en medio de la oscuridad y las tinieblas, la libertad en los calabozos, y la verdad en el error y fanatismo!
No ignoro que se me culpará de haber sido el primero que tuvo la osadía en presencia de V. M. de presentar a toda la nación el misterioso sistema de gobierno de la Inquisición, esto es, la vida y milagros de esta Santa: el primero que rasgó el velo tenebroso que cubría a este ídolo diciendo:
–Españoles, aquí tenéis a la Santa: esta, esta es la que entorpecía con capa de religión vuestros progresos en las ciencias y en las artes; esta es la que os hizo creer que había Aquelarres (cuyo nombre no se ha explicado aún bastantemente), la que abusando de vuestra piedad os metió en la cabeza la ridícula farsa de la aparición de demonios súcubos e íncubos, con otras ficciones detestables que podéis leer en el gracioso y extravagante auto de fe de Logroño, mandado imprimir por orden de la misma Santa para ilustrar los pueblos.
Pero me engaño, para mantenerlos en la superstición y en la más crasa ignorancia y estupidez.

Pero, Señor, ¿a qué soy venido aquí? ¿A qué me ha congregado V. M. sino para dar leyes justas y sabias a una nación magnánima y generosa, como lo ha hecho con la sólida y religiosa Constitución que ha sancionado?
Si por desgracia dejara V. M. subsistir la Inquisición, ella sabría dentro de poco tiempo darse maña para destruir con sus acostumbrados misterios todo lo bueno que ha edificado el Congreso en medio de tantas fatigas y trabajos. Pronto vendrá a tierra este suntuoso y magnífico edificio, y la nación volvería cuanto antes a arrastrar las cadenas, y quedar sepultada por muchos siglos en el mismo envilecimiento y degradación que hasta aquí.
La Santa sabría obrar fácilmente este milagro y otros muchos.

En los ojos de los diputados Riesgo y Borrull saltan chispas. Las bancadas están paralizadas ante el desparpajo que despliega el autor del dictamen. Todas sus señorías se inclinan en dirección a la tribuna para no perder una sola sílaba.

Otro señor diputado nos trajo la bizarra especie de que la Inquisición comenzó con el nacimiento de la iglesia. Yo digo que se ha quedado muy corto. El inquisidor Luis de Páramo le da mucha mas edad, pues la hace nacer en el centro del paraíso, y por consiguiente debe ser coetánea de nuestro padre Adán.
Luego nos presenta al mismo Dios por primer inquisidor, y sigue después con una prodigiosa serie de inquisidores, que no hay más que desear enguanto al origen, antigüedad, gloria y honor de esta Santa. Entre sus prosélitos coloca nada menos que a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a otros personajes de la mas alta jerarquía…

La fina ironía de Ruiz de Padrón cala mejor en la mente de los diputados indecisos que los fieros y amenazantes discursos de los ultramontanos. Cuando el canario nombra la costumbre de quemar las estatuas de los acusados fallecidos, se escuchan las carcajadas de quienes van entregándole su simpatía, a medida que avanza la lectura.
Puesto a derribar mitos, supersticiones y privilegios, nuestro diputado defiende a los obispos frente a los inquisidores y, con una valentía fuera de lo común, es capaz de colocar al mismo Sumo Pontífice de Roma en su justo lugar.

Esta pintura representa a Santo Domingo de Guzmán presidiendo un acto de la Inquisición.

El obispo de Roma es sin disputa el legítimo sucesor de San Pedro; pero no es el sucesor de Constantino ni de Teodosio: es el primer vicario de Jesucristo; pero no es absoluto, sino que debe gobernar arreglado a la constitución de la iglesia, compuesta de los sagrados cánones.

Tiene jurisdicción de Primado en toda la iglesia; pero no jurisdicción episcopal. Cada obispo en su diócesis tiene la misma que el Pontífice ejerce en su obispado de Roma. No es un monarca, sino el padre común de los fieles. No es un déspota, sino que debe consultar los puntos primordiales de doctrina con los obispos, que son sus hermanos según el lenguaje del evangelio, y no sus vicarios, como han sentado los autores ultramontanos.

La visión que exhibe Ruiz de Padrón es divertida, pero diamantina. Hace brotar sonrisas en los diputados bienintencionados; pero destruye dura y metódicamente la demagogia parlamentaria. Las siguientes palabras ponen este hecho de manifiesto.

Algunos señores diputados de Cataluña han ponderado a V. M. que la voz uniforme de su provincia estaba en favor de la Inquisición, y que debían consultarla antes de votar.
Mas yo con todo el respeto que merecen sus señorías, les pregunto lo primero, si antes de votar sobre este grave asunto, necesitaran de consultar a su provincia, ¿a dónde iría entonces a parar la representación nacional? ¡Qué! ¿No trajeron poderes amplios e ilimitados, como sus otros compañeros?
Lo segundo, si se concediera esto a esos señores, podríamos alegar lo mismo todos los diputados, no solo en cuanto a la Inquisición, sino en todos los demás asuntos; y en este caso, ¿qué sería de las Cortes? ¿Cuándo acabarían los de ultramar, particularmente el señor diputado de Filipinas, de averiguar el gusto de sus respectivas provincias?
Lo tercero, ¿cómo sabrán los señores diputados catalanes la voluntad general de su provincia, hallándose ocupadas todas las capitales por los enemigos?

Portada de una de las numerosas reproducciones del Dictamen, de Ruiz de Padrón, que se publicaron en diversos países.

El largo tiempo que lleva leyendo el secretario Castillo no logra apagar la atención de los diputados ni la de los periodistas que siguen pasmados el discurso espléndido que está dando un vuelco a todas las expectativas sobre la aprobación del Decreto. Mucho y de mucha enjundia se escucha esta mañana en estas Cortes de Cádiz.

Yo entro en los magníficos palacios de la Inquisición, me acerco a las puertas de bronce de sus horribles y hediondos calabozos, tiro los pesados y ásperos cerrojos, desciendo y me paro a media escalera. Un aire fétido y corrompido entorpece mis sentidos, pensamientos lúgubres afligen mi espíritu, tristes y lamentables gritos despedazan mi corazón…
Allí veo a un sacerdote del Señor padeciendo por una atroz calumnia en la mansión del crimen; aquí a un pobre anciano, ciudadano honrado y virtuoso, por una intriga doméstica; acullá a una infeliz joven, que acaso no tendría más delito que su hermosura y su pudor…

Aquí enmudezco, porque un nudo en la garganta no me permite articular; por que la debilidad de mi pecho no me deja proseguir. Las generaciones futuras se llenarán de espanto y admiración. La historia confirmará algún día lo que he dicho, descubrirá lo que oculto, publicará lo que callo. Qué tarda, pues, V. M. en libertar a la nación de un establecimiento tan monstruoso. Basta.

Finaliza Castillo la lectura. Tras unos segundos de silencio, se produce un cerrado aplauso y se escucha la voz del diputado Mexía, solicitando que el Dictamen sea impreso de inmediato. El diputado González dice en voz alta, desde su escaño:
–Apoyo que se imprima prontamente, pues hasta ahora no he sabido lo que realmente era la Inquisición. ¿Esta es la Santa? ¡Pues maldita la Santa que voy a seguir en adelante!
–¡Esto ya es un escándalo! –grita el diputado Aparici Santín desde su sitio–­ No estoy dispuesto a sufrir esto en un Congreso católico.
–Yo seré mal cristiano –le responde González–, pero soy tan católico como el Sumo Pontífice.
Varios diputados solicitan la palabra, pero el Presidente decide cerrar la sesión hasta el día siguiente. Como diría García Herrero el martes, el discurso de Antonio Ruiz de Padrón fue suficiente para fijar la opinión del Congreso.
En efecto, así fue. Unos días después, el Santo Oficio resultó liquidado con los votos de la mayoría. En febrero se publicó el Decreto sobre la abolición de la Inquisición.
Doscientos años más tarde, sabemos que una gran parte de nuestras libertades se la debemos a esos congresistas y, principalmente, al gran Antonio Ruiz de Padrón, cuya capacidad de persuasión logró lo que todos daban por imposible: arrinconar a la “Santa”.

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“La isla transparente” y “Canarias” son las dos novelas que narran la extraordinaria y aventurera existencia de Antonio Ruiz de Padrón. Están disponibles en librerías y tiendas on-line.

Un curioso texto de 1814 sobre Antonio Ruiz de Padrón

Una de las páginas del interesante artículo que resume el Dictamen sobre la Inquisición.

Tengo especial interés en que se difunda la importancia de la obra que llevó a cabo Antonio Ruiz de Padrón, tanto para reparar una injusticia histórica sobre su memoria como por dar a conocer su apasionante vida y el prestigio que tuvo en todo el mundo el más brillante político del archipiélago canario. Por estas razones, continúo presentándoles referencias poco conocidas sobre este Diputado doceañista canario.

El Dictamen sobre la Inquisición, de Antonio Ruiz de Padrón, se leyó en las Cortes de Cádiz en enero de 1813. La repercusión que tuvo se extendió a otros países, como Gran Bretaña, donde se hicieron traducciones y fue comentado en la prensa, durante muchos años.

El artículo que quiero presentarles fue publicado en una revista londinense, en 1814. En él se presenta un completo resumen del Dictamen de Ruiz de Padrón, acompañado de algunos comentarios. Naturalmente, el texto está en inglés, pero he traducido al español los primeros párrafos del artículo.

Discurso del Doctor D. Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes, de las Islas Canarias, pronunciado en la sesión del 18 de enero de 1813, en relación con la Inquisición.

Un discurso contra la Inquisición, pronunciado en sesión de las Cortes y otro de Pan y Toros [se refiere al famoso folleto del mismo título atribuido dudosamente a Jovellanos], en el degradado estado español, pronunciado en la gran plaza de toros de la capital y nacido de la producción genuina de los nativos españoles, puede considerarse incluido entre los signos inequívocos de los tiempos.

Sin embargo, cuando nos fijamos en el lugar donde se han pronunciado estas producciones singulares, en su vestimenta actual, podemos considerarlas cualquier cosa menos curiosidades literarias. Estos documentos son traducciones de los oficiales del buque Caledonia, llevadas a cabo, con toda probabilidad, para entretener las muchas horas tediosas esperando ver a un enemigo encerrado en el puerto de Toulon. Si el idioma no es siempre correcto, ni el estilo muy pulido, tenemos, al menos, razones para confiar en la fidelidad de la traducción. Aunque también se imprimieron a bordo de este buque: el tipo, la tinta, el papel y, de hecho, la totalidad de los procesos mecánicos se llevaron a cabo tan bien que no son, de ningún modo, inferiores a muchas de las mejores ediciones de la prensa de Londres.

“El Doctor Antonio José Ruiz de Padrón se compromete a probar las tres proposiciones siguientes:

En primer lugar, que el tribunal de la Inquisición es totalmente inútil a la iglesia de Dios, y contrario al espíritu del evangelio.

En segundo lugar, que es contrario a la sabia y religiosa Constitución que el Estado ha sancionado, y que el pueblo ha jurado.

En tercer lugar, que es perjudicial para el estado.

No será necesario repasar por todas las pruebas que aduce [Ruiz de Padrón] para establecer la primera proposición. Lo cierto es que ningún tribunal como el que se ha arrogado a sí mismo “el título de ‘santo ‘, entró en el plan del Salvador del Mundo. De igual manera [...].

TEXTO ORIGINAL:

The Speech of Doctor D. Antonio Joseph Ruiz de Padron, Deputy to the Cortes, from the Canary Islands, spoken in the Sitting of January 18, 1813, relative to the Inquisition.

A SPEECH against the Inquisition, delivered in the sitting of the Cortes, and another on Bread and Bulls, on the degraded state of Spain, spoken in the great square of the capital, both the genuine production of native Spaniards, may be regarded among the unequivocal signs of the times. –But when we look at the spot whence these singular productions issue, in their present dress, we cannot consider them as any thing short of literary curiosities. They are translations by the officers of the Caledonia, undertaken, in all probability, to beguile the many tedious hours spent in watching an enemy shut up in the part of Toulon. If the language be not always correct, nor the style highly polished, we have, at least, every reason. to trust to the fidelity of the translation. But they were printed also on board this ship; and the type, the ink, the paper, and, indeed, the whole of the mechanical processes are so well conducted. a8 to be by no means inferior to many of the best editions of the London press.

Doctor Antonio Joseph Ruiz de Padron undertakes to prove the three following propositions:

First, That the tribunal of the Inquisition is totally useless the church of God, and contrary to the spirit of the

Secondly, That it is contrary to the wise and religious constitution which the state has sanctioned, and to which the people have sworn.

Thirdly, That it is prejudicial to the state.

It will not be necessary to go through all the proofs which he adduces to establish the first proposition. It is certain that no such tribunal as that which has arrogated to’ itself the title of ‘ holy,’ entered into the plan of the Saviour of the World. It is equally so that nothing contained in the writings of the Evangelists, can be construed to sanction it, and that, of the ministers elected by divine authority for the promulgation of the gospel, none were inquisitors. ‘Believe me, sir,’ says the orator, ‘that neither in the catalogue of the ministers of the faith, enumerated by St. Paul, nor in the council of Jerusalem, do I find one vacant place for an inquisitor.’ It was not found necessary to erect a tribunal of inquisitors to punish Arius, when he denied the eternal generation of the Word –the divines of Nice were satisfied with condemning “the impious and detestable” doctrine, and with separating the author of the heresy from the communion of the faithful. The Nestorians, the Pelagians, and all the various sects, ‘who moved bell itself to shake the faith of the Catholics,’ shared the same fate to the Church of God trampled on all its enemies, and without the assistance of the ‘holy office.’ That it is not only useless but injurious to the Church of Rome, be illustrates, from his own experience, Here, al the house of Benjamin Franklin, he used to join m the evening conversations where the ministers of the Protestant communion designated him by the appellation ‘of the Papist.’ ‘Young as I then was,’ says he, ‘I was able to convince many of the supremacy which the Bishop of Rome obtains, by divine right, over the whole. church-a supremacy of jurisdiction and not merely of honour –but I confess that when, all in a body, they beset me on the establishment of the Inquisition, I had not a word to say.’ Discussions of this nature, he tells us, also took place in the house of George Washington, but be was never able to ascertain to what sect that celebrated General belonged. The Philosopher Franklin, however, was suspected to be an Arminian. On the challenge of Franklin, to give a public proof of his sincerity, he preached in the Catholic Church of Philadelphia against the Inquisition; his sermon was translated into English; it was then preached throughout the provinces of New York and Maryland; and so satisfied were the auditors that the Inquisition was the work or human policy, and despotism, that many of the Anglo-Americans changed their faith 11nd became good Catholics. Since that time, the Doctor tells us, no less than five bishoprics have been established in places where, had the Inquisition extended its baneful authority, there would not have been one.   Secondly, To prove that the Inquisition is contrary to the constitution of the state, the Doctor says nothing more is necessary than to take in one band the political system, and in the other the dark and fanatical code of this tribunal –the one breathes nothing but justice and humanity; the other is an outrage on all human laws, and human feelings– a code dark, dismal, and intricate as its own dungeons, made up of cavils, artifices, and the meanest tricks, and more adapted for hunting out supposed criminals than for ascertaining real crimes.

The Constitution says,

 Within twenty-four hours the prisoner shall be made acquainted with the cause of his imprisonment, and the name of his accuser if he have one. They shall read to him, entire, all the documents, together with the names and depositions of the witnesses; and if from these ha shall not comprehend them, they shall give him as much information as be may require, in order to discover who they are. That the process shall henceforward be public, in the manner and form determined by law. That neither torment nor compulsion shall be used towards him, neither shall he suffer confiscation. That no punishment imposed, whatever the crime may be, shall in any manner. pass to the family of the delinquent, but shall take effect solely upon the person who committed the offence.’

But what says the code of the Holy Inquisition?

‘It admits,’ says the Doctor,’ into its bosom, slander, calumny, accusation, and vengeance. It inspires, or rather orders, a blind obedience to its commands, as though it were infallible, and not responsible to any one for its actions. It orders inquiries, encourages informers, and protects spies, against all the laws of confidence and nature, imperiously commanding the dearest friends to accuse each other. It signifies not whether, under the pretext of preserving the faith, the father accuses the son, the son the father; the husband the wife, or the wife, the husband. Brothers, parents, and friends, all, according to the spirit of this tribunal, are obliged to watch, to inform against, and accuse each other. A commissary of the holy office, accompanied by the alguazil, and his assistants, is authorised, with impunity, to enter houses with a mysterious silence, even at midnight, and snatch a father from the bosom of his family, in the midst of their terrors, without allowing him to take a last farewel of his wife or children, condemning them to endless misery, which is the only patrimony this unfortunate father can transmit to his posterity. Whole generations before they are born, are thus sentenced, not only to poverty and beggary, but to perpetual ignominy and disgrace. ‘Thus it is’ that the holy office deprives society of useful and industrious citizens, and buries them in its infectious dungeons. It does more. In the edict of faith, which this tribunal publishes every year, it invites every person to accuse himself, who expects to be accused by another; and to those who comply within a certain time, it promises pardon; but to those who neglect it, it l1a.s no mercy-they are arrested, their fortunes confiscated, and they suffer the utmost punishment of its laws. ‘The scenes of horror, which take place at the examination of supposed criminals have often been described in novels and romances, but here we have the facts truly and distinctly stated by a Spaniard well informed of all the proceedings of this dark and sanguinary tribunal. The punishment that follows confession, and even precedes conviction, is horrible to relate.

‘In the first case,’ says he, ‘sentence is passed after a thousand mysterious questions; but in the second, besides the confinement in dark dungeons, destitute of all human consolation, they employ dreadful torments to extort confession. A pully, suspended to the ceiling, through which is passed a thick rope, is the first spectacle which meets the eye of the unhappy victim. The attendants load him with fetters, and tie a hundred pounds of iron to his ancles; they then turn up his arms to his shoulders, and fasten them with a cord; they fasten the rope round his wrists, and having raised him from the ground, they let him fall suddenly, repeating this twelve times, with a force so great that it disjoints the m011t robust body. If he does not then confess what the inquisitors wish, other torture awaits him; having first bound him hands and feet, eight. times does the sad victim suffer the rack; and if he persists without confessing, they compel him to swallow a quantity of water, to restore his respiration. But where this is not 1uflicient, the torment of the brasero completes the sanguinary scene, the slow fire of which cruelly roasts the naked feet, rubbed over with grease and secured in a block.’

The authority of this infernal tribunal extends even to the regions of the dead.

‘How often have the inquisitors ordered graves to be opened for the remains of those whom they judged to have died in heresy, in order to commit them to the flames! Unhappy relics of the human race! Sad spoils of death! Respected shades of the departed, who, having died in innocence1 have become the victims of calumny, malevolence, or vengeance, pardon the prejudice and barbarity of past ages! The Gentiles themselves respected the ashes of their dead; but it was reserved for the Inquisition to disturb your repose in the caverns of the earth.

‘The speaker next adverts to the cunning and low policy which the ‘Holy Office’ has always employed to secure the court favour, by serving the government as the vile instrument of absolute power.

‘Who,’ says he. ‘does not know that it has lent itself to the caprices and vengeance of the most infamous and voluptuous favourite (Godoy) to be found in our history? This tribunal, so overbearing in its power, so terrible to the weak and defenceless, had not the courage to exert its authority upon this impious wretch –this monster– a compound of every vice, without a single counterbalancing virtue; but it permitted, in the very face of a Catholic court and a Catholic king, not only panegyrics to be passed on him, but his loathsome image to be erected on the altar, by the side or the Cross of Jesus Christ.’

Thirdly, That the Inquisition is prejudicial to the prosperity of the state, the Doctor is of opinion, requires no other proof than the state of the Peninsula since the unfortunate epoch of its establishment –where all the useful sciences, the arts, agriculture, national industry, and commerce have disappeared– where a progressive decay and depopulation have left little more than ten millions and a half of inhabitants, the greater part of whom are poor and miserable; whereas, from the salubrity of the climate, the fertility of the soil, and the extent of the country, it is able to maintain more than double that number. He enumerates those men whose eminence for literature or piety has been the cause of their being buried in the dungeons of the Inquisition, and sacrificed to its unrelenting vengeance.

‘Philosophers, theologians, historians, politicians, statesmen, orators, poets, labour-ers, artisans, merchants, even the industrious farmers, who are the support of the nation, could not escape their rod of iron –in a word, men and women, poor and rich, wise and ignorant, innocent and wicked, just and unjust– all classes of the state has this tribunal’ afflicted ‘with the terrors of its power-it comprehends all –it persecutes all– it destroys all, under the pretext of religion and the support of the Gospel.’

Ha muerto Ramón López Caneda, un intelectual de valía

Ha muerto el profesor Ramón López Caneda, en Vigo, el pasado día 17 de julio. Tengo la seguridad de que a cuantos le hemos conocido nos cuesta digerir una noticia que no esperábamos, que nos deja por completo desolados, pensando que todavía nos faltaba pasar algunos ratos con él, y terminar conversaciones, y comentarle algo que quizás podría interesarle, y…

Ya nada de esto es posible. Así es la muerte. No sólo siega la vida de quien nos deja, sino poda sin piedad las posibilidades y las esperanzas de los que se quedan un tiempo más.

A Ramón López Caneda lo conocí mientras yo reunía documentación para escribir una obra sobre Antonio Ruiz de Padrón. Era impensable abordar una biografía sobre el Diputado doceañista sin recabar opiniones de López Caneda. Realmente, me costó dar con él, aunque pasé mucho tiempo intentando localizarle.

Después de varios viajes, muchas llamadas y visitas, una persona de O Barco me facilitó su número de teléfono. Acordé una cita para cinco meses más tarde y, llegado el día, me presenté en Galicia, en su casa del Concello de Rubiá, donde vivía con su hermana, rodeado de tierras labradas por su familia.

Mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro, Ramón se entusiasmaba hablando sobre Ruiz de Padrón, el cura gomero que había sido párroco del vecino pueblo de Villamartín de Valdehorras, activista contra los ejércitos de Napoleón y, a continuación, Diputado por Canarias en las Cortes de Cádiz y, por Galicia, en las Cortes constitucionales de Madrid.

Cuando le comenté que Ruiz de Padrón aconsejaba trabajar a los frailes que iban a pedir limosna, me dijo: “Pues me parece bien que les diera ese sanísimo consejo, porque la mejor manera de mantener el espíritu alegre, vivo, positivo y abierto es hacer que duelan los riñones un poco de vez en cuando.

Aun siendo gallego, Caneda poseía un espíritu muy abierto y era capaz de expresar sus opiniones directamente, sin subterfugios. Hombre profundamente religioso, poseedor de un sentido crítico que le hacía opinar sobre la iglesia de una manera tan racional que asombraba.

Cuando fui a verle, ya llevaba algunos años jubilado de su cátedra en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pero reflejaba un aspecto físico joven, concurrente con su espíritu curioso y emprendedor. Dos días más tarde, partía a recorrer el Camino de Santiago, tal vez por quinta o sexta vez, al tiempo que escribía una guía del Camino para peregrinos, la cual terminó publicándose en el año 2010.

Ramón López Caneda conocía bien la documentación existente sobre Ruiz de Padrón. Fue él, precisamente, quien desenterró del Archivo Diocesano de Astorga los documentos relativos al procesamiento eclesiástico que le condujo a pasar unos años terribles, encerrado en la prisión religiosa del monasterio de Cabeza de Alba, ubicado en los fríos montes de la provincia de León.

Gracias a su amabilidad, guardo una filmación de varias horas entrevistándole o, mejor podría decir, charlando con él mientras bebíamos café, porque era imposible no involucrarse en su discurso apasionado, claro y, sobre todo, humilde.

Hace escasos meses, logré comprometer al ocupadísimo López Caneda para que me presentase en Madrid la segunda parte de una novela que escribí sobre Antonio Ruiz de Padrón. No podrá. Y sin él no será lo mismo. Con tristeza, contemplo a las Parcas, cada vez más ciegas, destejiendo sus madejas demasiado rápido este mes de julio.

Presentación de la novela “Nuestro Ruiz de Padrón” en el Cabildo de La Gomera

El próximo miércoles, día 2 de mayo, a las 20:00 horas, en el Salón de Plenos del Cabildo de La Gomera, se presentará mi novela NUESTRO RUIZ DE PADRÓN (La isla transparente). Acto al que deseo invitar, personalmente, a todos los vecinos de La Gomera interesados en su historia.
Sin lugar a dudas, Antonio Ruiz de Padrón es el personaje más importante que ha salido de la isla. El próximo mes de enero, se cumplen 200 años de que la Inquisición española fue derogada por Ley, gracias al papel fundamental que jugó este gomero universal mientras era Diputado en las Cortes de Cádiz.
El libro narra los años de niñez y adolescencia de Ruiz de Padrón en su isla natal, así como los acontecimientos relacionados con esa etapa de su vida.

No es fácil encontrar personajes tan carismáticos como nuestro Antonio Ruiz de Padrón,. En su tiempo, fascinó no sólo a sus feligreses, no sólo a los canarios, no sólo a los gallegos, no sólo a los norteamericanos, no sólo a los Diputados doceañistas de las Cortes de Cádiz, sino también a políticos e intelectuales de todo el mundo, que vieron en él a un auténtico luchador por las libertades sociales, políticas y religiosas. En resumen, un luchador por la libertad de pensamiento que tanto valoramos en la actualidad.
En aquellos años, en que se pasaba de la sociedad casi feudal del Antiguo Régimen a la nueva sociedad decimonónica constitucionalista, no era habitual mantenerse firme en las ideas y en las acciones. Ruiz de Padrón sí se mantuvo y ello le causó muchos sufrimientos, porque quienes iban perdiendo sus privilegios no le perdonaron su protagonismo en la promulgación de leyes que beneficiaban a la mayoría de la población.
Si Ruiz de Padrón fuera un personaje inventado por un novelista, en lugar de una figura histórica, muchos tildarían a ese novelista de temerario, de haber llevado su fantasía más allá de lo conveniente, de haber transgredido la verosimilitud que debe presidir una novela histórica. Porque no es fácil de creer que tantas cosas le sucedieran a la misma persona:

  • que el barco donde viajaba a Cuba naufragara y le obligase a arribar a la lejana Filadelfia;
  • que predicara contra la Inquisición, aceptando un desafío del propio Benjamín Franklin, en los días en que se redactaba junto a su casa de Market street la Constitución americana;
  • que tuviese por amigo al mítico obispo ex jesuita John Carrol de Baltimore; que predicara en Nueva York;
  • que en La Habana combatiera enérgicamente la esclavitud, el mejor negocio de su tiempo… y que escapase vivo;
  • que el Papa le permitiera abandonar la orden franciscana; que se decidiera a viajar por la Europa revolucionaria finisecular;
  • que diera la cara contra las tropas francesas, mientras su propio obispo se postraba vergonzosamente ante el rey José Bonaparte;
  • que lograra la derogación del Voto de Santiago, que nada tenía que ver con el actual Voto, sino con el menoscabo de los campesinos más pobres en favor de unos privilegios que, realmente, estaban en manos de las autoridades eclesiásticas italianas y que gestionaba su Nuncio papal en Madrid, el cual, por cierto, había sido amigo de Antonio Ruiz de Padrón;
  • que fuera aladid de la abolición de la Inquisición española que, con y sin leyenda negra, ha sido una de las instituciones más perversas de la Historia de la Humanidad;
  • que interfiriese en la Monarquía borbónica proponiendo como reina a Cristina Carlota, la legítima aunque discutible heredera de la Corona por haber sido la primogénita…

y podríamos seguir contabilizando los caminos y las batallas de nuestro personaje: desde el juicio indigno que en su contra instigó el obispo de Astorga pasando por su prisión en las terribles celdas del del apartado monasterio de Cabeza de Alba, en los montes de Toral de los Vados, y llegando hasta su novelesca doble muerte en Villamartín.
No hay quien dé más en una sola vida.

La novela “NUESTRO RUIZ DE PADRÓN. LA ISLA TRANSPARENTE” se presentará en Galicia el día 29 de julio

La novela Nuestro Ruiz de Padrón. La isla transparente será presentada en Galicia, por primera vez. El acto tendrá lugar el día 29 de julio, a las 20:30, en el Salón de Actos del Ayuntamiento de O Barco de Valdeorras, en Orense.

El acto será abierto el presidente del IEV, D. Aurelio Blanco Trincado.

A continuación, el Dr. D. Isidro Garcia Tato (Investigador titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto de Estudios Gallegos ‘Padre Sarmiento’ (Santiago de Compostela) centrará su intervención en las vivencias del Diputado a las Cortes de Cádiz, Antonio Ruiz de Padrón, durante su estancia en tierras gallegas.

Manuel Mora Morales (autor de la novela presentada) ofrecerá su visión sobre la personalidad novelesca de Antonio Ruiz de Padrón (Canarias, 1787 – Galicia, 1823), uno de los personajes más carismáticos de los siglo XVIII y XIX, y la necesidad de recuperar su memoria

El acto finalizará con la proyección de una parte del documental Nuestro Ruiz de Padrón.

La entrada será gratuita.

Depués del acto, el autor firmará ejemplares de la novela.

200 años de las Cortes de Cádiz

No soy muy dado a celebrar cumpleaños, onomásticas, romerías de santos, días nacionales o internacionales y otros aniversarios divinos, reales o republicanos. Casi todas estas conmemoraciones acostumbran a ser ceremonias narcisistas, vacías de contenido, cuyo mayor provecho no suele  pasar de una tajada, un lavado de conciencia o de estómago o, en el peor de los casos, la homilía  empalagosa de algún político o enchufado dirigida a los medios de comunicación. El culantro es bueno, pero mucho empalaga, asegura un refrán costarricense, en total acuerdo con un haiku de Basho:

El perfume de las orquídeas
en las alas de las mariposas
empalaga
.

Sin embargo, hoy encuentro motivos sobrados para celebrar un centenario por todo lo alto. Se cumplen dos siglos de la inauguración de las Cortes de Cádiz, es decir, de la colocación de la primera piedra democrática que nos ha conducido a disfrutar ‒bien es verdad que de manera intermitente‒ de algunos gobiernos que han sido fruto de la voluntad popular. No es poco.

Por primera vez en la historia, un grupo de Diputados españoles peninsulares y ultramarinos (americanos, filipinos y canarios) se convirtió en un cuerpo institucional capaz de promulgar leyes en nombre del pueblo al que representaba. Esta hermosa aventura comenzó el día 24 de septiembre de 1810, en un teatro alquilado en el pueblo de San Fernando, en Cádiz.

Estas Cortes democráticas vieron la luz en medio de una terrible crisis: una invasión  francesa en toda regla, un grupo de españoles militares y aristócratas tratando de sacar provecho personal de esa ocupación y un monarca truhán que felicitaba por carta a Napoleón cuando ganaba batallas en España. En estas penosas circunstancias, tratando de superar lo que parecía insuperable, comenzó  a desarrollarse un cuerpo legislativo que consagraba la soberanía nacional frente a la soberanía real, la división de poderes, la igualdad y la legalidad o la libertad de imprenta.

Antonio Ruiz de Padrón, un Diputado canario que alcanzaría merecida fama más adelante, escribía en una carta a su hermano:

Ya salió la famosa Constitución, monumento de la sabiduría de los hombres y lo más perfecto que puede hacer el ingenio humano y que nos restituirá nuestra libertad política. Hasta aquí no hemos sido nación, sino un rebaño de bestias, gobernados por déspotas y tiranos. Ya está sancionada, publicada y jurada solemnemente por todas las clases de Estado y por la tropa, con una pompa y solemnidad no vista. Ya todos somos iguales delante de la ley. Por allá irá.

Ya nada se llama real, sino nacional. Ejército, armada, audiencia… todo es nacional. Sólo los palacios que la nación ha dado al rey, son reales.

Todo cuanto dices de escuelas, médicos, etc., etc., todo se ha tratado en las Cortes, y todo se arreglará poco a poco. Todos esos despotillas de que me hablas, caerán delante de la Constitución y de la ley. Prepara con tiempo al pueblo para que el día que se publique ahí la Constitución, la celebren hasta con locura de mojigangas, repiques, fuegos, iluminación, danzas, […].